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En colaboración conOEI
Opinión

La verdad en disputa: democracia, desinformación y la urgencia de reconstruir el espacio común en Iberoamérica

Durante décadas, la democracia fue en la región una conquista moral y política

Alona Horkova (Getty Images)

Hay un instante —difícil de fechar, pero inconfundible— en el que una sociedad deja de discutir sobre los hechos y comienza a discutir sobre su existencia. No es un momento estruendoso. No hay proclamaciones ni rupturas visibles. Es, más bien, una deriva: lenta, persistente, casi imperceptible. Pero cuando ocurre, la democracia entra en una zona de riesgo. Iberoamérica ha comenzado a habitar ese territorio.

Durante décadas, la democracia fue en la región una conquista moral y política. No era perfecta, pero era suficiente: ofrecía un marco de convivencia, una promesa de progreso, una arquitectura de los derechos. Hoy, esa arquitectura sigue en pie, pero sus cimientos —la confianza, el consenso mínimo, la verdad compartida— muestran grietas cada vez más profundas.

La alerta no proviene únicamente del debate académico o del análisis mediático. La Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) ha advertido de una crisis democrática “sin precedentes en los últimos 50 años”, marcada por la erosión de los consensos básicos, la intensificación de la confrontación política y el debilitamiento de la confianza institucional. No es una crisis de alternancia. Es una crisis de sentido.

En el corazón de esa crisis hay un fenómeno que ha dejado de ser periférico para convertirse en estructural: la desinformación.

El colapso del terreno común

Toda democracia necesita un suelo compartido de realidad. No un consenso ideológico —que sería incompatible con la pluralidad—, sino un acuerdo mínimo sobre los hechos. Sin ese suelo, la deliberación se vuelve inviable y el debate se transforma en una superposición de relatos inconciliables. La desinformación ha fracturado ese terreno.

No hablamos solo de noticias falsas, sino de un ecosistema informativo profundamente alterado. Las redes digitales han multiplicado la velocidad y el alcance de los contenidos, pero también han erosionado los mecanismos tradicionales de verificación y jerarquización. En ese entorno, la verdad ya no circula con ventaja.

Diversos estudios académicos han demostrado que la desinformación no solo distorsiona las percepciones individuales, sino que reconfigura las dinámicas colectivas, intensificando la polarización y debilitando la capacidad de las sociedades para construir consensos. En América Latina, donde convergen desigualdades persistentes, cierta fragilidad institucional y brechas educativas, ese impacto adquiere una dimensión crítica. La consecuencia no es únicamente informativa: es política.

Polarización: la transformación del desacuerdo

La polarización ha dejado de ser una expresión del pluralismo para convertirse en una forma de ruptura. En las democracias saludables, el desacuerdo es un motor de avance. Permite confrontar ideas, ajustar políticas, ampliar derechos. Pero cuando ese desacuerdo se convierte en un antagonismo irreconciliable, la lógica democrática se invierte: el adversario deja de ser legítimo y pasa a ser percibido como una amenaza.

La desinformación acelera ese proceso. No persuade: confirma prejuicios. No amplía el debate: lo reduce a dicotomías simplificadoras. Alimenta cámaras de eco donde cada comunidad refuerza su propia narrativa y deshumaniza al otro.

La OEI ha señalado, en este contexto, la existencia de una creciente “fatiga democrática” en la región, reflejada en la caída de la confianza institucional y en una preocupante apertura hacia soluciones autoritarias. No es una anomalía. Es el resultado de una democracia que, en demasiados casos, no ha logrado traducirse en certezas vitales para la ciudadanía. Y donde la democracia no ofrece certezas, la desinformación ofrece relatos.

Derechos humanos en la frontera de la verdad

Desde la perspectiva del derecho internacional de los derechos humanos, la desinformación plantea uno de los dilemas más complejos de nuestro tiempo. La libertad de expresión es un derecho fundamental, irrenunciable. Pero también lo es el derecho a recibir información veraz, condición indispensable para una participación política libre e informada. Entre ambos principios se abre una tensión que no puede resolverse con soluciones simplistas.

