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Un castrismo acorralado se abre al diálogo con Estados Unidos ante el abismo económico

Cuba enfrenta su peor crisis agravada por las sanciones de la Casa Blanca al suministro de petróleo a una isla que sobrevive al límite

La Opción Cero era uno de los escenarios que planteaba Fidel Castro en los noventa tras la caída de la Unión Soviética. Sin el balón de oxígeno del gigante soviético, sobre todo sin los envíos de petróleo, el castrismo tenía un plan extremo para sobrevivir: racionamiento estricto, suspensión del transporte público o cierre temporal de colegios y universidades. La asfixia no fue total y el régimen nunca llegó a apretar ese botón. Pero ahora, tres décadas después, esa opción cero se vislumbra como algo mucho más cercano que entonces, con un país al límite sumido en su peor crisis. Tras las sanciones de Estados Unidos a los proveedores de combustible y el estrangulamiento casi total, el Gobierno ya ha puesto en marcha este fin de semana medidas parecidas a las planeadas en los noventa. El presidente, Miguel Díaz-Canel, pidió a los cubanos “esfuerzo” y “creatividad”, a la vez que reconoció que ya está en negociaciones con Washington. Aparcado de momento el fantasma de una intervención militar, la presión de Donald Trump, que se suma a las más de seis décadas de embargo, ha forzado a un acercamiento que abre una nueva etapa de máxima incertidumbre en la isla.

Desde hace un mes, todo se está moviendo y casi cada semana cambia el horizonte de lo que se puede esperar. Si el año empezó con el temor a una réplica de la operación que capturó a Nicolás Maduro en Caracas, y a mitad de enero parecía que Washington optaba por esperar sentado a que llegara el inevitable colapso, ahora el escenario es ya el de una negociación abierta con un marco todavía difuso. El canciller cubano, Carlos Fernández de Cossio, ha reconocido esta semana el “intercambio de mensajes al más alto nivel”. Sin tratarse de momento de una mesa formal de negociación, según las declaraciones de ambas partes, la cancillería cubana lleva un tiempo abonando el terreno. En un comunicado que ha causado sorpresa, el servicio de exteriores manifestó el pasado domingo que “Cuba está dispuesta a reactivar y ampliar la cooperación bilateral con Estados Unidos y propone renovar la cooperación técnica en áreas que incluyen la lucha contra el terrorismo, la prevención del lavado de dinero, el combate al narcotráfico, la ciberseguridad, la trata de personas y los delitos financieros”.

No se trata, desde luego, de las primeras negociaciones en la tortuosa relación entre ambos países, ni de la primera vez que Cuba tiende la mano al vecino estadounidense. Pero para el historiador cubano del Colegio de México (Colmex) Rafael Rojas “es insólito que Cuba parezca con estas declaraciones alinearse con las directrices de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump”. El presidente estadounidense desempolvó a finales del año pasado una vieja doctrina de finales del siglo XIX que justificaba su intervencionismo sobre el resto del continente americano. Bajo ese paraguas hay que entender la ofensiva de la Casa Blanca que ha puesto patas arriba el derecho internacional.

El historiador recuerda otras negociaciones, como la de la crisis de los balseros, en 1994, cuando el Gobierno demócrata de Bill Clinton solicitaba a La Habana contener el caudal migratorio cubano. “Pero ahora se está hablando en términos más amplios: Cuba como el neutralizador del flujo del Gran Caribe. Un mensaje que busca aplacar los temores de un éxodo masivo hacia Estados Unidos, una de sus mayores inquietudes históricas”. En los últimos cinco años, cuando se agudizó la profunda crisis estructural que está empujando a la miseria a la población, al menos un millón de personas han salido de la isla, el equivalente al 10% de la población total.

