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Fernando Mires: “Venezuela no está en un régimen democrático, pero tampoco en una dictadura”

El intelectual chileno analiza el actual proceso político venezolano tras la captura de Nicolás Maduro, la transición y las posibilidades de la oposición. “Debe primar la cordura y la capacidad de tragar piedras si es necesario”, advierte

Fernando Mires, escritor chileno.@FernandoMiresOl

Fernando Mires (Santiago de Chile, 1943) es uno de los contados intelectuales latinoamericanos que cerró una larga carrera académica –coronada por numerosos libros y reconocimientos– para reinventarse en la trinchera de X, donde sus tuits generan acaloradas discusiones sobre política global, autoritarismo, populismo y democracia, y a través de ensayos que publica en dos blogs: Polis y Mires. Densos pero altamente legibles, estos textos han encontrado en Venezuela su obsesión más persistente.

Mires vive en Oldenburg, junto a Bremen, Alemania, a unos 8.500 kilómetros de Caracas o 17 horas de viaje, si se suman vuelos y aeropuertos. Sin embargo, no es exagerado decir que conoce la dinámica interna del chavismo y de la oposición en sus más íntimos pliegues, mejor que muchos analistas locales. Tanto así que al hablar del país se incluye en un nosotros nacional como un venezolano más. “Lo que hace apasionante estudiar a Venezuela es que su futuro nunca está escrito. Es un país donde siempre ocurre una sorpresa, algo que no estaba en el programa. Para un cientista político, eso es un manjar”.

Desde que Washington le declaró la guerra a Maduro, su pensamiento ha cobrado nuevos bríos mediante ideas que buscan abrirse paso en el ruido de la polarización. Por eso mismo, conviene no ignorarlas.

P: En sus textos recientes usted habla de un tercer chavismo y de un 3 de enero que marca un antes y un después en la relación entre Washington y Caracas. ¿Qué es exactamente ese tercer chavismo y qué cambió ese día en el poder real sobre Venezuela?

R: El tercer chavismo está por configurarse, quizás se configure o quizás no. El primero es el chavismo de Chávez: populista. El segundo es el de Maduro: clásicamente dictatorial. El tercero podríamos llamarlo, por ahora, chavismo tutelado, porque existe bajo la tutela de Estados Unidos. El chavismo representado por Delcy Rodríguez es un proyecto despojado de su ideología reivindicacionista, continentalista y revolucionarista, que busca un camino de reformas sociales apoyado directamente por Washington, porque no tiene otra opción.

P: ¿Es ese tercer chavismo un cambio real en el modelo que venían manejando durante más de dos décadas, o un reciclaje para sobrevivir sin renunciar al núcleo autoritario? ¿No corre el riesgo de ser la cara presentable de un protectorado sin democracia funcional, más útil a los intereses geopolíticos de Trump que a los de la ciudadanía venezolana?

R: Los regímenes no son lo que son, sino lo que pueden ser. El chavismo de Delcy Rodríguez es lo que ha llegado a ser de acuerdo con las condiciones que le permiten ser. Probablemente [ella y quienes la acompañan] habrían querido ser otra cosa, pero no lo son ni lo llegarán a ser. Es el chavismo impuesto por las circunstancias, lo que es muy político. Ninguno de nosotros hace lo que quiere, sino lo que puede. Pero están en el poder, quieren estar y seguir en él. En ese sentido es un chavismo realista. Me pregunto: ¿no es esa la norma de todo partido?

P: En un sistema democrático hay alternancia, y ellos no la han permitido en ningún momento.

R: La alternancia se da de acuerdo a la Constitución, y en este momento lo constitucional está suspendido y sustituido por lo factual en Venezuela. Es un gobierno no constitucional. Pero también hay que decirlo: no hay nada más inconstitucional que la extracción de Maduro. Estamos en un limbo político en el que se cruzan lo uno con lo otro. No estamos en un régimen democrático, pero tampoco en una dictadura. Las cosas se arreglan de acuerdo a las posibilidades que aparecen, y dependen, en lo fundamental, de la correlación de fuerzas, tanto internacional como local.

P: ¿Qué haría usted para llevar este proceso hacia una transición democrática? Usted ha dicho que no le ve sentido atacar a Delcy Rodríguez y, al mismo tiempo, ha sido bastante crítico de María Corina Machado.

R: Hay dos posibilidades. Una es la posibilidad jacobina: ejercer una oposición radical extrema, con vistas a una insurrección bajo la consigna de que no queremos más chavismo. La llamo jacobina porque esas fueron las opciones que se abrieron en la Revolución Francesa y en la Revolución Rusa. En ambos casos triunfó la insurrección, pero ya conocemos el precio: en Francia, el terror; en Rusia, el estalinismo.

