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Israel hace piña en apoyo a la enésima guerra de Netanyahu

El país aparta de nuevo sus divisiones ante el ataque a Irán, respaldado al menos por un 91% de la población judía y todos los partidos parlamentarios salvo los árabes

Una israelí abandona con una maleta su casa en Tel Aviv, que tiene que evacuar porque resultó dañada en la víspera por un misil israelí, este domingo. / ANTONIO PITA

Israel ha vuelto a dejar de lado sus divisiones sociales y políticas para unirse en apoyo a la enésima guerra del primer ministro, Benjamín Netanyahu. En un país en el que los conflictos armados se separan entre “evitables” e “inevitables”, la semana de bombardeos con EE UU para derrocar al régimen iraní se percibe claramente entre los segundos, a tenor de las declaraciones públicas (la apoyan todos los partidos judíos del Parlamento sin excepción), dos sondeos de opinión y el ambiente en las calles. La exhibición de superioridad militar y de inteligencia que supuso matar el 28 de febrero al líder supremo iraní, Ali Jameneí, ha dejado además una cierta sensación de euforia. Una encuesta difundida este miércoles por el centro de análisis Instituto para la Democracia de Israel sitúa en el 93% el respaldo entre la mayoría judía a la nueva campaña bélica. Otra, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de la Universidad de Tel Aviv, en el 91%.

El fenómeno no es nuevo. Más allá del famoso “efecto bandera”, la población israelí viene secundando notablemente las decisiones bélicas de Netanyahu en Gaza, Líbano o Siria desde el ataque de Hamás, en octubre de 2023, lo voten o no. También en este caso, en el que la operación no responde a un ataque previo.

Una serie de consensos nacionales trascienden las ideologías. El principal es que Teherán es el enemigo definitivo a batir, una suerte de encarnación del mal y amenaza existencial. Y la cabeza del pulpo que financia y arma a sus tentáculos: milicias leales en la región que combaten a Israel, en un símil aquí frecuente.

Otro consenso es que Israel no podía dejar pasar el tren de tener en la Casa Blanca un presidente, Donald Trump, dispuesto a embarcarse en semejante tarea, y al régimen iraní, en una debilidad interna y externa con escasos precedentes desde la revolución islámica de 1979.

Tiene mucho que ver la transformación estratégica, pero también psicológica, que produjeron en Israel los 1.200 muertos del ataque de Hamás, al que los estamentos militar y político daban por “disuadido” y más pendiente de preservar el poder en Gaza que de planear un golpe masivo.

Israel —con el ejército más poderoso de Oriente Próximo y uno de los pocos del mundo con armamento nuclear— no mira ya las intenciones ajenas, sino sus capacidades, para eliminarlas, en una especie de carrera sin fin. Por eso, ocupa cada día más territorio (sus tropas han tomado desde entonces más suelo palestino, sirio y libanés), destrozó al ejército sirio aprovechando la caída del dictador Bachar el Asad y considera una amenaza el programa de misiles balísticos de Irán, pese a que Israel también tiene uno y no generaba en la comunidad internacional la inquietud de su programa nuclear.

Son otra vez días de banderas omnipresentes en las redes sociales y espacios públicos. A la entrada de Tel Aviv, un cartel anima a “ondear la bandera” nacional. Otro muestra un león rugiendo junto a las banderas de Israel y EE UU y el eslogan más repetido durante la invasión de Gaza: “Juntos venceremos”. Alude a El rugido del león, el nombre en Israel de la operación que EE UU llama Furia Épica.

Mientras que EE UU, el otro artífice de la aventura bélica, debate la legalidad del ataque o si debería autorizarlo el Congreso, Israel se ha convertido en una piña social y política. Los debates televisivos se han llenado de la palabra “histórico” y entrevistas a generales. Se centran en los aspectos técnicos, las víctimas propias o los posibles escenarios, sin abordar la necesidad de la guerra, porque la respuesta se da por respondida, en una especie de cámara de eco sin apenas voces discordantes.

