Willem Dafoe: “Vivo cerca de Roma, en una granja de alpacas, es el mejor sitio para ver el río de la vida”
El actor estadounidense presenta ‘El anfitrión’ en el BCN Film Fest en Barcelona y reflexiona sobre su carrera y su aportación a la visión de los cineastas con los que trabaja


Ante Willem Dafoe (Appleton, Wisconsin, 70 años) es imposible no rendirse. Despliega todo tipo de simpatías; entra a las chanzas y las realiza él mismo; los equipos de sus rodajes solo hablan bien de Dafoe... Sean Baker contaba cómo el intérprete se amoldó a un proyecto tan pequeño como The Florida Project, con niños sin experiencia y actrices aficionadas, para acabar logrando la tercera de sus cuatro candidaturas a los premios Oscar.
En Barcelona, en el BCN Film Fest, que se inauguró ayer jueves, Dafoe no ha traicionado a Dafoe. Ni en su gesticulación. Hace años, contaba en una entrevista, que descubrió, yendo con su hijo —entonces un crío— en el metro en Nueva York, lo especial de su rostro. “Sinceramente, no me había percatado. Unos chavales se sentaron en el vagón, en los asientos de enfrente; pensé que iban a armar bronca por sus miradas, y, tras un rato de cuchicheos, los escuché: ‘Esa cara solo puede ser la de Dafoe, nadie se le parece”. Por cierto, con su hijo arranca la conversación, porque en El anfitrión, de Miguel Ángel Jiménez (estreno comercial, el 24 de julio), Dafoe encarna a un multimillonario armador griego que en el verano de 1975 celebra en su isla privada el 25º cumpleaños de su hija (el primogénito falleció en un accidente, dejando destrozados emocionalmente a su hermana y a su progenitor). Lo que podría vivirse como una situación festiva pronto torna en una olla a presión de intereses comerciales y reproches familiares.
Pregunta. Espero que la relación con su hijo sea mejor que la de su personaje con su heredera.
Respuesta. [carcajada] Yo también lo espero, que solo tengo uno.
P. En la película, ese hijo muerto aparece en una foto. ¿Podría ser un retrato de su hijo real? Se parecen mucho.
R. No me acuerdo, de verdad que no me acuerdo... pero sí que podría ser, que esos detalles me gustan.

P. Al millonario de El anfitrión le preocupa, y mucho, su legado. ¿Y a usted?
R. Nada de nada. Pensar en eso provoca problemas. Porque yo voy de un trabajo a otro, me sumerjo en ellos. Si piensas en el legado, tienes que salirte y observarte demasiado tiempo desde fuera. Yo no soy así. A los actores nos toca navegar entre la corrupción que te rodea y la propia que comporta ser consciente de ti mismo. Me explico: si has tenido una carrera larga, buena o mala, con sus altibajos, como la mía, la gente empieza a tener opiniones sobre ti y tú las oyes. Debes tener fuerza de voluntad para que tu propia opinión sobre tu trabajo no se cimente sobre comentarios externos. Y me siento muy fuerte en ese aspecto. Creo que básicamente lo que pasa es que sigues haciendo lo que haces. Pagas un precio, claro, porque te mantienes en el momento, no miras hacia atrás o hacia delante, que es como se observa un legado.
P. En el Día internacional del teatro, el pasado 27 de marzo, se leyó al final de cada representación en el mundo un texto suyo, en el que hablaba de la importancia de este arte “en un mundo dividido” y más cuando somos “animales sociales diseñados para vincularnos” con quien nos rodea. Usted, que no tiene redes sociales, ¿tan mal cree que estamos en ese contacto?
R. El contacto social es lo que nos va a salvar. Las comunidades se crearon para compartir. Incluso para compartir las preocupaciones. Y también en el contexto del teatro. El teatro se hace cada día más importante porque muchas personas tienen vidas virtuales. El teatro es el modo de encontrar la vida, de encontrar a otras personas y de encontrarnos a nosotros mismos. Te sumerges en algo que no controlas. Y cuando vas a un teatro, es fundamental esa experiencia colectiva. Hacer cosas en grupo construye empatía, construye una propuesta común. Y también nos protege de esa poca gente que quiere tener controlada a toda la demás. Y sabemos que es un gran problema de estos días.

P. ¿Cómo escoge los proyectos? ¿Busca aventuras?
R. Primero me fijo en los directores. No siempre, pero muchas veces sí. Y depende un poco de lo que haya encadenado. A veces, te hartas de hacer películas históricas y buscas el equilibrio. Hace poco decidí buscar guiones contemporáneos, no podía con otro traje de época y otro acento extraño. Lo digo no pensando en una carrera, sino en disfrutar y mantenerme con los pies en la tierra.
P. ¿Sigue viviendo cerca de Roma, con su granja de alpacas?
R. Es el mejor sitio para ver el río de la vida. Y observar la naturaleza es la mejor manera de entender muchos de los problemas actuales.

P. En la Berlinale de 2018, cuando recibió el Oso de Oro de Honor, dijo que era un color en manos de los artistas. ¿De verdad? ¡Usted es Willem Dafoe!
R. A ver, sí, no solo soy un color. El concepto es que como actor eres un material. Y quiero hacer una distinción. Gracias por el “¿De verdad?”, pero si eres material, eres flexible. No eres un intérprete, sino tú mismo. Es una posición poderosa. El color en una pintura al óleo posee una posición poderosa. No digas “solo el color”. El color es fuerte. El color es la realidad. Como actor abrazas esas cosas. Y en relación con el director, eres un artista también. El color colabora con el artista. Yo colaboro con el cineasta. A la vez, yo quiero ir contra la visión de alguien, especialmente contra la mía, porque ya sé hacia dónde va. Esto es una manera de sobrepasarme, un camino para autodesafiarme. Y es un modo de tener una vida interesante. Director, dime lo que ves y colaboraremos en esa creación conjunta.

P. ¿Rechaza muchos guiones?
R. Depende de lo que llegue, incluso hay momentos en que rehúso hasta cuatro filmes a la semana. Lo que sí sé es que nunca dirigiré. Demasiada responsabilidad. Perdón, es broma. En la granja ya he aprendido a trabajar con otras personas. Me siento más libre cuando estoy haciendo lo que otro me da. Y si eso sucede, de forma generosa por parte del cineasta, para mí es suficiente. Me encanta cuando me hacen ir a por un objetivo claro, y lo logro y en el proceso salta la chispa. Me gustan las restricciones filmando, porque dentro de ellas encuentro la libertad. Si hay demasiada libertad, caes en la laxitud y en la autoindulgencia. Me veo como alguien haciendo cerámica. Lo ves concentrado en la técnica, creando la vasija, sin pensar, sencillamente atravesando la técnica para crear. Me gusta esa sensación de estar haciendo algo. Vale en cualquier historia, en cine, en mi puesto de director artístico de la Bienal de Teatro de Venecia. Así siento que contribuyo como ser humano.
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