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Jill Lepore: “Trump prospera en el caos y la emergencia”

La historiadora y profesora de Harvard reflexiona sobre el segundo mandato del republicano y advierte: “El control de Trump sobre el poder es extraordinariamente frágil. Y cuando caiga, se estrellará”

Los historiadores del futuro bien podrían mirar al invierno de 2026 como un punto de inflexión en la presidencia de Donald Trump y en el propio experimento democrático estadounidense. Desde Charlottesville, en agosto de 2017, cuando excusó la violencia supremacista blanca, pasando por el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, Trump dejó claro hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Y no se olvide: durante su campaña por un segundo mandato advirtió que, si no ganaba, habría un “baño de sangre”. A comienzos de este año cruzó otro umbral al ordenar el despliegue de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y de la Patrulla Fronteriza en Minnesota contra migrantes sin documentos y para reprimir el movimiento cívico que surgió en su defensa, con un nivel de violencia y letalidad sin precedentes. Las consecuencias son irreversibles: Renee Good y Alex Pretti, dos ciudadanos estadounidenses, murieron bajo el fuego de agentes de inmigración enmascarados en las calles nevadas de Minneapolis; más de 30 migrantes murieron en custodia del ICE el año pasado.

El lunes 26 de enero, cuando la historiadora y profesora de Harvard Jill Lepore abrió las puertas de su casa en Cambridge para conversar con EL PAÍS, las imágenes del asesinato de Pretti circulaban sin descanso. Videos de Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, y de Stephen Miller, subsecretario de la presidencia, lo presentaban —desarmado, acribillado con 10 tiros por la espalda— como “terrorista doméstico”, mientras Gregory Bovino, jefe de la Patrulla Fronteriza ataviado como un oficial de la SS nazi, afirmaba que Pretti buscaba “causar el máximo daño”. Grabaciones difundidas masivamente dejaban claro que mentían descaradamente. Minneapolis estaba siendo utilizada como un laboratorio para la militarización de las calles. Lepore, autora de These Truths y We, the People, y descrita por Fintan O’Toole como “la mejor ensayista viva del país”, leyó estas escenas como el síntoma de una sociedad que se descompone y pausó la escritura de un ensayo urgente para The New Yorker para pensar la pregunta que hoy sobrevuela la política estadounidense: ¿puede la democracia estadounidense sobrevivir a Donald Trump?

Pregunta. Desde una perspectiva histórica, ¿cómo entiende lo que está ocurriendo ahora mismo en Estados Unidos, en particular las acciones agresivas del ICE y del Departamento de Seguridad Nacional, no solo contra inmigrantes, sino también contra ciudadanos estadounidenses? ¿Estamos ante un momento nuevo en la historia del país?

Respuesta. Es posible encontrar antecedentes de fragmentos de lo que ha ocurrido durante el último año del segundo mandato de Trump. Momentos como 1970, cuando se llamó a la Guardia Nacional para reprimir protestas estudiantiles y terminó matando a estudiantes en la Universidad de Kent State. Pero esto no es realmente como Kent State. Buscar analogías —si es como esto, si es como aquello— puede ser una distracción. Lo que estamos presenciando no tiene precedentes en la historia estadounidense. Para encontrar verdaderos antecedentes de lo que ha sucedido en el último año, tendríamos que mirar no a la historia de Estados Unidos, sino a la de otros países.

Lo que estamos viendo ahora es una convergencia: los peores excesos del imperialismo estadounidense, combinados con las negaciones más graves de los derechos civiles básicos de los estadounidenses, combinados con el nativismo más cruel y vengativo de la historia del país. Si se mezcla todo eso, se obtiene esta administración. Por extraño que suene en boca de una historiadora, creo que la historia no ha sido muy útil aquí. En muchos sentidos, ha sido una distracción.

P. En These Truths usted describe la historia de Estados Unidos como un experimento democrático y como una disputa permanente sobre quiénes forman parte de ese “Nosotros, el pueblo”. Bajo la segunda presidencia de Trump, marcada por restricciones a los derechos civiles y por la represión, ¿cómo describiría el estado actual de ese experimento?

