La odisea de Aniurmat en Cuba ante la leucemia de Dado: “¿En este hospital hay sangre para mi hijo? ¿Y medicinas?”
Traer oxitocina para partos o remedios contra el cáncer es una tarea casi imposible en un país sin combustible y un debilitado sistema sanitario

Anuirmat Padilla llevaba días cruzando los dedos para que el medulograma diera negativo. El jueves confirmó lo que se temía; que su hijo, Eduardo Dado Manuel Guillermo Padilla, de 18 años, tiene leucemia y va a tener que pasar una temporada internado en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, en La Habana. En este centro médico, que atiende niños de oncología y psiquiatría de todo el país, están preparando su cuerpecito alicaído con glóbulos rojos y plaquetas para el tratamiento que se viene. Minutos después de conocer los resultados, su mamá preguntó desesperada a las enfermeras: “¿En este hospital hay sangre? ¿Y tienen los medicamentos o me va a tocar comprarlos por fuera?”. En la isla, digerir las malas noticias viene con un combo de preocupaciones extra.
Los sábados son días de visita en el hospital, un edificio de siete plantas de techos altos y amplios ventanales que alguna vez fue grandioso. Hoy es un centro médico con zonas cerradas por remodelación, ascensores rotos y equipos sin usar porque no logran sustituir piezas de importación que se rompieron o gastaron hace años. También es un espacio en el que las enfermeras saludan de beso y nombre a las mamás y usan sus propias motos (las sanitarias que tienen una) para ir a buscar ellas mismas la sangre al banco de donaciones o los citostáticos que localizan en otro hospital para los pequeños con cáncer. Las mamás suspiran aliviadas al verlas. Sonríen con el corazón roto y unas ojeras infinitas y voltean rápido a ver de nuevo el rostro de sus hijos. En la mesa: champú, cepillo, pasta de dientes y algo de comida “por si le entra hambre luego”.
La isla lleva años sumida en una crisis sanitaria que engloba la falta de inversión estatal y un bloqueo económico de Estados Unidos que, desde enero, se sumó a un embargo de combustible. Este cóctel ha ensanchado la brecha como nunca antes. Según datos que compartió Tania Margarita Cruz Hernández, viceministra primera de Salud, hay 96.000 personas esperando una operación quirúrgica, 11.193 de ellas, menores de edad. En este centro médico hay 141 menores ingresados. El sistema sanitario cubano, que acentuó su declive a raíz de la pandemia, recibe ahora el último golpe que muchos temen no pueda resistir.
Estos momentos, cuenta el personal sanitario, son incluso más desgarradores que la pandemia de la covid-19, cuando el Gobierno norteamericano negó la entrada de vacunas y respiradores al país caribeño. “Ahora no es algo mundial. Esto es algo intencionado y direccionado específicamente a nosotros”, critica la directora del hospital Juan Manuel Márquez, Araiz Consuegra, fiel defensora de la Revolución y el Gobierno actual. “Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos y lo que no para que no se nos mueran niños, pero sería absurdo negar que el escenario es muy complejo y afecta a nuestros pacientes, a sus familiares y al personal sanitario”.
Padilla lo sabe bien. Esta no es la primera dolencia por la que pasa Dado, un joven estudiante de Biología y aficionado al buceo y la escalada. Hace una década, le detectaron síndrome de Sjogren, una enfermedad autoinmune conocida como el síndrome de los ojos y la lengua seca, que también tensa sus manos y le congela las piernas.
Cuando ingresó por primera vez, recuerda que no había ni algodón, ni alcohol, ni esparadrapos. Mucho menos Imurán, el medicamento que necesitaba. En una farmacia cubana se vendería a 11 pesos, escasos céntimos de dólares, si no fuera porque hace años que no se importa. Y mucho menos se produce. La mamá, directora del Acuario Nacional de Cuba, se vio obligada a comprarlo en el mercado paralelo cubano a 2.000 pesos (cuatro dólares), la mitad de su sueldo. Ahora mismo, cuenta la madre, Dado está recibiendo el tratamiento que necesita. “Mañana nadie sabe. Esto es lo más agrio que hay, pero toca aclimatarse”, narra.