Tampoco hay muchas. Dos semanas antes del ataque contra Irán, cuando las informaciones giraban en torno a si EE UU la lanzaría solo o con Israel, el canal 12 de televisión midió su apoyo social. Un 59% (entre ellos un 58% que votó en las últimas elecciones a partidos de oposición) quería que Israel participase desde el principio. Un 29% se oponía y un 12% estaba indeciso.

El arranque de la operación ―con hasta 50 cazas dejando caer su munición sobre la ubicación de Jameneí, sin informar de una sola baja propia― ha elevado notablemente aquellos porcentajes. En la encuesta del Instituto para la Democracia de Israel tras el inicio de la campaña bélica, un 74% de los judíos israelíes consultados eligió como respuesta: “Apoyo firmemente”. Solo un 1% optó por la opción opuesta: el rechazo firme. En un contraste habitual, el respaldo escasea (26%) entre los palestinos con ciudadanía israelí, un quinto de la población del país.

Es la línea de las opiniones recabadas estos días en las tres principales ciudades, que tienen diferentes perfiles de población: Jerusalén (la que reza, según una división popular en el país), Tel Aviv (la que disfruta) y Haifa, la que trabaja.

En la primera, Yosef esperaba que los pilotos israelíes acaben con el régimen iraní igual que el rey Saúl exterminó a Amalek, la nación enemiga de los israelitas en el relato bíblico. “Honestamente, me da igual lo que pasé en Irán. Me importan los míos”, señalaba.

En Tel Aviv, Dalia, de 56 años, discrepa en ocasiones de las políticas de Netanyahu, pero ve vital esta guerra, porque “va más allá” de la rivalidad entre Israel e Irán para enmarcarse en una batalla más amplia “entre el mundo iluminado y democrático y el mundo del fundamentalismo islámico asesino”

En Haifa, Danny se autosituaba a sus 80 años “en el 1%” (“no lo olvides” decía al despedirse) de israelíes que se opone a esta guerra. Porque ve detrás intereses electorales de Netanyahu y porque ―explicaba― ha combatido en cuatro (la primera, la Guerra de los Seis Días de 1967) y tiene muy claro que “nadie gana en una guerra”. “Incluso si ganas, también te hacen daño. Irán, Hamás, Hezbolá… No se los puede derrotar totalmente porque son fanáticos religiosos. Igual que nuestros fanáticos religiosos judíos. Es algo que no entienden los jóvenes”, argumenta. Es de Shlomi, una localidad muy cercana a Líbano, y como no hay transporte público por la situación, vive entre semana en el hotel de Haifa al que fue evacuado ante los primeros proyectiles de Hezbolá, en octubre de 2023.

Todo el espectro político

Al igual que sucedía con las encuestas sobre la invasión de Gaza, el apoyo en el seno de la mayoría judía no varía sustancialmente entre quienes se definen de izquierdas (76%), de centro (93%) o de derechas (97%). Un 57% considera que debe continuar, dure lo que dure, hasta derrocar el régimen. Unos y otros coinciden en el rumbo del barco, pero no tanto en quién debe llevar el timón: solo un 40% de los consultados judíos confía en que Netanyahu dirigirá bien la operación.

Lo señalaba el pasado miércoles Sima Kadmon, comentarista política de Yediot Aharonot: “No sé si esta guerra nos beneficia y si el cambio que todos anhelamos podría no llegar nunca. No sé si es inevitable o el resultado de una serie de decisiones que podrían haber culminado de otra manera. [Pero] Hay algo que sí sé: no confío en ellos, en nuestro Gobierno. Un país puede alistarse, luchar y pagar el precio si tiene claro que quien lo dirige no hace cálculos personales, no está pendiente del calendario político ni calcula su propia supervivencia”.

