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relatos de un amateur
Opinión

Cierta mirada desde la grada

Estos virtuosos, ¿en qué momento dejan de ser niños que juegan al balón? Pensé en todos los que siempre me han acompañado y me sentí afortunado

Athletic

Corría el 70 cuando saltó al campo. Había disputado unos minutos antes, pocos, apenas una docena, en un partido con el primer equipo. Pero aquellos fueron lejos de casa, así que, aunque no era su debut con el club, sí la primera vez que jugaba ante los suyos, en su estadio. El partido era el más importante de lo que llevábamos de curso, de modo que no se trataba de uno de esos ratos puramente testimoniales que a veces los entrenadores regalan a los jóvenes para que se vayan fogueando y pierdan el miedo escénico. Todo lo contrario: el momento era clave y el mensaje del míster de confianza clara. La grada reaccionó en consecuencia. Cuando aquel delantero centro de apenas 20 años puso el pie sobre el césped, el estadio, desbordado con más de 50.000 almas, estalló al unísono, jaleándolo.

Yo estaba entre ellos, aplaudiendo, y, como siempre que debuta un canterano, intenté imaginar qué estaría pasando por su cabeza. Supongo que nos ocurre a todos los que de niños soñamos fuerte con ese momento y no lo conseguimos: cuando vemos a otros cruzar la meta que tanto ansiamos, no podemos evitar preguntarnos qué sentirá. ¿Qué mezcla de orgullo, temor, responsabilidad y sueños se agitaría ahora en el corazón de ese chico, quizá en su estómago?

Intenté trazar paralelismos con mi vida, pensando en procesos que me ocuparon años de esfuerzos e ilusiones, pero también de dudas y miedos. ¿La licenciatura? ¿Un ascenso laboral? ¿El primer libro publicado? Momentos de celebración y balance, encrucijadas en las que todo pudo cambiar. ¿Eran comparables? ¿Llegué a sentir yo el terror de no poder cumplir las expectativas depositadas sobre mis hombros? Oh, sí, claro. Cuando tuve mi primer hijo, por ejemplo. Recordé aquel sentimiento extraño e intenso de felicidad y vértigo al mismo tiempo. Pero yo era un adulto. Estos virtuosos prematuros, en cambio, ¿en qué momento dejan de ser niños que juegan al balón?

Todo esto rondaba en mi cabeza cuando, al girarme, observé el rostro de mi amigo, con quien veía el encuentro. Su gesto era el de quien se esfuerza por contener las emociones que le hierven en el pecho. Entonces caí en la cuenta. Mi amigo es entrenador y aquel chico había sido pupilo suyo, no hacía tanto. A este lo tuviste tú, ¿verdad?, le pregunté. Asintió. Señalando al césped, añadí: ¿Y qué se siente? Él me miró unos segundos, balanceando la cabeza despacio, como buscando las palabras exactas, y dijo: ‘Es difícil de explicar… pero un orgullo enorme’.

Después me habló de él. Lo que me contó quedará para siempre en el ámbito de lo privado. Pero sepa el lector que cada palabra estaba impregnada del honor de quien siente que acompañó a alguien querido en el proceso de convertirse en un hombre de bien. Mientras le escuchaba, recordé una película que había visto hacía poco, Los que se quedan, y las palabras que el profesor encarnado por Paul Giamatti dirige a su alumno cuando se despiden para siempre: “Mantén la cabeza bien alta, ¿de acuerdo? Puedes lograrlo”. Escuchando a mi amigo pensé lo mismo que al ver aquella escena: qué bueno ha de ser sentirse parte del éxito de quienes hemos llegado a querer. Entonces, volví a mí. ¿Había tenido yo, en la vida, en esos éxitos equiparables a debutar en tu estadio, un míster que me acompañara, alguien que me observara desde la grada con la mirada orgulloso? Intenté recordar a algún profesor; no lo conseguí.

¿Sabes?, concluyó él, cuando debutó tan lejos de casa, estuve en el estadio y, tras el partido, me confesó que se sintió mejor sabiéndome allí. Esta vez fui yo quien negó con la cabeza. Serás tontolaba, me dije. ¿Profesor? Qué poca perspectiva. Y evoqué a todas esas personas que me han acompañado siempre y cuya mirada me ha guiado, me ha construido, me ha ayudado a ser mejor, a caminar, en definitiva, con la cabeza alta e intentar lograrlo. Pensé en mis padres y hermanos, en mi mujer, en aitite y amama, en Unai, en algunos colegas escritores, en mis buenos compañeros de trabajo, en mis amigos e incluso en mis hijos. Y, como aquel chico cuando se estrenó tan lejos, me sentí mejor sabiéndolos allí, en mi grada, en cada uno de mis debuts. Me pensé un hombre afortunado.

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