Rosa Vásquez Espinoza: “Las abejas nos obligaron a cambiar la forma de hacer ciencia”
La científica peruana, impulsora del reconocimiento de las abejas sin aguijón como sujeto de derechos, asegura que la ciencia ya no puede ignorar el conocimiento indígena

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Las abejas sin aguijón son el primer insecto del mundo reconocido como sujeto de derecho. La declaratoria, impulsada por pueblos indígenas y científicos en la Amazonia peruana, abre un precedente inédito en el movimiento global por los derechos de la naturaleza.
Para la bióloga química Rosa Vásquez Espinoza (Lima, 1993), una de las científicas que acompañó el proceso, ese reconocimiento también abre una discusión incómoda para la ciencia. “Claramente, algo no ha estado funcionando en la forma en que producimos conocimiento sobre la naturaleza”, dice la exploradora de National Geographic y fundadora de Amazon Research International en conversación con EL PAÍS. “Las abejas nos obligaron a cambiar la forma de hacer ciencia, porque es difícil entender la especie sin el conocimiento indígena”.
Criada entre los Andes y la Amazonia, Vásquez Espinoza combina investigación científica con conocimiento indígena para estudiar abejas sin aguijón y otros polinizadores silvestres. Su trabajo le ha valido el Premio UNESCO-Al Fozan para Jóvenes Científicos y su inclusión en la lista de las 100 mujeres más influyentes de la BBC. En esta entrevista, cuestiona la neutralidad de la ciencia y defiende una slow science (ciencia lenta, en inglés) que dé lugar a los saberes de los pueblos indígenas.

Pregunta. ¿Qué dice esta declaratoria sobre el momento que vivimos?
Respuesta. El movimiento de derechos de la naturaleza está dando mucha inspiración. Es un reflejo del deseo de hacer las cosas de manera distinta, porque claramente algo no ha estado funcionando. La declaratoria reconoce que las abejas sin aguijón y sus hábitats tienen derecho a existir, a mantenerse en poblaciones saludables y a la restauración. Cuando hablamos de derechos, dejamos de tratarlas como un recurso más a explotar y ponemos sus necesidades en una perspectiva diferente. Es un llamado urgente a tomar medidas más efectivas para cuidar la naturaleza.
P: ¿Qué cambia en la práctica?
R: El reto es que no sea solo simbólico. Estamos en conversaciones con los municipios que aprobaron la ley para contribuir desde la ciencia y asegurar que las voces indígenas estén incluidas en el plan de implementación que se desarrollará este año. Parte de la conversación es qué pasa, por ejemplo, si alguien corta un árbol donde sabemos que están anidando abejas. O si usan pesticidas que las contaminan. O si una empresa quiere hacer un proyecto de reforestación sin considerar la salud de las abejas. La declaratoria permite actuar ante un daño, pero también prevenirlo.
P. ¿Y ese reconocimiento puede extenderse a otras especies?
R. Nos encantaría. El reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derechos empezó con montañas y ríos. Ha habido casos con tortugas en Panamá y otras especies. Nos gustaría ver algo similar con plantas nativas y medicinales. También con especies en peligro de extinción. En la Amazonia central, donde trabajamos con comunidades asháninka, hay especies en la lista EDGE de las especies más evolutivamente distintas y amenazadas del mundo, como el tapir andino.
Además, el precedente de las abejas ha generado eco fuera del Perú. Desde Ecuador, Bolivia, Colombia y hasta Europa y Estados Unidos nos han contactado con la misma mentalidad de que sin abejas no hay fruto, sin fruto no hay sistemas alimentarios y, por tanto, no hay personas.

