Roberto Mangabeira Unger: “La izquierda no perdió por la derecha. Perdió por falta de proyecto e imaginación”
El académico brasileño sostiene que el progresismo actual ha fracasado porque se ha limitado a ser un “humanizador de lo inevitable”, careciendo de una propuesta creativa que atraiga a las mayorías

Quien conozca a Roberto Mangabeira Unger (Río de Janeiro, 1947) solo de oídas se habrá perdido a uno de los pensadores más potentes y originales de nuestra época. Mangabeira lleva décadas teniendo razón pero solo pocos lo han escuchado. Vio antes que muchos que la socialdemocracia se había quedado corta frente a la fragmentación social impulsada, entre otras cosas, por las oleadas migratorias. Alertó que la respuesta al extractivismo latinoamericano era construir un modelo de desarrollo propio basado en la democracia y en lo que él llama capitalismo popular; una propuesta que, viniendo de alguien que se reconoce marxista, caía mal entre la izquierda ortodoxa. Y advirtió con anticipación que el consenso liberal estaba siendo socavado por un populismo caudillista y demagógico.
Con ese historial, no es raro que encaje en el molde del profeta solitario: alguien de gran lucidez pero adelantado a su tiempo y, por eso, hasta cierto punto incomprendido. Desde los 23 años, a principios de los setenta, enseña en la Facultad de Derecho de Harvard, donde fue el profesor titular más joven en la historia de esa universidad. Fuera del aula, ha sido durante décadas interlocutor en las capas más altas de la política y la economía, y llegó a ocupar un cargo tan fantasioso como necesario: jefe del Ministerio de Asuntos Estratégicos de Brasil durante las presidencias de Lula da Silva y Dilma Rousseff, lo que le valió el apodo de ministro del futuro. Sus libros son densos y de registro elevado, aunque su filosofía derive en el fondo de un agudo sentido común.
La paradoja es evidente: Mangabeira predica el capitalismo popular y la democracia de alta energía, pero su hábitat natural siempre han sido las élites. Quiéralo o no, es más fácil identificarlo con un personaje de la torre de marfil que con un pensador de “los de abajo”. Esas contradicciones lo hacen una figura fascinante, pero lo que le da verdadera relevancia es otra cosa: en el fondo es un esperanzado que se niega a aceptar la fatalidad del desorden actual y propone vías concretas para rebelarse contra él.
El momento, además, le es más favorable que nunca. Con el colapso del consenso neoliberal, la crisis de la izquierda tradicional y la búsqueda generalizada de alternativas, sus ideas tienen hoy más audiencia potencial que en cualquier otro momento de los últimos treinta años. Mangabeira me hizo entrar en su casa sin zapatos, como otras veces, aunque en esta ocasión sin el acostumbrado vaso de whisky de una sola malta con el que suele recibir las noches de invierno.
Pregunta: La última entrevista larga que te hice fue hace 15 años y le puse como título “Un progresista es un conspirador contra el destino”, porque fue una frase tuya. Hoy pareciera que el progresismo está perdiendo una batalla muy fuerte contra fuerzas de derecha radicales. ¿Cómo lo ves?
Respuesta: El problema es que los progresistas contemporáneos no tienen una propuesta positiva de creación, de construcción, de innovación. Son personas que endulzan el orden actual: humanizadores de lo inevitable.
P: ¿Y el populismo de derecha o ultraderecha que vemos surgir en todo el mundo tampoco tiene una propuesta positiva?
R: Claro. El proyecto hegemónico que podemos llamar social-liberalismo, la forma flexibilizada de la socialdemocracia histórica europea, intentó reconciliar la flexibilidad económica americana con la protección social europea. Ese proyecto no consiguió resolver los problemas fundamentales de las sociedades contemporáneas. Yo identificaría tres.
El primero es la segmentación jerárquica del sistema de producción: el foso entre las vanguardias productivas y la retaguardia se va profundizando. Antes la vanguardia era la industria convencional; ahora es la economía del conocimiento. La tarea es organizarla para muchos, no para pocos.
El segundo problema es el debilitamiento de la cohesión social. La socialdemocracia convencional aseguraba la cohesión mediante transferencias de dinero, sobre el fondo de una homogeneidad cultural. Cuando esa homogeneidad se degrada, por los flujos migratorios por ejemplo, queda en evidencia que el dinero no es un cemento social. El único cimiento verdadero en una sociedad libre es la responsabilidad de las personas para cuidar a otros.