R. Extraordinariamente vulnerable. Estamos en un momento de profundo desorden, al borde de una catástrofe política —si no ya en medio de una—. Pero no creo que la situación sea irreversible. Lo que quizá resulta difícil de ver desde fuera de Estados Unidos e incluso desde dentro es que la visión vengativa, violenta y sin ley de esta administración no es compartida por la abrumadora mayoría de los estadounidenses. La gente puede coincidir con las preferencias de política de Trump, pero incluso muchos de sus seguidores no consideran que esto sea coherente con sus valores.

P. Una preocupación es que las situaciones extremas pueden normalizarse y olvidarse con rapidez. ¿Existe el riesgo de que la capacidad de atención de la sociedad sea demasiado corta para sostener la acción política necesaria para producir una corrección?

R. Comparto esa preocupación. Estoy profundamente alarmada por este momento. Estamos hablando en un día en que Minneapolis está paralizada por temperaturas bajo cero, y aun así la gente está en las calles. Una amiga me escribió que su hija volvió del trabajo con la cara congelada por las lágrimas, solo por caminar a través de la ciudad. Hay una sensación de desesperación muy profunda. Lo que más me inquieta es si la administración logrará imponer una versión falsa de los hechos en torno a lo que, en esencia, han sido dos asesinatos en las últimas semanas, e insistir en que los agentes implicados gocen de inmunidad total frente a cualquier procesamiento. Eso es profundamente alarmante. Al mismo tiempo, hay resistencia. En Massachusetts, funcionarios electos democráticamente han pedido el juicio político del jefe de Seguridad Nacional y la aprobación de leyes que prohíban la inmunidad de estos agentes. Mucha gente está diciendo: “Esto no puede imponerse, esto no puede volverse normal”. Pero mucho depende de lo que ocurra ahora. Esta semana se siente como un punto de inflexión terrible.

Agentes detienen a un maniestante en Minneapolis, Minnesota, el 5 de febrero.

P. En su trabajo, usted ha examinado cómo la historia se moviliza para legitimar proyectos excluyentes. Bajo la segunda presidencia de Trump, ¿ve la emergencia de una versión oficial de la historia que normaliza la represión?

R. Todavía estamos esperando ver qué tipo de historia termina produciendo esta administración. Con 2026 en el horizonte —el aniversario 250 de la fundación de Estados Unidos— hay una enorme operación de relato oficial en marcha. El vehículo predilecto de la administración Trump para ese relato, la Comisión America 250, parece no solo comprometido con su propia versión de la historia estadounidense, sino agresivamente comprometido con ella. La represión de un relato más completo y más preciso del pasado del país no se parece a nada que haya visto en mi vida. Estamos viendo la eliminación de la historia indígena de sitios históricos, el borrado de la historia del trabajo, de la inmigración, incluso de la historia básica de las mujeres. Historias enteras están siendo eliminadas de manera deliberada.

P. Esto va más allá de una reinterpretación. Parece un borrado impuesto desde arriba que choca con la realidad de Estados Unidos como una sociedad diversa.

R. Sí.

P. Usted ha subrayado a menudo que la democracia estadounidense ha sobrevivido a crisis porque ciertos actores se negaron a aceptar la inevitabilidad. ¿Dónde ve hoy a esos contrapesos en acción?

R. Podemos ver a muchos de esos actores. La pregunta es si son eficaces, dado el poder de esta administración y la polarización del país. En Minneapolis, personas comunes están en las calles con silbatos y teléfonos, documentando y alertando sobre la presencia y los movimientos de agentes del ICE. Parecen estar extremadamente bien organizadas y activas en grandes números. Pero hay límites. Uno es externo: los medios alineados con Trump los retratan como extremistas de izquierda violentos, como la causa del problema y no como una respuesta a él. Lo que están haciendo no ha logrado atravesar ese muro mediático. El otro límite es interno. Si la gente cruza hacia una violencia real —y creo que algunos podrían ir mucho más lejos de lo que hemos visto—, eso sería desastroso. Los casos de Renee Good y Alex Pretti involucraron a personas que intentaban documentar o interrumpir actividades del ICE. Han sido etiquetados por la administración como terroristas domésticos, lo cual es absurdo y obsceno. Pero tarde o temprano otros serán captados por las cámaras cometiendo actos violentos. Cuando eso ocurra, limitará de manera drástica lo que estos movimientos pueden lograr.

