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Iñaki Urdangarin frente a su pasado: “Cuando se cerró la puerta de la cárcel, sentí pánico”

El exmarido de Cristina de Borbón, condenado a cinco años de reclusión por el ‘caso Nóos’, narra el recorrido de las canchas de balonmano al palacio y del palacio a la celda. Responde para ‘El País Semanal’ a las preguntas que no se había enfrentado hasta ahora

Entrevista Iñaki Urdangarin

Está la complexión atlética, permanece la figura espigada (1,97 metros) que tanto le benefició en las canchas de balonmano, donde fue seis veces campeón de Europa con el Barcelona además de dos veces medallista olímpico, pero en el rostro de Iñaki Urdangarin (Zumarraga, Gipuzkoa, 58 años) se aprecian también los casi 1.000 días que pasó en prisión. Entre 2018 y 2024, el entonces marido de Cristina de Borbón cumplió condena por un caso que adoptó el nombre del instituto que presidía, Nóos, una trama de desvío de fondos públicos que tuvo un efecto corrosivo en la imagen de la Monarquía durante el reinado de Juan Carlos I y que contribuyó a su abdicación en junio de 2014.

El exmarido de una Infanta, exyerno y excuñado, respectivamente, de los dos últimos jefes del Estado es ahora un expresidiario. Y es muy consciente de que no hay una persona con la que se cruce por la calle que no lo sepa. “Me gustaría que no hubiese un estigma, porque ya he pagado por lo que se me juzgó”, relata a El País Semanal. “Aunque algunas personas me animan, noto que otras me miran de una manera distinta. He aprendido a no gustar”.

La frase “he aprendido a no gustar”, que valdría para un artista que prueba un estilo nuevo o en realidad para cualquiera, habla, en su caso, de un recorrido insólito. El que parecía el yerno perfecto —“¡Estamos encantados!”, proclamaba la reina Sofía cuando se anunció el compromiso con Cristina de Borbón tras un noviazgo de apenas nueve meses—; el jugador estrella del dream team del Barça de balonmano, acostumbrado a firmar autógrafos y posar para los selfis de rigor tras los partidos, fue repudiado por la familia y la Casa del Rey —­que intentó todos los cortafuegos que se le ocurrieron, incluyendo borrar cualquier rastro suyo de la web oficial— y, finalmente, apartado de la sociedad para cumplir su pena en un módulo aislado en la prisión de mujeres de Brieva (Ávila). Su vida dio un vuelco radical: de comprarse con su esposa el llamado palacete de Pedralbes, un complejo de 1.000 metros cuadrados edificables con 2.200 de parcela, tres plantas, siete habitaciones y diez baños en Barcelona, a dormir en una celda de ocho metros cuadrados —la misma que ocupó en su día el exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán— y celebrar como un triunfo el permiso de un juez para disponer de una bicicleta estática. De compartir mesa con el Monarca, a recibir “en nombre del Rey”, como todas las sentencias, una condena de cinco años y diez meses de prisión por malversación, prevaricación, fraude, delitos fiscales y tráfico de influencias.

Con esa experiencia ha escrito un libro, Todo lo vivido (Grijalbo), que saldrá a la venta el 12 de febrero, y ha creado una empresa de coaching, ­Bevolutive, que plantea como un reclamo, precisamente, “el viaje del olimpo al infierno”. Hoy accede a que El País Semanal le haga las preguntas que nunca había contestado hasta ahora. Algunas de sus respuestas muestran los cambios profundos que ha experimentado, como hablar con más cariño de los funcionarios de prisiones que le ayudaban a distraerse —“los echaba de menos si se iban de vacaciones…, aún seguimos en contacto”— que de Felipe VI —“Mi cuñado. Mi amigo. O eso había creído yo…”—. Otras réplicas revelan que, al igual que su exsuegro, Juan Carlos de Borbón, al que defiende y con el que sigue en contacto, cree haber sido víctima de una injusticia por ser quien es y no por haber hecho lo que hizo, pese a que, en su caso, quedó probado en dos sentencias.