El tercer problema es el de la política. Todas las democracias existentes son frágiles y dependen de crisis para propiciar cambios: la ruina económica o la guerra. Necesitamos una democracia de alta energía que no precise de traumas para permitir transformaciones. Las instituciones constitucionales que importamos de Estados Unidos, el presidencialismo y el federalismo, fueron diseñadas para inhibir la transformación de la sociedad. Facilitan el caudillismo más que la transformación.

P: Sobre el segundo punto: si el cemento social es el cuidado del otro, lo que vemos en los discursos dominantes, de derecha sobre todo pero también de izquierda, es que el otro debe ser excluido, deportado, marginado. ¿Qué se puede hacer frente a ese problema?
R: En una sociedad libre y contemporánea, todo el mundo debería tener dos posiciones: un papel en el sistema de producción y otro en el sistema de cuidado de los demás, más allá del egoísmo social. Soy defensor del servicio militar obligatorio: las fuerzas armadas nunca deben ser una fuerza mercenaria. Los jóvenes excluidos del servicio militar deberían estar sujetos a un servicio social obligatorio, enviados a otra parte del país para ayudar a construir la nación junto a conciudadanos. La solidaridad se construye a lo largo del tiempo en la asociación de ciudadanos en tareas comunes.
P: Propones una democracia energética llena de acción social y participación, pero en un mundo marcado por la polarización política, las redes sociales y la atomización de los estilos de vida, eso parece muy difícil. ¿Cómo articulas eso con un proyecto para América Latina?
R: América del Sur es una región rica en recursos naturales, pero esa riqueza no debe ser una excusa para abandonar la tarea de construir un proyecto de desarrollo que eleve la productividad de forma incluyente. Lo que hacemos es exactamente lo contrario: exportamos soja no transformada, mineral de hierro sin procesar, petróleo. Todo regresa de China como bienes de consumo. Esa fórmula es un negocio ruinoso para la región.
Nuestro proyecto alternativo tiene tres ejes. El primero: un casamiento de la inteligencia con la naturaleza, que convierta los recursos naturales en ocasión para reinventar la tecnología productiva. El segundo: lo que llamo capitalismo popular, apoyo en las etapas iniciales a los pequeños y medianos agentes económicos, los informales, los precarizados. En Brasil, la mitad de la población económicamente activa trabaja en la informalidad: ¿cómo puede aspirar un país a una escalada de productividad con esa mayoría inorgánica? El tercero: construir una economía del conocimiento incluyente, para muchos, no para pocos.
P: Hace 15 años había una idea de América Latina avanzando de manera autónoma. Hoy veo la región más fragmentada y dividida. Hace unas semanas hubo una cumbre de presidentes latinoamericanos en Panamá que pareció una respuesta a la llegada de Trump. ¿Cómo ves América Latina en este momento?
R: Quiero ejemplificar la dirección de la región con el caso de Brasil. Paradójicamente, Lula y Bolsonaro tuvieron básicamente el mismo proyecto de economía política: pobrismo de un lado, distribución de beneficios a los pobres a través de programas de bolsas, y financismo del otro, organizar el crecimiento según los deseos de la élite financiera. Una asociación del financismo con el pobrismo, en vez de un desarrollo que integre inteligencia y naturaleza. Como Brasil es muy grande y rico, ahí vamos caminando más o menos. Somos tremendamente desiguales. Pero nuestro problema mayor no es la desigualdad. Es la mediocridad: la mediocridad económica y también la mediocridad espiritual, que nos dificulta la invención de nuevas formas de vida.
P: Tú conociste a Hugo Chávez. En algún momento te pareció que entendía ciertas cosas. Y sin embargo, a la vuelta de 27 años, Venezuela está en la quiebra. ¿Qué lecciones deja esa experiencia sobre los límites del populismo redistributivo sin transformación institucional?
R: En 2007 y 2008, cuando Lula me pidió que visitara Venezuela para facilitar la distensión, tuve conversaciones sorprendentes con Chávez. Me dijo que no había conseguido organizar un proyecto de desarrollo ni formar un modelo institucional viable. Se disculpó atribuyéndolo a colaboradores incapaces. Y agregó: “La única cosa que yo conseguí fue quebrar la relación colonial con Estados Unidos.” Ahora vemos que sin proyecto alternativo de desarrollo y sin instituciones que lo sustenten, incluso esa ruptura se está revirtiendo.
No basta tener gestos heroicos. Se precisa contenido: un proyecto de desarrollo alternativo y un modelo institucional. Exactamente lo que Chávez me dijo que había intentado sin conseguirlo.
