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Los indígenas anacé contra TikTok por el mayor centro de datos de Brasil

Los nativos, que temen el impacto socioambiental, acusan a la empresa de no consultarles antes de instalar el proyecto millonario en sus tierras tradicionales

Naiara Galarraga Gortázar

Antes de entrar en materia, el brasileño Roberto Ytaysaba quiere dejar algo bien claro. Ni él ni los indigenas anacé que lidera están en contra del progreso. “No estamos contra el progreso si respeta a las comunidades, la naturaleza, la espiritualidad, la autonomía de los pueblos y la convención 169”, explicaba una mañana reciente en su aldea. Aquí tienen electricidad desde los ochenta, la escuela enseña etnomatemáticas a sus niños y hace nada estrenaron un ambulatorio específico para nativos que es la envidia de esta comarca en el árido nordeste de Brasil. Como tantas veces en los últimos siglos, una amenaza se cierne sobre ellos.“Este proyecto es una invasión, como la de los portugueses en 1500, eso que llamaron el descubrimiento”, dice este jefe anacé que nació en 1976 en una hamaca y es conocido como el cacique Roberto. Detalla sus argumentos, sazonados con historia, metáforas e ironía, en la cocina comunitaria, el corazón de la aldea, mientras una agradable brisa mitiga el calor.

Las tierras tradicionales de los anacé quedan en Caucaia, un municipio metropolitano de Fortaleza. Tras resistir aquí, entre el XVII y el XVII, a lo que las crónicas de los colonizadores llamaron la guerra de los bárbaros y otras vicisitudes, ahora plantan cara a uno de los adversarios más formidables que uno puede cruzarse en el siglo XXI, TikTok, una de las redes sociales más populares del mundo.

Este pueblo indígena ha emprendido una batalla —pacífica, con abogados, ONGs y el Ministerio Fiscal— contra la compañía china porque temen que el megacentro de datos que planea construir en una parcela de tierras que consideran propias les impacte. Y porque no les han preguntado en “una consulta libre, previa e informada” como dicta la convención 169 de la OIT (la Organización Internacional del Trabajo), tan ignorada por los inversores como invocada por los pueblos indígenas de todo el mundo.

ByteDance, la empresa propietaria de la red social que ha seducido a cientos de millones de internautas, se ha aliado con una eólica brasileña, Casa dos Ventos, para construir un centro de datos de 300 megavatios, el más potente de Brasil.

ByteDance “agradece la licencia concedida para que TikTok opere un centro de datos en Brasil”, según una nota en respuesta a las preguntas de este diario, que añade: “Continuamos nuestras conversaciones avanzadas con aliados locales y esperamos colaborar con las comunidades locales en nuestro compromiso con la sostenibilidad, la equidad y la transparencia”. En otro comunicado, Casa dos Ventos añade que “cumple todas las convenciones y regulaciones internacionales y nacionales”.

Recuerda el indígena Ytaysaba que uno de sus primeros descubrimientos en esta batalla contra el gigante tecnológico es que la nube, ese lugar para almacenar datos, no es un espacio etéreo, sino un lugar físico, en tierra.

Como muchos indígenas, Roberto Ytaysaba también tiene un nombre civil: Roberto Antonio Marques da Silva. Profesor en la escuela local y bibliotecario, el jefe indígena cuenta que también trabaja como guarda de seguridad. Al conocer a su esposa, abandonó los planes de ser sacerdote católico.

El cacique Roberto agarra el casco y conduce su moto unos kilómetros hasta un cruce de carreteras. Al otro lado, muestra el terreno aparentemente reservado para TikTok en lo que los anacé consideran sus tierras tradicionales. El solar es un erial con un par de pequeños estanques, unos árboles y matojos, además de unas estacas blancas y multitud de piedras que brillan con destellos plateados. De camino al solar, muestra otra invasión, esta de tenor religioso, bromea: un santuario dedicado a santa Edwiges, erigido por un diputado local.

¿Y por qué centros de datos justo en este punto del mapa, en Fortaleza? La respuesta está en el fondo del mar. La capital de Ceará es el gran nodo brasileño de los cables submarinos que conectan el Internet de Brasil con el mundo.

Las obras para acoger los superordenadores de TikTok empezarán “este año o a comienzos de 2026”, según la empresa brasileña Casa dos Ventos y “la primera fase estará operativa en el segundo semestre de 2027”. Por ahora nada indica en el solar pedregoso que allí esté a punto de germinar un proyecto en el que las autoridades brasileñas tienen puestas grandes esperanzas. Calculan que atraerá inversiones por 9.000 millones de dólares.

Brasil está en campaña para seducir a la creciente industria de centros de datos. Aspira a erigirse en uno de los epicentros internacionales del negocio. Y para eso ofrece a los inversores exenciones fiscales, costes bajos, sol y viento en abundancia que, gracias a las renovables, podrían alimentar a esos superordenadores que funcionan 24/7. “Los centros de datos son ahora el corazón del ecosistema digital, impulsando la innovación, expandiendo la conectividad y generando empleos en todo el mundo”, decía el ministro de Comunicaciones, Frederico de Siqueira, al inaugurar uno de ellos en octubre. “La expectativa es atraer otros centros, “fortaleciendo la soberanía digital y ampliando nuestra capacidad de almacenamiento y procesamiento de datos”, añadió. Brasil alberga casi 200 centros de datos, que emplean a dos millones de personas, según el Gobierno.

