Paneles solares, la apuesta de Cuba ante la falta de combustible: “Es el negocio del momento”
Los 52 parques solares fotovoltaicos de la isla generan, según el Gobierno, la mitad de la energía consumida durante el pico diurno

En el centro de coordinación de urgencias médicas de Mayabeque hay una cocinilla, un colchón con las sábanas aún tibias y cuatro teléfonos que suenan a cada rato. “Dígame el nombre de la gestante”, dice al teléfono una de las responsables de atender las urgencias de toda la provincia de 380.000 habitantes, ubicada a una hora de La Habana. Chasquea la lengua y responde: “Mándamelo al WhatsApp, que no te oigo bien… No tienes señal”. Poco después, anota el nombre y la dirección de la paciente en un cuaderno y estudia la opción de mandar o no una ambulancia. No sobran.
Hasta hace tres meses, esta libreta repleta de datos en cursiva tenía que iluminarse con la linterna del móvil de la enfermera: era su única solución para los innumerables apagones que vive el país. Las placas solares instaladas en el centro en enero han garantizado el milagro de tener luz. El de Mayabeque es, según datos oficiales, uno de los 5.000 módulos instalados por el Gobierno en los últimos seis meses. El Ejecutivo seleccionó ambulatorios médicos claves con carencias en el sistema energético (pues algunos ya cuentan con generadores propios) donde instalar placas solares y una batería que no obligue a las enfermeras a prender la linterna de su celular.
Paralelamente, unos 10.000 sanitarios del país han pagado a plazos su propio panel (en copago con el Gobierno) para poder estar disponibles en cualquier emergencia. Las placas solares donadas por el Convoy Nuestra América, valoradas en medio millón de dólares, serán instaladas también en comunidades aisladas y centros vitales como policlínicos, hogares de ancianos, panaderías y estaciones de comunicaciones.
La apuesta por las energías renovables es parte de la carrera contrarreloj del Gobierno cubano y los particulares para aliviar la dependencia del petróleo, cuyo impulso ya había empezado antes del embargo energético instaurado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a finales de enero.
Después del Período Especial, como el país dependía casi totalmente del petróleo soviético, Cuba se vio obligada a buscar alternativas para producir energía, como la biomasa en la industria azucarera o la solar en el campo. En los 2000, Fidel Castro bautizó esta nueva etapa como revolución energética. Más que hablar de renovables, el objetivo era la eficiencia: sustitución de electrodomésticos, bombillos de bajo consumo y modernización de la infraestructura. De la mano, empezó a llegar el petróleo venezolano tras el triunfo de Hugo Chávez. Es en 2014, bajo la presidencia de Raúl Castro, cuando la energía renovable pasa de alternativa puntual a estrategia de país. La meta: 24% de energía renovable para 2030. Actualmente, el objetivo es el 40% para 2035 y el 100% para 2050.
A pesar de los esfuerzos del país por dejar de depender de los combustibles, los largos apagones se deben a que la oferta de electricidad suele estar a la mitad de la demanda que existe en Cuba. El déficit promedio alcanza los 1.400 Mw durante el día y entre 1.800 y 2.000 Mw en el horario nocturno. La demanda se está situando alrededor de los 3.000 Mw.
Pese a los esfuerzos, Cuba sigue dependiendo del petróleo. Con la revolución energética se instalaron 1.800 grupos de generación repartidos por todo el país. Estos funcionan con motores diésel y fueloil importado. En su mayoría, el combustible llegaba de Venezuela, un intercambio que se vio interrumpido por la caída de Nicolás Maduro el 3 de enero y, posteriormente, con el asedio petrolero estadounidense.
La otra fuente de energía son las termoeléctricas. Cuba tiene siete plantas con 16 unidades de generación. De estas, por ejemplo, el 16 de marzo, nueve no estaban operativas. Están envejecidas y se averían con regularidad. Funcionan con crudo cubano que, por su alto contenido en azufre, estropea con mayor frecuencia la maquinaria, lo que convierte en una pesadilla las jornadas de Leonor Castillo Hernández, directora funcional de la Empresa de Mantenimiento de Centrales Eléctricas (Emce), quien se deshace en lágrimas cuando habla de los malabares que hacen ella y sus trabajadores para que los equipos funcionen. “Sé que hay niños en hospitales, familias que pierden lo que guardaron en la nevera y pasan hambre. Nosotros sentimos mucha presión también”, explica en una visita organizada por el Gobierno cubano.
