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Trump juega la carta de Delcy Rodríguez y apuesta por el pragmatismo y la coacción para gestionar Venezuela

El presidente de EE UU advierte a la dirigente chavista de que “si no hace lo correcto pagará un precio probablemente más alto que Maduro”

Manifestación de simpatizantes con el chavismo para exigir a EE UU la libertad de Maduro y de su esposa, este domingo en Caracas. Foto: Ronald Peña R (EFE)

Parecía una apuesta imposible. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta del chavismo, no estaba en los pronósticos. No aparecía en las quinielas. Y, sin embargo, es la carta por la que parece inclinarse Donald Trump, al menos de momento, para que lidere la Venezuela posterior a Nicolás Maduro, en esa etapa de tutela washingtoniana previa a una transición que el presidente de Estados Unidos ha anunciado tras la captura del dirigente y su esposa, Cilia Flores, en Caracas. A ojos de la Administración republicana, Rodríguez es una gestora capaz. Y —con un régimen debilitado, rodeado por los buques de guerra estadounidenses y que fue incapaz de repeler el ataque de Estados Unidos el sábado— la Casa Blanca piensa que es moldeable.

Mientras los venezolanos reaccionan al ataque de Estados Unidos con compras nerviosas de comida y combustible, se van conociendo más detalles de los planes de Washington y lo que Trump tenía en mente al anunciar que su Administración “gestionará” Venezuela. No se tratará de un protectorado sobre el terreno como el que se creó en Irak hace dos décadas. Más bien, las autoridades en Caracas tendrán que seguir el dictado de la Casa Blanca.

Trump ha sostenido que la vicepresidenta está dispuesta a colaborar: “Tuvo una larguísima conversación con Marco [Rubio, el secretario de Estado] y dijo ‘haremos lo que ustedes necesiten”, declaraba en su rueda de prensa en su residencia de Mar-a-Lago tras la detención de Maduro. Pero también le ha lanzado una advertencia directa en caso de que no coopere: “Si no hace lo correcto”, ha dicho el republicano en una entrevista telefónica con The Atlantic, “pagará un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro”, encarcelado a la espera de juicio en Nueva York. En declaraciones a última hora del domingo insistía en que en el país sudamericano “nosotros estamos al cargo”.

Rodríguez advirtió el sábado en declaraciones públicas de que Venezuela no se someterá a Estados Unidos —“no seremos una colonia”, dijo—, y condenó un ataque que dejó al menos 80 muertos, según The New York Times. Rodríguez, sin embargo, dejó claro que el diálogo y la negociación con Washington están abiertos. Este domingo lanzaba un mensaje de cooperación hacia el país que atacó el suyo menos de 48 horas antes.

Para Estados Unidos, acertar es fundamental. Un fracaso pondría en entredicho por completo la doctrina que defiende en política exterior de hegemonía en el continente americano. El éxito, en opinión de esta Administración —y muy especialmente del propio Rubio, el factótum diplomático de Trump— podría abrir la puerta a cambios similares en la Nicaragua de Daniel Ortega o Cuba, el gran aliado del chavismo y cuyo Gobierno “es un enorme problema”, en palabras del jefe de la diplomacia estadounidense.

Rubio ha desgranado este domingo las claves del planteamiento estadounidense para el futuro próximo de Venezuela, en una ronda de comparecencias por las cadenas de televisión estadounidenses. Y ha dejado una cosa clara: después del descabezamiento del régimen chavista, Washington pretende ser, sobre todo, pragmático. No persigue destruir por completo y de la noche a la mañana el sistema que existe: no quiere repetir la catastrófica experiencia de la guerra en Irak, en la que Estados Unidos se acabó viendo obligado a colaborar con el mismo sistema que había intentado eliminar. Tampoco quiere dejarse llevar por afinidades ideológicas, por fuertes que sean con el movimiento de María Corina Machado y Edmundo González, si no van a tener el respaldo interno necesario para reconstruir un país destrozado.

