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Donald Trump
Opinión

El lado correcto de la historia

Tal vez, en tiempos de incertidumbre, valga más que nunca la pena apegarse a los valores de la simple dignidad humana. No hay en ello grandes teorías ni viejas conspiraciones, porque hasta en la guerra, como nos recuerda el derecho internacional, hay reglas

Imagen de Inteligencia Artificial compartida por Donald Trump el 13 de abril.Donald Trump via Truth Social (EFE)

En un hecho bastante inédito el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha arremetido contra el papa León XIV por su reiterado llamado a la paz en el contexto de conflictos bélicos en múltiples lugares del mundo. Y no sólo ha sido el fondo, cargado de epítetos poco habituales en lenguaje diplomático, por ocupar un eufemismo, sino que en la forma, difundiendo por redes sociales imágenes que lo transforman en una especie de mesías o salvador. Convengamos, no pocos creímos al principio que esto era producto de la inteligencia artificial puesta en manos de sus adversarios, pero no, ahí estaba esta puesta en escena en sus propias redes sociales.

Más allá de la ‘anécdota’ —en América Latina estamos acostumbrados al realismo mágico de algunos de sus líderes— lo cierto es que la denuncia del Papa, que ha señalado en su viaje a África que “el mundo está siendo destruido por un puñado de tiranos”, no puede dejar indiferente a ningún habitante de este planeta, porque la crisis que enfrenta hoy el sistema internacional y la potencial escalada de los conflictos que hoy se ciernen en el mundo, nos obligan a pensar de manera clara que significa, en definitiva, estar del lado correcto de la historia, una frase que ha resonado en distintas partes del globo.

Por eso, no es menor que la voz del Papa haya encontrado eco en los propios representantes de la iglesia en distintas partes del mundo, como ocurrió también en Chile mediante una carta de la conferencia episcopal que declaró, entre otras cosas que la posición del jefe de la iglesia no obedece a intereses ideológicos sino que a “iluminar la dignidad humana”.

Por cierto, el coraje de la acción papal, que goza todavía de una credibilidad propia de su investidura y de siglos de historia (más allá de si se profesa la religión católica o no) es una señal concreta de la emergencia que parece tener todavía a muchos líderes del mundo sin un real diagnóstico del particular momento que vivimos pero, especialmente, una interpelación a los ciudadanos del mundo a combatir la “banalidad del mal”, siguiendo a Hannah Arendt, para dejar de relativizar o seguir convirtiendo en “meme” algo que reviste la máxima gravedad por las implicancias que tiene para el conjunto de la humanidad. Pero hay algunas señales auspiciosas.

En efecto, no puede dejar indiferente que en las últimas semanas se cierna una luz de esperanza del lado de algunos líderes que parecen entender la responsabilidad histórica que tienen en sus hombros. Por un lado, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que ha catalogado la guerra de “ilegal, absurda y cruel” y que busca “alimentar los intereses de unos pocos, de los de siempre, de los de arriba”, ganando un liderazgo en el mundo progresista que parecía vacío. Del otro lado del espectro político, Georgia Meloni, antaño cercana aliada del presidente de Estados Unidos, ha levantado su voz no sólo para defender al Santo Padre de las ofensas de Trump, sino que también ha sido categórica en el anuncio de la suspensión del acuerdo de cooperación en defensa con Israel. Esto no es, para el sector conservador y pragmático de la líder italiana, una decisión fácil y menos carente de costos políticos, pero es un hecho interesante que se imponga cierta racionalidad en el mundo, independiente de las banderas políticas que se enarbolen. Bien valga también reconocer la dignidad de la oposición de su país, que no dudo en defender a la premier italiana frente a la dura respuesta de su exaliando norteamericano, entendiendo que se trataba no solo de la defensa de principios, sino que también de la dignidad y el interés nacional.

Del lado de las señales desde la ciudadanía, una situación similar es la ocurrida el pasado fin de semana en Hungría, en una votación inédita desde la caída del comunismo y la transición en 1990, los ciudadanos de ese país concurrieron a las urnas para decir ‘no’ a 16 años de un régimen que degradó permanentemente su sistema democrático. Si bien no se trata de un movimiento pendular —el actual líder proviene también de un mundo conservador— lo cierto es que el resultado del proceso electoral es una clara muestra de fuerza de un electorado que está dispuesto a movilizarse para cambiar las reglas y los liderazgos cuando no sintonizan con su propia realidad.

Tal vez, en tiempos de incertidumbre, valga más que nunca la pena apegarse a los valores de la simple dignidad humana. No hay en ello grandes teorías ni viejas conspiraciones, porque hasta en la guerra, como nos recuerda el derecho internacional, hay reglas. Lo irreductible y más relevante, en el entramado de instituciones y principios que nos hemos dado para la convivencia local, regional y global, son en definitiva los seres humanos. La humanidad ha aprendido (o tal vez no, a la luz de los hechos) que renunciar a este principio básico tiene grandes costos.

Es de esperar que estas señales de esperanza se sigan multiplicando en un mundo donde la ciudadanía parece dormida y los líderes extraviados. Desorientar el rumbo en estos tiempos no tiene que ver con acoplarse a proyectos de izquierda o derecha, ultras o no, sino que quedar, para los anales de la historia, como quien de forma pusilánime, obsecuente o negligente no levantó la voz. Vale la pena preguntarse entonces ¿cómo andamos por casa?.

En el caso de Chile, y de América Latina más ampliamente, la respuesta no es trivial. Nuestra región tiene una tradición de defensa del derecho internacional, del multilateralismo y de la solución pacífica de controversias —valores consagrados en su propia historia de conflictos y en instrumentos como la Carta de la OEA o el Tratado de Tlatelolco—. Pero esa tradición corre el riesgo de vaciarse si se convierte en mero formalismo diplomático sin consecuencias concretas. Estar del lado correcto de la historia no es solo emitir declaraciones; es mantener coherencia entre lo que se dice en los foros internacionales y las decisiones que se toman en casa: con quién se comercia, a quién se le vende armamento, a qué votos se abstiene uno en Naciones Unidas. En ese sentido, la pregunta no es solo filosófica. Es política.

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