Mebendazol a 2.000 pesos, 4 dólares. Salbutamol a 3.500, 7 dólares. Amoxicilina a 7.000, 14 dólares. Diclofenaco, a 1.500, 3 dólares... Hace siete meses que Saray Griego montó una farmacia improvisada en el marco de una ventana protegida con barrotes de una casa vacía en plena Habana Vieja. Aquí tiene desde esparadrapos, algodón y guantes, hasta medicinas para la depresión, el cáncer, infecciones bacteriales y remedios chinos.
Este, reconoce, es el mejor negocio ahora mismo del país. De esto viven tres familias completas. Entre ellas la de Regla, una anciana que pasó toda su vida sirviendo la comida en escuelas del país hasta que su sueldo dejó de ser suficiente. “Aquí escuchamos historias de todo tipo, mija. Hubo una mujer que vino a comprar sondas para la operación de su madre y venía desesperada porque se había recorrido todo el barrio y no había por ningún lado. Hay muchos que vuelven y vuelven a ver si ya nos entró el medicamento que necesitan”, recuerda. Las anécdotas que van recordando son interrumpidas cada poco por un nuevo cliente. “¿Qué tu tienes para la alergia?“, pregunta una mujer con la nariz enrojecida y un pañuelo arrugado en la mano. ”¿A cómo tienes la ceftriaxona?“, consulta otra. ”Ya tengo la carrera de farmacia“, bromea esta antigua trabajadora de la limpieza.
Ambas tienen una docena de proveedores que surten este pequeño puesto, recogido a toda prisa cada vez que pasa algún inspector. Amigos que viajan a Panamá, Estados Unidos o España y vuelven “con la maletica llena” de pastillas y remedios. Uno de ellos, revela Griego, es parte del equipo médico de un hospital cubano. “Hay algunos que roban para revenderlo, pero yo los entiendo. Para ellos tampoco da”, narra. “Cada uno busca la forma de sobrevivir”. Los sanitarios cobran menos de 20 dólares de sueldos en un país con alta inflación y que importa prácticamente el 80% de la canasta básica. “Ver farmacias estatales vacías no es sólo de ahora por el embargo. Tiene años”, lamenta.
“Vivo pensando si la pastilla me da para mañana”
Dulce María Cruz, de 57 años, deambula por el almacén con las manos en la cadera y el gesto preocupado. Clava sus ojos almendrados en las raquíticas estanterías de la materia prima con la que Juana o Virgen María harán las guayaberas blancas impolutas de la marca Quitrín. De la treintena de compartimentos del galpón, apenas cuatro cuentan con algunas telas, un par de cajas de botones y bolsas con enganches. “Nunca antes había visto esto así de vacío”, dice en una habitación con eco. En su mano, unos papeles del inventario con las palabras “no queda casi algodón” en mayúsculas.
Normalmente, las empleadas de esta cooperativa de mujeres —la mayoría jubiladas de los trabajos estatales— cobran alrededor de 10.000 pesos (unos 20 dólares), el triple que un salario mínimo en la isla. Desde que Trump anunció su embargo de combustible y las llegadas de turistas descendieron bruscamente, esta fábrica dejó de vender. Y se redujeron 2.000 pesos de los salarios de cada trabajadora. Cruz lo recuerda aún con “frío en el cuerpo”.
Pero es un frío diferente al de sus compañeras. Ella es paciente de policitemia vera, una afección potencialmente mortal vinculada también a la médula ósea, que hace que produzca una cantidad excesiva de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas, provoca hemorragias y ciertos tipos de cáncer de sangre. El sistema de salud cubano tampoco pudo venderle la hidroxiurea, los antimetabolitos recomendados para retardar o detener el crecimiento de las células cancerígenas en el cuerpo. Así que tuvo que pedirle el favor a un amigo que reside en España. “Vivo todo el rato pendiente de tener para mañana también”. Desde hace unos días empezó a tomar una al día, en lugar de dos, para hacerlas rendir.
