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Julian Barnes: “Me he vuelto más de izquierdas porque el centro se ha desplazado a la derecha”

El autor británico, de 80 años, publica ‘Despedidas’ y anuncia que no escribirá más libros

Afirma Julian Barnes (Leicester, 80 años) en Despedidas (Anagrama): “Este será mi último libro”. El entrevistador agarra al vuelo esa advertencia. La conversación en su casa de Londres será sobre este nuevo libro, sí, pero también sobre una carrera literaria brillante. Como ya hizo en su obra magistral, El loro de Flaubert, el autor británico retoma en el nuevo libro un estilo híbrido en el que mezcla ficción y no ficción, imaginación y erudición. Y vuelve también a jugar con las trampas del pasado y la memoria como ya lo hiciera en El sentido de un final, con el que ganó el Booker en 2011. En Despedidas, una pareja, Stephen y Jean, reaviva con poca fortuna su idealizado amor universitario medio siglo después.

Barnes es miembro de una generación vibrante en la que también estaban Martin Amis, Christopher Hitchens, Salman Rushdie o Kazou Ishiguro, y habita desde hace casi cuatro décadas con los vivos y los muertos en una bella casa victoriana. Las paredes están desbordadas por fotos en blanco y negro de escritores y compositores que han formado parte de su obra, como Flaubert, Chéjov, Philip Larkin o Shostakóvich. Las estanterías, inundadas de libros. Una hermosa mesa de billar de la década de los treinta del siglo pasado ocupa el centro del estudio. Barnes ya no juega, se lo impide una vieja lesión en el hombro. A cambio, los libros se amontonan sobre el fieltro.

El autor superó la muerte del amor de su vida, la agente literaria Pat Kavanagh (en 2008, a los 68 años), y vive con Rachel Cugnoni, su antigua editora en Penguin. Convive también con un cáncer de sangre desde hace años, que le obliga a realizar visitas periódicas al hospital. “Incurable pero tratable… como la vida”, ha escrito.

Pregunta. ¿De verdad es su último libro, o es una de esas trampas literarias?

Respuesta. Será mi último libro. Aunque no dejaré de escribir. Lo haré para los periódicos, o ensayos y cosas de ese estilo. La idea comenzó a germinar cuando ya estaba a mediados de mis setenta años. Me dije a mí mismo, “un día de estos estaré escribiendo mi último libro y la muerte lo cortará bruscamente”. Así que decidí escribirlo ya, y tenerlo guardado, aunque finalizado. Pero, cuando estaba escribiéndolo, pensé de repente que, de hecho, éste tenía que ser de verdad mi último libro. Comencé a repasar todos mis cuadernos de notas con ideas para futuros libros. Eran propuestas válidas hace cinco o diez años. Ninguna tenía que ser escrita ahora mismo. A medida que trabajaba en Despedidas, me di cuenta de que me daba igual si ya no publicaba nada más.

P. García Márquez explicó, al final de sus días, que tenía suficiente oficio como para publicar una novela cada año, pero que los lectores sabrían que ya no era algo que le salía de las tripas.

R. Sí, ese es el miedo. En la vida, a medida que te haces mayor, temes la repetición y la depreciación. Haces la misma cosa, pero ya no la haces tan bien. Cuando comencé a trabajar como crítico literario, veía a esos tipos mayores que escribían su autobiografía y la prolongaban durante cuatro, cinco y seis volúmenes. Yo pensaba entonces, ‘no quiero llegar a esto’. Voy a cumplir 80 años [su cumpleaños fue el 19 de enero]. ¿Conoces a alguien que haya escrito un buen libro a esa edad? Quizá Tolstoi, pero eran más bien panfletos, propaganda.

P. Vuelve en la novela a su obsesión: la memoria, “una débil guía del pasado”, escribe. No se fía de los recuerdos.

R. Cuando trabajaba en Nada que temer, un libro que trata sobre la muerte y la familia, escribí a mi hermano. Es filósofo y tiene tres años más que yo. Le dije que iba a escribir sobre nuestra familia, y también sobre él, y le pregunté si le importaba. Me contestó que en absoluto. Y que si mis recuerdos no coincidían con los suyos, usara los míos, porque probablemente eran mejores. Me pareció maravillosamente generoso, sobre todo viniendo de mi hermano. Desde entonces me he interesado y obsesionado cada vez más con la memoria. Porque también disminuye, aunque pensemos en ella como algo que permanece estable. Empeorará inevitablemente. Además, la memoria es algo más cercano a un acto de la imaginación que a una recuperación intelectual precisa [de los recuerdos]. Ahí está la paradoja. Las historias de tu vida que más veces recuentas son probablemente las menos fiables, porque son las que ajustas ligeramente cada vez que resurgen. En cada nueva versión sales mejor parado.

P. El personaje de Jean reprocha en el libro al narrador, un tal Julian Barnes, el tipo de literatura “híbrida” que escribe, esa mezcla de ficción y no ficción. La respuesta es deliciosa: “No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé exactamente lo que hago cuando los escribo”.