P. Usted también ha escrito sobre el pensamiento conspirativo. ¿Cómo funcionan las narrativas conspirativas en momentos como este?

R. Una visión conspirativa del mundo resulta extraordinariamente atractiva cuando lo que está ocurriendo se vuelve difícil de explicar, especialmente cuando las personas experimentan cambios estructurales a gran escala en sus vidas cotidianas. Hubo una enorme aceleración y propagación de teorías conspirativas a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

P. ¿Por qué fueron tan poderosas entonces? ¿Y por qué parecen serlo otra vez ahora?

R. Ese momento tuvo mucho que ver con las dislocaciones masivas de la Revolución Industrial: la expansión del comercio global, los cambios en los sistemas financieros. Todo eso era explicable —sociológica y económicamente—, pero para mucha gente resultaba desconcertante y no inmediatamente inteligible. Las teorías conspirativas tienen el atractivo de ser extremadamente simples. Si estás viviendo un momento confuso y quieres una explicación sencilla, una teoría conspirativa es profundamente satisfactoria. Creo que estamos en un momento similar ahora. Hay una sensación de que fuerzas invisibles —literalmente invisibles— están impulsando lo que ocurre en el mundo, y eso hace que la gente se sienta impotente. Entonces el pensamiento conspirativo se vuelve atractivo: no sé qué demonios está pasando; bueno, es una conspiración.

P. ¿Cómo conecta eso con historias como el caso Epstein, que también es visto como una gran conspiración?

R. El verdadero horror de esa historia no es solo la depredación sexual, por terrible que sea. Es la imagen que ofrece de millonarios y multimillonarios volando en jets privados a islas privadas, con chefs privados y masajes privados: un desprecio absoluto y una indiferencia total frente al sufrimiento ajeno. Y muchos de ellos son líderes electos. Los Clinton estaban en esos aviones. Profesores de mi propia universidad estaban en esos aviones. Toda esa repugnante clase Epstein. Así que, si estadounidenses comunes, que padecen la desindustrialización y la pobreza del Cinturón del Óxido (Rust Belt), creen que un grupo de personas extremadamente ricas está disfrutando de todos los frutos de la globalización a expensas de sus propias vidas, su salud y con una esperanza de vida de apenas 48 años, no están equivocados. La rabia populista tiene razones reales detrás. Lo despreciable de Trump y del trumpismo es tomar esa rabia y redirigirla contra los inmigrantes. Los inmigrantes no son responsables del sufrimiento del Cinturón de Óxido. Culpar a personas aún más vulnerables es la táctica clásica del populismo de derecha.

P. ¿Qué ocurre con la vida democrática cuando la conspiración y la fabricación operan desde el centro mismo del poder?

R. Lo estamos viendo todos los días. Se parece al funcionamiento de un ministerio de propaganda en tiempos de guerra. Woodrow Wilson creó uno durante la Primera Guerra Mundial para persuadir a los estadounidenses que se oponían a entrar en el conflicto, usando afiches y radio para retratar a los alemanes como animales salvajes. Lo distinto ahora es que, en la práctica, tenemos un ministerio de propaganda que se utiliza para presentar a la mitad de la población estadounidense como monstruos.

P. Entonces, ¿Stephen Miller es una especie de ministro de propaganda?

R. Supongo que sí.

P. ¿Lo que está ocurriendo también está vinculado al racismo?

R. Es una herramienta muy eficaz para Trump y su administración. Se leen reportes sobre el ICE reclutando en sitios web supremacistas blancos. Eso se está usando claramente. No creo que el racismo sea el único motor de todo lo que ocurre, pero sin duda le conviene a Trump avivar el odio racial. Honestamente, creo que le divierte.

P. Imaginemos que usted pudiera entrar en la mente de Trump para entender cuáles son sus objetivos. ¿Qué ve?

R. No lo sé realmente. Su mente parece desordenada, cada vez más. Tal vez esté pensando en la sucesión: cómo retener el poder después de dejar el cargo. Tal vez esté concentrado en socavar las victorias demócratas en las elecciones de medio término, o en una eventual candidatura de Don Jr. en 2028. Me recuerda a alguien de mi familia extendida que tenía una enfermedad mental grave. Mi madre solía decir: “Esta es una persona cuya mente no funciona por la razón”. No se puede anticipar racionalmente lo que hará después. Solo hay que prepararse, porque cualquier cosa puede pasar.