La única cosa que disciplina el poder son la organización colectiva y la dirección en busca de un proyecto. Si no hay proyecto, importamos la separación de poderes americana y el federalismo americano, un régimen que permite que outsiders lleguen rápido al poder, pero en el que ese poder se revela demasiado débil para producir transformaciones. Supongamos que el presidente y el Congreso están en un impasse. Hoy eso significa un callejón sin salida. Para evitarlo, cualquiera de los dos poderes debería tener la prerrogativa unilateral de convocar elecciones anticipadas, de manera bilateral y provisoria, de tal forma que quien ejerza esa prerrogativa pague el precio político del riesgo electoral.

P: Dices que la división entre izquierda y derecha está completamente errada. ¿Cuál sería la distinción más relevante?
R: La forma convencional del debate ideológico actual es libertad superficial contra igualdad superficial: los de derecha priorizan la libertad, los de izquierda la igualdad, pero ambas son superficiales porque toman el ordenamiento institucional existente como base y horizonte. Ahí no hay solución.
La distinción que importa es entre conservador y progresista. El conservador acepta el mundo tal como lo recibió; el progresista desafía los límites del orden estructural. Esa transgresión no es sistémica: no es un sistema indivisible que se sustituye por otro de golpe, como imaginaron los marxistas. La transgresión debe ser siempre fragmentaria, pero con dirección.
Unamuno, retomando a Nietzsche, quien dice que el cristianismo es la religión de los resentidos, afirma que no, que es la religión de los derrotados, porque en la historia los victoriosos son los que aceptan el mundo y los derrotados son los que quieren que el mundo cambie y se adapte a ellos, no ellos al mundo. Por eso, dice Unamuno, todo avance de la humanidad reposa sobre los hombros de los derrotados.
En cuanto al objetivo: los progresistas no tienen como meta la igualdad. La igualdad es secundaria. Su objetivo es la grandeza compartida: que el hombre y la mujer comunes tengan capacidades más fuertes, un abanico más amplio de vida e intensidad. El objetivo no es la humanización de la sociedad; es la divinización de la humanidad.
P: Mucha gente progresista siente que el verdadero progresismo material y tecnológico está concentrado en Silicon Valley, en la inteligencia artificial. ¿Cómo ves ese desarrollo?
R: La tecnología no tiene una lógica evolutiva permanente o inmanente: tiene la lógica que le damos. En el desarrollo de tecnologías como la inteligencia artificial, podemos privilegiar las opciones que permiten que sean asimiladas por pequeñas y medianas empresas y por el precariado, y no solo por grandes empresas con capital financiero.
A corto plazo debemos priorizar la automatización que equipa el trabajo, en vez de la que lo sustituye. A largo plazo no deberíamos imaginar que el objetivo sea la Inteligencia Artificial General, una máquina que simule la mente humana. El objetivo debe ser una máquina que sea lo más opuesto posible a la inteligencia humana, para poder servirle.
Schopenhauer preguntaba: ¿cuál es la diferencia entre un hombre de talento y un genio? El hombre de talento es un arquero que alcanza un blanco que otros no consiguen alcanzar; el genio es un arquero que alcanza un blanco que otros no consiguen ver. Eso es lo que importa: la visión, la imaginación. Todo lo que no podemos repetir, todo lo que no podemos encerrar en una fórmula o en un algoritmo, es el territorio de la imaginación. La máquina debe hacer lo que sabemos repetir, para reservarnos el recurso supremo de lo que no sabemos: el terreno de la imaginación.
P: Hay una parte importante de la izquierda latinoamericana que hoy puede sentirse huérfana de horizonte y de legitimidad moral tras el colapso venezolano. En muchos países, ser de izquierda es hoy un insulto. ¿Cómo reconstruir una izquierda creíble sin negar ese fracaso histórico?
R: Hay que volver al ejemplo del siglo 19 que compartían Lincoln, John Stuart Mill, Whitman y Marx: la idea de grandeza de la persona común. El capitalismo popular y la economía del conocimiento para muchos son el camino hacia esa grandeza, si se comprende que el objetivo no es consolidar el sueño arcaico del pequeño capitalista de pequeña propiedad familiar. El objetivo es reconstruir la producción en el sentido superior del experimentalismo productivo y político.
Hay que romper también con otra ilusión: la de la “Suecia tropical”. Latinoamérica no puede tener el epílogo de la socialdemocracia sin el prólogo que fueron siete u ocho décadas de lucha sobre la organización del acceso al poder político y económico. Esa lucha terminó en una tregua entre el Estado socialdemócrata y las plutocracias familiares que continúan controlando la economía sueca. Los latinoamericanos quieren el epílogo sin el prólogo.
P: Frente al avance de la derecha en América Latina, Chile, Argentina, Ecuador, Centroamérica, tú señalas que esa derecha tampoco tiene proyecto. ¿Es así?
