La huella de la destrucción en el sur de Beirut: “Temo que Israel vuelva a la guerra”
La población de Dahiye, feudo de Hezbolá en la capital de Líbano, regresa sin saber si la tregua será duradera


Las avenidas de Dahiye se asemejan del todo a un paisaje apocalíptico de película. Los suburbios que rodean Beirut por el sur de la capital libanesa -Dahiye significa suburbio en árabe- muestran tal destrucción después de 46 días de ofensiva israelí que, en algunas zonas, se antoja imposible el regreso de la vida civil. Este sábado, miles de residentes regresaban a la zona para evaluar los daños sin saber si la tregua de 10 días que Estados Unidos anunció el jueves —y que entró en vigor el viernes— dará el suficiente margen diplomático, tal y como ansía el Gobierno libanés, para convertir el cese de los combates en permanente, y evitar la reanudación de la guerra entre Israel y el movimiento armado Hezbolá.
En Haret Hreik, Laylaki, Hadath y el resto de municipios que conforman Dahiye, una extensión urbana de 22 kilómetros cuadrados donde 700.000 personas tienen su hogar, cuesta encontrar dos calles consecutivas sin edificios derruidos o dañados por las ondas expansivas, que han despedazado toldos y ventanas. Una nube de polvo engulle la zona, entre máquinas que mueven escombros y vecinos que barren su trozo de calle. Los peatones avanzan alejados de las torres residenciales, para evitar el posible derrumbe de bloques que se sostienen de milagro y los cubos con cristales y hormigón que los habitantes lanzan mientras limpian sus apartamentos.
La mayoría de quienes circulaban este sábado por Dahiye habían vuelto de su desplazamiento forzoso para comprobar el estado de sus casas y negocios. Algunos optaban por confirmar su regreso y se ponían manos a la obra. Otros, recogían algunas pertenencias y se iban. Wael, de 30 años de edad, está entre ellos. Explica que durante la guerra visitaba a un amigo que reside en un edificio alto del centro de Beirut. “Desde su casa se veía la nuestra en Dahiye”, detalla. “Podía ver si aún estaba ahí, aunque tuviera alguna ventana afectada”.
Lejos de las aldeas del sur de Líbano ocupadas por Israel, Dahiye, donde Hezbolá tiene presencia y seguidores, es el lugar que concentra la mayor destrucción en Beirut. Desde el 2 de marzo, cuando el movimiento proiraní disparó cohetes contra Israel en venganza por el magnicidio del líder supremo de Irán, Ali Jameneí, la ofensiva israelí ha destruido en los suburbios beirutíes más de 7.500 viviendas, según la investigación de un instituto público libanés fechada el 7 de abril. En cinco semanas, según esa fuente, las tropas israelíes destruyeron casi mil viviendas al día en Líbano, casi todas ellas en las zonas donde Hezbolá obtiene apoyo.

