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El norte de Israel sueña una vez más con la derrota total de Hezbolá: “Esta vez hay que eliminarlos para siempre”

Las localidades fronterizas con Líbano lucen casi vacías. La guerra de Israel y EE UU contra Irán las ha devuelto a la rutina de refugios y alertas, apenas meses después de regresar la mayoría de evacuados en 2023

Búnker en el norte de Israel, en la frontera con Líbano, el jueves.

En la localidad israelí de Zarit, a apenas 650 metros de Líbano, salir de casa implica ponerse en peligro. Los cohetes, drones y proyectiles antitanque que Hezbolá dispara a diario desde que, hace casi dos semanas, se sumó a la guerra en apoyo de Irán llegan en cuestión de segundos. A menudo, el aviso de alerta máxima aparece en el móvil a la vez que ululan las sirenas antiaéreas y la estela del proyectil de Hezbolá se dibuja en el cielo. Hasta cinco veces en una hora, seguidas de escasos momentos de calma relativa. Por eso, aquí, en Zarit; en Metula (otra localidad que roza con Líbano); en la más grande Kiriat Shmona (y, en general, en toda la franja de oeste a este a pocos kilómetros de la frontera), apenas se ven civiles en las calles y carreteras, pese a que la población no ha sido evacuada, a diferencia de octubre de 2023, cuando Israel desplazó a más de 60.000 personas a hoteles y apartamentos a partes más seguras del país.

Israel vivió aquella evacuación como una humillación: la única victoria de Hezbolá en una guerra en la que perdió a varios de sus líderes (sobre todo el histórico Hasan Nasralá) y vio impotente cómo Israel deflagraba a distancia los miles de buscas y walkie-talkies que había repartido entre sus ramas política, militar y social.

A Kiriat Shmona, la mayor localidad de la zona, solo volvieron unos 15.000 de los 25.000 evacuados. De los 2.000 de Metula, 600 se quedaron en otras partes del país. Un número indeterminado ha huido, además, en los últimos días. Se nota en las persianas cerradas, los garajes vacíos y las calles desiertas.

Quienes regresaron a sus hogares, solo hace unos meses, sufren ya otro conflicto abierto entre su país y Hezbolá. Las localidades lucen casi fantasmas. El principal sonido es el zumbido de los drones y el estruendo de los bombardeos israelíes en dirección a Líbano y de las intercepciones de los cohetes y drones en el sentido opuesto. En el exterior se ven sobre todo soldados, policías y vehículos militares. También un puñado de obreros palestinos de la construcción, tan asustados como necesitados de cobrar la peonada.

Por eso, los que aquí siguen sueñan con una suerte de victoria definitiva contra Hezbolá que cambie su vida para siempre. Es, más o menos, lo que sus líderes ya les prometieron y vuelven a hacer. Esta vez, por medio de bombardeos constantes en distintos partes de Líbano que han causado 773 muertos, un millón de desplazados forzosos por las órdenes de evacuación y las tropas profundizando su invasión terrestre del sur.

Zarit es un moshav, una comunidad agrícola similar a los kibutz, así que muchos de quienes viven aquí estos días de guerra (o duermen en otro lado pero vienen mientras hay luz solar) es para cuidar de sus animales. O porque integran las unidades de defensa temprana, encargadas de hacer frente a los atacantes hasta que llegue el ejército y que, cuando Hamás lanzó su ataque en octubre de 2023, pasaron horas solas, esperando a Godot.

Yonathan (acepta ser retratado, pero prefiere no dar su apellido) integra una de estas unidades, ataviado con chaleco antibalas. Admite que “mucha gente” se ha ido a otras partes del país, sobre todo quienes tienen hijos, pero confía en que volverán cuando, “esta vez sí”, Hezbolá sea completamente derrotado. “No se rinden. Golpean con toda su fuerza, son los más peligrosos y se han reforzado. Aunque hubiese un acuerdo, no serviría. Hay que acabar con ellos de una vez por todas y para siempre. No hacer acuerdos con ellos, simplemente eliminarlos. En el momento en el que lo hagamos, volverá la calma”, asegura frente a su posición.

