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Salman Rushdie a través de sus libros: la risa contra los fanáticos

Repasamos la trayectoria del influyente escritor británico-estadounidense de origen indio, cuyo más reciente título, la colección de relatos ‘La penúltima hora’, bebe de una energía que no se ha apagado y una sabiduría que se ha engrandecido

Salman Rushdie (Bombay, 1947), uno de los novelistas más influyentes de las últimas décadas, es un escritor interesado en el contraste: en la colisión entre Oriente y Occidente, lo antiguo y lo nuevo, lo religioso y lo secular. Ha retratado los lugares de los que venía y los sitios a los que llegaba. Se define como un escritor del lugar, aunque esos emplazamientos a veces son imaginarios, y los lugares de sus libros y su vida son amplios, globales, interconectados. Es un narrador del exceso, del vuelo de la imaginación, del cosmopolitismo. Su obra, abigarrada y colorista, es heredera de las grandes épicas indias y de Las mil y una noches, de Tristram Shandy y Nikolái Gógol, de Dickens y Rabelais, del boom y del absurdo, de la historia y la fantasía, de la cultura pop y una erudición omnívora. Creador de personajes disparatados y singulares, caricaturista preciso y narrador infatigable, admira “ficciones espaciosas, generosas, que intentan reunir grandes pedazos del mundo”, y esas novelas que Henry James llamaba “monstruos grandes, sueltos, holgados”. Domina la narración, el juego entre mostrar y contar, el manejo de los tiempos, y a la vez desprecia las unidades clásicas: en sus libros siempre hay un aire de sprezzatura, de espontaneidad casi oral; al leerlo, uno nota cómo se divierte, y muchas veces eso resulta contagioso. Es un retratista de la migración y quizá el gran escritor poscolonial: fue una voz nueva y transgresora que marcó un camino que muchos seguirían; primero reclamando territorios que habían contado otros, luego describiendo una experiencia obvia pero entonces poco visible en las novelas. De una manera trágica, su vida ha estado marcada por una historia que parece sacada de uno de sus libros: las ventajas y los malentendidos de la fama en un momento de transformación del mercado literario, la condena a muerte por parte de un líder teocrático, una fetua que se mueve por todo el mundo y le ha perseguido como una maldición, la clandestinidad y el intento de asesinato. Si su caso encarna el enfrentamiento entre la mente irónica y la mente literal, su obra es una defensa tan lúdica como decidida de la imaginación y la libertad de palabra.

Hijos de la medianoche (1981)

(Traducción de Miguel Sáenz, Debolsillo, 2022, 656 páginas, 24,61 euros)

La segunda novela de Rushdie, publicada en 1981, después de Grimus, es la obra que lo consagró. Ganadora del Booker y del Best of the Booker, para muchos es su obra maestra: una novela fundamental para su autor y seminal para una generación. En ella Rushdie encontró una voz, un mundo y una forma de contar. Narra en primera persona la historia de Saleem Sinai, cambiado al nacer, provisto de una nariz enorme y siempre moqueante, y obsesionado por la historia. Nace cuando la India se independiza; como muchos de sus contemporáneos estrictos, tiene poderes mágicos (en su caso, la telepatía). Hijos de la medianoche —divertidísimo, rebosante de energía y con un espíritu tragicómico— empleaba el inglés que se hablaba en la India. Rushdie, a quien a menudo se ha emparentado con sus admirados Günter Grass y García Márquez, dice que pensaba en Sterne, Swift y Dickens —con escenarios realistas que acogen elementos surreales, como la Oficina de Circunlocuciones—; estudió La historia de Elsa Morante, pero también las películas de Bollywood y sus canciones, y leyó con atención a Philip Roth, que incorporó expresiones yiddish a la literatura estadounidense. “Buscaba escribir en un inglés que no fuera propiedad de los ingleses”, ha contado. “Quería escribir una novela de ambición gigantesca, un número de equilibrista sin red, una apuesta de todo o nada”, ha explicado. “Una novela en la que la historia y la política, y el amor y el odio, se mezclaran en casi cada página”. Para escribir algo así tenía que aprender a hacerlo, y solo se aprendía al escribirlo.

Vergüenza (1983)

(Traducción de Miguel Sáenz, Debolsillo, 2006, 408 páginas, 9,45 euros)

Rushdie nació en una familia musulmana en Bombay; su lengua materna es el urdu. Su padre, que se cambió el nombre en homenaje al filósofo Averroes, era alcohólico: tomaba, como diría Saleem Sinai del suyo, demasiados “djinns and tonics”. Para duradero pasmo de Rushdie, que estudió en Inglaterra, se mudaron a Pakistán. Hijos de la medianoche es su libro sobre la India, mientras que Vergüenza, más compacto, violento y claustrofóbico, y también menos luminoso, trata de Pakistán y, en particular, de su clase dirigente. Reflexión sobre la artificialidad de las fronteras, como muchas obras de Rushdie es también una novela familiar (con peculiaridades: el protagonista, Omar Khayyám, es hijo de tres madres). Reivindicada por Christopher Hitchens, quedó un poco enterrada entre la fama de la obra precedente y el escándalo universal que produjo su publicación posterior.

