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En colaboración conCAF

La apuesta de un apicultor en Buenos Aires por integrar el mundo de las abejas a la vida urbana

En vez de envenenarlas, la ciudad presencia esfuerzos para relocalizar colmenas que se instalan en edificios, balcones, parques y árboles. El avance de la agroindustria las hace más vulnerables en el campo

Apicultores de Buenos Aires, en noviembre de 2025. Sofía López Mañan

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En el balcón del quinto piso de un edificio céntrico de la ciudad de Buenos Aires, las abejas entran y salen sin pausa por un pequeño hueco en la pared: es la abertura por donde pasan caños de gas y electricidad. El movimiento es constante: llegan, desaparecen en la grieta y vuelven a salir cargadas de polen, trabajando durante todo el día. Agustín Ezcurra—quien vive en ese departamento y además es el encargado del edificio— las observa con fastidio: “Hace quince años que la colmena no para de crecer. Sube y baja por la medianera y atraviesa varios pisos del edificio. Si te fijás, los balcones de los demás departamentos están cerrados. En mi caso se vuelve especialmente molesto porque está muy cerca de la ventana de la cocina”.

Mientras habla, parado en su balcón, introduce un pequeño tubo de madera en el hueco del muro. De inmediato, varias abejas se esparcen por el aire desde el interior de la colmena y ese rincón de la ciudad parece llenarse de ellas. La escena, que podría resultar casi poética, termina siendo motivo de pánico. La mala fama de su picadura —es decir, de su mecanismo de defensa— hace que muchas personas no logren empatizar con lo fundamentales que son para nuestras vidas.

En efecto, Ezcurra dice: “No quiero saber más nada. Estoy insistiendo al consorcio para que resuelvan este tema. Mi hermano me mostró un video en Instagram donde un apicultor rescata abejas. Antes que poner veneno, estamos intentando hacerlo de una forma más saludable para todos”.

Así es como conoció a Marcelo Loiseau, un apicultor con más de treinta años de experiencia y oriundo de la provincia de Buenos Aires, quien también se dedica a la relocalización de colmenas que aparecen en los lugares más frecuentes y también inesperados: paredes, techos, terrazas, árboles urbanos o balcones que, para ellas, son espacios donde se sienten protegidas y tranquilas.

Sobre la percepción de las personas que lo llaman para relocalizar las colmenas, Loiseau cuenta: “Hace algunos años las personas no se preguntaban qué hacer cuando encontraban un panal en su casa, lo eliminaban con veneno y el supuesto problema se terminaba. Con la sensibilidad social sobre el valor de estos insectos y la amenaza de su extinción, la situación empezó a cambiar. Incluso hay empresas fumigadoras que se niegan a matarlas; es decir, hay más conciencia sobre su importancia”.

La paradoja es que, mientras en las ciudades las abejas encuentran refugio, en el campo muchas veces ocurre lo contrario. El avance de la agroindustria y el uso intensivo de insecticidas presionan a que las abejas melíferas (Apis mellifera) se desplacen hacia territorios más seguros y las ciudades pueden convertirse en uno de ellos. “Todo el arbolado de la Ciudad de Buenos Aires es melífero: las plazas, los jardines y las abejas están en todas partes”, señala Loiseau. Estos insectos están permanentemente explorando el territorio. Cuando una colmena crece —sobre todo en primavera—, se reproduce mediante un proceso conocido como enjambrazón: una reina abandona la colonia acompañada por miles de obreras para fundar un nuevo hogar. Antes de que el enjambre parta, un grupo de abejas exploradoras ya recorre el área en busca de un refugio adecuado. Prefieren espacios cerrados, como huecos en árboles, paredes, techos o estructuras urbanas, y pueden instalarse con apenas una pequeña abertura de uno o dos centímetros. Por eso, en las ciudades no es raro que aparezcan colmenas en medianeras, terrazas, balcones o cavidades de edificios. Cuando las exploradoras encuentran un sitio apropiado, regresan a la colonia y comunican la ubicación al resto del enjambre.

La relocalización de colonias de abejas melíferas no responde únicamente a una molestia vecinal. También se vincula con el síndrome de colapso de colonias (CCD), un fenómeno que preocupa a científicos y apicultores en todo el mundo y que tiene múltiples causas. En la última década, los científicos identificaron que existen más de veinte virus que afectan a las abejas y que debilitan a las colmenas. Entre los factores más relevantes se encuentra Varroa destructor, un ácaro que parasita en la parte externa del cuerpo de las abejas adultas y se reproduce dentro de las celdas de cría. Su presencia debilita a la colonia y, además, favorece la transmisión de distintos virus, lo que puede provocar el colapso total de la colmena.

El equipo de Apicultura del CEMIBA (Centro de Microbiología Básica y Aplicada) de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional de La Plata investiga los virus que afectan a las abejas desde 2008, contribuyendo al desarrollo de estrategias para mejorar la sanidad apícola. El investigador y especialista en este tema, Francisco José Reynaldi, explica: “A esto se suman otros factores que operan a escala global, como el uso de agrotóxicos, la crisis climática, la expansión de los monocultivos y la consecuente pérdida de hábitat. En los ambientes rurales todos estos elementos se combinan y terminan debilitando a las colonias”. Las ciudades entonces se convierten en refugios inesperados para las abejas, estando menos expuestas a pesticidas agrícolas.

Loiseau está pensando cómo llevar a cabo la relocalización de esta colmena en un quinto piso: “Vamos a tener que hacerlo con una silleta y romper la pared. Cuando encontremos un espacio cómodo para poder sacarlas, colocamos la colmena en un cajón de madera y la llevamos a un lugar silvestre seguro, lejos de fumigaciones agrícolas”, dice. “Estas colmenas de madera tienen la particularidad de que se desarman y se conocen como colmenas de cuadros móviles. En los bastidores colocamos los panales y los tapamos. También buscamos la reina, porque ella atrae al resto de las abejas. Por supuesto que la colonia sufre un estrés importante, pero si todo sale bien, vuelve a generar su equilibrio habitual en un nuevo hábitat”.

En varios países de Europa —como Francia, Alemania y España—, así como en Estados Unidos y Canadá, se promueven políticas que buscan integrar el mundo de las abejas a la vida urbana. En América Latina —y en particular en Argentina— la situación es distinta: no existe una ley nacional que regule de manera específica la apicultura urbana. En su lugar, hay normativas provinciales, programas o decretos municipales que establecen criterios para la presencia de colmenas en las ciudades. Estas regulaciones suelen ser fragmentarias o poco claras, lo que genera confusión cuando los vecinos encuentran panales o colonias de abejas en sus barrios y no saben cómo convivir con ellas.

La relocalización de colmenas se ha convertido en una actividad cada vez más frecuente en las ciudades. En la cuenta de Instagram de Loiseau se ven registros de por qué lo llaman: panales escondidos en medianeras, huecos de edificios, techos, balcones o árboles urbanos. También se ve el después. Una vez trasladadas a un entorno más adecuado, muchas de esas colonias vuelven a encontrar su ritmo. Pasados algunos días —a veces semanas—, las abejas melíferas retoman su rutina: salen en busca de néctar y polen, organizan la colmena y continúan con el trabajo silencioso que sostiene buena parte de la biodiversidad que nos rodea.

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