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En la Caracas sin Maduro, “ahorita todo es prioridad”

La caída del mandatario encendió la esperanza, pero en la calle el dinero sigue sin llegar y la expectativa supera la realidad

03:58
La vida en Caracas después de Maduro
Una familia en un autobús en Caracas, el 9 de abril.Foto: Andrea Hernández Briceño | Vídeo: Chelo Camacho y Andrea Hernández Briceño

El sábado al atardecer, en un barrio acomodado de Caracas, un bar se llena de gente. Hombres bien vestidos y perfumados relatan su semana; mujeres con melenas lacias y pestañas largas se hacen selfies en el baño. Hay gente en la calle que habla por el celular, charlas acaloradas sobre la actualidad, un DJ que pincha vinilos. Cócteles de autor. Todo en su lugar. Por encima de los tejados, una bandada de guacamayas azules cruza el cielo con su estrépito habitual. La capital de Venezuela, al menos en algunas partes, vuelve a parecer una ciudad cualquiera. Y desde el pasado 3 de enero, al menos parece más segura y más libre. Aunque no más rica. La imagen del local de moda convive con otra recurrente: la dificultad de la mayoría para salir adelante.

El 3 de enero, Estados Unidos se llevó por delante a Nicolás Maduro y, aunque dejó a su vicepresidenta Delcy Rodríguez como sucesora, inundó Venezuela de expectativas. En cuestión de semanas se instaló la idea de que el país empezaría a crecer gracias a la intervención estadounidense, de que lloverían inversiones, de que el dinero del petróleo regaría a millones de hogares asfixiados. Pero esa expectativa ha ido mucho más rápido que la realidad. El dinero sigue sin llegar.

Sentado al volante de un viejo autobús, Oscar Alexander Ulloa recibe la visita de su mujer y sus dos hijos, de cinco y ocho años. Ella le trae el almuerzo y él le entrega sus ganancias del día, un enorme fajo de bolívares que no dan ni para comprar una crema hidratante. “Trabajo desde las tres de la madrugada hasta las cinco. De lunes a sábado. Y no gano más de 300 dólares al mes. Y eso poniéndolo bien. Nosotros hace años que no comemos carne. Está a 12 dólares el kilo”. La familia no recuerda la última vez que fue a un restaurante.

Ulloa y su esposa, Nairobi Pérez, han sido parte de esos ocho millones de venezolanos que se han marchado del país en los últimos años. Vivieron durante más de siete años en Bogotá y en Quito. Llegaron a dormir en el suelo de varias estaciones de autobuses, pero les pareció “el paraíso”. “Con un día de trabajo nos daba para hacer la compra de la semana”, cuenta Ulloa. Volvieron hace cuatro años. Vinieron a despedirse antes de intentar cruzar la peligrosa selva del Darién hacia Estados Unidos. Pero siguen aquí. Y lo que ganan hoy se va hoy. Algo de harina, un aceite, medio cartón de huevos. “Necesitamos un cambio. Pero de raíz”, se atreve a decir ella.

Apenas a unas calles de distancia de ese autobús, la policía disuelve una manifestación llena de trabajadores, estudiantes y jubilados que reclamaban mejoras económicas. A pesar de los golpes, la imagen de venezolanos clamando contra el Gobierno parecía imposible hace solo 100 días. Nadie se habría atrevido a desafiar al Gobierno. Hoy se le echa un pulso constante. Pero el temor de muchos en el poder —en Caracas y en Washington— es que esa imagen empiece a ser recurrente.

El contador jubilado Luis Amundaraín intenta llegar al grueso de la manifestación. Estuvo escondido un año y medio tras las elecciones de 2024, en las que Nicolás Maduro se autoproclamó presidente en contra de lo que decían las actas que presentó la oposición. “Han convertido a Venezuela en comunismo feroz. Matan a la gente. Los meten presos sin hacer nada”, clama Amundaraín, secretario general en Caracas del partido opositor Alianza Bravo Pueblo. A sus 70 años, le mantienen sus hijos, que viven en el extranjero. Su pensión equivale a 0,30 dólares al mes.

A diez minutos en moto de allí, Betty Obayes, de 50 años, observa otra manifestación desde su taller de costura. Es la marcha que ha organizado el chavismo para contrarrestar a los críticos. En la vitrina, un cartel con la imagen de Maduro y su esposa, Cilia Flores, reza: “Los queremos libres”. Obayes es chavista de cuna y agradece al comandante Hugo Chávez el apartamento en el que vive. La situación económica durante la gestión de Maduro ha sido un desastre, pero ella lo defiende. “Aquí hay cosas que acomodar, claro que sí, porque el país se arregla cuando arreglen la economía”, concede. “Pero necesitamos a Maduro”.

Mientras Donald Trump asegura que Venezuela “está ganando más dinero que nunca”, en la calle —la que Obayes mira desde su vitrina— los problemas siguen siendo los mismos. Los salarios no alcanzan para pagar los precios desorbitados de cualquier cosa: 7 dólares por un jugo en un buen barrio, 18 por un menú ejecutivo, 4 dólares por cuatro rollos de papel higiénico. Las calles huelen al humo negro de los coches y de los autobuses desvencijados que avanzan a trompicones en un tráfico caótico.