El interés gubernamental en el proyecto de TikTok es máximo. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva se reunió durante 30 minutos con el director ejecutivo de la compañía, Shou Zi Chew, a petición de este, en septiembre, en Nueva York, donde el mandatario participaba en la Asamblea anual de la ONU.

Los anacé todavía no han logrado que sus tierras sean reconocidas legalmente como una reserva indígena, aunque gozan del reconocimiento tácito porque las autoridades les brindan educación y salud adaptadas a su cultura. A la falta de reconocimiento se unen los efectos de una escisión, una de esas rupturas frecuentes en las familias.

El nuevo centro de datos será parte del complejo industrial portuario Pecém, construido gracias a que, explica el cacique Roberto, una escisión de los anacé aceptó ceder los terrenos a espaldas de los jefes a cambio de su reubicación. Por eso, los restantes anacé, a los que encabeza, no reconocen los compromisos adquiridos por los parientes díscolos y reivindican su derecho a esas tierras. “Queremos que nos las devuelvan”, reclama. Tras aquella ruptura interna, estos indígenas aprobaron un protocolo propio para consultas internas que ocupa 26 páginas.

La primera noticia de que TikTok y sus socios brasileños iban a desembarcar en Caucaia les llegó gracias a un artículo publicado por The Intercept Brasil en mayo. Revelaba las cantidades ingentes de agua y energía que requerirá y recordaba que la ciudad decretó emergencia por sequía en 16 años de los últimos 21. Los indígenas se lanzaron a la búsqueda de aliados. Nativos y activistas tuvieron que estudiarse a fondo un asunto del que lo desconocían casi todo y pronto comenzaron a movilizarse en protesta.

Letícia Abreu, 32 años, abogada popular de la ONG Instituto Terramar, que asesora a los anacé, señala, sentada junto al cacique, los dos puntos que considera más conflictivos: el proyecto del centro de datos consiguió la licencia ambiental en un proceso simplificado, sin mención a su envergadura. Ese es el trámite que ahora investiga el Ministerio Público, según la abogada. “Esas estructuras de almacenamiento de datos están enchufadas 24/7, no las desenchufan nunca, necesitan un suministro de agua enorme y dicen que van a usar solo energías renovables, pero la solar y la eólica no ofrecen un abastecimiento estable”, señala Abreu como otra de las problemáticas. Casa dos Ventos apunta que el proyecto funcionará con “un suministro de energías 100% renovables”.

El problema de fondo, apunta la activista del Instituto Terramar, es que los proyectos de energías renovables prefieren instalarse en áreas habitadas por comunidades tradicionales o indígenas, donde la propiedad de la tierra a menudo no está legalmente reconocida y eso debilita la capacidad de los afectados de defender sus derechos. También puntualiza la activista que lo que combaten es la desigualdad, no las renovables. La ONG defiende una transición energética justa.

El cacique Roberto confirma un diálogo con los impulsores del centro de datos, cuyos términos no le convencen: “Quieren venir a explicar el proyecto, pero por ahora no lo hemos autorizado”, detalla. “Primero nos violentan y ahora nos piden matrimonio”, afirma irónico. Como la inmensa mayoría de los brasileños pobres, los indígenas anacé están bien concienciados sobre sus derechos. Y cuando los representantes del proyecto se sientan con él y le ofrecen mejorar el suministro eléctrico o la conexión a Internet a cambio del apoyo de la comunidad, se enciende y responde tajante: “¿Qué promesa es esa? ¡Eso es un derecho!.

Le han dicho que el almacén de datos funcionará con un circuito cerrado de agua, pero él teme que los pozos de la aldea se sequen. Le preocupa el suministro de agua, el impacto en la biodiversidad, el calor y el ruido que emanarán de las instalaciones y, sobre todo, que este proyecto tiene todo el aspecto de ser el que allane el camino para otros similares que vendrán después.

El jefe de los anacé echa mano de todos los medios a su alcance para divulgar su lucha. El día de la entrevista, acababa de regresar de Belém, donde habló de su batalla contra TikTok en un debate paralelo a la cumbre del clima de la ONU, la COP30. Y por eso mismo, dice, tiene cuenta en TikTok. Como unos cien millones de sus compatriotas. “La uso solo para amplificar nuestra voz, no para esos bailes tontos”, afirma.

Sus reflexiones sobre Internet enlazan la adicción contemporánea a las redes con uno de los capítulos más influyentes en la historia de Brasil. “Vivimos en una era de esclavitud digital. Internet es como una cadena que, en vez de apretar el cuello, aprieta el cerebro. El centro de datos es una especie de barco negrero, porque estamos a merced de una minoría que nos manipula y nos anima a comprar una falsa felicidad”. Palabra del cacique Roberto, profesor, bibliotecario, guarda de seguridad y jefe indígena en el Brasil de 2025.

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Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar
Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).
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