En la planta cuarta del Hospital Ginecobstétrico González Coro, los sonidos dan pistas de los pacientes que cobijan. En el ala izquierda no se oye nada. La angustia de las mamás rumia en sus cabezas o se comenta a susurros en la habitación compartida con otras dos mujeres, también con un retraso de crecimiento intrauterino. Al otro lado de la planta, sin embargo, se encadenan los llantos de decenas de bebés diminutos (algunos de apenas un kilo) que luchan por salir adelante, algunos dependientes de respiradores eléctricos. Aquí, las mamás hablan duro para que sus hijos reconozcan su voz suplicando que tomen un poco más de leche.
En el país hay actualmente 32.000 mujeres embarazadas en riesgo. Bien sea porque no pueden realizarse las ocho radiografías que recomiendan durante la gestación, porque la oxitocina para la inducción del parto natural es sustituida por misoprostol, por la paupérrima alimentación de una gran parte de la población o porque no puede acercarse a un hospital por falta de combustible.
Una de ellas es Suleidys Cairo, de 24 años. Es mamá primeriza de Alara, una preciosa bebé de 23 días de edad que nació 500 gramos más chiquitita de lo que recomendable. Una de las razones médicas detrás del bajo crecimiento es la dieta. “Me dijeron que no comiera carbohidratos y no les hice caso”, cuenta apenada. “Pero eso es lo que yo como normalmente; pizza o pan”. Ella es trabajadora por cuenta propia, TCP, y dice cobrar “más que el salario mínimo” en Cuba. “Pero hay veces que incluso con el dinero en la mano no consigo tan fácil la carne o los huevos. Y las veces que lo he comprado, se me pone mala con los apagones”.
La cuna de Alara parece gigante para ese cuerpo endeble envuelto en un body remangado y con calcetines enormes para sus piececitos. Este hospital es parte de los que tienen un generador propio que resiste a casi todos los apagones que sufre a diario el país. Otros son afectados directamente cada vez que se va la luz. A veces, la propia planta deja de funcionar y le toca a la doctora Nalvys Rodríguez, jefa de servicio de anestesia y operaciones, y a todo su equipo venir a donde los bebés más críticos, que dependen de un respirador, a darles oxígeno bombeando manualmente una válvula manual. “La presión es horrorosa”, explica Leonor González León, directora del Hospital Ginecobstétrico González Coro. “Estamos teniendo quejas y muchos problemas por el estrés del personal médico. No es fácil de aguantar esto día a día”.
Los testimonios como estos se acumulan en cada esquina del país. Mariana tomó paracetamoles caducados para el chikungunya porque era su única opción, Aurelio teme que los apagones calienten las medicinas que compra su hija en Panamá y que guarda en la nevera, doña Dignora no tiene esparadrapos para la herida del pie y Olga escribe todos los días preocupada por el chat del barrio para pedir algún blister para los adultos mayores de su comunidad. Por eso, los escasos turistas que pasean por el Malecón se tropiezan tarde o temprano con alguna mujer —casi siempre son mujeres— que suplica algún medicamento que les sobre. “Todo sirve”, exclaman. “Los únicos malos no son los Estados Unidos. El Gobierno sabe lo que hay y no nos ayuda”, critica Mariana, quien salió a protesta el pasado domingo por falta de agua en su comunidad.
La realidad de hoy es una sombra infinita de uno de los orgullos más grandes del país; la sanidad pública, que siempre ha sido gratuita y universal, aunque los últimos años ha ido destartalándose. Es por eso que a Consuegra se le remueve el estómago comparando el momento en que se formó ella, cuando Cuba era un referente médico en América Latina y el Caribe y hoy, el instante que empezó a formarse a su hija en Medicina. “Esto es también una enseñanza para ella. Va a aprender a hacer como nosotros; dejar en una mochila los problemas fuera y poner la mejor cara a los pacientes. A todos, estén a favor del sistema o no”, zanja bajo el retrato de Fidel y Raúl Castro y Miguel Díaz Canel. “Fidel nos enseñó a no claudicar y eso hacemos”. Aniurmat Padilla, ‘Dado’ y miles de cubanos, tampoco pueden hacerlo.
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