Luisa y Andy, ¿una generación perdida?
Sheinbaum necesita en el partido a alguien que encarne la promesa de un franciscanismo creíble desprovisto de viajes a Tokio o escapadas de fin de semana


Lleva meses en cartelera Las Muertas, la versión del indispensable Luis Estrada sobre la obra ídem de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983). Con igual éxito, en otro servicio en línea se transmite La Oficina, versión mexicana de un clásico global. En Morena podrían ver en ambas producciones pistas para entender la vuelta en calidad de urgente de Citlalli Hernández a la comandancia del partido.
Se dice con razón que Ibargüengoitia no pierde actualidad. En el país de no pasa nada y cuando pasa, no pasa nada, las obras del escritor guanajuatense, punzantes sin traicionar un estilo desprovisto de estridentes artificios, ya eran canon cuando Morena arribó al poder en 2018 solo para aumentar su carácter de indispensables si se quiere entender los delirios del poder de doble moral.
El cineasta Luis Estrada entregó en La Ley de Herodes (1999) y El Infierno (2010), entre otras, retratos que ingresaron por todo lo alto a la galería nacional que denuncia sin dejar de reír el horror de la política mexicana. En Las Muertas (2025) toma prestado a Ibargüengoitia su clásico sobre un crimen que hizo época para recrear escenas de la enorme corrupción social que para nada se quedó en el siglo XX.
La trama original —respetada— concluye en el Gobierno de López Mateos, ese extraño ídolo del obradorismo, que lo reivindica sin arrugar la frente por el detalle de que esa mano dura que siempre fue Díaz Ordaz condujo desde Gobernación la policiaca política de tal sexenio (1958-1964). Sesenta años después, Morena milita en la nostalgia por la supuesta beatitud del pueblo de entonces y de ahora.
El problema es que aquel partidazo se tomaba en serio la simulación de las formas, mientras que el pretendido partidazo de ahora imprime un ritmo vertiginoso a la labor de dejar huecas sus promesas igualitarias, ya no digamos de fondo, sino hasta en la opulencia de sus conductas públicas. El poder mareó a Morena en tiempo récord y ni siquiera advierten que sus lujos no son invisibles.
La dirigencia de Luisa María Alcalde en la presidencia y Andy López Beltrán en la Secretaría de Organización de Morena es un problema de tiempo atrás, y pocas cosas menos eficientes que una cúpula partidista de rendimientos a la baja. Y que algunos de esta segunda generación del obradorismo se dediquen a la vie en rose hace un hazmerreír de la promesa de austeridad de la presidenta Sheinbaum.
Claudia Sheinbaum necesita en el partido a alguien que encarne la promesa no solo de un franciscanismo creíble, sino desprovisto de Instagram por viajes a Tokio o escapadas de fin de semana mientras la economía del país se asoma al precipicio. Si Alcalde y López Beltrán aún quieren contribuir, pueden pedir a la presidenta alguna cartera turística y promover la gastronomía nacional. Sería un buen servicio.
Las Muertas cronica, además de una saga criminal sobre esas proxenetas cuyo apodo real fue las poquianchis, una sociedad donde el pueblo se las busca como puede, con valores acomodaticios al límite de la supervivencia mientras el poder político y económico patentan un seguro privilegio. Todo lo que se quiso cambiar del 68 para acá, y todo lo que Morena parece añorar del 2018 en adelante.
Alcalde y López Beltrán tuvieron su oportunidad de revelarse como dinamos. Y aunque ella puede presumir sus años en la oposición mientras que el hijazo ni en sueños, sin ser muy remoto ese ayer de activista opositora tal recuerdo envejeció tan mal que, en Las Muertas, ella y él más que una advertencia de un México al que nadie quería volver, tienen la partitura de la dictadura perfecta que parecen añorar.
Siendo de corte distinto, la otra serie de moda también puede aportar alguna lección a los bisoños que no obstante múltiples chances, siguen sin dar frutos. Alcalde y López Beltrán no serían los primeros, justo es decirlo, que no entienden lo que les está pasando, ellos que se creían en la plenitud del poder, como dijo alguna vez el priista Fidel Herrera, tan distinto e igual a cualquier morenista.