Las líneas rojas de Díaz-Canel, que ha insistido en una negociación sometida al “respeto a la soberanía, independencia y autodeterminación de Cuba”, parecen dejar fuera un cambio brusco del modelo político autoritario instaurado en 1959. Incluso la vía venezolana, una especie de transición pactada a la fuerza con el régimen, parece lejana, según los analistas. Para Sergio Ángel, el director del Programa Cuba de la universidad colombiana Sergio Arboleda, “utilizar el mismo recurso no funcionaría”. En Venezuela, añade, “había requerimientos judiciales contra los líderes del chavismo, una negociación que viene de atrás y una escalada de la fuerza que empezó con los ataques a las presuntas narcolanchas”.

El reciente anuncio del Departamento de Estado, que enviará seis millones de dólares en asistencia humanitaria para Cuba, abona la tesis de que Washington contempla unas coordenadas distintas respecto al caso venezolano. “A la Casa Blanca le interesa el control político, la paz social en Cuba. Tanto para evitar el tan temido éxodo masivo, como para no fomentar una oleada de represión en la isla que les empujaría a una intervención militar”, señala el historiador del Colmex. “A la vez, el anuncio del Departamento de Estado apunta a un desplazamiento del resto de proveedores a Cuba para convertirse ellos mismos en el principal proveedor y pedir mucho a cambio”. Mientras en Venezuela el arma disuasoria está siendo el poder militar, en Cuba es más bien el poder económico.

Dentro de la propia isla, algunos economistas han alzado la voz pidiendo reformas. Sobre todo en lo económico: más apertura al mercado y a la inversión extranjera, prologando las medidas iniciadas hace una década tras el deshielo de relaciones diplomáticas con el Gobierno de Barack Obama. Todo aquello quedó en nada con los golpes del primer Trump y la pandemia. Con el desplome de las tres principales fuentes de ingresos, turismo, remesas y exportación de servicios, para el académico colombiano la pregunta es “cuánto tiempo va a sostener el régimen una situación insoportable para la población. El castrismo es experto en ganar tiempo, pero el tiempo se acaba”. Por su parte, Rojas cree “que la negociación va a ser lenta y moderada. Es posible que hagan alguna concesión, como una amnistía de presos políticos, pero de modo muy gradual”.

“Seguimos en caída libre, no vemos el final”

Mientras los hogares cubanos intentan seguir el ritmo que marcará la nueva batería de medidas de ajuste y racionamiento anunciadas por el Gobierno, en las calles, centros de trabajo y comercios no se habla de otra cosa. Este viernes, en un mercado del casco viejo de La Habana, Ramón, un ingeniero jubilado de 78 años, no disimulaba su enfado. “Seguimos en caída libre, sin ver el final de todo esto ¿Hasta cuándo, señores?”, decía mientras el carnicero lo miraba con rostro parco, al tiempo que abanicaba la carne de cerdo expuesta sobre el mostrador con un trozo de cartón para espantar a las moscas.

Ramón (no quiere dar su nombre real por seguridad) no se puede permitir comprar, siquiera, una libra de cerdo (1.500 pesos, unos 3 dólares), otrora un plato típico en las comidas cubanas que cada vez se ve menos. Acabó comprando dos huesos enormes que el carnicero, avispado, le vendió por 150 pesos. “Qué remedio. Por lo menos con esto saco un buen caldo para calentar el cuerpo, con el frío que hace”, decía el jubilado mientras sacaba de su billetera los dos únicos billetes de 100 que le quedaban. Como Ramón, hace tiempo que muchos jubilados no pueden pensar en comprar casi nada porque sus menguadas pensiones (unos 4.000 pesos, unos siete dólares) no dan para mucho y se ven obligados a mendigar o buscar otras maneras para subsistir. Ahora ven con pavor los días que se avecinan desde que las autoridades cubanas anunciaron que hay que apretarse más el cinturón.

