Bogotá se prepara ante una posible epidemia de sarampión en el país por el Mundial
Con casos importados y un aumento global de contagios, el país enfrenta un riesgo sanitario en medio de coberturas desiguales, alta movilidad internacional y dudas sobre la disponibilidad de vacunas


“Ay juemadre”, dijo Liliana Lesmes, bacterióloga referente de sarampión y rubéola de la Secretaría de Salud de Bogotá, cuando confirmó el primer caso de sarampión en la capital colombiana tras más de una década sin circulación sostenida. Eso salvo un brote leve en 2019 concentrado en el Caribe. “Fue un momento preocupante”, recuerda un mes después en la misma sala del Laboratorio de Salud Pública, uno de los más avanzados de Latinoamérica. Ese fue uno de los cuatro casos que después confirmó el Instituto Nacional de Salud a comienzos de marzo: tres en Bogotá, y otro en la ciudad de Bucaramanga. Todos fueron casos importados desde México, donde el virus circula con fuerza.
Aunque los casos en Colombia están contenidos, el contexto internacional tiene en alerta a las autoridades, especialmente de cara al Mundial de Fútbol. México ha confirmado 15.479 casos desde el 1 de enero de 2025; Estados Unidos, 3.981, y Canadá, hasta el 28 de marzo, 5.751, además de perder su certificación como país libre de sarampión, tras completar más de un año con transmisión endémica. Expertos y funcionarios coinciden en que existe un riesgo real de reintroducción del virus en Colombia, especialmente en Bogotá, una ciudad de ocho millones de habitantes con el aeropuerto más transitado de América Latina.
“El sarampión no es una enfermedad inocua”, advierte el infectólogo pediatra Juan Pablo Londoño. Aunque suele percibirse como leve, alrededor de uno de cada diez niños menores de cuatro años puede desarrollar complicaciones. Estas van desde infecciones como otitis o neumonía (principal causa de muerte asociada al virus) hasta encefalitis. En casos raros, pueden aparecer secuelas neurológicas años después de la infección. A esto se suma su altísima capacidad de transmisión: mientras la influenza contagia en promedio a dos personas, y las variantes más contagiosas de Covid-19 hasta a siete, el sarampión puede infectar a 18.

El subsecretario distrital de Salud Pública, Julián Fernández-Niño, añade que, aunque la letalidad es relativamente baja (entre el 0,1 y el 0,2%, con picos mayores según la cobertura, según la OMS) “no es despreciable” dado que se trata de una enfermedad prevenible y altamente transmisible. Además, puede generar déficit inmunológico permanente, “y eso sí sucede en un 20 o 30% de los casos” asegura.
Para evitar su propagación, se requiere una cobertura de vacunación del 95%. Colombia está por debajo, con cerca del 90% en la población infantil, y con fuertes desigualdades territoriales hay zonas que apenas alcanzan el 80%. Bogotá alcanza el 95,6% en menores de cinco años, pero baja al 89% en niños menores de 18 meses. En adultos, la cobertura es incierta por falta de registros confiables. Ahí, reconoce Fernández-Niño, “hay un problema”.
Ese escenario de alta movilidad internacional, transmisión activa en otros países y coberturas desiguales configura lo que Londoño describe como “la tormenta perfecta”. El secretario distrital de Salud, Gerson Bermont, lo resume con contundencia: “Van a llegar muchos casos importados por el mundial, con total seguridad”. El desafío, dice, no es evitar esos casos, sino impedir que generen transmisión local. Bogotá, además, juega un papel de particular importancia a nivel nacional, al ser la principal puerta de entrada. Y aunque es la ciudad con más capacidad de vigilancia, detección y reacción, incluso mayor que la nación, la transmisibilidad autóctona es un riesgo real.
Una simulación de la Universidad Javeriana, liderada por la epidemióloga Zulma Cucunubá, ilustra ese riesgo. Con coberturas vacunales cercanas al 95%, la introducción de tres casos importados produciría contagios limitados y fácilmente controlables. Pero si la cobertura baja al 90% o es heterogénea, como ocurre en la realidad, esos mismos tres casos importados pueden crecer rápidamente a cientos. Si el número de casos importados sube a 30, se podrían registrar al menos 1.000 casos en pocos meses, expandiéndose desde el grupo inicial a otros segmentos de la población.