P. Aun así, sigue siendo difícil conectar con algo tan pequeño como una abeja. ¿Por qué?
R. La mayoría de los peruanos no había escuchado sobre las abejas sin aguijón. En realidad, casi todos conocen más a la abeja europea. Muchas especies menos “carismáticas” son invisibles. Es el mismo reto que tienen otros organismos como hongos y bacterias. Hay más microbios en nuestra propia boca que estrellas en el universo y eso es algo casi imposible de imaginar. Eso ha sido parte de nuestra labor con el storytelling. Sabemos que las abejas polinizan el 75 % de nuestra comida, pero para mucha gente esos datos se quedan ahí. El conocimiento tradicional inspira más; el saber que las abejas son parte de las historias de nuestros ancestros da otra luz y otra visibilidad que resuena con más personas.
P. Precisamente, el reconocimiento legal de las abejas ha sido posible por los mismos pueblos indígenas. ¿Cambió su manera de hacer ciencia en ese proceso?
R. Totalmente. Yo nací y crecí en Perú, con raíces indígenas fuertes, pero estudié en Estados Unidos, en sistemas muy occidentales donde todo es eficiencia máxima. Entonces, cuando regresé para liderar mi primera expedición en la Amazonia peruana, tenía esa mentalidad. Pero el trabajo de campo te recuerda muy rápido que la naturaleza es la que guía y manda. Y te adaptas o sufres. Ahora siento que primero es el territorio y las preguntas del territorio y las personas que lo habitan, y a partir de eso la ciencia puede ayudar. Es un conversatorio fluido donde la naturaleza va primero.
P. En su libro The Spirit of the Rainforest relata esa experiencia y cuestiona la neutralidad de la ciencia. ¿En qué sentido?
R. Las revistas científicas pueden cobrar hasta 10.000 dólares por publicar una investigación. ¿Cómo eso es neutro? Ese monto puede cambiar toda una investigación en la Amazonia. Ya estás cerrando la puerta a muchas voces. También influye quién financia las investigaciones. A veces el financiamiento se usa como herramienta de control. No se puede seguir haciendo ciencia desde el extractivismo. Es irresponsable hacer solo ciencia sin pensar en el impacto y sin integrar a las comunidades que cohabitan esos territorios.

P. En ese sistema, ¿cómo se está abriendo paso a los jóvenes indígenas?
R. Hemos aceptado el conocimiento occidental como la única ruta y nos ha servido mucho, pero dejamos de lado otras formas de conocimiento. Pienso mucho en mi abuela, que soñaba con ser científica y no tuvo la oportunidad. Hay muchos jóvenes con curiosidad de aprender y, si se les da el espacio, lo hacen de manera increíble. Por eso hablamos de slow science. No quiere decir que tardaremos 10 años en producir algo, pero sí tomarnos el tiempo de capacitar para que otros tengan la oportunidad. Si damos espacio a que se integren sus pensares y sus sentires indígenas, la ciencia mejora y eso es algo que, digamos, las abejas nos obligaron a hacer, porque casi no puedes encontrarlas sin el conocimiento indígena. Es difícil entender la especie sin la sabiduría indígena. En ese camino hemos conocido jóvenes increíbles, como Richar Demetrio y otros, donde el siguiente paso es cómo elevarlos, aunque algunos en la academia no estén de acuerdo. Pero si incomoda, es porque algo está cambiando.
P. ¿También existe una exclusión en género?
R. Sí, yo recuerdo no haber tenido muchos referentes de niña. No había tanta representación de mujeres. Entonces, en espacios dominados por hombres, era más fácil que nuestra voz fuera silenciada. Pero he aprendido que no es necesario adoptar esa agresividad para tener impacto. Desde una energía más humilde, se puede hacer un trabajo igual de fuerte. Y para mí la Amazonia tiene esa energía de humildad, de hacer las cosas a su tiempo. Eso es algo que tomo con mucha responsabilidad.
P. Como exploradora de National Geographic, ¿ha cambiado su idea de lo que significa explorar?
R. Sí. Durante miles de años sobrevivimos porque podíamos leer los cielos, entender las migraciones de los animales y hasta encontrar las abejas. Pero ahora estamos tan modernizados que olvidamos que venimos de todas esas conexiones. Entonces se ve a muchos exploradores que dicen: “Soy el primero en recorrer esas tierras”. No somos los primeros en recorrer ningún territorio. Quizás los primeros en esta década, pero no en la historia. Explorar la Amazonia no es descubrir, es recordar.
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