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Centenas de miles de libaneses huyen de los ataques de Israel: “¿Qué he hecho yo para terminar en la calle?”

La dura ofensiva israelí sobre el sur de Líbano, donde quiere crear una zona de seguridad, obliga a buena parte de la población a abandonar sus hogares y vivir en tiendas de campaña

Personas desplazadas que huyeron de los ataques israelíes en el sur del Líbano se reúnen para el iftar, la comida con la que se rompe el ayuno del Ramadán, en el patio de una escuela convertida en refugio, en la ciudad portuaria de Sidón, este lunes. Mohammed Zaatari (AP)

De golpe, un hombre visiblemente nervioso interrumpe una conversación en un solar asfaltado a las afueras de Beirut. “¡Mira lo que nos ha pasado!”, dice señalando a la tienda de campaña de la que proviene. Con la barba y el pelo adecentados aunque con el rostro marcado por el agotamiento, narra en un intenso monólogo la sucesión de golpes que le han dejado junto a su familia al raso, sin acceso a un baño y reutilizando el agua de un cubo para mantenerse limpios. “Yo tenía una casa, un trabajo y una vida normal. ¿Qué he hecho yo para acabar en la calle?”, se pregunta angustiado, rodeado de centenares de familias en la misma situación.

Ya más pausado, Mohamed Saleh se presenta. Tiene 43 años y es del municipio de Kounin, en la franja libanesa fronteriza con Israel. En octubre de 2023, cuando el partido-milicia Hezbolá abrió un frente de guerra contra Israel el día después de que Hamás atacara el Estado judío, Saleh, su mujer y su hija pequeña huyeron. Se mudaron a Dahiyeh, los suburbios beirutíes. Pero la expansión de los ataques israelíes sobre esa zona los expulsó de nuevo. Poco después, el colosal bombardeo israelí que volatilizó varios edificios residenciales para asesinar al dirigente de la milicia proiraní, Hasan Nasralá, derrumbó el bloque. “Perdimos nuestras dos casas en menos de un año”, señala.

Lejos de Kounin y del sur, donde Israel continuó los bombardeos y mató a 397 personas durante 15 meses de supuesta tregua con Hezbolá, Saleh buscó la normalidad en Dahiyeh. En este caso, en un apartamento de alquiler y con un jornal diario como cocinero en una pizzería. Esos esfuerzos se vieron truncados el 2 de marzo, cuando Israel inició una ofensiva a gran escala sobre Líbano en respuesta a la primera hostilidad de Hezbolá desde 2024. Ahora, la intemperie aleja a Saleh de su hija, hospedada con unos parientes. “Tiene diabetes y no puedo tenerla en estas condiciones”, protesta. “No elegí nacer libanés ni musulmán chií. ¿Por qué nos tiene que pasar esto?”, sentencia frustrado.

A grandes rasgos, el resto de familias congregadas en el frente marítimo de Beirut están atravesadas por historias similares. El vendaval del invierno levanta del suelo mojado sus precarias tiendas de campaña. Ahí guardan lo poco que se llevaron de casa entre bombardeos israelíes o ante la amenaza de ataques inminentes.

El ejército israelí busca el destierro de la comunidad chií libanesa, sobre la que se sostiene Hezbolá, como castigo colectivo por lo que el grupo presenta como una lucha por la tierra. Israel ha emitido órdenes de desalojo sobre el sur de Líbano y los suburbios beirutíes. En un país con un sistema político confesional, donde cada región tiene una mayoría religiosa distinta con unas formaciones políticas propias que velan por sus intereses, esas zonas representan el 14% del territorio donde quienes profesan el islam chií son mayoría.

El desalojo separa geográficamente a Hezbolá, que además de una milicia es la mayor formación que ofrece servicios sociales a los chiíes, de la comunidad que dice representar. También expulsa a centenares de miles de civiles del tejido social que reconocen como propio. Antes que dirigirse a regiones donde temen que otras comunidades religiosas los reciban con resentimiento, al asociarlos con unas acciones de Hezbolá sobre las que no tienen voz ni voto, muchos prefieren quedarse en los márgenes de la capital.