R: El gran misterio de esta derecha es exactamente ese: no tiene proyecto. ¿Cuál es el proyecto de Trump o de Orbán? Fortalecer al poder Ejecutivo y acabar con la migración. Eso no es un proyecto. Es un barco hacia el vacío, y podría ser una gran oportunidad para los progresistas si ellos tuviesen un proyecto. Pero no lo tienen.
El gran desvío de la izquierda fue el desembarco en la política identitaria: una enorme distracción de la lucha sobre nuestro futuro colectivo. Entre la política identitaria de las minorías y la política identitaria de la mayoría, que es blanca y evangélica, esta última está predestinada a vencer. No debemos llevar el conflicto al terreno ganado por el adversario. Nuestro terreno es la construcción de otro orden económico y político.
P: Llevas décadas elaborando estas ideas y, sin embargo, no han encontrado la tracción política que uno esperaría. ¿A qué atribuyes eso? ¿Es un problema de timing, de comunicación, de las ideas mismas, o hay algo en ti, en tus propias elecciones, que también explica esa distancia?
R: No comparto la premisa empírica. Muchas de estas ideas penetraron y sedujeron. Lo que pasa con los pensadores es que sus ideas son adaptadas como vocabulario, como retórica, y no como proyecto sustancial. Ese es el verdadero problema: la influencia más profunda no cristaliza. No es un problema de timing, es un problema intrínseco de la naturaleza del pensamiento y la acción. Hegel decía que la última tragedia del mundo burgués era la imposibilidad de combinar un mundo de pensamiento con una vida de acción. Robert Musil dijo que los filósofos son déspotas sin ejércitos. Y por esa razón el filósofo busca un modo de vida que no perjudique su pensamiento ni su obra. Caí muchas veces en ese error: intenté encontrar un político que hiciera el trabajo sucio por mí. No debí haberme evadido de ese imperativo. Ahora estoy viejo pero también determinado a corregir esos errores, dentro del espíritu de Saramago: mientras más viejo, más libre; y mientras más libre, más radical.
P: Y sin embargo, vemos una alineación muy clara entre las élites económicas, sobre todo las tecnológicas de Silicon Valley, y este proyecto de derecha. Ellos sí parecen tener un proyecto, aunque solo sea la inclusión de la gente como consumidores. ¿Cómo se puede alterar eso?
R: Mis estudiantes en Harvard no son muy diferentes a la masa brasileña en su frustración. Todos rechazan esta dictadura de la no-alternativa, que es lo que tenemos. El mundo precisa de política y de pensamiento: son las dos grandes fuerzas transformadoras. No hay que subestimar eso. Cuando no hay alternativa visible, la frustración acumula energía. El problema es dar a esa energía una dirección.
P: Hay algo que no hemos desarrollado suficientemente: la idea de la pequeña burguesía subjetiva como mayoría. Me parece central para entender por qué ciertos proyectos progresistas fracasan políticamente.
R: Es central. La gente socialmente más importante en el mundo hoy no es el proletariado industrial de Marx, que es una minoría cada vez más pequeña y relativamente privilegiada. Objetivamente, la mayoría no pertenece tampoco a una clase de pequeños emprendedores, sino que son trabajadores informales, que son mayoría en muchas economías. Sin embargo, subjetivamente, esa mayoría quiere ser esa clase de pequeños emprendedores. Es lo que podría llamarse una pequeña burguesía subjetiva: personas cuyo horizonte de aspiración es tener una pequeña propiedad, una casa en la ciudad, un servicio técnico por el cual puedan cobrar. Entran en ese sueño por default, por falta de otras opciones.
Esa pequeña propiedad arcaica y familiar no ofrece productividad ni futuro para nadie. Tenemos que conquistar a esa inmensa masa para un nuevo proyecto de desarrollo. El error histórico de la izquierda europea del siglo XX fue precisamente tratar a esa pequeña burguesía subjetiva como enemiga, y fue ella la que sostuvo los regímenes fascistas. Hoy, esa pequeña burguesía subjetiva es la mayoría de la humanidad. Si no le ofrecemos una alternativa mejor a su sueño arcaico, la perderemos de nuevo. Se irán a la derecha.
P: Teorizas con pasión sobre esa mayoría y sin embargo nunca has construido un movimiento con ella ni para ella. ¿Cómo explicas esa brecha?