La otra posibilidad es la que han asumido muchos procesos de transición democrática: establecer un puente entre la oposición y el gobierno. No una alianza, sino un tubo de comunicación en torno a puntos concretos. El más concreto es la agenda electoral: cambiar el sistema viciado, terminar con la votación digital automática. Todo eso puede suceder si se establecen conversaciones, como ocurrió en Polonia, en Sudáfrica, en Chile.

P: ¿Hay todavía un centro posible en la política venezolana, o ha quedado atrapada entre la radicalización y la sumisión a un nuevo orden impuesto desde afuera?

R: Lamentablemente, esa segunda descripción es la que está ocurriendo. Hay tres segmentos: de un lado, el gobierno; del otro, la fuerza insurgente que representa María Corina Machado; y en el medio, un espacio vacío poblado por restos de la antigua arquitectura política. Comparo con Chile porque allí el bloque político era exactamente el mismo que había existido antes de Pinochet: volvieron todos los partidos, exactamente los mismos. No es el caso de Venezuela, donde los partidos se formaron bajo la tutela del chavismo. Conviene llenar ese espacio vacío. Si no se llena, puede producirse un choque de trenes entre dos fuerzas extremas –y los extremos no significan minoría–: uno desarmado y sumamente mayoritario contra otro minoritario pero que cuenta con toda la Fuerza Armada. Eso no va a llegar a ninguna parte. De lo que se trata es de suavizar los extremos. Yo quisiera que el bloque que representa María Corina Machado reaccionara y llenara ese centro político, creara un puente con el gobierno aperturista.

P: ¿Y es posible ese puente con estos actores? María Corina Machado ha dicho repetidamente que no mantiene negociaciones con el gobierno, y al mismo tiempo es la bestia negra del chavismo.

R: Hasta ahora yo diría que no. Pero no sé qué puede pasar mañana, porque van a tener que adaptarse a las circunstancias. Cuando los hermanos Rodríguez pidieron perdón, ese no era un perdón moral ni religioso, sino político: estaban pidiendo la posibilidad de una comunicación con la oposición. Para Delcy Rodríguez, Machado es la bestia negra; para Machado, Rodríguez es la bestia parda. Hay que matizar entre ambos colores y poner un poco de luz, porque con los dos polos ennegrecidos no vemos luces por ninguna parte.

P: Usted ha dicho que si bien Machado es trumpista, Trump no es machadista, y que Washington prefiere una opción menos polarizante. Sin embargo, Machado es quien más ha golpeado al chavismo y quien ganó estratégicamente con las elecciones el 28 de julio, en las que se eligió a Edmundo González Urrutia. ¿Qué hay en su proyecto, más allá de la épica, que la convierte en un riesgo para una transición estable?

R: No conocemos en el cine ningún actor bueno para todos los papeles. María Corina Machado es una líder épica: capaz de movilizar grandes masas con un vocabulario que tiene más que ver con lo épico, ético y religioso que con lo político pragmático. Sabe convertir a los ciudadanos en creyentes políticos. Pero hay momentos que requieren otro tipo de político: el frío, racional, calculador, que sabe manejar bien los naipes, que sabe qué decir y qué evitar. Yo todavía no sé, como chileno, qué conversaron los representantes de la oposición con los de la Junta de Pinochet. Nadie lo sabe. Se mantuvo en secreto, pero llegaron a acuerdos. Ese tipo de político es el que se necesita ahora. Apoyé a Machado con toda la fuerza el 3 de enero porque se produjo un momento de quiebre apocalíptico en la historia venezolana. Pero este es un momento totalmente distinto. Debe primar la cordura y la capacidad de tragar piedras si es necesario.

P: Según las encuestas, Machado es de lejos la líder con mayor respaldo en Venezuela. ¿Usted descarta que ella pueda moverse hacia ese rol? ¿Ve algún otro político que pueda encarnarlo?

R: A las encuestas les tengo absoluta desconfianza. No porque mientan, sino porque miden el estado de ánimo de un día determinado, y de un día a otro pueden cambiar radicalmente, cosa que por ejemplo Trump sabe a la perfección. Yo creo que a eso está apostando el chavismo de Delcy Rodríguez: crear una apertura, ampliarla y construir una especie de chavismo social, no represivo. En un país con hambre, que baje el precio del pan puede traer muchas adhesiones. Si el vacío del centro sigue ahí, puede resultarles. De lo que se trata, precisamente, es de impedir que Rodríguez logre ese objetivo.