El Gobierno de Líbano cifra en más de un millón las personas que Israel ha desplazado de manera forzosa (el 20% del país). Solo 100.000 han optado por los abarrotados refugios públicos. El resto, pagan unos precios de alquiler multiplicados en tiempos de necesidad o se quedan en la calle. La semana pasada, António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, reclamó desde Beirut que la comunidad internacional responda ante la crisis humanitaria. Aunque algunos países han prometido aportaciones, ningún desplazado dice recibir lo necesario en comida, ropa o medicinas.

“A nosotros no nos ha llegado nada”, admite Zeinab. Lleva el pelo cubierto con un velo y su nieta, Awra, agarrada a una pierna. Unas lonas de plástico en tierra de nadie al norte de Beirut son su hogar desde que un doble bombardeo israelí sobre el paseo marítimo, donde dormían al raso, mató a 12 personas. En ese caos, dice, les robaron lo poco que tenían encima. Vienen de Marakeh, en el sur de Líbano. Como otros, partir de ese territorio donde muchos viven del campo les ha dejado sin ingresos, dependiendo de ONG que reparten ayuda esporádicamente.

Zeinab lamenta que las nietas se enfermaron por la lluvia que se filtró en la tienda, y que los bombardeos les provocan pesadillas. Tras ser también desplazados en 2024, ella no se suma a la épica con la que muchos —especialmente ellos— afirman que reconstruirán el sur tantas veces como haga falta. “Si nuestra casa no sigue en pie, no habrá a dónde volver”, zanja con pena, antes de reconocer que creen que su hogar ha sido bombardeado.

El primer ministro libanés, Nawaf Salam, pidió este jueves en declaraciones a la CNN que la Administración de Donald Trump “se implique” para lograr el fin de la guerra. Y alertó que Líbano “no tiene futuro si sigue siendo mitad Estado, mitad campo de batalla”.

“Los combates en Jiam son feroces”, escribe Fatima, de 33 años, por mensajes de texto. Ella es residente de ese municipio fronterizo, donde las tropas israelíes han extendido la ocupación terrestre durante los últimos días en el marco de su objetivo por crear una zona de seguridad. Fatima está a pocos kilómetros del pueblo, que ya fue ocupado por Israel durante casi dos décadas hasta el 2000, y luego en 2006 y en 2024.

Desconoce el estado de su casa, pero no comparte el temor generalizado de perder su tierra para siempre, y planifica vacaciones para cuando termine la guerra. “Volveremos porque tenemos a la resistencia”, dice sobre Hezbolá. “Jóvenes que defienden su tierra, su gente y sus hijos”.

Muchos libaneses —incluyendo los municipios de mayoría cristiana— se declaran neutrales o desean que su condición de civiles desarmados les permita quedarse en el sur. Hussein, que atiende a EL PAÍS desde un refugio para desplazados en las afueras de Beirut, asegura que eso no es así: “Hay un montón de gente que está muriendo por nada, [Israel los bombardea] sin ninguna razón”.

Entre otros, habla de su primo Mohammed, de quien se reserva el apellido, miembro de la Defensa Civil. “Solo era un voluntario que llevaba gente al hospital”, explica. Un bombardeo lo mató en su casa en Hanaway, cerca de Qana. Sospecha que un chivatazo hacia el lado israelí, en un contexto en el que “mucha gente no tienen nada y su única opción es dar cualquier información para cobrar”, pueda estar detrás del incidente.

Un comunicado del ejército israelí aseguró el viernes haber eliminado 570 combatientes de Hezbolá. Sería cerca de la mitad de las más de 1.000 víctimas mortales registradas por el ministerio de Sanidad libanés. En Gaza, el Gobierno de Benjamín Netanyahu también aseguró inicialmente que su ofensiva mataba a un civil por cada combatiente. En 2025, un documento castrense clasificado aseguraba que el 83% de los muertos eran civiles.

Aunque siga vivo, a Mohamed Saleh le da miedo no aprovecharlo. “Nací en 1982 con la ocupación israelí”, recuerda desde el frente marítimo de Beirut, lejos de su hija diabética. Desde entonces, lamenta, el temor de la guerra le ha perseguido, y le preocupa no verle fin al conflicto entre Israel y Hezbolá: “La vida es hermosa, pero ¿cuándo vamos a vivir?”.

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