Cerca de la Iglesia de San Miguel, en el municipio de Chiyah, que pertenece a los suburbios beirutíes, Hezbolá ha habilitado un punto de información para periodistas mientras limita la circulación de informadores a tours guiados por el movimiento chií. Un miembro de la organización señala a El País los escombros de lo que antes fue un edificio de 20 plantas que acogía una sucursal de Al-Qard Al-Hasan, la entidad financiera que Israel ha bombardeado en varias ocasiones por estar afiliada al brazo social de Hezbolá, alegando que fortalece su brazo militar. Al lado, el hombre asegura que había una escuela de enseñanza islámica donde ahora hay una montaña de ruinas.
Ziad, taxista de 55 años de edad, es de los pocos que permaneció en la zona durante la guerra, desobedeciendo las órdenes israelíes y la urgencia que imprimen los bombardeos. “Yo duermo de cualquier modo”, dice riendo. Circula por Dahiye con una Vespa que parece muy pequeña para él mientras inspecciona el panorama: “Lo he hecho todos los días: como no tengo nada que hacer, cuando hay un bombardeo voy a mirar”.
Fue el único que se quedó en su escalera, y socorrió a una mujer “muy mayor” que permaneció sola en el bloque de enfrente, mientras no dejó de acudir a su café habitual, donde mantuvo las noches de narguile y debates con algunos conocidos más. En uno de ellos, un hombre con varias propiedades inmobiliarias que teme por ellas, y que es “laico” —describe Ziad, chií y fiel seguidor de Hezbolá—llegó a bromear con que cuando termine la guerra “se irá a bailar a Tel Aviv”, harto de pasar tanto miedo.
Pero no todos los chiíes apoyan la guerra. Entre la nube de polvo aparece Mona, el nombre ficticio de una joven libanesa. Maquillada, con el pelo suelto y cazadora de cuero, teme que Israel retomará en unos días la ofensiva “para terminar el trabajo que han empezado” si las negociaciones no fructifican. Asegura que se ha puesto a aprender hebreo “para conocer al enemigo”, pero se desmarca del sentir general de su entorno. “Ellos son mi gente”, dice señalando a Hezbolá: “Pero yo abogo por algún tipo de entendimiento diplomático que traiga la paz, algo que parece controvertido hoy en día”.
Consolidar la tregua
A muy poca distancia, justo al otro lado del perímetro con el que el ejército israelí ordenó el desalojo de Dahiye, dentro de su guerra contra Hezbolá, el presidente, Joseph Aoun, y el primer ministro, Nawaf Salam, trabajaban este sábado desde el Palacio Presidencial para evitar el regreso de la guerra. Ambos buscan consolidar una tregua temporal que vence el próximo domingo en unas negociaciones inminentes en las que participa Israel —aunque el comunicado de presidencia evita mencionarlo— en las que Beirut también reclama una retirada total del ejército israelí, la liberación de las decenas de libaneses incomunicados en cárceles israelíes y la demarcación de una frontera definitiva entre los dos países.

“Confiamos en que salvaremos a Líbano”, había proclamado Aoun el viernes durante un discurso a la nación. Ante las críticas de Hezbolá y su entorno, que acusan a las autoridades de abocar el país a la sumisión al dialogar con Israel, el presidente defendió su negativa “al suicidio” de su país, en una clara referencia al interminable ciclo de violencia contra un ejército de poder abrumador, y “a morir por nadie que no sea Líbano”. “Hoy, ya no somos los peones ni el campo de batalla de nadie”, advirtió, en una clara alusión a la influencia en Líbano de Irán, el principal sostén de Hezbolá.
Aunque esas palabras agraden a los oídos israelíes, parece difícil que el Gobierno de Benjamín Netanyahu —que rechazaba hablar con Beirut y aceptar una tregua hasta que se la impuso Trump— obtenga lo que busca en unos pocos días de negociaciones con Líbano. Israel ha expresado su desconfianza hacia los dirigentes libaneses a la hora de afrontar el desarme de Hezbolá, la máxima preocupación de seguridad israelí en su frontera norte. Eso hace que la presión de EE UU para un hipotético salto a una tregua permanente parezca imprescindible, mientras el ejército israelí va en sentido contrario y arraiga su ocupación en el sur de Líbano.
Este sábado, un comunicado castrense ha justificado ataques en la parte meridional del país alegando que actuaba dentro de la Línea Amarilla, una demarcación dentro de Líbano que la tregua no establece, que Israel no había presentado previamente ni tampoco detallado su recorrido y que copia el esquema del alto el fuego en Gaza. El cese de la ofensiva israelí mediado por EE UU el pasado octubre en la Franja palestina parte el territorio en dos mitades. Una, habitada y controlada por Hamás; la otra, convertida en un territorio fantasma y que sirve de zona tampón, dominada por el ejército israelí, y delimitada también por una línea amarilla.
En esa zona fronteriza, la tregua no ha silenciado las armas. La misión de paz de las Naciones Unidas ha denunciado este sábado la muerte de un casco azul francés en Ghanduriya por fuego de actores no estatales, en una aparente referencia a Hezbolá, aunque la milicia se ha desvinculado del ataque. Algunos vecinos del sur de Líbano han denunciado en la prensa detonaciones procedentes de municipios bajo ocupación y generalmente arrasados, como Taybeh, Qantara o Khiam. Izzat Hammoud, alcalde de la localidad fronteriza de Beit Lif, ha reclamado al Gobierno que actúe “para frenar la demolición de hogares y la destrucción de tierras por parte del ejercito israelí”.

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