Es hora de los debates y de sacar la campaña del aburrimiento y las amenazas
Existe la percepción de que la campaña avanza en cámara lenta, despojada de pasión, como si los protagonistas se reservaran su artillería. Los debates son una urgencia
La campaña presidencial de 2026 podría ser recordada como una de las más aburridas de las últimas décadas. Después de una explosión de precandidatos con cero posibilidades, la renuncia de la mayoría de cuyos nombres nadie se acuerda y varias consultas que pusieron en el tarjetón de primera vuelta a Paloma Valencia, Claudia López y Roy Barreras, la disputa electoral pareciera seguir un rumbo lánguido, sin debates presidenciales, cero propuestas trascendentales y campañas mediáticas que sacudan a los electores. Ha sido una campaña supeditada al enfrentamiento de Álvaro Uribe, el jefe de la extrema derecha, y Gustavo Petro, el presidente de izquierda, que se siente representado en el liderazgo del senador Iván Cepeda Castro.
Lo más extraordinario han sido las eventuales amenazas de muerte a los candidatos de la derecha, Valencia y Abelardo de la Espriella, a quienes les llegaron mensajes intimidatorios que el Gobierno de Petro se ha tomado en serio y han provocado, además, la airada reacción del Gobierno de los Estados Unidos. En un debate en el Congreso de ese país, Michael Kozak, del Departamento de Estado para América Latina, advirtió de las “terribles consecuencias” a quienes se atrevan a tocar a los aspirantes presidenciales.
La denuncia de amenazas más grave la hizo, sin embargo, el propio presidente Petro, a través de un trino en X, donde señaló que la CIA, la agencia de inteligencia de Estados Unidos, ya tenía la información concreta sobre un plan para asesinar al candidato Cepeda, quien puntea las encuestas para la primera vuelta.
Esta situación de seguridad no sería tan grave si no se tuviera el antecedente del asesinato del candidato presidencial Miguel Uribe, del Centro Democrático, por orden aparente de la Segunda Marquetalia, una disidencia de las desaparecidas Farc. La mayoría de los responsables materiales ya están en la cárcel, pero los autores intelectuales siguen libres.
Colombia ha sido tierra fértil para los magnicidios. Al final de la década de los 80, vio desaparecer a balazos a cuatro de sus líderes nacionales: Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro Leon-Gómez y Bernardo Jaramillo. El primero de ellos, eventual presidente a nombre del Partido Liberal, quien se enfrentó a Pablo Escobar y fue acribillado en Soacha, en agosto de 1989, por petición a las mafias de su copartidario, el liberal Alberto Santofimio Botero. Todos ellos fueron eliminados por sicarios con ayuda de sectores descompuestos del Estado.
Lo de ahora es un campanazo que el país escucha, sumido en el recuerdo de esa década perdida en la que Colombia vio morir a muchos de sus mejores líderes, en una cacería humana que incluyó a más de cinco mil militantes de la Unión Patriótica, UP, a manos de la extrema derecha y el paramilitarismo, incluido Manuel Cepeda, el papá del candidato hoy puntero en las encuestas y víctima también de la violencia.
Estas nubes negras de violencia sobre la democracia evidencian, una vez más, el delgado hilo que separa a Colombia de la barbarie. Y opaca el hecho de que los debates presidenciales permanezcan hoy desaparecidos de la campaña presidencial. Hay que recordar que esos escenarios mediáticos contribuyen a definir el rumbo de la democracia, aclaran el panorama, e inclinan la decisión de amplias franjas de electores. Especialmente, los indecisos.
Así lo entendió Petro en los comicios de 2022 cuando concurrió a los medios a confrontar las tesis de sus contradictores de entonces: Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo y Rodolfo Hernández, quien, en su papel de millonario outsider, a la postre pasó a la segunda vuelta y perdió por cerca de un millón de votos. Los debates fueron entonces decisivos para mostrar a un Petro mucho más brillante en sus respuestas, capaz de romper los mitos que la derecha había construido en su contra, y sintonizarse con los más de once millones de colombianos que lo hicieron presidente.