Sin información fiable, el derecho a participar en la vida pública se vacía de contenido. Sin garantías de pluralismo, la verdad corre el riesgo de convertirse en imposición. El reto no es elegir entre libertad y verdad, sino construir marcos que hagan posible su convivencia. Eso implica políticas públicas basadas en los derechos, la alfabetización mediática, el fortalecimiento institucional y la responsabilidad en el ecosistema digital. Pero, sobre todo, implica una convicción: la democracia no puede sostenerse sin un mínimo de realidad compartida.

Educar para resistir: la estrategia de largo plazo

Frente a un fenómeno estructural, las respuestas coyunturales resultan insuficientes. Es en este punto donde la labor de la OEI adquiere una relevancia singular. Desde su propia naturaleza —educativa, científica y cultural— la OEI ha apostado por una estrategia que no busca solo contener los efectos de la crisis, sino intervenir en sus causas profundas. La educación en la ciudadanía democrática, en el pensamiento crítico y en los derechos humanos se configura como una herramienta esencial para fortalecer la resiliencia social frente a la desinformación.

Bajo el liderazgo de Mariano Jabonero, la organización ha consolidado una agenda que sitúa la formación cívica en el centro de la sostenibilidad democrática. No como un complemento, sino como una condición de posibilidad. En esta línea, Jabonero ha defendido de forma consistente que sin ciudadanos capaces de interpretar críticamente la información, la democracia se vuelve vulnerable a la manipulación. Su trayectoria, desarrollada durante décadas en el ámbito iberoamericano, refuerza la legitimidad de un enfoque que combina el conocimiento técnico y el compromiso político en el sentido más noble del término.

La iniciativa Iberoamérica en Democracia es una expresión particularmente significativa de esta visión. Concebida como un espacio de reflexión plural, busca reconstruir el debate público desde el rigor, el diálogo y la defensa activa de los valores democráticos. En tiempos de fragmentación, promover espacios de conversación informada es, en sí mismo, un acto de resistencia.

El periodismo como arquitectura invisible

Si la educación forma ciudadanos, el periodismo sostiene el espacio común en el que esos ciudadanos se encuentran. Pero el periodismo iberoamericano atraviesa una crisis profunda. La fragilidad económica de los medios, la precarización del trabajo periodístico y la erosión de la confianza han debilitado su capacidad para cumplir su función esencial: ofrecer información verificada, contextualizada y relevante.

En este contexto, la desinformación no compite en igualdad de condiciones. Compite con ventaja. Y, sin embargo, nunca ha sido tan evidente que no hay democracia sin periodismo. El reto no es solo sobrevivir, sino redefinir el valor del periodismo en un entorno saturado de información. Recuperar su función como garante de la verdad, como mediador entre los hechos y la ciudadanía, como infraestructura invisible de la democracia. Porque, allí donde el periodismo se debilita, la realidad se fragmenta.

Un pacto con la verdad

La democracia iberoamericana no está condenada. Pero tampoco está garantizada. El desafío que enfrenta no es únicamente institucional ni económico. Es, en última instancia, epistemológico: tiene que ver con cómo construimos un conocimiento compartido en sociedades diversas, desiguales y atravesadas por tecnologías que amplifican tanto la información como la distorsión.

Responder a ese desafío exige algo más que reformas. Exige un pacto con la verdad. No una verdad única ni impuesta, sino una verdad construida desde el pluralismo, la evidencia y el respeto a los hechos. Un acuerdo básico que permita sostener el desacuerdo sin que este derive en una ruptura. Que preserve la diversidad sin renunciar a la convivencia.

Ese pacto implica una responsabilidad colectiva: de los gobiernos, llamados a fortalecer instituciones y garantizar derechos; de los medios, obligados a defender la verificación frente al ruido; de la ciudadanía, que debe ejercer su libertad con conciencia crítica. Y también de organismos como la OEI, que desde el multilateralismo siguen articulando respuestas a la altura de un desafío que trasciende fronteras.

Iberoamérica ha demostrado, en otros momentos de su historia, una extraordinaria capacidad de reinvención. Hoy, esa capacidad vuelve a ponerse a prueba. No se trata solo de preservar la democracia como forma de gobierno. Se trata de recuperar la verdad como condición de posibilidad de la vida en común.

Cuando una sociedad deja de compartir la realidad, la democracia no desaparece de inmediato. Pero empieza, inexorablemente, a dejar de existir.

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