Reducir La Oficina al retrato de la vida godín es hacerle poco honor a un intento que se desborda en buenos parlamentos y puntualidad al recrear la vida en los corporativos (que también podría ser la de las oficinas burocráticas). Es además el retorno del chilango contra la provincia (en efecto, se suponía que ya no decíamos provinciano, es decir, “conquistado”), pero quién dijo que la sátira debe cuidarse de incomodar y hasta de zaherir convenciones, antiguas y modernas.
Y como no es solo sobre la vida godín, en esos capítulos, en medio de algunas carcajadas Alcalde y López Beltrán quizá entiendan que, “chicos, la presidenta les acaba de hacer eso que en inglés se dice un ‘take over”, o en castellano puro: una operación hostil para quitarles el mando así ustedes permanezcan de momento en sus puestos. Y lo que les resta serán dinámicas tipo La Oficina pero a cargo del erario.
Para seguir en el lenguaje ochentero, en La Oficina un hijo de papi martiriza a todo un equipo condenado a la mediocridad de resultados no por la falta de calidad de los colaboradores, sino por la ausencia de empaque y liderazgo de quien no es removido porque la familia es la familia y vivir fuera del presupuesto, se sabía desde tiempos de Las Muertas y lo sabe cualquiera, hasta los godines, es un error.
Como la presidenta Sheinbaum no puede darse el lujo de que las legiones de su partido sufran un descalabro mayúsculo en las elecciones, menos en un entorno donde la gasolina se fue a las nubes mientras el jitomate y la tortilla pretenden volverse artículo de lujo de esos que presumen en sus redes los morenistas de la austeridad, decidió, como dijo ella en 2021, el volantazo del “back to the basics”.
Citlalli Hernández es ese retorno a la base se queden o no Alcalde y López Beltrán. Regresa porque a Palacio Nacional le urge alinear las cuadrillas rumbo al 2027, el año no solo de la renovación de 17 gubernaturas, San Lázaro y cientos de alcaldías, sino la fecha que marcará para la presidenta la posibilidad de afianzar un Gobierno que a nombre propio pueda pensar en definir la sucesión en 2030.
Y Sheinbaum no puede hacer eso, trazar una ruta, si Alcalde cree que las columnas que le cantan las golondrinas salían solo de la torva mente de gacetilleros tipo La Alarma, excelsos protagonistas en Las Muertas; tampoco podría encaminarse al referendo de medio tiempo de las legislativas del 2027 si tiene en el lugar dos del partido a alguien que, como en La Oficina, cree que la sangre da derechos eternamente.
Porque como dijo en un artículo en El País Germán Labrador Méndez “una generación envejece socialmente cuando aprende a reproducir —en sus propios términos— el mundo que antes confrontaba”. Solo Alcalde y López Beltrán saben si están a tiempo de rejuvenecer.
Citlalli Hernández catafixea la Secretaría de las Mujeres, que tan importante es en el sexenio de “llegamos todas”, por una trinchera donde el primer obstáculo son una Alcalde que llegó a condicionar su salida a cambio de un puesto en el equipo de Sheibaum, y de un López Beltrán que es más conocido por sus demasiados amigos incómodos que por alguna proeza electoral siquiera a nivel estatal.
Con buen dominio de los tiempos, mientras se va a una importante gira que la desmarca del aislacionismo global y la rijosidad antihispanista de Andrés Manuel López Obrador, la presidenta incrusta en la directiva de Morena a Hernández, que tiene ganas y experiencia, y una actitud dialogante dentro de la coalición que ganó en 2024 e incluso fuera, donde no se plantea claudicar, pero tampoco cerrarse al debate.
El México de Las Muertas debe quedarse en las páginas de Ibargüengoitia y en las escenas de Luis Estrada como memoria de lo que fue un país que tiene mejores planes para el mañana. La vida de los equipos, en corporativos y despachos gubernamentales, no puede estar condenada a que quienes tienen el privilegio de la cuna o de la palanca estén arriba. La Oficina divierte tanto como advierte.
A veces las ficciones cargan verdades de a kilo. Para Morena Las Muertas y La Oficina son, diría un amigo, debe de debe. Sobre todo luego de que dejaron morir dos veces reformas de la presidenta Sheinbaum. Para arribar a una nueva cultura política, hay que alejarse del gatopardismo de los juniors del bienestar y de los equipos de líderes disfuncionales que permanecen a pesar de no dar resultados.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.







