Donald Trump durante la rueda d eprensa en Mar-a-Lago el 3 de enero. Foto: EFE/EPA/NICOLE COMBEAU / POOL

Con esa lección aprendida, si Rodríguez y el resto de líderes existentes se pliegan a las exigencias estadounidenses, esta Administración podrá trabajar con ellos. “Vamos a evaluar las cosas, y vamos a evaluarlas según lo que las personas hagan, no según lo que digan en público o lo que hayan podido hacer en el pasado en muchos casos”, ha apuntado Rubio en el programa Face the Nation, de la cadena CBS.

En ese cálculo frío, en esa política pragmática, un resultado es obvio: la perdedora es María Corina Machado, la líder del movimiento de oposición que arrasó en las elecciones de julio de 2023. Ahora mismo, esa victoria importa mucho menos que la realidad sobre el terreno. Y esa realidad inmediata, menciona Rubio, es que “desafortunadamente, y tristemente, la gran mayoría de la oposición ya no está presente en Venezuela”. “Tenemos asuntos a corto plazo que deben abordarse de inmediato”, ha declarado en el programa Meet the Press, de la cadena NBC. “María Corina Machado es fantástica, y es alguien a quien conozco desde hace mucho tiempo, al igual que todo el movimiento [opositor], pero estamos lidiando con la realidad inmediata”.

Rubio no ha querido revelar el contenido de su conversación con Rodríguez, “larguísima”, según Trump. Pero sí parece haber llegado a la conclusión de que, al menos por el momento, es alguien con quien se puede trabajar. A la Administración estadounidense le ha impresionado la gestión de la vicepresidenta en el sector petrolero venezolano, el gran motor económico de la nación. Calcula que tiene herramientas suficientes como para presionar a un régimen debilitado: la amenaza de una nueva operación Resolución Absoluta que acabe con los huesos de otros dirigentes en un centro de detención en Nueva York, o peor, está ahí. “¿Sé qué decisiones van a tomar [los dirigentes venezolanos]? No. Pero sí sé una cosa: que si no toman las decisiones adecuadas, Estados Unidos retiene múltiples elementos de presión para garantizar que nuestros intereses quedan protegidos”, continuó el secretario de Estado.

De momento, la gran herramienta de presión con la que juega Washington es el bloqueo del petróleo venezolano, la materia prima cuyos ingresos han permitido la supervivencia del chavismo durante un cuarto de siglo. “Tenemos una cuarentena en vigor sobre los buques petroleros sancionados”, ha recordado Rubio. “Y va a seguir hasta que veamos cambios que beneficien no solo los intereses nacionales de Estados Unidos, que son lo principal, pero que también lleven a un futuro mejor para el pueblo de Venezuela”. Para asegurar esa agenda, allí sigue el enorme despliegue militar en el Caribe, con 15.000 soldados y una docena de barcos de guerra, que van a seguir bombardeando narcolanchas, según apunta el alto cargo.

¿Cuáles son esos cambios que quiere Estados Unidos? “Detener el narcotráfico, impedir que las pandillas delictivas lleguen a nuestro país, acabar con la presencia iraní —y cubana en el pasado—, y asegurar que la industria petrolera beneficie al pueblo venezolano, no a piratas ni a adversarios de Estados Unidos”, explicaba el jefe de la diplomacia estadounidense. No mencionó ni los derechos humanos ni la democracia.

Trump ha insistido una y otra vez en el interés estadounidense en tener acceso al sector energético de Venezuela, que cuenta con algunas de las mayores reservas de todo el mundo: 300.000 millones de barriles. El mandatario reclama recuperar las expropiaciones ejecutadas en la era de Hugo Chávez, al tiempo que promete inversiones de miles de millones de dólares para poner al día las infraestructuras obsoletas de la industria.

La emergencia de la figura de Rodríguez como lideresa de una posible transición en Venezuela está cargada de contradicciones. El presidente de Estados Unidos ha sido el primero en argumentar que el chavismo robó las elecciones del verano de 2024 para justificar su ofensiva contra un gobierno que no consideraba legítimo. La acusación se repetía en cada aparición pública de Trump y sus colaboradores: Venezuela no estaba gobernada por dirigentes elegidos por el pueblo, sino por una vandalismo criminal. La premisa incluía por supuesto a Rodríguez y toda la cúpula chavista, pero la estrategia parece haber cambiado tras el ataque de la madrugada del 3 de enero.