Su peripecia personal está plagada de hitos que ya forman parte de la historia del país y que trascendieron sus fronteras, como la foto de una Infanta en el banquillo de los acusados. La Audiencia de Palma la absolvió, finalmente, de dos delitos fiscales, pero declaró su responsabilidad como partícipe a título lucrativo por delitos de malversación y fraude a la Administración. Durante el proceso, según se supo más tarde, Manos Limpias había ofrecido a La Caixa retirar la acusación contra Cristina de Borbón a cambio de dos millones de euros.

—Dice en el libro que terminó en la cárcel “para contentar a la prensa, a los jueces, al fiscal, a la Casa Real y a una parte de la opinión pública”. Que si se hubiera apellidado “Pérez” no habría entrado en prisión y que “cuando se decide que alguien tiene que caer, los hechos solo estorban”. Pero los hechos probados de la sentencia, ratificada por el Supremo, aseguran que “abusó de su privilegiada condición” y la utilizó para “mover la voluntad de los poderes públicos en beneficio propio”. Y que para no pagar los impuestos que le correspondían por los beneficios obtenidos creó una estructura de “aparente legalidad” con empleados “ficticios”. ¿Cree que le hubieran adjudicado a dedo el contrato de 2,3 millones de euros con el Gobierno balear de haberse apellidado Pérez?

—Lo que hacía el Instituto Nóos era especial, diferente. Nos fuimos al World Economic Forum a estudiar el Foro de Davos porque su estructura es gemela. Ofrecíamos un servicio que nadie más hacía y esa era la razón por la que dos comunidades autónomas [la valenciana y la balear, ambas gobernadas por el PP] nos escogieron.

—El presidente entonces de una de esas comunidades autónomas, la balear, Jaume Matas, admitió en el juicio que el interés del proyecto era llevarse bien con la Familia Real y aseguró que usted era un “conseguidor”.

—No puedo saber lo que pasa por su cabeza. Todas mis conversaciones con él fueron absolutamente profesionales.

La Audiencia de Palma condenó a Matas a tres años y ocho meses de cárcel por estar dispuesto a “omitir los trámites legalmente establecidos” en atención a la “proximidad” de Urdangarin a “la Jefatura del Estado”.

—Durante el juicio admitió que no conocía a sus propios empleados.

—A los trabajadores del Instituto, no a los subcontratados de otras empresas, los conocía perfectamente.

—La sentencia establece que buscaban personas para ofrecerles contratos de trabajo ficticios que les permitieran deducir gastos.

—Puede ser una lectura válida para el Supremo, pero no para mí.

Cuenta que aún mantiene el contacto con miembros de la Familia Real, como la reina Sofía o el rey emérito, con el que habló estas Navidades, no así con Felipe VI, el Monarca que asumió el trono en junio de 2014 en una solemne ceremonia a la que no fue invitada su hermana Cristina (como tampoco invitó recientemente a su padre al acto oficial por el 50º aniversario de la restauración de la Monarquía en España). No había margen de error tras los escándalos previos con los que la Corona había pasado de ser una de las instituciones mejor consideradas al suspenso, hasta que el CIS dejó de preguntar directamente por su valoración en 2015. Fue don Felipe, entonces príncipe de Asturias, quien más distancia puso con el matrimonio Urdangarin-Borbón al estallar el caso Nóos pese a ser quien más unido estaba a ellos en la Familia Real. Cuando inició su noviazgo en secreto con Letizia Ortiz, la infanta Cristina y su marido actuaron de cómplices y don Felipe, padrino del tercer hijo de la pareja, Miguel, llegó a encargar a su cuñado la compra del anillo de pedida para no levantar sospechas. Preguntado por la nula relación con el actual jefe del Estado desde entonces, Urdangarin responde: “Aunque no viera algunas veces los comportamientos que esperaba, no puedo juzgar, porque entiendo que no es fácil separar la institución de la familia y las opiniones del entorno”. Fue también Felipe VI quien decidió, en 2015, retirar a su hermana el título de duquesa de Palma que su padre le había concedido como regalo de boda. La imagen de la Monarquía española se ha recuperado con el actual Rey, según el presidente de Metroscopia, José Juan Toharia, quien afirma que hoy “es una de las mejor valoradas de Europa pese a los tiempos particularmente difíciles que vive el país”.