No hay una voz política alternativa, sea cual sea su ideología, entre los partidos judíos que ostentan 110 de los 120 escaños de la Knesset. Yair Lapid, el líder de la oposición y ex primer ministro que se autodefine como “el rival político más fiero” de Netanyahu, ha asegurado que no recuerda “semejante consenso” en un asunto. “No hay coalición ni oposición hasta que se elimine la amenaza, solo un pueblo y unas Fuerzas de Defensa de Israel, con todos nosotros apoyándolos”, declaró al comenzar los bombardeos. “Nunca me he sentido más orgulloso de ser israelí”, dijo al día siguiente el también ex primer ministro Naftali Bennett, principal competidor de Netanyahu. Benny Gantz salió de un encuentro con el dirigente “sabiendo que Israel está haciendo lo correcto para el futuro de nuestros hijos”.

Hasta la voz considerada más progresista en el arco político judío (Yair Golán, un general que lidera la unión entre el histórico laborismo y un partido a su izquierda, Meretz) se ha limitado a mostrar su “pleno apoyo” al ejército, que “opera con firmeza y profesionalismo”, y pedir que la guerra “concluya con una decisión estratégica clara: eliminar la amenaza iraní de forma que fortalezca la seguridad de Israel a largo plazo”.

La misma semana en la que la policía miraba de lejos cómo cientos de personas celebraban juntas con disfraces la festividad judía de Purim, los agentes dispersaron una protesta contra la guerra, de unas 20 personas en Tel Aviv. Superaban el máximo de 10 que marcaba el ejército.

Victoria total

Israel acude a las urnas en octubre, quizás incluso en verano. Y el objetivo de Netanyahu es llegar habiendo reescrito el 7 de octubre de 2023: de error garrafal político y militar por el que rendir cuentas a inicio de una guerra redentora contra el eje iraní, derribando piezas (Hamás, Hezbolá…) hasta llegar a la de caza mayor (Irán) y cambiar Oriente Próximo para siempre.

Sería también lo más parecido al “triunfo total” que prometió, y no logró, en Gaza, donde ha dejado 72.000 muertos, una devastación sin precedentes y a su país acusado de genocidio ante la justicia internacional, pero el Gobierno de Hamás sigue al mando de casi la mitad de la Franja. Los israelíes ansían, en realidad, ahora lo mismo que les vendió apenas ocho meses antes. Tras la anterior guerra con Irán, habló de una “victoria histórica” para generaciones” que ha “quitado la espada” que pendía sobre sus cabezas.

Hasta ahora, la guerra le venía beneficiando electoralmente. En 2024, su partido, el Likud, retomó (16 meses después) el primer puesto en los sondeos después de que Israel matase a tres destacados mandos militares iraníes en Damasco; al líder de Hamás, Ismail Haniye, en pleno Teherán; y al número dos de Hezbolá, Fuad Shukr, en Beirut.

Pero las encuestas han seguido sin augurarle una reedición de su coalición con ultranacionalistas y ultraortodoxos, la más derechista de la historia del país. De hecho, la oposición viene obteniendo más expectativas de voto, aunque sin capacidad de gobernar sin apoyos árabes. Días antes del ataque a Irán, un sondeo del diario Maariv llegó a dar a la oposición hasta 60 diputados, a uno de la mayoría en la Knesset. Los partidos de la coalición gobernante bajaban de 63 a 50.

El ataque a Irán, en esta ocasión, no parece haber dado vuelco alguno. El sondeo difundido este viernes por el diario Maariv solo da un diputado más a su partido. La oposición sigue rozando la mayoría, con 59. Otro del diario Zman Israel sigue dando más escaños a la oposición (57) que a la coalición (53).

La figura de Netanyahu se resiente aún de varios golpes, imputado en tres causas judiciales (para las que Trump ha vuelto a pedir con insultos el perdón presidencial) y necesitado de aprobar los Presupuestos con unos socios más pendientes de los comicios que de la estabilidad de la coalición. Está, además, la creciente exigencia de que asuma su responsabilidad política por el fiasco del ataque de Hamás, la jornada más letal para el país. Generó un escándalo al intentar quitar la palabra “masacre” de una ley que la conmemoraba.

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