R. El primer libro híbrido que escribí fue El Loro de Flaubert. Luego vino, dos libros después, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, que lo es todavía más porque contiene todo tipo de cosas: historia, historia del arte, ficción, no ficción, autobiografía… Algunos de mis libros son más convencionales, otros no lo son tanto. Y Jean es el típico personaje que sería capaz de delatarme.

P. Su prosa tiene legiones de admiradores, pero no tiene un estilo de fuegos artificiales. Sigue la norma de su idolatrado Flaubert, que decía que el estilo debe surgir del tema.

R. No puedo escribir de un modo diferente al que lo hago. Y es probable que mi tono sea muy similar en todos los libros. Una mezcla constante de humor y seriedad, y ese tipo de cosas. Pero es verdad que, en el sentido en que lo dice Flaubert, el tema sobre el que escribes controla tu estilo. El puercoespín, que versa sobre el final de un país de la órbita soviética, lo escribí de modo deliberado de una manera muy factual. Cuenta simplemente lo que ocurrió de manera muy tranquila. No necesitas trucos para contar una historia trágica. Pero no es algo sobre lo que reflexione cuando estoy escribiendo. Surge desde algún nivel del subconsciente.

P. Martin Amis, Christopher Hitchens, Salman Rushdie, Ian McEwan, usted mismo…¿qué ocurrió para que surgiera esa generación gloriosa y vanguardista en la literatura británica?

R. Fueron dos factores. En primer lugar, en parte, tuvimos la suerte de que la sociedad estaba cambiando. En el mundo anterior, lo normal para llegar a ser un escritor conocido era que fueras varón, y no alcanzaras el éxito hasta los 40, 50 ó 60 años. En nuestro caso, fuimos varios los que surgimos a la vez, éramos interesantes y mucho más jóvenes. Ayudó también aquella campaña llamada Best of Young British Novelists (Los Mejores Jóvenes Novelistas Británicos), con la foto a color de 18 de nosotros en la revista Granta. A partir de entonces, la literatura de ficción comenzó a convertirse en algo sexy y multicultural. En esa lista estaban Salman Rushdie, Buchi Emecheta, Shiva Naipaul o Kazuo Ishiguro. No era la vieja escuela del escritor blanco. Además, los editores respondieron al fenómeno pagándonos más dinero.

P. Usted no venía de una familia literaria. ¿Supo desde siempre su vocación?

R. Era una aspiración muy extraña dentro de mi familia. Nuestra única obra publicada era una carta que mi madre envió al diario. Se la publicaron, ella la recortó y estaba expuesta en la repisa de la chimenea. Yo quería ser un buen lector. Y a principio de mis veintitantos años hice algo de crítica literaria. Pero no era un joven con mucha confianza en sí mismo. Hacer periodismo me la dio, porque la gente leía lo que había escrito al día siguiente. Por eso sigo haciendo periodismo. Con una novela, a lo mejor tienes que esperar hasta un año hasta obtener las primeras reacciones. Para entonces, ya te has medio olvidado de ella.

P. ¿Cómo surgió su primera novela?

R. Me llevó entre seis y siete años escribir Metrolandia. Cuando tienes 25, incluso 30 años, y lees todas las obras maestras, te preguntas qué más puedes aportar tú a este vasto corpus de la gran literatura. Tienes que desconectarte ligeramente de la realidad de esa situación, del hecho de que haya habido multitud de genios previos a lo largo de los siglos.

P. V. S. Naipaul dijo, como otros muchos, que la novela como género estaba agotada. Luego se dedicó con toda su alma a esa vocación y llegó a ganar el Nobel de Literatura, como usted cuenta. ¿La novela sigue viva?

R. Así lo creo. La literatura tiene una ventaja respecto a otras artes, que tienden a desarrollarse de un modo cronológico. Un movimiento artístico sucede al anterior, de modo muy progresivo. La ficción literaria no funciona así. Uno de mis momentos favoritos de la literatura ocurre en el segundo libro del Quijote. Está con Sancho Panza en una venta, y escucha cómo en otra mesa un grupo de gente está discutiendo el primer libro del Quijote. ¿Qué era eso? ¿Posmodernismo? ¿Autorreferencia? Todos esos términos que usan ahora los académicos… y había sido escrito en 1615. Cuando lo leí por primera vez me dije a mí mismo que no había nada nuevo. Por eso no pienso en los escritores del pasado como figuras que han quedado atrás. Imagino una mesa enorme alrededor de la cual estamos todos sentados, algunos en sillas más pequeñas que otras. En una especie de diálogo cruzado. Así se mantienen vivos, no solo el género literario, sino tu relación con escritores previos.

P. Algunos, como John Banville, se lamentan de que hoy un autor varón y blanco lo tiene más difícil para publicar o ser premiado. Pero usted defiende a la nueva generación de escritores.

R. Absolutamente. De otro modo, la literatura masculina blanca se convertiría en una autocracia. Mis novelas favoritas del siglo XIX británico han sido todas escritas por mujeres, como Middlemarch, de George Eliot, o Persuasión, de Jane Austen. Y mi novelista favorita de la posguerra británica es Penelope Fitzgerald.