Urdangarin se explaya mucho más al hablar de cómo se sintió fuera de lugar en la Familia Real, sin entender muy bien qué podía aportar a la institución, al contrario de lo que le ocurría en las canchas de balonmano: “Allí no tenía que hacer ningún esfuerzo, no tenía que cambiar quién era, se me valoraba por lo que hacía. Mis compañeros eran como hermanos”. “Había aprendido”, escribe, “a trabajar en equipo en un vestuario lleno de egos. Supuse que podría afrontar el reto de formar parte de una familia real, pero con el tiempo comprendí que encajar no es lo mismo que pertenecer”. Y, aunque preguntado por si sentía alguna clase de complejo, lo niega, en su libro incluye una anécdota que resulta reveladora a la vista de cómo evolucionaron los acontecimientos. Fue un comentario de Juan Carlos I sobre su piso en Barcelona, la propiedad en la que vivía con tres de sus cuatro hijos antes de mudarse al palacete de Pedralbes: “Ahí no cabéis, chico”. De algún modo, los problemas empezaron ahí.

En 2004, el matrimonio adquirió el palacete de Pedralbes por 5,8 millones de euros e invirtió cerca de 3 millones más en la reforma. Cuando la instrucción del caso Nóos puso sus finanzas al descubierto, entre otras sus declaraciones de la renta, se comprobó que Urdangarin reconoció ese año unos ingresos de 36.000 euros y su esposa algo más de 150.000 por su trabajo en La Caixa. El rey Juan Carlos ayudó a su hija con un préstamo de 1,2 millones de euros. Para entonces, Urdangarin había puesto en marcha un plan empresarial con su socio Diego Torres, profesor en la escuela de negocios Esade: la organización de eventos para administraciones públicas o empresas privadas a través del Instituto Nóos, entidad supuestamente sin ánimo de lucro. “El Iñaki de hoy”, escribe, “nunca compraría esa casa”. “Estaba atrapado, más bien deslumbrado, por un estilo de vida que nunca había sido el mío”.

El caso Nóos estalló oficialmente en 2010 como una derivada del caso Palma Arena, que investigaba a Jaume Matas, expresidente balear y ministro de Medio Ambiente con José María Aznar entre 2000 y 2003. El asesor legal de la Casa del Rey, José Manuel Romero, conde de Fontao, se reunió con Urdangarin en septiembre de 2005, según relató años después ante el juez, para recomendarle que se apartase de lo que consideraba unas actividades mercantiles “inadecuadas” y recomendarle que crease una fundación ligada al deporte. En mayo de 2006, Urdangarin y Torres crearon la Fundación Areté. El conde de Fontao explicó que, cuando descubrió que se trataba de una mera réplica del Instituto Nóos, comunicó al marido de la Infanta que aquello no era aceptable para la Casa del Rey. En 2009, con una oportuna oferta de trabajo de Telefónica para Urdangarin, el matrimonio se trasladó a vivir a Estados Unidos: “Desde su lógica, pensaron: ‘Vamos a mandarlos a Washington. Así no se los ve. Así la prensa se olvida. Así no hay problema”, afirma en el libro refiriéndose a La Zarzuela.

Hasta allí se trasladó posteriormente otro emisario del Rey, Fernando Almansa, quien, según rememora Urdangarin, aterrizó en un avión privado en Denver en pleno proceso judicial pertrechado con una caja llena de recortes de prensa sobre el caso Nóos y una petición en nombre de la institución: “Mira, Iñaki, creemos que lo mejor es que te divorcies de doña Cristina”.

“Yo era la gangrena”, relata Urdangarin en su libro, “y mi amputación, la única forma de control de daños que pensaban considerar”. Fue ella la primera en responder al emisario: “Pues te puedes ir por donde has venido”.