Es “la guerra del norte”, como titulaba este viernes en portada el diario de mayor tirada, Yediot Aharonot. El Gobierno de Netanyahu insiste en que no evacuarán a su población en esta ocasión, aunque sobre el terreno el ritmo y potencia de los ataques se asemeja a los de entonces.

Todo se fía a la fuerza. A emplear más que la vez anterior. “El ejército os protege en la línea de frente, profundo dentro de territorio libanés. Continuará atacando a Hezbolá con gran fuerza y os brindará seguridad”, afirmó el ministro de Finanzas, el ultranacionalista Bezalel Smotrich, el pasado día 2, tras los primeros proyectiles desde Líbano. Tres días más tarde, visitó el norte de Israel y prometió que Dahiye, el suburbio sur chií de Beirut donde viven 700.000 personas, “se parecerá a Jan Yunis”, la localidad del sur de Gaza que dos años de invasión israelí convirtieron en un manto de escombros.

Shlomit Mizrahi es una de las nacionalistas religiosas que han hecho el camino contrario: mudarse adonde pocos quieren. Viven como una misión, mezcla de mandato bíblico y sionista, asentarse no solo en las colonias de Cisjordania (vivían, de hecho, antes en una de ellas, Beit El, cerca de Ramala), sino también en las localidades de Israel fronterizas con zonas árabes o de mayoría palestina.

Explica que llegó hace medio año a Zarit, junto con otras nueve familias. Ahora aspiran a que el ejército avance y deje en Líbano una franja bajo su control “lo más amplia posible”. “Vivir aquí es un reto, pero confiamos en nuestro Ejército, que hace un trabajo maravilloso frente a Hezbolá, que solo quiere destrozar a los que creemos en la vida. No tenemos duda de que venceremos”, señala en el patio de su casa, antes de correr hacia el cuarto de baño, la única habitación de la casa sin cristales que puedan reventar ante un impacto.

Su presencia es tan reciente que carece aún de la denominada habitación segura (con puerta y ventana blindada), así que ella, su marido y sus tres hijos esperan que acabe la alerta encajonados cerca de la ducha. “Estamos seguros de que esta dificultad, porque es verdad que no es fácil estar así, brotará algo mejor. Sentimos a Dios de nuestro lado y los milagros que nos regala a diario”, añade.

Hagai Rosenbaum tiene otra mirada. Nació hace 57 años en el centro de Israel, pero vive en Metula desde los años 90, cuando Israel ocupaba el sur de Líbano, lo que justamente parió a Hezbolá. Evacuado en 2023 (como todos sus vecinos) solo se atrevió a volver el verano pasado, con una confianza en las palabras del primer ministro, Benjamín Netanyahu, que ahora ha perdido. “No soy político, ni general. No entiendo mucho de estas cosas, pero sí sé una: cuando hay un líder, necesito confiar en él. Y, actualmente, esto es una gran incógnita”, señala. “Nos prometió que era seguro volver a casa. Nos dijo: ‘los hemos derrotado, hemos ganado, están asustados’… y mira lo que ha pasado. Todo de vuelta otra vez”.

Como una condena sisífica, vive de nuevo bajo la rutina de proyectiles de la milicia libanesa, corriendo cada poco a la habitación segura, donde ha colocado los colchones para dormir con su mujer y sus dos hijos. Es lo más seguro, con apenas 10 segundos desde el aviso para buscar refugio, argumenta. “Incluso cuando salgo al supermercado, voy todo el tiempo pensando dónde correr a refugiarme si salta una alarma”, reconoce.

Su casa resultó levemente dañada la semana pasada por un proyectil de Hezbolá. Acaban de reparar el tejado. Aún pueden verse señales de metralla en los cristales del salón y en el pavimento. Lo peor, señala, se lo llevó el coche, aparcado en la entrada: siniestro total. Desde su balcón pueden verse con claridad las aldeas libanesas destrozadas por la invasión israelí y un puesto de los cascos azules de la ONU en la Línea Azul, la divisoria internacionalmente reconocida entre Israel y Líbano, que carecen de frontera formal.