P. Usted ha mostrado cómo el retroceso democrático suele venir envuelto en un lenguaje legalista. ¿Cómo deberíamos entender las afirmaciones de que las redadas migratorias son simplemente aplicación de la ley?

R. Son factualmente falsas. Gran parte de lo que ocurre es ilegal. También es importante decir que la política migratoria de Joe Biden fue un desastre. Los estadounidenses quieren una reforma migratoria desde mediados de los años noventa, y nadie —Obama o Biden incluidos— la ha entregado. Las encuestas muestran que los estadounidenses apoyan la inmigración, pero quieren que sea ordenada y previsible. Sienten que el gobierno federal les ha fallado en eso, y esa percepción es justa. ¿Pero quieren lo que está ocurriendo ahora? No. El encuadre legal es apenas un velo —quizá lencería, pero no una vestimenta—. Existe solo para que los tribunales tengan algo que citar. Lo que está pasando es grosero, indecente, ilegal e inconstitucional.

P. Usted ha rastreado la historia de los datos y la predicción en la política, en parte porque para usted el uso de datos afecta la calidad de la democracia.

R. Mi nuevo libro, Auge y caída del Estado artificial (The Rise and Fall of the Artificial State), sostiene que estamos presenciando el surgimiento de lo que llamo el Estado artificial: uno en el que el discurso público está dominado por máquinas propiedad de corporaciones. Hoy la mayoría de la gente se informa sobre el mundo a través de plataformas que pertenecen a las tres personas más ricas del planeta. Hemos cedido la esfera pública a corporaciones cuyos intereses son puramente financieros. Esto coincide con el retroceso democrático y el ascenso de autócratas, y a largo plazo puede ser lo más difícil de revertir.

P. Entonces, ¿la tecnología como mediadora de la vida social es central en el retroceso democrático?

R. Absolutamente.

P. ¿Hay alguna forma de volver atrás?

R. Europa tiene que liderar. En Estados Unidos ya entregamos todo. Estas plataformas están invertidas: hay más bots que humanos, y la gente no lo ve. En los hechos, hemos aceptado el gobierno de las máquinas, que es el gobierno de las corporaciones. Europa está mucho más alerta frente a esto, incluso figuras como el Papa. Miro a Europa para que defienda la libertad humana de expresión.

P. Las generaciones más jóvenes parecen especialmente abrumadas por este entorno.

R. Sí.

P. Y también está la ideología de las propias élites tecnológicas.

R. No creen en la democracia. Mi libro rastrea cómo llegaron a rechazar al Estado. Creen que su poder es planetario, incluso extraterrestre, y se han nombrado a sí mismos guardianes sin haber sido elegidos. En 2016, Sam Altman, de OpenAI, dijo: “Si yo no estuviera al mando, estaría diciendo: ‘¿por qué carajo estos tipos deciden todo?”. Sigue siendo una buena pregunta. Saben que han usurpado la autoridad del Estado y están contentos con ello.

P. ¿Cómo han alterado las plataformas digitales la visibilidad de la represión?

R. Silicon Valley hizo grandes promesas en los años noventa sobre la democratización a través de internet, y luego en los dos mil con las redes sociales. Hillary Clinton hablaba de la “libertad de conectarse”. Ahora se hacen las mismas promesas con la IA. Ya se demostró empíricamente dos veces que estaban equivocadas. Aunque estas tecnologías tienen aspectos maravillosos, sus efectos políticos han sido en gran medida malignos. Que la gente crea la historia por tercera vez es desconcertante. Tal vez sea amnesia o normalización.

P. ¿La sobrecarga en sí misma es parte del problema?

R. Absolutamente. Es muy difícil orientarse. La gente siente que está viviendo un momento histórico: la IA, el cambio climático, el fin del orden liberal mundial. Es abrumador. Y, sin embargo, igual hay que levantarse, dar de comer a los hijos, sacar al perro, ir a trabajar.

P. ¿Vale la pena salvar el orden liberal mundial?

R. Sí, creo que sí. ¿Por qué? Porque la alternativa es mucho peor. Es el mismo argumento, casi churchilliano: no es que sea perfecto, sino que todo lo demás es peor.