El problema de fondo es la acumulación de “bolsillos de susceptibles”: concentraciones de personas no vacunadas o con esquemas incompletos. Estos se han incrementado tras la pandemia, por caídas en las coberturas y barreras de acceso en algunos grupos. “Estamos en un momento perfecto para que esta epidemia arranque”, advertía Cucunubá en el conversatorio en el que presentó sus modelaciones.
Para prevenirla, la alcaldía de Bogotá ya cuenta con una estrategia integral que combina vigilancia, rastreo y vacunación. Todo comienza con la detección temprana y la notificación inmediata ante sospechas clínicas: las personas con síntomas, especialmente tras viajar a zonas endémicas, deben consultar a tiempo. Si un paciente cumple la definición operativa (fiebre y brote maculopapular), el caso se reporta al sistema de vigilancia, llamado SIVIGILA, en menos de 24 horas. Desde ahí se activa una respuesta que incluye toma de muestras (sangre, hisopados y orina), aislamiento e investigación epidemiológica de campo para reconstruir la línea de contagio, identificar el inicio del brote, el periodo de transmisibilidad (cuatro días antes y después) y el de incubación (7 a 21 días), y establecer si es un caso importado o autóctono.
En paralelo, equipos de salud realizan cercos epidemiológicos en las zonas donde estuvo el paciente. Estas intervenciones abarcan de cinco a nueve manzanas a la redonda e incluyen visitas casa a casa durante al menos un mes. Allí se revisan carnés de vacunación, se identifican posibles casos y se inmuniza a quienes lo necesiten. También se hace seguimiento a contactos en espacios como vuelos, colegios o eventos masivos. En cada episodio, estas acciones han permitido aplicar cientos de dosis y reforzar la protección en comunidades vulnerables.

La Secretaría de Salud también utiliza herramientas de análisis geoespacial para identificar zonas con mayor riesgo, cruzando datos de cobertura de vacunación con indicadores de pobreza y acceso a servicios. En estos territorios se concentran campañas de inmunización y estrategias de comunicación, en coordinación con autoridades locales y líderes comunitarios.
Sin embargo, la estrategia enfrenta dos grandes retos. El primero es la disponibilidad de vacunas. Aunque Bogotá cuenta con dosis, Bermont advierte que no hay claridad sobre la proyección nacional. “Hemos solicitado información al Ministerio y no sabemos qué escenarios están previendo”. En febrero, la ciudad pidió 50.000 vacunas bivalentes (las que se usan para adultos) y el Gobierno nacional entregó 5.000, que se terminaron en una semana. Luego solicitó la misma cantidad y entregaron 20.000. De la vacuna triple viral, que se usa para niños, hay unas 100.000, que son suficientes, según la Secretaría. “No nos hemos quedado sin vacunas, pero así no funciona una protección real ante la emergencia o el riesgo real que tenemos”, enfatiza.
El segundo desafío es la masificación de la estrategia ante un número alto de casos importados. Aunque Bogotá cuenta con un sistema robusto capaz de aumentar su capacidad ante una emergencia y que se fortaleció además durante la pandemia, “la capacidad no es infinita”, advierte Londoño. El seguimiento detallado que hoy se hace a cada caso, clave para cortar la transmisión, depende de actuar en una ventana muy corta. Si los casos crecen, esa capacidad puede verse superada.
A esto se suma la incertidumbre inherente a la evolución del virus y a lo que ocurra en los países sede del Mundial. Las autoridades reconocen que no es posible anticipar todos los escenarios. Aun así, coinciden en que la herramienta más efectiva sigue siendo la vacunación.

Por eso, el mensaje es claro: ante cualquier duda sobre el esquema de vacunación, es mejor vacunarse, especialmente si se planea viajar. “Si logramos que quienes van al Mundial estén vacunadas, podemos estar tranquilos”, concluye Bermont.
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