Los versos satánicos (1988)

(Traducción de José Antonio Miranda Vidal, Debolsillo, 2003, 680 páginas, 14,20 euros)

Es un libro lleno de malentendidos. Es célebre, sobre todo, por la fetua que el ayatolá Jomeini decretó contra su autor y contra cualquiera que tuviese relación con el libro. Un traductor fue asesinado, otro apuñalado, un editor tiroteado. Entre las fuentes de inspiración de Rushdie está una leyenda sobre la vida de Mahoma: el profeta, manipulado por Satán, habría elogiado a tres diosas de La Meca. Rushdie conoció la anécdota cuando estudiaba historia en Cambridge y la integró mucho después en un libro que hablaba del bien y el mal, de la dificultad de distinguir entre ángeles y demonios, de la pérdida y de la muerte del padre. El episodio “ofensivo” es un sueño de un hombre que está perdiendo la cabeza. Las dos novelas anteriores de Rushdie recrean el mundo de sus orígenes, mientras que Los versos satánicos habla de la experiencia migrante de Londres y de una extraña combinación entre lo histórico y lo posmoderno. “El problema de los británicos”, dice un personaje, “es que su historia sucedió en el extranjero y no saben lo que significa”. Cuando Milan Kundera, en Los testamentos traicionados, explicaba el contrato entre el lector y el novelista, en una tradición que arrancaba de Rabelais, el ejemplo que ponía era el comienzo de Los versos satánicos: Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, tras la explosión del avión en que viajan, descienden por el aire conversando. Paradójicamente, hablaba de los desposeídos y de los que habían perdido su hogar; algunos de esos desposeídos fueron los que se indignaron. Alienó al autor de una comunidad con la que tenía vínculos y le obligó a vivir escondido. Acaso el libro más conocido de Rushdie, es también una novela secuestrada por su polémica: resulta emocionante y muy cómica y ha resistido el examen del tiempo.

Harún y el Mar de las Historias (1990)

Harún y el Mar de las Historias/Luka y el Fuego de la Vida (Traducción de F. Roldán, Random House, 2011, 160 páginas, 17,95 euros)

Rashid Khalifa es un contador de historias: el Sha de Blablablá, como lo llaman despectivamente sus rivales. Un día pierde ese don que le daba trabajo y le procuraba la cercanía de políticos que conocían el poder de la palabra hablada. Su hijo Harún emprende un viaje para rescatar a su padre de esa incapacidad. Rushdie ha contado que Harún y el Mar de las Historias le sacó del abatimiento y la esterilidad en una época difícil: el tiempo de clandestinidad tras la fetua. Es más esquemático y sencillo que la mayor parte de sus obras, pero contiene algo esencial y disfrutable. Era un libro que le había prometido a su hijo y, dice Rushdie, si le haces una promesa a un niño es mejor mantenerla.

El último suspiro del Moro (1995)

(Traducción de Miguel Sáenz, Debolsillo, 2006, 576 páginas, 14,20 euros)

Es una gran novela de Bombay (luego Mumbai), aunque se traslada desde la India hasta España y, en concreto, a un lugar llamado Benengeli, uno de los numerosos homenajes de Rushdie a Miguel de Cervantes. Rushdie habla de una saga familiar dedicada al comercio de especias, muestra hilarantes enfrentamientos entre parientes, utiliza acontecimientos históricos como los atentados terroristas o la caída del reino de Granada. “Siempre he escrito sobre gente que está un poco fuera del cuerpo central de la sociedad, en la India y aquí”, explicaba: el protagonista, Moraes Zogoiby, es uno de los que mejor ejemplifican ese gusto por los márgenes.

Joseph Anton (2012)

(Traducción de Carlos Milla Soler, Random House, 2012, 688 páginas, 23,66 euros)

Es la memoria de sus años en la clandestinidad tras la fetua: cuando, en palabras de Martin Amis, “desapareció en la primera página”. Era un izquierdista crítico con Thatcher; el gobierno británico lo protegió porque un dirigente extranjero había puesto precio a su cabeza. Cuatro agentes de policía debían vivir en su casa, se trasladó constantemente de un domicilio a otro durante años, no podía aparecer en público, tuvo que adoptar un nombre falso —Joseph Anton, por dos de sus escritores favoritos: Conrad y Chéjov— y esconderse cuando iban a limpiar el lugar donde vivía. Aunque en ocasiones puede ser repetitivo, está muy bien escrito, tiene momentos estupendos y es un documento de historia cultural. Cuenta también quiénes fueron los que se pusieron contra él, como John Berger o John le Carré, y quiénes entendieron la importancia de su lucha, como Susan Sontag, Christopher Hitchens, Edward Said o el centenar de autores musulmanes que escribieron en el volumen Pour Rushdie.