En Petare, una enorme y precaria barriada popular que trepa por un cerro, María Velázquez atiende su puesto de empanadas. “Aquí, después del 3 de enero, seguimos igual”, lamenta. “Lo que nos está matando a todos es el dólar. Un día tiene un precio y al día siguiente ya es otro. Queremos un cambio drástico para un mejor vivir. El sueldo no alcanza”, sentencia. Velázquez vive de lo que saca de la venta de sus empanadas a 50 centavos de dólar la unidad porque su pensión equivale a 30 centavos de dólar.

—¿Qué compra con eso?

—Nada, un caramelo.

Entre arreglar la economía y convocar elecciones lo más rápido posible, Velázquez titubea. Ambas, viene a decir: “Ahorita en Venezuela todo es prioridad”.

Los llamados bonos de guerra, de unos 150 dólares subsidiados por el Gobierno, siguen siendo el salvavidas de buena parte de la población. Para quien los recibe.

En el otro extremo de Caracas, a unos pocos kilómetros de Petare pero en otro mundo, el bar Dos Puntos, en el que todos quieren ser vistos cada sábado, tiene su propia lectura del momento. Lo abrieron hace tres años varios socios, entre ellos dos venezolanos que habían vivido fuera —uno en Colombia, otro en Miami— y que volvieron para invertir en su país. Hace cuatro años, dice Óscar Fonseca, de 48 años, “no te parabas aquí”. Hoy hay más luz en la calle, restaurantes, gente caminando de un lado a otro. El cambio, insiste, no empezó el 3 de enero: viene de la dolarización de facto, de una cierta mejora en la seguridad, de venezolanos que empezaron a volver o al menos a mirar de nuevo hacia Caracas.

Aunque el 3 de enero sí aceleró algunas cosas. “Hay mucha gente de afuera visitando, se están abriendo más vuelos directos, están reformando el aeropuerto, hay bastante interés extranjero para hacer negocios… Y algo importante es que sentimos menos acoso policial, al menos en algunas zonas”, dice Fonseca. Habla además de mayor estabilidad, de reglas, de poder trabajar. “Por mí, que esto se mantenga así el tiempo que tenga que mantenerse… mientras veas cambios todas las semanas”.

El dilema de muchos venezolanos ahora es el margen que le dan a los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez —en cuyas manos está el país— para hacer reformas antes de exigir elecciones. La presión de la líder opositora María Corina Machado es fuerte: mantiene que ningún inversor apostará su dinero hasta saber quién gobernará Venezuela en los próximos años y con qué reglas. Algunos cazainversores venezolanos consultados por EL PAÍS le dan la razón, pero hasta ahora Washington —que marca los tiempos— ha preferido la estabilidad a la carrera hacia la democracia. “Para Trump el dinero es lo primero, por eso María Corina no está ya aquí”, defiende un actor relevante del negocio petrolero. El entusiasmo inversor es impresionante, pero aún no se traduce en cheques.

De vuelta a las calles de Petare. Valeria Matos, de 14 años, abre sus enormes ojos verdes con pestañas postizas al oír la palabra periodista. “Yo te quiero dar una entrevista, por favor, por favor”.

Hace unos meses su madre no le habría dejado abrir la boca, pero hoy se sientan las dos en un humilde bar cerca del puesto de empanadas. “Voy al colegio solo tres días a la semana porque no hay profesores. Se van porque les pagan muy poco, como 500 bolívares al mes [un dólar]”, relata Valeria. “No tenemos profesor de matemáticas porque se fue por el salario”. La mamá, desvelada por la educación de su hija, defiende el regreso de Machado y pide elecciones cuanto antes. “La gente quiere que venga el dinero, pero mientras esté esta gente aquí, el dinero no va a venir. Queremos un cambio. Ya uno está cansado”.

En Venezuela estos días se habla más de dinero que de política. La rapidez de la recuperación económica determinará el futuro de los Rodríguez y de Venezuela. La gente tiene prisa. Solo que quizá ese tiempo de bonanza, en el que Venezuela avanzaba como un tren de alta velocidad a lomos del petróleo, no va a volver.

Mientras Velázquez prepara sus empanadas y se debate entre si Venezuela necesita unas elecciones ya o hay que esperar, el agua empieza a brotar de los grifos de Petare. Gota a gota, después de 15 días sin suministro. No es un corte excepcional, es la normalidad impuesta en las casas de los más pobres.

Pocos minutos después de dejar el barrio, empieza a diluviar. A un lado de la autopista, Petare, una favela sin agua, gana espacio a la colina. Al otro lado, un puñado de aspersores riega generosamente un césped recién plantado debajo de un puente que casi nadie ve. En medio, uno de los recordatorios que quedan de Maduro va perdiendo color: el cartel con su cara y la de su esposa pidiendo que los traigan de vuelta.

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