Cuba vive cada vez más al límite: “Dúchate corriendo, que se va. Cocina rapidito, que se va”
El embargo de Estados Unidos acelera la crisis de un país que arrastra décadas de escasez. Este es el retrato de una sociedad que resiste ante la adversidad

Es viernes en la noche y prácticamente todo Centro Habana es un fundido a negro. Solo se vislumbran las velas o algún farolillo solar en el interior de las inmensas casas coloniales carcomidas por la sal del mar y el paso de años complejos para Cuba. El silencio total de las calles lo rompe el sexto piso de Deauville, un hotel sin turistas que se resiste a perder el encuentro de son y timba que cada fin de semana reúne a un centenar de cubanos y a algún extranjero enamorado de Havana D’Primera o Maykel Blanco. Llueva o tiemble, dicen orgullosos. Y así es: ni en uno de los momentos más convulsos del país, con apagones interminables, una crisis alimentaria y sanitaria insostenible y amenazas constantes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tomar la isla, se apaga el parlante.
A medianoche nadie recuerda que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, prometió hace apenas unas horas “dar la vida por la defensa de la Revolución”. El miedo y la incertidumbre se pierden entre un ir y venir de brazos girando en una rueda de casino, con la cúpula del Capitolio iluminando la escena (esta nunca se apagó). “El cubano sabe que las bombas pueden caer en cualquier momento, lo sabemos desde hace décadas. Y por eso bailamos, por costumbre”, dice Yessica, quien no llegó para estar sentada. “Pero si caen mañana, hoy al menos nos lo bailamos”. El carpe diem es un invento nacional.
Este oasis de cotidianidad no se da solo en esta terraza. Los enamorados siguen llegando al Malecón a tomarse una cerveza Cristal y ver el cielo teñirse de naranja, las quinceañeras no renuncian a tomarse fotos frente a las iglesias envueltas en pomposos vestidos, los pequeños empresarios continúan abriendo negocios de comida importada y el que no puede llegar al supermercado o a la peña de música en guagua por la escasez de combustible, llega a pie. Hasta las protestas contra el Gobierno son espontáneas. “Hoy es un día más en nuestra vida”, reconoce Haris, con un ron en la mano. “Desde fuera hablan como si esto fuera el límite o el final de algo, pero aquí llevamos viviendo al límite muchos años, adaptándonos a no tener nada, a esperar que lleguen remesas… Uno tiene que seguir viviendo”.
La sensación que reina en la isla es similar a la de la fábula de la rana hirviendo, que no percibe en qué momento se cocinó porque el calor llegó de a pocos. Si bien los últimos meses han sido de infarto para la isla, muchos dicen que sienten “que subieron un poco más el volumen”, pero que ya estaba alto. De hecho, en uno de los últimos reportajes de The New York Times, que muestra el mapa de apagones en 2025 y 2026, es mínima la diferencia entre ambas imágenes.
Los apagones llevan años modificando el ritmo de vida y las rutinas de millones de cubanos, quienes ya cuentan exhaustos que viven algo más tranquilos cuando se va la luz. “Peor que esto al menos no se pone. ¿Pero tú sabes la ansiedad de cuando vuelve y te la pasas todo el rato pensando en cuándo se va a volver a ir?”, explica un joven. “Dúchate corriendo, que se va. Cocina rapidito, que se va. No mires tanto Instagram, que se te va. Es una ansiedad constante”.
Elaine Acosta, investigadora asociada al Cuban Research Institute de Florida International University, subraya las consecuencias para la salud mental de vivir en un perenne carpe diem. Acostumbrarse a vivir al límite, inventar cachivaches para cargar el celular o no poder hacer planes a futuro, explica, es un lastre “demasiado negativo”. “Hay una preocupación permanente por cómo cumplir los quehaceres diarios que sostienen la vida”, narra.
Creciente desigualdad
Pese a los escasos datos que existen de desigualdad en Cuba, explica, se puede esperar un aumento “que viene creciendo desde los noventa” hasta la fecha. “El impacto de las políticas sociales que deberían proteger a los sectores más vulnerables no está teniendo el efecto esperado. El Estado cubano ha ido retirando cada vez más el presupuesto a la protección social y, por ello, el patrón de vulnerabilidad social se ha amplificado”, lamenta. “¿Cómo no va a volverse loca una si lo primero que piensa al abrir los ojos es si hay luz o no y cómo eso va a cambiar completamente el curso de tu día?”, se pregunta angustiada Margarita Díaz, 59, desde su casa en el barrio del Vedado.
Este martes, tiró de su congelador el pollo y el salmón que una vez compró a buen precio. “Ya no aplica eso de ‘si la carne está barata compra 10 libras y las guardas’”, matiza. “Toca ir día a día. Después de estos últimos apagones decidí que no compro más nada hasta que se acabe lo que tengo”. En la puerta de la nevera —que toca vaciarla y limpiarla cuando los apagones se pasan de seis horas “o sea, a cada rato”— hay más medicamentos que comida. Bajo los huevos, descansan un porrón de pastillas y blisters para los dolores de rodilla, de cabeza y para el cáncer de próstata de su marido Aurelio Pedrosa, de 74 años. Los dos coches andan acumulando polvo. El escaso combustible que tienen está reservado para sus citas oncológicas. Para nada más.
“No son apagones, son alumbrones”
Francis Hernández, de 66 años, dejó de contar los días que lleva sin agua a partir del decimoquinto. Lleva más de 16 horas sin luz, que hoy parecen nada comparados con las 48 horas seguidas que vivió la semana pasada en su destartalada casa del acomodado barrio del Vedado. “Lo que tenemos ya no son apagones, sino alumbrones de vez en cuando”, dice resignada.