P: Si no es Machado, ¿podría ser González Urrutia ese personaje cuerdo y sereno para trabajar con el régimen y construir el puente entre la apertura y la transición?

R: Creo que no, porque eso significaría divergir de las posiciones de Machado. En esa esquina es ella o no es nadie. Pero es solo una impresión. La política es una caja de sorpresas.

P: Usted ha advertido que casi ninguna dictadura transita voluntariamente hacia la democracia y que las elecciones bajo regímenes militarizados funcionan como mecanismos de legitimación, no de alternancia. ¿Qué sentido tienen hoy las elecciones en las autocracias latinoamericanas?

R: Siguen siendo útiles, aunque sean fraudulentas. Me pronuncié a favor de las elecciones en Venezuela después del 3 de enero por dos razones. Primera: son espacios que permiten la movilización política y social que no es posible en periodos no electorales. Segunda: son una obligación ciudadana. Si un régimen adultera las elecciones, yo debo participar de todas formas, porque no quiero que ese régimen me quite la ciudadanía. Y además, solo a partir de ellas se pueden medir las correlaciones de fuerzas, o cuando son fraudulentas, la capacidad de engaño del régimen, como se vio en Venezuela de forma extraordinariamente clara. Si no hubiese demostrado ese fraude, las condiciones serían totalmente distintas, y a lo mejor nadie habría extraído a Maduro.

P: Maduro tuvo salidas. Pudo haber negociado una transición en cualquier momento. Usted dice que hubo una ruptura en el chavismo. ¿Qué la produjo?

R: Fue realmente increíble. Incluso los gobiernos de izquierda de América Latina le pusieron una salida en bandeja de plata: llamar a nuevas elecciones era una posibilidad que rechazó. Por eso creo –y es una hipótesis, un pensamiento intuitivo– que la ruptura al interior del chavismo se produjo antes de la extracción. Ahora se sabe que Estados Unidos sostenía conversaciones con mucha gente del régimen. No fue la extracción lo que produjo la ruptura, sino la ruptura la que produjo la extracción. Lo más probable es que se haya formado un sentimiento anti-Maduro al interior del PSUV, por la incapacidad de reformar el poder –Maduro no quería cambiar nada– y por el miedo, que también es legítimo: se les iba la vida. Entre estar vivos y estar muertos, eligieron correctamente.

P: ¿Cuál es su apreciación personal de Maduro como político?

R: En una entrevista pública está prohibido usar malas palabras. Pero se lo digo claramente: es un hijo de puta. Un tipo capaz de traicionar lo que él mismo dice de un momento a otro. Apolítico, brutal, un asesino enquistado en el poder. Si hubiera tenido más medios, se habría convertido en un Stalin venezolano.

P: ¿Y Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello?

R: Ninguno es santo de mi devoción. Pero Delcy Rodríguez tenía ya una vena política que le permitía establecer relaciones de diálogo. Me acuerdo de que en la República Dominicana la gente de ultraderecha venezolana quedó escandalizada porque Julio Borges la saludaba con un beso. Eso ocurría porque había conversaciones previas. No me imagino a nadie saludando a Maduro con un abrazo. Para mí es una sorpresa que Diosdado Cabello siga ahí. No es un político con carisma. No es tan inteligente como dicen. Es cruel. Maneja siempre los aparatos de la violencia. No sé cómo se las arregla. En ese punto no tengo sino que admirarlo.

P: Cambiando un poco el tema, pero sin abandonar Latinoamérica, para usted el orden político internacional actual es un sistema dominado por tres imperios y una serie de potencias medias subordinadas. ¿Qué margen les queda a los países latinoamericanos para no convertirse en satélites?

R: A Trump no le interesa quién gobierna en cada país. Lo que le interesa es que acepten dos condiciones: no convertirse en aliados militares de Rusia y no convertirse en aliados económicos de China. Trump no es un demócrata. Esa es la diferencia con Biden, que era, antes que nada, un demócrata. No sé qué error llevó a Ortega, a Maduro y a Díaz-Canel a convertirse en aliados militares de Rusia, sabiendo que Rusia no los va a apoyar cuando llegue el momento. Rusia no es capaz ni de ayudar a Siria ni a Irán, ni siquiera de ganar la guerra de Ucrania. Esa alianza no se justifica ni política ni ideológicamente, porque Putin es un personaje de extrema derecha. China es distinto: es un imperio económico mundial. Las anexiones territoriales no le interesan. Si le interesara, habría actuado en Taiwán. Lo que le interesa es ganar la hegemonía en otro espacio, el económico, para después dictar condiciones. Pero China va a seguir siendo un país impenetrable culturalmente. Nadie va a querer adoptar su sistema político ni su cultura. En ese sentido, la amenaza es solo económica.