“Pensé que no volveríamos a vivir estas penurias desde que superamos el Periodo Especial [de los años noventa]”, dice una mujer de 72 años, que debió regresar a su antiguo oficio de profesora en una escuela, una vez jubilada, para completar la pensión con un salario extra. A ella, sus hijos le envían una remesa mensual de 100 dólares, “pero aun así, administrarse es cada vez más difícil entre los precios elevados”. No hay gestión para esta mujer que no implique hacer una cola de varias horas, ya sea en la desabastecida farmacia, en la bodega o en el banco. Para ella, las medidas de contingencia del gobierno traerán más caos en los pocos servicios que queden disponibles para la población, sin necesidad de pagarlos en dólares. “Ya yo estoy muy mayor y muy casada para andar resistiendo”, sintetiza.

Sin apenas aliados

El Gobierno cubano ha asegurado que desde diciembre no entra un solo cargamento de combustible al país. Cerrado el grifo de Venezuela, su principal sostén los últimos años, y con Rusia o China poniéndose de momento de perfil, México es de los pocos aliados que le quedan a la isla. La presidenta, Claudia Sheinbaum, ha reconocido que ha paralizado los envíos de combustible, que el año pasado le colocaron como el primer proveedor de Cuba. Al mismo tiempo, la mandataria ha asegurado que comenzará, desde este fin de semana, a enviar lotes de alimentos y ayuda humanitaria mientras sondea las opciones de reanudar los envíos de petróleo sin ser sancionada por Estados Unidos.

Persona llena su tanque de gasolina en Cuba

México está siendo cauteloso, ya que también está en la diana de Trump, sobre todo en su campaña contra los carteles de la droga. Dentro de los equilibrios diplomáticos, la relación bilateral ha estado marcada desde hace décadas por un viejo principio, que parece todavía en plena vigencia, una especie de acuerdo tácito entre México y Estados Unidos por el que el vecino del sur podía tomar posiciones contrarias al del norte siempre y cuando no supusiera un problema serio. El apoyo de México en plena Guerra Fría a la Cuba castrista, enemigo máximo de Estados Unidos, es el mayor ejemplo. Con ese movimiento, el Gobierno priista de la época podía exhibir credenciales de izquierda, pero sin amenazar la relación bilateral.

Sheinbaum está siguiendo esa misma lógica, recuperada con fuerza por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. En 2022, el mandatario mexicano viajó a La Habana para ser condecorado con la Orden José Martí, la más alta distinción que conceden las autoridades de la isla a una personalidad extranjera. Durante el acto, denunció el embargo estadounidense y lanzó un mensaje ambiguo: “Deseo que la Revolución sea capaz de renovarse”. Para el historiador del Colmex, “parecía insinuar que el camino de México tras el PRI, y en particular Morena, podía ser un referente para una transición democrática en Cuba”. Desde hace años, la élite castrista lleva analizando diferentes modelos ―México, China, Vietnam― en caso de necesitar una transición sin perder del todo el poder. Desde la visita de López Obrador, la relación se fortaleció con una intensificación de los envíos de petróleo a cambio de servicios médicos. Sheinbaum lo ha prolongado, pero con un discurso distinto. “La presidenta insiste en la relación histórica entre ambos, pero con más hincapié en las razones humanitarias. Un discurso difícil de asimilar para el castrismo, envuelto en una retórica de dignidad y resistencia”, añade el historiador.

Los giros y matices de las últimas declaraciones del Gobierno son otro síntoma de la situación límite en la que se encuentra la isla. El castrismo ya no niega la pobreza y utiliza términos como “genocidio” para criticar las presiones de Trump. Para los analistas consultados, es una estrategia que tiene como objetivo “espectacularizar el sufrimiento de la población”, legitimarse ante un enemigo externo y buscar la solidaridad internacional. Mientras tanto, los cubanos siguen abocados a una agonía que parece no tener fin y que supera cualquier otra crisis. Según una encuesta reciente de la Universidad Sergio Arboleda, llevada a cabo el año pasado en el país, casi un 80% de los encuestados cree que estos tiempos son peores que los del Periodo Especial de los noventa y la amenaza de la Opción Cero.

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