—Entre la institución y su marido, la entonces infanta Cristina lo eligió a usted. ¿Cree que a ella le benefició o le perjudicó esa decisión?

—Si para mí la situación era muy difícil, para ella lo fue mucho más. A mí ella me conocía muy bien, pero era su familia y su institución la que venía a decirle aquello. Tampoco creo que sea fácil ser padre y ser rey, tomar ese tipo de decisiones. Para el rey, si me pongo en su lugar, también era complicado todo aquello…

Cristina de Borbón cerró filas con su marido. El día de su 53º cumpleaños recibieron juntos en Ginebra la noticia: él tenía cinco días para entrar en prisión.

Urdangarin llamó entonces al jefe de su antiguo equipo de escoltas para preguntarle qué prisión era mejor y este le aconsejó, para garantizar su seguridad, la cárcel de mujeres de Brieva porque tenía un módulo aislado que llevaba cuatro años cerrado. “El sentimiento que me embargó el día que ingresé y la puerta restalló por primera vez a mis espaldas fue el pánico. Pánico puro. Un gancho helado en el estómago, que me dejaba sin aire (…) Miré a mi alrededor y solo vi muros, rejas y concertinas”, escribe. “Era un desierto de cemento, una tumba grande (…) y un doble castigo: la privación de libertad y la soledad”. Estaba más seguro, pero no tenía contacto con ningún otro preso. Por primera vez en toda su vida, el hijo de una familia numerosa (siete hermanos) y padre de otra (cuatro hijos) se encontraba “totalmente solo”.

Cuenta que los tres primeros meses pensó: “No voy a poder soportarlo. Lloré todo el verano”. “El primer locutorio con mi hijo mayor fue muy muy duro. Hablas a través de un cristal, no puedes abrazar, no puedes tocar. Yo veía su cara…, aquello me impresionó mucho”, recuerda, emocionándose. Podía realizar diez llamadas de siete minutos cada una a la semana a un listado previamente autorizado por la prisión, y en el que figuraban los números de su esposa, sus hijos, su madre y su abogado. Una vez al mes podía mantener un vis a vis íntimo o familiar, con un máximo de cuatro visitantes. Decidió que todos fueran familiares. “Llené la salita de fotografías nuestras, para que fuera más agradable. El tiempo de la visita pasa volando. Cuando acaba y acompañas a tu familia hasta donde el funcionario te permite, también oyes el ¡bum! de la puerta que ellos atraviesan para salir y vuelves a quedarte solo. Eran momentos difíciles de gestionar”.

Una enfermera del servicio médico de la prisión le recomendó hacer un curso de bienestar emocional. Le sirvió para ordenar sus sentimientos —“incredulidad, tristeza, rabia, rencor” son algunos de los que menciona— y buscar pequeños incentivos. La bicicleta estática fue uno de ellos, pero tuvo que pelearla. La primera vez que la solicitó se la denegaron y presentó una queja. Finalmente, a finales de 2018, el juez de vigilancia penitenciaria de Valladolid Florencio de Marcos, del que dependía la prisión de Brieva, dictó un auto en el que afirmaba que, “frente a cierta creencia popular” de que el encarcelamiento de Urdangarin en aquel módulo aislado de la cárcel de mujeres era “un privilegio”, debía tenerse en cuenta el peligro “para la salud física y mental” que produce “la soledad”. En esas circunstancias, concluyó, la bicicleta estática podía ayudar al “mantenimiento de la salud mental del penado”.

“Para mí”, recuerda ahora Urdangarin, “fue un balón de oxígeno. Necesitaba irme a la cama cansado física y mentalmente para poder dormir y, sobre todo, tener la sensación de que el día había valido la pena. Eso me lo daba el deporte y el estudio. La bici la iba moviendo de sitio buscando, en la medida de las posibilidades, distintos escenarios para ver cosas distintas; unos días hacía entrenamiento de velocidad, y otros, de resistencia. Unos días con música, y otros, sin ella…”.