Lo ideal, narra, sería que las termoeléctricas contasen con el 80% del material de reposición y mantenimiento in situ para reparaciones capitales o totales (las que se producen cuando los apagones generales hacen caer el sistema termoeléctrico), pero ahora mismo la reserva está prácticamente en cero. “Antes importábamos a Estados Unidos, ahora nos toca hacerlo más lejos y más caro. Están obligándonos a poner parches en lugar de arreglarlo integralmente”, lamenta.
“Hacia la soberanía energética”
Sin divisas, Cuba no puede importar petróleo. La extracción del combustible nacional no es suficiente. Finalmente, la estrategia pasó por mirar al sol, en una isla que tiene unos 330 días de sol al año.
La construcción de parques solares empezó el año pasado. A cierre de 2025, se terminaron de instalar 52 parques solares fotovoltaicos que aportan alrededor de 1.000 megavatios pico (Mxp) —la potencia máxima de una instalación en condiciones ideales—, financiados en cooperación con China, que también ha hecho varias donaciones. El impacto se siente: el presidente, Miguel Díaz-Canel, anunció que durante el pico diurno la energía solar ya llega a generar la mitad de la energía consumida.
La estimación contemplada en la Estrategia Nacional para la Transición Energética en Cuba es que en 2028 se cuente con 92 parques y que el aporte energético duplique el actual, aportando prácticamente dos tercios de la demanda diurna. “El camino es largo y complejo, pero tenemos claro hacia dónde vamos: hacia la soberanía energética plena”, expresó el ministro de Industria, Eloy Álvarez Martínez, en el programa de la televisión cubana Mesa Redonda a principios de marzo.
Con la actual coyuntura, la transición energética cubana pasó de ser un horizonte verde y de soberanía a una imposición, en una isla con apagones de hasta 20 horas en algunas zonas del país. Es una carrera para el Gobierno. Y un lucrativo negocio para quienes tienen la oportunidad de importarlos.
Petra es una de ellas. Lleva 15 años trabajando como taxista en la capital. Desde hace un lustro, combina su rubro —que le permite acceso a divisas— con la compra y venta de todo tipo de instalaciones solares. En lo que va de año ha viajado ya dos veces a México y dos veces a Panamá. “Eso se vende solo, mija. Yo me pago los pasajes con la mitad de las lámparas y paneles que vendo”, reconoce. Aunque no quiere revelar cuánto cobra por ello, asegura que vive “muy bien, por encima de la media de quien cobra un salario estatal”.
Este lucrativo negocio mantiene a las empresas del sector frotándose las manos: dos negocios particulares del país aseguran que instalan al menos tres al día, con precios que oscilan entre los 2.000 dólares y los 78.000 dólares, un valor asumible apenas para el puñado de cubanos beneficiados con remesas, dueños de negocios y extranjeros. “Es el negocio del momento”, dicen sonrientes.
“Cuando no es una cosa, es la otra”
El enfermero Olives Perera, a cargo de un centro de urgencias, narra con resignación los desafíos “titánicos” que realizan. Las jornadas son como el día de la marmota y los sanitarios están obligados a la “resistencia creativa” que aplaude a menudo Miguel Díaz-Canel. La escasez de luz era una entre las mil carencias de este y otros centros del país. Si bien cuentan con una flotilla de 34 ambulancias, solo 16 están operativas. “Si no es porque tienen el vidrio roto, es porque les falta una pieza que nadie nos quiere exportar... Cuando no es una cosa, es la otra”, explica.
Yaniuska Pérez Ocaña, jefa de odontología en la dirección provincial de salud de Mayabeque, asiente con la cabeza. Sabe de lo que habla el compañero. A ella le instalaron el panel a mediados de enero y pudo pagarlo con ahorros de cuando fue brigadista médica en Venezuela y con su segundo trabajo: “Yo monto piezas de antenas y me saco 300 pesos (80 céntimos de euro) por cada una. Es increíble haberme formado toda la vida y saber que ganaría más como higienista dental en cualquier país del mundo”, cuenta entristecida. Sabe que es una de las pocas privilegiadas que podrá asumir el equipo que cuesta unos 100 dólares; “otros van a durar toda la vida pagando”, dice.
Desde la azotea de su casa son pocos los paneles solares que se ven en el vecindario, apenas se atisban otros dos (“de otra sanitaria y de una dueña de comercio particular”). Pérez se recoloca la bata y enumera las carencias de los vecinos del barrio, de los pacientes que atiende, de sus amigos... “Yo quisiera que esta suerte que tengo yo no fuera sola mía y que esto estuviera lleno de paneles”, narra. Su deseo es el de muchos en Cuba.
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