La decadencia de Nerón Golden (2017) y Quijote (2019)

(Traducción de Javier Calvo, Seix Barral, 2017, 528 páginas, 21,90 euros) / (Traducción de Javier Calvo, Seix Barral, 2019, 528 páginas, 21,90 euros)

El pastiche siempre ha estado presente en la obra de Rushdie y forma parte central de algunos de sus libros recientes, no tan logrados como Shalimar el payaso y con rasgos autoindulgentes, pero interesantes por otras razones. La decadencia de Nerón Golden tiene algo de sátira de los Estados Unidos de Trump y de la irrealidad de los superricos; usa como epígrafe una frase de Truffaut: “La vida tiene mucha más imaginación que nosotros”. Quijote es otro homenaje a Cervantes: el protagonista no enferma a causa de las novelas de caballerías, sino de la mala televisión.

Ciudad Victoria (2023)

(Traducción de Luis Murillo, Random House, 2023, 368 páginas, 21,75 euros)

La última novela de Rushdie es heredera de las grandes épicas de la literatura india. Se puede leer como una novela de aventuras metaliteraria y feminista. Combina el conocimiento de hechos históricos y de la mitología con el anacronismo deliberado y el chispazo humorístico. Es también una obra alegórica que, sin caer en la monserga, reivindica el pluralismo y el valor de la mezcla cultural y la convivencia de las religiones. Era el libro que acababa de terminar en 2022 cuando se produjo el atentado casi fatal contra él, mientras daba una charla en el estado de Nueva York.

Cuchillo (2024)

(Traducción de Luis Murillo, Random House, 2024, 208 páginas, 20,80 euros)

Es el relato escalofriante de ese ataque, en el que recibió quince puñaladas y perdió la visión de un ojo y la movilidad de la mano izquierda. Pero también es la crónica de su historia de amor con la escritora y artista Rachel Eliza Griffiths, su quinta esposa. Rushdie, que habla de la banalidad de su agresor frente a la fascinación que produce el mal, dice que se dio cuenta de que el libro debía tratar tanto sobre la vida real como sobre la muerte, tanto sobre el amor como sobre el odio.

Pásate de la raya (2002) y Los lenguajes de la verdad (2021)

(Traducción de Miguel Sáenz, Debolsillo, 2011, 560 páginas, 12,30 euros) / (Traducción de Javier Calvo y Aurora Echevarría, Seix Barral, 2023, 496 páginas, 21,75 euros)

Rushdie no es un teórico, pero ha escrito textos fascinantes sobre su tradición literaria, autores que admira, la sobrevaloración del realismo o las limitaciones de las interpretaciones biográficas de la ficción. Descubrió muy pronto que “el naturalismo cotidiano es solo una forma, y quizá muy limitada, de describir el mundo”. También ha dedicado reflexiones valiosas a la libertad y el fanatismo, recogidas, por ejemplo, en Pásate de la raya: “El fundamentalista cree que no creemos en nada. En su mirada del mundo, tiene las certezas absolutas, mientras nosotros estamos hundidos en indulgencias sibaritas. Para demostrarle que está equivocado, primero debemos saber que está equivocado. Debemos ponernos de acuerdo en lo que es importante: besarse en lugares públicos, los sándwiches de bacon, estar en desacuerdo, la moda vanguardista, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más equitativa de los recursos de la Tierra, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor”.

La penúltima hora (2026)

(Traducción de Luis Murillo Fort, Random House, 29 de enero de 2026, 272 páginas, 20,80 euros)

El libro más reciente de Rushdie es una colección de relatos: formas condensadas en un escritor que favorece novelas extensas y llenas de cosas. De los cinco cuentos, dos transcurren en la India; uno es su última visita a la ciudad sobre la que tanto ha escrito, Bombay, y a ambientes que nos suenan de Furia o El último suspiro del moro. Hay otro que transcurre en Cambridge y que, en cierta manera, es un homenaje a E. M. Forster. En uno hay una presencia importante del Museo del Prado, de Goya y de El Bosco. Son relatos que hablan de la edad y la muerte, de los testamentos y de los fantasmas (un fantasma, ha escrito, es un asunto que no ha terminado). Marcados por la conciencia de la mortalidad, están llenos de una energía que no se ha apagado y que también se ha teñido de sabiduría.

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