P: Usted subraya que Trump no está loco sino que actúa de manera coherente con la Estrategia de Seguridad Nacional 2025. El mundo de Trump no tiene reglas; gana el más fuerte. Pero, al mismo tiempo, Trump ha sido el mayor destructor del viejo entramado normativo. ¿No es la Estrategia de Seguridad Nacional una coartada doctrinal de una política de fuerza que prescinde de la democracia?

R: Hay un plan detrás de Trump que él entona como una partitura surrealista, pero no se aparta de él. El primer punto: Estados Unidos es el hegemón de Occidente y eso hay que defenderlo con dientes y muelas. El segundo: puede intervenir o hegemonizar otros sectores clave para su economía. Ahí está el caso de Irán: destruyendo Irán le quita un cliente a China. Es brutal destruir un país para que no se convierta en aliado de otro, pero hay un plan de dominación mundial, y Trump ha sido coherente con ese plan.

P: ¿Qué significa esa lógica para los proyectos democráticos internos de países como Venezuela o Cuba? ¿Hay margen de maniobra o van a una tutela más estricta?

R: La democracia va a salir muy dañada de este momento. Lo que está en juego ya no es tanto defender la democracia en sentido literal, sino defender la estructura republicana: el Estado de derecho, los partidos, la alternabilidad, los derechos humanos. Las bases mínimas. La democracia liberal, tal como prevalecía en Europa, está terminando. Vamos, en cierta medida, a un sistema de repúblicas tuteladas. Aunque habría que recordar que el mundo siempre ha sido tutelado por las grandes potencias. La diferencia es que antes eran dos imperios y hoy son tres.

P: ¿En ese esquema que acaba de describir, el viraje a la derecha en América Latina es el péndulo de siempre o algo más complejo?

R: Yo creo que no gana la derecha, sino que pierde la izquierda, que no es lo mismo. La izquierda latinoamericana ya no tiene un proyecto histórico. Tiene que inventarse a sí misma y establecer qué significa ser de izquierda hoy. Todavía no lo logra. Antes era claro qué era ser de izquierda: estar al lado de la clase obrera y en contra de Estados Unidos. Ahora la clase obrera ya no es la de antes y en varios países ha terminado apoyando a la derecha. También ha cambiado la derecha: ya no son los latifundistas de antes. Bukele, Milei son personajes no solo libertarios sino libertinos. No tienen nada que ver con la derecha anterior. Lo que puede aparecer en lugar de esta izquierda yo lo llamaría partidos sociales: unos que priorizan lo social y otros que priorizan la economía. Ambos son necesarios.

P: Usted ve a Venezuela atrapada en una transición hacia la transición. ¿Hacia dónde va ese país: a una democracia liberal, a un híbrido iliberal tutelado, o a un protectorado dentro de un Occidente que Trump concibe como su propiedad inmobiliaria?

R: Existen posibilidades para todo. Puede fracasar el proceso de transición: en Polonia fracasó dos veces antes de que surgiera Gorbachov. Pero también existe la posibilidad de que logre crear nuevas formas de convivencia política. Lo que hace apasionante estudiar Venezuela es que el futuro nunca está escrito. Es un país donde siempre ocurre una sorpresa que no estaba en el programa. Todas las puertas están abiertas. Y eso depende de las correlaciones políticas y de la actuación de las personas en el momento preciso. Si no aparecen las personalidades adecuadas en el momento preciso, todo puede irse al diablo.

P: Para cerrar: en un mundo de potencias depredadoras, ¿qué significa no perder la cordura ni la esperanza democrática?

R: Como decía Lefort, la democracia existe en permanente revolución. Desde su irrupción en Atenas, el espíritu democrático ha seguido latente a lo largo de la historia. Por momentos aparece, por momentos desaparece, pero la contradicción se mantiene. Lo que Hannah Arendt llamaba la luz de la democracia. Estamos en un momento de reflujo, la contra-ola que describía Huntington como respuesta a la ola democrática de 1989-1990. Muchos creen que vamos a regímenes dictatoriales para siempre. Yo diría que ni lo uno ni lo otro. Todos los procesos ocurren con flujos y reflujos. Y en un periodo de guerra como este, me pregunto cuántas personas enormemente capaces están muriendo por culpa de tiranos que han decidido repartirse el mundo. ¡Cuántos futuros escritores, técnicos, trabajadores se están muriendo en las guerras de hoy! Estarse matando unos a otros no cabe ni en el pensamiento religioso ni en el político moderno. Tiene que haber una reacción frente a eso.

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