Se quedan, dice, porque les costó mucho pasar año y medio fuera de su casa, agobiándose con cada información sobre una casa dañada en Metula, preguntándose si era la suya. Se conforma con que, de esta nueva guerra, salga un compromiso real de desarmar a Hezbolá, y que se aplique. “Prefiero que lo haga el Gobierno al otro lado, o fuerzas internacionales, pero que no sean solo palabras. Mira, estuvimos 18 años en Líbano (la ocupación del sur, entre 1982 y 2000) y no acabamos con Hezbolá. ¿Por qué va a suceder ahora? Y, ¿qué significa acabar con Hezbolá?”

Su desarme es un compromiso que el Gobierno de Líbano ha adoptado y ya figuraba hace dos décadas en una resolución de la ONU. Lo reiteró en noviembre de 2024 el alto el fuego que puso fin a más de dos meses de guerra. Encomendó la tarea al Ejército libanés, que hace tres meses lo dio por conseguido al sur del río Litani, donde están desplegados los cascos azules.

El ejército israelí, en cambio, acusaba a Hezbolá de reforzarse en secreto y no cesó sus bombardeos, vulnerando diariamente el acuerdo y convirtiendo el cese de las hostilidades en unilateral: mientras que Hezbolá no lanzó un solo cohete, Israel mató a casi 400 personas, unos 130 de ellos civiles, en bombardeos.

Hasta el pasado día 2, con Oriente Próximo ya incendiado por el ataque de Israel y EE UU a Irán. La milicia chií lanzó sus primeros proyectiles desde 2024, en “venganza” contra Israel por haber matado al entonces líder supremo iraní, Alí Jameneí, recién sucedido por su hijo Mojtaba.

200 misiles

Este miércoles, sorprendió además disparando en pocas horas hasta 200 misiles y 20 drones. Casi todos fueron interceptados y no causaron víctimas mortales, pero recordaron que Israel había dado por muerto al enfermo antes de tiempo. Sus políticos y comentaristas militares asumían que estaba demasiado débil y asustado para embarcarse en esta guerra, recordando que no lo hizo ocho meses antes, en la anterior guerra con Irán.

El circulo vicioso cobra todo su significado en Zarit. Es aquí donde, tras semanas de tensión, Hezbolá sorprendió en 2006 a una patrulla israelí en la frontera: mató a tres y capturó a dos, que luego fallecieron por las heridas y que acabó canjeando, dos años más tarde, por cuatro presos y 200 cadáveres de libaneses y palestinos. “Justo hablé antes con ellos y dejaron armas en mi coche”, rememora Jonathan. La emboscada supuso el inicio de 34 días de guerra con Hezbolá, con más de mil muertos (sobre todo civiles) en Líbano y más de 150 en Israel, principalmente militares.

La situación en el norte de Israel deja también escenas que rozan el surrealismo. En Metula (apodada “el dedo de la Galilea” por estar rodeada de territorio libanés por norte, este y oeste, con salida hacia Israel solo por el sur), locales y soldados toman algo en una terraza, mientras suena música a todo trapo. Cuando se impone el sonido de la sirena, entran al refugio del local.

Otra israelí, Jhanna Gilat, de 55 años, pasea con su marido por las calles casi vacías de Metula, “como muestra de solidaridad”. Han venido desde Nahariya, también en el norte pero mucho menos expuesta, porque tenían un día libre y querían “apoyar”. Repite la línea oficial, que comparte la gran mayoría de la población: Israel “no es el problema de Oriente Próximo”, sino el deseo de los árabes a su alrededor de “destruir a todos los judíos”.

La retórica bélica casa mal con las decisiones políticas. Horas antes de la mayor andanada de proyectiles de Hezbolá, Netanyahu y Smotrich comparecieron para anunciar un recorte del 3% en todos los ministerios, salvo el de defensa, y otros 7.800 millones de euros más para sufragar la guerra con Irán. Al mismo tiempo, aprobaron distribuir unos 1.430 millones de euros en fondos discrecionales de la coalición para, entre otros, instituciones de judíos ultraortodoxos (sus socios de Gobierno), asentamientos en el territorio palestino de Cisjordania, claves para los ultranacionalistas religiosos, sus otros socios de coalición. Es decir, dinero para la colonización y las instituciones religiosas, pero tijeretazo en la reconstrucción del norte, tras más de un año sometido a fuego diario de Hezbolá. Tras las protestas de autoridades locales y oposición, el ministro de Finanzas salió a matizar que no habrá cortapisas a la reconstrucción.

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