Regreso al sur de Líbano: “Levantaremos una nueva generación que luche contra Israel”
Miles de residentes aprovechan el inicio de la tregua temporal para regresar a sus comunidades devastadas entre alabanzas a Hezbolá


La fractura entre los seguidores de la milicia chií Hezbolá y el Gobierno libanés era este viernes evidente en el abarrotado camino de regreso que miles de personas han emprendido hacia el sur de Líbano. Tras 46 días de desplazamiento forzoso por la guerra con el ejército israelí, miles de ciudadanos han aprovechado las primeras horas del alto el fuego temporal, de solo 10 días de duración, para retornar a un territorio devastado y donde Israel afirma que mantendrá los ataques. Mientras Beirut ha iniciado un diálogo con Israel y se ha comprometido a desarmar a Hezbolá, la población fronteriza, en su mayoría cercana al movimiento proiraní, regresa al sur entre alabanzas hacia sus combatientes. “Nuestros jóvenes han luchado contra Israel hasta la muerte”, proclama orgullosa Randa Manna, de 61 años, desde lo alto del vehículo. “Y levantaremos una nueva generación que luche contra Israel”, afirma junto a su nieto, ambos haciendo la señal de la victoria con los dedos.
Manna es parte de la multitud que este viernes se ha lanzado hacia la carretera secundaria que pasa por Qasmiyeh. Horas antes del cese de las hostilidades, Israel bombardeó en ese municipio el único puente sobre el río Litani que todavía no había dejado del todo inservible, en una acción que los residentes del sur ven como algo que buscaba causarles dolor. Cuando la tregua entró en vigor, en la medianoche del jueves al viernes, el paso se reconstruyó de madrugada acumulando tierra sobre el agua, obligando a los retornados a atravesar un embudo que ha provocado colas interminables. Y en una de ellas es donde Manna atiende a EL PAÍS.

“No nos habíamos ido muy lejos porque necesitábamos respirar el aire del sur”, dice la mujer, exultante porque haya llegado el día de regresar a su Bourj Rahal natal, cercano a la ciudad milenaria de Tiro. Las banderas de Hezbolá, de Amal —la otra gran formación chií en Líbano— y de Irán, aliado de ambos, vuelan por encima de la caravana, que avanza lentamente al compás de las canciones que enaltecen la resistencia, el concepto esencial y hostil hacia la presencia occidental e israelí en la región que vertebra la alianza entre Teherán y sus aliados en la región, entre ellos Hezbolá; el autodenominado Eje de la Resistencia.
Mientras la alegría del retorno se desvanece en algunas familias que descubren que su hogar ha quedado hundido bajo tierra por los indiscriminados bombardeos israelíes, a Manna no le importa lo que el destino le traiga mientras sea en Bourj Rahal: “Estamos preparados para poner tiendas de campaña y estar en nuestro pueblo”.
El jueves, la Administración de Donald Trump anunció una tregua temporal en la guerra abierta en la que los soldados israelíes y los milicianos libaneses se han enzarzado con fuerza desigual, en un conflicto en el que Israel ha matado en Líbano a 2.200 personas y ha desplazado a 1,2 millones, es decir, una quinta parte de la población nacional. La última escalada empezó el 2 de marzo. Ese día, Hezbolá disparó contra Israel por primera vez tras 15 meses de un alto el fuego anterior, pactado en 2024, que Israel incumplió a diario, causando 400 muertos con sus bombardeos y durante el cual siguió ocupando el territorio libanés.