“Trump ahora duda”, advierte el investigador y exministro venezolano Víctor Álvarez. “Duda de que Edmundo González —presidente electo de Venezuela— y Maria Corina Machado tengan el reconocimiento suficiente de la Fuerza Armada Nacional, de los gobernadores, de los alcaldes y de los diputados chavistas para garantizar una transición política ordenada que evite una ola de violencia y caos que haga de Venezuela un país ingobernable”, reflexiona el también director del centro de Pedagogía Económica y Política.

Las dudas sobre el liderazgo de María Corina Machado fueron explícitas. En su rueda de prensa posterior al ataque, Trump dijo literalmente que la opositora no contaba con el apoyo y el respeto suficiente, como confirmaba Rubio este domingo.

Esas dudas son la que, según Álvarez, han llevado a Trump a anunciar que EE UU va a tutelar a Venezuela hasta garantizar una transición política ordenada y exitosa. Buen conocedor del sector petrolero ya en su época de ministro de Industrias y Minería, Álvarez cree que para “imponer sus condiciones en la industria petrolera”, Trump prefiere entenderse con “un Gobierno débil” como el de Delcy Rodríguez que “está tratando de sobrevivir”.

Entenderse es una forma de decir negociar. Y negociar es un lenguaje que entiende muy bien el presidente estadounidense, siempre dispuesto a transacciones que puedan ofrecer algún beneficio, La cartilla de Trump tiene muchos intereses en Venezuela que van desde el pago de indemnizaciones a Exxon Mobil y Conoco Phillips por las expropiaciones del año 2007 a la apertura de la industria petrolera venezolana a las compañías estadounidenses.

Y, por supuesto, como mencionaba Rubio, esa lista de exigencias incluye la no renovación de los acuerdos con China, Rusia e Irán, rivales estadounidenses a los que Trump quiere quitarles influencia en la región, que él mismo considera su patio trasero. “Tenemos un país potencialmente muy rico que se ha alineado con Irán y con Hezbolá, lo que ha permitido que el narcotráfico opere con impunidad y que millones de personas —ocho o nueve millones— hayan huido desde 2014, en la mayor migración masiva de la historia moderna. Eso también nos afecta, y eso es lo que estamos abordando ahora”, declaraba Rubio en Face the Nation.

La permanencia de Rodríguez y, con ella, la de un chavismo supuestamente diluido, desata sin embargo otros interrogantes. La vicepresidenta y su entorno tendrán que demostrar que ejercen un control suficiente sobre el país, algo que algunos expertos dudan que puedan lograr. “Rodríguez, que ha jurado el cargo para reemplazar a Maduro, no parece contar con el respaldo de todas las facciones dentro del partido en el poder. Delcy no puede garantizar la estabilidad requerida para las operaciones comerciales que Trump ha enfatizado en sus declaraciones sobre el futuro tras el ataque estadounidense”, apunta Iria Puyosa, investigadora para la Iniciativa para la Democracia y la Tecnología del think tank Atlantic Council en Washington.

Una falta de control efectivo sobre el territorio y las instituciones podría suscitar el fantasma de enfrentamientos internos en un país donde ya abundan las guerrillas, los carteles, las organizaciones delictivas y los grupos paramilitares. Algo que pondría muy a prueba el experimento que Washington quiere poner en marcha en Venezuela. Y esas credenciales de pacificador y aspirante al Premio Nobel de la Paz de las que al presidente estadounidense le gusta presumir.

“La Administración estadounidense aún debe demostrar si cuenta con la capacidad de atención sostenida suficiente para los esfuerzos diplomáticos y económicos durante años que hacen falta para sacar a las sociedades del caos y la represión. Incluso si la etapa en la que gestione Venezuela resulta breve, hará falta dedicar recursos financieros y militares estadounidenses significativos”, apunta Tressa Guenov, del Centro Scowcroft para la Seguridad y la Estrategia, también del Atlantic Council.

En opinión de esta experta, “Venezuela será una prueba para la estrategia de Trump de dominación en la región y para ver si sus esfuerzos por la paz colectiva y la seguridad, de Caracas a Kiev, pueden dar como resultado ventajas estratégicas de verdad para Estados Unidos”. La alternativa “sería una pila de proyectos inacabados estadounidenses cuyo fracaso habría perjudicado las vidas de personas de carne y hueso”.

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