P. Algún libro suyo, como El hombre de la bata roja, fue un lamento nostálgico hacia la cultura europea en la que Inglaterra estuvo imbricada. ¿Qué va a pasar en el Reino Unido, cuando se cumplen 10 años del infame referéndum del Brexit?

R. Sinceramente, no lo sé. Todas las encuestas de opinión reflejan la idea general de que el Brexit ha sido un desastre. Desde luego, lo ha sido en términos comerciales. Pero también es un desastre que ningún partido se atreva a señalar algo obvio como que tenemos que regresar a la UE. Es de cajón. Pero todos tienen miedo. Tienen miedo de Nigel Farage y su partido Reform UK, antes tenían miedo de hacer otro referéndum y volver a perder. Hay una falta de energía, ni siquiera hay un diálogo directo. El primer ministro, Starmer, es obviamente un tipo decente, pero no se trata de un político fantástico o impresionante. Se limita a proponer pequeños ajustes en el comercio con la UE que poco impacto van a tener. No quiere hacer nada que parezca un giro drástico. Al Reino Unido le gustaba pensar de sí mismo como un puente entre Europa y Estados Unidos. Todo eso ha cambiado por completo. A Trump y a su partido eso les importa un bledo. De hecho, odian a Europa. Solo eso debería animar al Reino Unido y a Europa a acercarse más entre ellos y actuar con una sola voz.

P. Durante los años del presidente George W. Bush y la guerra de Irak, su amigo Christopher Hitchens se dejó seducir por completo por ese esfuerzo bélico, por el mundo de los neocon.

R. Hitchens era muy de izquierdas en su juventud. Trabajó conmigo en la revista The New Statesman. Pero, en primer lugar, siempre pensó que el Reino Unido era un escenario demasiado pequeño para él. Y el pensamiento liberal en los Estados Unidos [como llaman allí al progresismo] lo adoraba. Los estudiantes universitarios lo adoraban. Era el mejor polemista que he conocido. Tenía una memoria asombrosa que, curiosamente, no se veía afectada por la ingente cantidad de alcohol que consumía. No es que él diera un salto de la izquierda a la derecha, como han hecho otros tantos. Le sedujo el poder de EE UU. Y cuando estalló la guerra de Irak, aquello llegó a un punto culminante. Porque él sabía tanto sobre todos aquellos lugares de lo que los estadounidenses apenas sabían nada. Acabó apoyando fervientemente esa guerra, que para mi fue un desastre.

P. Ha escrito sobre cómo usted, un autor nunca especialmente politizado, de ideas más bien templadas, se ha vuelto más de izquierdas con la edad.

R. El centro se ha desplazado mucho hacia la derecha. Y propuestas que para mí son bien modestas, como el hecho de que las líneas de ferrocarril deberían ser de propiedad pública, igual que el suministro de agua o la electricidad, han pasado a ser ideas muy en la línea de Jeremy Corbyn [el líder anterior del Partido Laborista, que llevó a la formación hacia planteamientos considerados muy a la izquierda], cuando en realidad son muy centradas.

P. Es el escritor más afrancesado de su generación. En Francia lo adoran, y ha tenido con ellos una relación de amor durante décadas. ¿Cuál es, a sus 80 años, su lugar en el mundo?

R. He vivido 43 años en esta casa, así que se podría decir que éste. Me siento inglés, en primer lugar; luego europeo; y finalmente, en último lugar, británico. Británico tiene que ver con el Imperio, con la corona, con esa visión distorsionada de nuestra historia. Ser inglés es menos arrogante, más tranquilo, más decente. Aunque me temo que esa parte también nos la han arrebatado personajes como Farage, que imponen en qué consiste ahora ser inglés. Básicamente, según ellos, en deshacerse de todos los extranjeros y de la gente de color. Voy ahora muy a menudo al hospital, y el personal blanco inglés que me trata es una porción minúscula. Y todo funciona maravillosamente bien, aunque obviamente necesitaría más financiación.

P. En Despedidas tiene palabras amables hacia Martin Amis, a pesar de que su amistad se quebró por la ruptura con la agente literaria Pat Kavanagh, que era su esposa.

R. Tuvimos una disputa muy seria. Cuando alguien te hace daño, con el tiempo puedes perdonarle. Pero si hace daño a quien tú amas, y se comporta con ella de un modo engañoso, es imperdonable. Con el paso de los años, Pat le perdonó. De un modo muy rápido, porque era agente literaria, y estaba acostumbrada a que los escritores hicieran cosas mal. Pero yo no podía. Y era algo que Martin no lograba entender, con lo que me irritaba aún más. Él intentó explicarme que la Iglesia y el Estado funcionan por separado. Y que el hecho de que hubiera hecho daño profesional a mi mujer de manera pública era simplemente parte de los negocios. No, no lo es.

P. ¿Logró perdonarle?

R. En los últimos años de su vida, nos vimos unas pocas veces, vino a cenar a casa. Y sentí gran pena por su enfermedad, que fue horrible. Por eso lo he incluido en mi libro. Pero sin incluir toda la historia. Solo para señalar que se estaba muriendo, y que me envió un mensaje cariñoso. Está bien. Acepto eso. He perdido tantos amigos últimamente.

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