Esta es una de las frases que más se escuchaba durante el Periodo Especial, una de las peores crisis económicas que paralizó la isla tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, y una suerte de día cero con el que se compara la actual convulsión del país. Pero hay algo que diferencia ambos momentos diametralmente: la existencia de una clase acomodada —que en los noventa solo era la élite política y sus familiares— que mira por la ventana cómo la luz se le fue al vecino. En Cuba hoy hay un grupo de extranjeros, empresarios y taxistas (de los pocos que tienen acceso directo a divisas) que pueden importar un panel solar de Panamá o Estados Unidos con el que también cargan el coche o una moto eléctrica. Estos son los vehículos que más se ven circulando por la capital. Muchos de los ladas clásicos están aparcados en las veredas desde hace días. No hay combustible que echarle ni turistas a los que llevar, ni cubano que pueda pagar el aventón.
A pocos metros de la casa de Aurelio y Margarita, una turbina eólica vertical recoge el aire de la costa del malecón para generar energía limpia. Esto y 26 paneles solares abastecen prácticamente el 100% del famoso restaurante italiano El Nero di sepia, uno de los más distinguidos del país. “Es verdad que en Italia no tendría problemas de luz, pero aquí tengo todo lo que no tendría allá”, reconoce el victorioso gerente a un mosaico de retratos suyos con sus más selectos clientes. Nicolás Maduro, Residente o Piedad Córdoba, entre otros muchas celebridades del mundo. “En Cuba está todo por hacer”.
Este lunes, el Gobierno anunció un paquete de medidas de mayor apertura económica, como un guiño político en medio de las conversaciones de La Habana con Washington. Estas otorgan el permiso a sus ciudadanos en el exterior para invertir en empresas privadas en la isla, pues hasta ahora no podían ser socios de las más de 10.000 micro, pequeña o mediana empresa (mipymes) del país. La actualización de la norma también incluye “grandes inversiones, especialmente en infraestructuras”, según anunció el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera de Cuba, Oscar Pérez-Oliva. En la isla la noticia arrugó el ceño de varios mipymeros que desconfían de lo prometido. “No creo que eso se materialice”, narra Antonio Pozuelo Núñez, dueño de una empresa de coches eléctricos en La Habana. Desde hace tres semanas también está empezando a instalar paneles solares.
Este lucrativo negocio mantiene a las empresas del sector frotándose las manos. Negocios como Suncar aseguran que instalan al menos tres diarios, con precios que oscilan entre los 2.000 dólares y los 78.000. “Es el negocio del momento”, dicen sonrientes. Este domingo, la isla recibirá cientos de paneles valorados en medio millón de dólares, donados por el Convoy Nuestra América, que busca aplacar el impacto de la orden ejecutiva de Trump de imponer una asfixia energética en la isla desde finales de enero.
Estos sistemas energéticos serán instalados en varios hospitales del país que, a pesar de la situación actual, se han mantenido abiertos. Actualmente, según reveló este viernes la viceministra primera de Salud, Tania Margarita Cruz Hernández, 96.000 pacientes están en lista de espera para alguna intervención quirúrgica, 11.193 de ellas, menores de edad. Se espera que esta cifra alcance los 160.000 a final de año.
“Cuba es nuestra casa; la limpiamos nosotros”
En el barrio del Vedado convive una acomodada élite cubana, con clase obrera y cientos de trabajadores del Estado, cuyos sueldos no alcanzan los 20 dólares mensuales. Una de ellas es Hernández, nacida en 1959. Cobra 13 dólares. “Tengo la edad de la Revolución”, cuenta orgullosa bajo el desavencijado marco de la puerta de su casa. A dos cuadras de donde vive, trabajó su madre como empleada del servicio de “unos blancos ricos”. “Ahora vivo yo aquí y me pregunto: ¿En qué país del mundo una mujer negra como yo, iba a poder vivir en el mismo barrio donde su mamá limpió casas?”, alega emocionada. “Ningún sistema es perfecto, tampoco el cubano, pero Cuba es nuestra casa y la tenemos que limpiar nosotros. Nadie de fuera”.
En la cocina y sala de su casa, las goteras han empapado el suelo y agrietado las paredes, pero comprar arena o cemento para arreglarlo es misión imposible para la mayoría en Cuba. “Al que diga que el bloqueo no existe, lo invito a pasar a mi casa”, zanja esta esbelta abogada, tras unos lentes oscuros que alivian las migrañas sin tratar. “Existe y lo vivimos en carne propia cada día de nuestras vidas”. Olga Cubertier, enfermera y lideresa comunitaria del Consejo Popular del Vedado, sacude la cabeza desde el marco de la puerta. “Si tan malo es el comunismo, ¿por qué no levantan el bloqueo y dejan que nos caigamos nosotros solos?”, implora.
Esta comunidad de vecinas unidas en la Federación de Mujeres es otro de los paréntesis en los que la hostil realidad pasa a un segundo plano a ratitos. Cada sábado se reúnen en La casa del moro y cantan clásicos cubanos frente a un micrófono que rueda de mano a mano. “Nada de reparto (reggaeton cubano)”, cuentan divertidas. Cubertier presume de un video de su sobrina cantando en uno de los encuentros anteriores. La joven adolescente mira a cámara y sonríe con los vítores exagerados de quienes la han visto crecer toda una vida. Su tía suspira al concluir el clip. “El cubano sabe mejor que nadie gozarse la vida, con o sin luz”. Y matiza: “Eso no significa que no nos duela todo lo que nos pasa, porque a mí se me desgarra el alma cuando sé que mi vecina no tiene medicinas o que a la otra no le alcanza para comer. Duele y duele mucho, pero tenemos que seguir viviendo. ¿Qué más hacemos?”.
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