El otro gran incentivo que encontró en prisión fueron las cartas. Antes de convertirse en un preso, la última que había escrito fue en los años noventa, desde Japón para sus padres durante un campeonato del mundo de balonmano. “Como las visitas eran limitadas, cuando mis hijos venían a verme, al terminar, les daba una carta para que se la llevasen. Con muchos amigos me comunicaba solo por carta, porque la prioridad de las visitas para mí era la familia, pero lo que fue una sorpresa total fue empezar a recibir cartas de desconocidos. Gente muy creyente, que me aconsejaba que me agarrara a la religión, o que me daba consejos para aguantar. También presos de otras cárceles que tenían curiosidad. Me preguntaban qué tal estaba, me decían que no me desanimara, me repetían esa frase tan carcelaria: ‘De aquí se sale’… Esas creo que las abrían y nunca las contesté”.

Con algunos de esos desconocidos, la correspondencia se convirtió en ritual, como con María Teresa, de Tarragona. “Es una mujer que por lo que me contaba ha tenido una vida compleja. Su nivel de escritura y su generosidad eran espectaculares: cartas de ocho páginas, por las dos caras, cada semana. Luego estaba Joaquín, una persona exitosa en su carrera profesional, que ahora está vinculado a una fundación social, y que me ayudó muchísimo. Me decía, por ejemplo: ‘Necesitas leer este libro’, y efectivamente, era el libro que necesitaba leer en ese momento. Me contaban sus cosas, me imaginaba sus vidas, me sentía acompañado… Para mí todo aquello era impagable. Con él me vi el verano pasado y me pareció un tipazo. María Teresa me contactó recientemente y hemos quedado en vernos”.

Antes de salir de prisión, terminó el curso de entrenador de balonmano e hizo un máster de psicología del coaching en la UNED. También tuvo que completar el Programa de Intervención en Delitos Económicos (Pideco), un plan de reeducación para condenados por corrupción puesto en marcha en enero de 2021. Cuando llevaba dos años y medio aislado en el módulo de la prisión de Brieva, le permitieron salir dos días a la semana a trabajar como voluntario en Don Orione, un centro para personas con alta discapacidad intelectual y dependencia. “Para mí”, dice Urdangarin, “ir allí suponía salir de la rutina, romper los horarios de la prisión, pero esos chicos me dieron mucho más de lo que podía imaginar. Yo llegaba por las mañanas, ayudaba a darles el desayuno y a recoger la cocina. Luego estaba de apoyo en el área de fisioterapia, hacíamos ejercicios de psicomotricidad y juegos. Con el tiempo, me reconocían, sonreían al escuchar mi voz… Llegaba allí y pensaba: ¿De qué me quejo yo?”. Urdangarin pasó cerca de un año en ese régimen, yendo dos días a Madrid para trabajar como voluntario en Don Orione, hasta que llegó la pandemia y se suprimió la actividad. Una vez superado el confinamiento, le autorizaron a acudir cinco días al centro y a dormir esas noches en el Centro de Inserción Social de Alcalá de Henares. Con el tercer grado, lo trasladaron a la cárcel de Zaballa para que pudiera trabajar en Vitoria en la gestoría Imaz & Asociados. Era el último paso antes de la libertad.

“Salir de la cárcel”, escribe, “no se parece en absoluto a lo que muestran las películas. No existe esa imagen en la que se abren unas puertas metálicas, el preso cruza el umbral con una maleta en la mano, y al otro lado le esperan sus seres queridos dispuestos a fundirse en un gran abrazo y conducir juntos hacia una puesta de sol idílica. La reincorporación a la libertad es un proceso gradual, por fases”. Es decir, un difícil ajuste de tiempos —entre las vidas que han continuado fuera y la que se ha detenido dentro— y de expectativas. Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin superaron una relación de vis a vis familiares, llamadas cronometradas, conversaciones a través de un cristal en el locutorio…, pero no la salida de prisión, la vuelta a una normalidad que ya no existía.