R: Sí y no. Viajando por todos los estados brasileños y conociendo gente de todas las clases sociales, siempre encontré acogida hacia mis ideas. Había razones para los prejuicios: hablo con acento, me visto de traje oscuro, en las calles me preguntan si soy pastor evangélico. Pero siempre fui bien recibido, porque Brasil es una sociedad abierta hacia adentro. Pero la provocación que me haces es correcta en cuanto a no haber formado un movimiento. No le dediqué el tiempo suficiente a seducir y convencer. Tampoco tuve el nivel de sacrificio necesario, porque el criterio definitivo en la política es la disposición a sacrificarse: las palabras son baratas y sospechosas si uno no se compromete con el precio de pagarlas en el camino a la cruz. No hice lo suficiente. Ahora trataré de compensar mis pecados pasados por las generaciones futuras.

P: Cambio el tema: Estados Unidos ha tomado un papel más agresivo en la región del que tuvo en los últimos treinta años. El caso de Venezuela es muy ilustrativo. ¿Cómo lo ves?
R: Lo que está pasando con Venezuela es un retorno a un paradigma del siglo 19, y está destinado al fracaso. Venezuela jamás aceptará ser un protectorado de Estados Unidos. Cuando se ve cómo se impone esa dominación, apropiándose de los recursos del petróleo venezolano, hay que entender que la mayoría venezolana no va a aceptar eso. Siempre habrá quislings, aliados internos del ocupante. Pero un país con un sentimiento tan fuerte de identidad colectiva, de coraje, de vitalidad, no se somete. El recurso más importante de nuestros países, Brasil y Venezuela, es la vitalidad: una vitalidad asombrosa, anárquica. Organizada espiritual e institucionalmente, esa vitalidad es nuestra tarea y nuestra arma.
P: Frente a la rivalidad entre Estados Unidos y China, ¿puede América Latina articular un proyecto propio?
R: Ninguno de los grandes actores globales tiene un proyecto que atienda los intereses de la mayoría de la humanidad. América Latina podría ser el gran laboratorio de alternativas, a condición de defender la soberanía nacional.
P: América Latina siempre ha sido dependiente de una u otra forma.
R: Fue la región más obediente al poder hegemónico en la segunda mitad del siglo XX. Hizo lo que los mercados financieros exigieron y sufrió la más catastrófica caída en su participación en el PIB mundial. Esto ilustra un principio: en la historia, la rebeldía no siempre paga, pero la obediencia siempre es castigada.
P: ¿Entonces el camino es confrontar a esos poderes?
R: No la confrontación retórica. No hay que discutir la Doctrina Monroe como doctrina. La política exterior estadounidense se basa en la hegemonía hemisférica y en impedir hegemonías rivales: un debate intelectual no va a cambiar eso. Lo que hay que hacer es construir una microestructura de producción económica y cultural compartida, de tal manera que eventualmente la Doctrina Monroe se vuelva irrelevante. Si demostramos que el matrimonio de la inteligencia y la naturaleza, del capitalismo popular con la economía del conocimiento incluyente, es viable en América Latina, puede serlo también en Estados Unidos. Así podemos revertir el colonialismo mental.
P: Por último: en un mundo marcado por la crisis ecológica, la revolución digital y los autoritarismos electorales, ¿cómo imaginar una política que combine imaginación institucional con una fe renovada en la capacidad humana?
R: No hay una fórmula. El tema tiene que dividirse en partes. Hay una forma política, una forma educacional y una forma económica, todas ligadas al mismo espíritu.
Hablemos de educación. Precisamos de una revolución educacional que corresponda a nuestros modelos. En Brasil, nuestra educación parece tener como objetivo transformar a jóvenes brasileños del siglo 21 en escolares franceses del siglo 19. Es un ciclo dogmático basado en la repetición y la memorización. En cambio, necesitamos una educación que privilegie las competencias analíticas y sintéticas; que priorice la transformación como puerta de entendimiento de los fenómenos naturales y sociales; que sea profundamente selectiva en los contenidos, en vez de un enciclopedismo superficial; que tenga la cooperación como base social del aprendizaje; y que conduzca todo el aprendizaje desde las primeras fases de forma dialéctica: nada debe ser enseñado una sola vez, todo debe ser enseñado al menos dos veces, desde dos puntos de vista contrastantes.
El proyecto de Domingo Faustino Sarmiento en Argentina en el siglo 19 y José Vasconcelos en México en el 20 fue una educación revolucionaria que animaba la genialidad suprimida de nuestros pueblos. Esa debe ser nuestra religión: menos enciclopedia, más vida, más anarquía, más transformación. ¡Vamos al combate!
Boris Muñoz es cronista y editor. Fundó y dirigió la sección de Opinión de The New York Times en Español. Es columnista de EL PAÍS.
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