Aunque la tensión escaló en octubre de 2023, cuando Hezbolá atacó a Israel en supuesta solidaridad con Gaza, el conflicto entre ambos se remonta al nacimiento de la milicia. En 1982, las autoridades iraníes exportaron su revolución islámica y encontraron tierra fértil entre el resentimiento de la población chií del sur de Líbano, entonces y hasta el año 2000 ocupado por el ejército israelí, en un periodo que atravesó a casi cada familia con agravios y humillaciones.
Desde entonces, Teherán aporta fondos y armas a Hezbolá, que ejerce de autoridad de facto —ofreciendo protección y servicios sociales— en los territorios de mayoría chií, como el sur de Líbano. Allí, las calles están forradas con imágenes de los líderes supremos de Irán y de los jeques y combatientes que han conformado la formación libanesa.
De camino al sur, se ve la sede del medio de comunicación Al Mayadeen, que Israel bombardeó por su cercanía a Hezbolá, y a decenas de personas celebrando en medio de la autopista la supervivencia de una estación de servicio de Al Amana, una distribuidora de combustible repetidamente atacada por su afiliación al grupo chií. También se aprecia la destrucción de un polígono con decenas de grúas, en un ataque que la población local entendió como un impedimento para la reconstrucción del sur.
El presidente libanés, Joseph Aoun, y el primer ministro, Nawaf Salam, ambos independientes y elegidos en 2025 tras la pérdida de influencia de Hezbolá por la ofensiva israelí, han dado pasos inéditos en la historia de Líbano. Ellos los presentan como necesarios para salir del ciclo de la violencia, pero la comunidad en torno a Hezbolá los siente como una amenaza.
Este abril han iniciado conversaciones con las autoridades israelíes, en un paso que vinculan con la llegada de la tregua. El pasado agosto decretaron el desarme de la formación chií, la única que retuvo las armas al término de la guerra civil en 1990, con el permiso de Beirut, para defender Líbano ante la ocupación israelí.
La decisión, que tiene adeptos entre otras comunidades sociales y religiosas, busca el monopolio estatal de las armas y asegurar a Líbano mediante un papel de neutralidad en una región conflictiva. Pero esa idea preocupa a los residentes del sur, que ven al ejército libanés incapaz de defenderlos ante Israel. En la caravana circulan incluso bromas sobre sus soldados, asegurando que, a diferencia de Hezbolá, se replegaron del sur ante la llegada israelí y ahora regresan junto con la población civil.
Aunque la nueva tregua es por ahora peor para Hezbolá que la de 2024, puesto que permite a Israel permanecer en una franja fronteriza de 10 kilómetros, muchos de los que regresan en el primer día la ven como una victoria. Imágenes como la del castillo de Beaufort, donde se retiró la bandera israelí, levantan la moral durante el viaje hacia un territorio que la ofensiva israelí ha dejado en muchas ocasiones sin servicios básicos, redes de agua, electricidad o flujo comercial, y en el que 100.000 personas han permanecido bajo bombardeos, según la ONU.
Dolor bajo la superficie
La alegría por el retorno al sur esconde bajo la superficie el dolor por una ofensiva israelí que ha provocado víctimas civiles hasta el último minuto antes del cese de las hostilidades, como en el caso de Tiro, con el bombardeo de sucesivos edificios residenciales. A la altura de Sarafand, un grupo de jóvenes alienta los vehículos. Uno de ellos, Mohamed, aún no se explica lo ocurrido el día anterior, cuando un avión tripulado israelí bombardeó a su abuelo, Mohammed Harbi, un agricultor de 93 años, mientras se desplazaba en su motocicleta de tres ruedas.
“Estamos agotados tras tantas semanas de guerra”, dice Fadi, que se acerca junto a su familia al puente de Qasmiyeh. Su hija pequeña ondea una bandera de Hezbolá. “Somos de Qana, el pueblo de los mártires”, dice en referencia a la masacre de 1996, cuando Israel mató a un centenar de personas que se refugiaban en una base de la misión de paz de la ONU. “Pero nuestro cansancio no llega a la suela del zapato al esfuerzo de quienes están luchando contra Israel”, admite con pena.

Detrás, seis mujeres de la misma familia comparten vehículo, del que salen banderas de Hezbolá, Amal e Irán por ambos lados. Zahara, maestra de 25 años y de Bourj Rahal, agradece el sacrificio de los milicianos libaneses, a quienes ve como posibilitadores de su retorno. Dice que su familia y otras dos han estado viviendo en el mismo hogar desde que tuvieron que huir, en un municipio cercano al río Litani.
Desde ahí, oían los bombardeos israelíes y el lanzamiento de proyectiles de Hezbolá a su alrededor. “Nos sentimos fuertes con cada misil contra la Palestina ocupada [Israel]. Sentíamos el viento con cada cohete que disparaba la resistencia”, dice con los ojos húmedos y con su sobrina pequeña en el regazo. Pese a lamentar la existencia de municipios fronterizos a los que la ocupación israelí impide el regreso, Zahara asegura que “la lucha de los jóvenes contra Israel nos hace levantar la cabeza”. “El mundo puede estar seguro de que, mientras exista la resistencia, que espero que sea para siempre, no les permitiremos quedarse ni un solo palmo de tierra libanesa”, concluye.
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