En 2026 los enfrentamientos de los candidatos más opcionados no se han hecho ante las cámaras de televisión, con reglas pactadas y mediadores escogidos, sino en el Senado de la República, donde Iván Cepeda y Paloma Valencia ejercen como senadores. No han sido debates a profundidad, que permitan vislumbrar su plataforma programática, sino sobre temas de coyuntura. Que, por supuesto, han servido para que los medios registren dos modelos opuestos de ver y entender el país, en temas como la corrupción. Uno de los últimos detonantes de ese enfrentamiento fue la presencia en el recinto del senador del Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe, Ciro Ramírez, quien fue condenado, en primera instancia a 23 años de cárcel, por la Corte Suprema de Justicia e insiste en asistir al Senado como si fuera un hombre impoluto.
No se trató de una anécdota, sino de un hecho trascendental porque refleja la enorme sensibilidad e hipocresía frente a la corrupción, un tema central del debate político que ha marcado la lucha de la izquierda por el poder. “Usted es una afrenta, señor Ramírez, a este país. Usted es una vergüenza para este país. Usted es una vergüenza para este Congreso”, le espetó Cepeda a Ramírez, quien fue defendido por Paloma Valencia.
El tema de la corrupción ha querido ser explotado esta vez por la derecha debido a los escándalos de actores descompuestos del Gobierno Petro, en especial por el caso de la UNGRD, que denunció el propio presidente y tiene en la cárcel a varios de sus aliados iniciales.
La pregunta es ¿para cuándo los debates televisivos y radiales de los candidatos más opcionados? El país político extraña la confrontación de ideas. Hay la percepción generalizada de que la campaña avanza en cámara lenta, despojada de pasión, como si los protagonistas reservaran toda su artillería y recursos para la segunda vuelta. Los debates son una enorme oportunidad que se está desperdiciando, vulnerando, además, el derecho de los electores a conocer lo que piensan los candidatos.
De la Espriella ha señalado que solo asistirá a los debates si está Cepeda; Paloma los necesita para posicionarse más allá de la sombra de su “papá” ideológico. Pero Cepeda se ha concentrado en las convocatorias a la plaza pública, dejando a un lado, por ahora, la confrontación con sus contendores. Sus asesores políticos parecieran atrincherados en la idea de que en la plaza pública tendrían más réditos electorales y mayores posibilidades de ganar en primera vuelta. Las encuestas, sin embargo, no muestran hoy esa posibilidad.
Si Cepeda no abre la puerta a los debates ahora, quizá en 45 días el escenario sea otro. En política cada día es diferente. Cepeda no tiene nada que perder y sí mucho por ganar. Va de primero en los estudios de opinión, tiene solidez ideológica, experiencia parlamentaria, sangre fría para soportar los ataques y pasión para defender sus propuestas. Ir al frente de batalla mediático significa abrir las compuertas para que lo conozcan millones de electores que solo han oído hablar de él, pero quizá no lo han escuchado, ni observado en un escenario de ese tipo. Es una oportunidad, además, de amplificar sus ideas, aumentar su electorado y consolidar su narrativa de que tiene la autenticidad necesaria para seducir a quienes hoy se mantienen indecisos. Y ante todo, que no solo es el candidato de Petro, sino que es capaz de mantener su legado.
El país necesita escuchar de los candidatos, más allá del petrismo o el antipetrismo, sus propuestas sobre el nuevo orden mundial, la profundización de las reformas sociales, la consolidación de la democracia, la superación del conflicto armado y la lucha contra la corrupción, entre muchos temas.
Los debates son una urgencia, con reglas de juego claras, sin agravios ni insultos, reducido a los nombres más fuertes, lo que le daría vida a la campaña, le pondría emoción y mostraría al país las capacidades reales de los contendores. Y, por supuesto, también sacaría la campaña de la laguna de los therian, los tigres y las palomas, los hipopótamos y los delfines rosados, poniendo las cosas en su punto para que millones de votantes tomen partido y Colombia elija en paz.
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