‘Las crines’, de Marc Colell: un libro hipnótico en torno a la soledad de los hombres
El autor defiende en su novela la melodía de la frase, esa que te permite sobrecogerte como la primera vez que leíste algo que te conmovió

Ahora no recuerdo bien en qué libro de Ryszard Kapuściński leí esto, pero al intelectual polaco no le terminaba de encajar que su público le dijese que había leído sus libros de una sentada. Es algo que ocurre, habría querido decirle, aunque lo esencial de ese gesto es su misterio. No acostumbra a suceder de buenas a primeras, y quien lo esgrime no suele sostenerlo como algo baladí. Las palabras fracasan al intentar procurarle una forma a ese estado emocional, que nos deja desarmados frente el otro, próximo a la incapacidad de elaborar el mensaje un poco más. Solo tiene lugar cuando un libro se convierte en un tipo que se encuentra a oscuras en una habitación y decide levantarse y encender la luz, no sin cierta apatía, pero al fin y al cabo reconfortado y alegre. O cuando la nieve cae finalmente al suelo tras ceder la rama que la sostenía y alguien ha tenido la suerte de presenciarlo.
Así, Las crines, de Marc Colell (Barcelona, 50 años), es ese libro que me he leído del tirón sin levantar apenas los ojos de sus páginas. No podía hacerlo, es decir, me rendía una y otra vez a la perfección de párrafos como el que sigue, a su sencillez, que es su grandeza: “Ayer encontré un esqueleto de vaca. Me acerqué lentamente, como si mereciera un cierto respeto. Era un esqueleto completo. Blanco, pulido, abandonado bajo el sol. Me senté a su lado. Pensé en el animal. Lo imaginé ahí mismo, recostado, preparándose para morir. Conviene hacerlo, pensar en la estructura. Creo que me quedé dormido. Después me alejé por el camino. Me di la vuelta una sola vez para comprobar que seguía ahí, con la perfección de un barco abandonado”. Al transcribir este pasaje ahora, me siento como una muchacha que atesora un secreto, una confidencia en estado de gracia, al confirmar que Colell ha escrito una novela fascinante, adictiva y poética que, efectivamente, no paré hasta terminarla. No pienso disculparme.
Las crines es una novela epistolar, donde un hombre nos hace partícipes de una correspondencia que mantiene con una mujer a la que se refiere como amiga. Esta, según parece, le ha dejado hospedarse en una finca que posee en plena Pampa argentina, La Magnolia. Allí, nuestro protagonista y narrador, se encuentra y convive con una galería de personajes inolvidables (don Emilio, la doctora Mottini, Rosa, los Urrutia, el caballo Potricox…), y sitúa en el centro de su pesquisa, porque novelar es buscar sin tal vez encontrar, una genealogía imposible de sí. Los vecinos con los que comparte ese tiempo que le es regalado —o eso parece decirnos a cada momento— le acogen, no le extrañan y le bautizan para que pueda participar de manera amistosa y honesta de sus cotidianidades. Gracias a Alfonso Urrutia hijo, nuestro protagonista adopta el sobrenombre de Calesita, por la de bandazos o cambios de opinión que tiene a lo largo del texto, que en realidad no son tantos, es solo que Urrutia Jr. intuye que es alguien que está huyendo de algo.
Es un texto repleto de grandes iluminaciones narrativas, con hallazgos estilísticos, que coloca la tensión en lo emocional y en ofrecer una meditación en torno a la soledad de los hombres. Esto último es importante porque no hay nada más triste que contemplar una soledad ajena y que quien la atraviesa no la pueda tolerar. Hay cierto humor y sensualidad en la belleza de las imágenes de Colell, pero lo interesante es ver cómo a los personajes que vamos conociendo se les permite hacer las cosas, que las acciones tengan un inicio y un fin, que nada se haga de forma atropellada o insincera. De ahí la hipnosis que genera Las crines: puedes ver cómo la vida tiene lugar ante tus ojos, y hacerlo, además, a través de una novela. Colell devuelve de esta forma el tiempo a su sitio, su desarrollo vuelve a ocupar espacio. La vida es fantástica, fantástica en todo su esplendor. La realidad tiene unos mecanismos de acontecer que se nos habían olvidado, y a veces necesitamos ir a un sito que, pese a que no pertenezcamos plenamente a él, nos haga percibir que el porvenir puede reanudarse y que tomar decisiones es un camino de claridad; un sitio en el que el dinero resulte inoperante para cerrar un acuerdo o donde la poética afable de lo ordinario sea ley.
Que hayan galardonado este libro con el Premio de Novela Café Gijón es algo de lo que me acordé después, sé que se me dijo. Más allá de los méritos que anotó el jurado sobre la novela, y el bla bla bleo que se organiza en torno a este tipo de impulsos promocionales, yo la hubiese ya condecorado simplemente por esto: “Pero los niños, si crecen solos, pierden algo de dentro, parte de su relleno. Hay algo que se atrofia, que se reseca, que se desprende. Una especie de órgano. Y quedan así, desgajados, simulando para siempre a los demás. Admiran el amor. No lo comprenden demasiado, pero lo reconocen y lo admiran. Conozco esa mirada”.

Las crines
Siruela, 2026
156 páginas, 17,95 euros
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