P. Entonces, ¿por qué, en su opinión, tantas personas en el mundo apoyan a líderes autoritarios?

R. No lo sé del todo. Pero he visto investigaciones interesantes que sugieren que, para los estadounidenses, su vínculo cada vez más frágil con la democracia y con el orden liberal mundial es en parte consecuencia del fin del servicio militar obligatorio en 1973. El ejército estadounidense es ahora completamente voluntario, y sin embargo el país ha estado involucrado en guerras largas —Afganistán, Irak— y en diversas operaciones militares en el exterior. Esos conflictos ocurren a una distancia enorme de la vida cotidiana de la mayoría de los estadounidenses. En el pasado, muchos miembros del Congreso eran veteranos o tenían hijos en las fuerzas armadas. Bill Clinton fue el primer presidente que no había servido. Eisenhower siempre advertía que sería peligroso tener presidentes que no conocieran de primera mano el peligro de la guerra, el sufrimiento, cómo es la violencia real. El historiador militar Andrew J. Bacevich ha argumentado que el fin del reclutamiento condujo, una generación después, al surgimiento de una cultura de militarismo: películas de Hollywood como Top Gun, la popularidad de videojuegos de disparos en primera persona como Call of Duty, y grupos milicianos de la Segunda Enmienda que juegan a ser soldados. Esta relación distorsionada con la fuerza alimenta lo que vemos ahora: agentes del ICE sin entrenamiento militar, sin formación ética sobre el uso de la fuerza, pero con apetito por “jugar a la guerra”. Incluso circuló recientemente un clip de alguien diciendo que una operación era “igual que Call of Duty”. Es fingir ser militar sin serlo realmente.

Jill Lepore, en Cambridge, Massachusetts, el 8 de octubre de 2010.

P. ¿La fragmentación de una realidad compartida es el problema central?

R. Creo que la fragmentación es un problema enorme, y creo que va a durar mucho más que Trump.

P. Trump domina casi por completo la economía de la atención. ¿Hay alguna forma de esquivar eso?

R. Personalmente, creo que la gente debería abandonar las redes sociales. Pero esa soy yo.

P. Usted ha comparado este momento con los años treinta, antes de la Segunda Guerra Mundial. ¿Ve alguna luz al final del túnel?

R. En los años treinta hubo un esfuerzo masivo por revitalizar la democracia: asambleas públicas, foros radiales, paneles de discusión, escuelas profundamente involucradas. Fue un compromiso de toda la sociedad. Pero entonces la amenaza se percibía en gran medida como externa —fascismo, comunismo, tecnocracia—, y eso hacía que los estadounidenses sintieran que debían fortalecer la democracia juntos. Hoy la amenaza se percibe como interna: otros ciudadanos, incluso el propio gobierno. Eso lo hace mucho más difícil. Aun así, creo, honestamente, que el control de Trump sobre el poder es extraordinariamente frágil. Y cuando caiga, se estrellará.

P. Usted cerró un ensayo de 2019 con una advertencia: “Dios no quiera que esta república se convierta en el reino de un solo hombre”. Seis años y dos juicios políticos fallidos después, Trump ha entrado en el segundo año de su segundo mandato. ¿Dónde estamos hoy frente a esas palabras?

R. Estamos a la vez más cerca y más lejos. Más cerca, porque el segundo mandato de Trump ha visto muchos más abusos de poder que el primero. Y más lejos, porque las fuerzas alineadas contra esos abusos están ganando tracción.

P. En una sola frase, ¿cómo definiría la presidencia de Trump en términos históricos?

R. Trump prospera en la emergencia, trafica con la emergencia y ansía la emergencia. La suya ha sido una presidencia de emergencia.

P. Para terminar, pensando en sus compatriotas y en los lectores en el extranjero que creen que la democracia debe repararse y no abandonarse: ¿es posible una reforma?

R. La historia sugiere que la reforma todavía es posible, pero hay una gran laguna en nuestro conocimiento. Sabemos mucho sobre cómo surgen las democracias y cómo retroceden. Lo que en realidad no entendemos es cómo las democracias caídas se recuperan y vuelven a ser democráticas. Así que, en muchos sentidos, vamos a tener que avanzar a tientas en la oscuridad.

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