“Cuando comencé el tercer grado”, relata en el libro, “me invadió una nueva soledad. En teoría, tenía mucha más libertad para ver y hablar con los míos, pero percibía un vacío extraño a mi alrededor. Aquellas visitas que en prisión eran un ritual casi sagrado y todo un salvavidas emocional se espaciaron. No por falta de cariño, sino porque supongo que dejaron de percibirse como tan necesarias. Yo había salido y los demás podían descansar de la preocupación constante de saberme aislado en una celda. Era comprensible”. Tenían ritmos distintos.

Al recuperar la libertad, vivió con su madre, Claire Liebaert, que hoy tiene 90 años. Desde hace un tiempo lo hace con su nueva pareja, Ainhoa Armentia, la compañera de trabajo en la asesoría de Vitoria que le había permitido acceder al tercer grado penitenciario, la mujer con la que pudo establecer conversaciones nuevas, más fáciles, y que, según sus palabras, le devolvió “la autoestima”. Una revista del corazón publicó las fotos antes de que Urdangarin pudiera explicárselo a sus hijos. “Con Cristina ya había hablado, pero no con ellos. Mi mala gestión de los tiempos y de la comunicación hizo que el asunto fuera demasiado doloroso para todos”. En enero de 2024, es decir, 13 años después del estallido del caso Nóos, firmaron el divorcio.

—Dice en su libro: “Hoy vivo en Vitoria. Llevo una vida sencilla, casi monástica”. ¿Cómo es esa vida ahora y por qué eligió Vitoria?

—Es un punto de partida, como volver al Iñaki de la juventud. Aquí conocen a mis hermanos, a mi madre…, siento que puedo respirar, estar más tranquilo. Además, me encanta la naturaleza y en Vitoria caminas dos minutos y estás delante de un paisaje increíble. Esa es la vida sencilla: hacer deporte, estar con los amigos, disfrutar de lo que durante mucho tiempo no pude hacer. Todo eso para mí tiene ahora un valor incalculable.

Hubo un tiempo, antes de que los escándalos afectaran directamente al hombre que reinstauró la Monarquía en España, Juan Carlos I, en el que La Zarzuela pensó que el peor de sus problemas se llamaba Urdangarin y trató de zafarse de él. Eran los años en los que el hoy rey emérito aludía en su discurso de Nochebuena al comportamiento poco ejemplar de su yerno sin saber que nueve Navidades después sería su hijo el que se desmarcaría de la conducta de su predecesor en el trono: “En mi proclamación ante las Cortes Generales me referí a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos, sin excepciones, y que están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares. Así lo he entendido siempre”.

—Con el tiempo también el rey emérito protagonizó varios escándalos, como la donación de 65 millones de euros que recibió de Arabia Saudí, y tuvo problemas con la justicia que no prosperaron por su inviolabilidad. ¿La conocía previamente o se enteró por la prensa? ¿Cree, como dijo en su día Juan Carlos I, refiriéndose al caso Nóos, que la justicia es o ha sido igual para todos?

—Sobre la donación yo no tenía ni idea. Y no, la justicia no ha sido igual para todos, no ha sido igual para mí. Mi condena fue desproporcionada.

—¿Ha leído Reconciliación, las memorias del rey emérito?

—No, pero es una persona razonable y habrá hecho un escrito razonable.

—En el libro, dice: “Iñaki no recibió ningún trato especial. Incluso sospecho que, por ser yerno del Rey, tuvo que pagar por su error un precio más alto que otros”.

—Me alegra que lo vea de la misma forma. Pudo haber errores administrativos, pero nunca hubo voluntad de delinquir y la desproporcionalidad ha sido muy grande, pero ya está aceptado y he cumplido.

—¿Cree que el rey emérito ha tenido un comportamiento ejemplar?

—Si no lo ha tenido, lo habrá intentado. Creo que siempre ha intentado hacer todo lo mejor posible.

—¿Tiene algún perdón pendiente de pedir?

—La prisión me permitió poner en contexto lo que había hecho, reconstruirme, ver los comportamientos de los que no puedo estar orgulloso y que hicieron sufrir a otras personas. Fui a hablar con ellas, pero me queda una, un perdón pendiente. Por su privacidad, me guardo quién es.

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