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Salud mental
Opinión

La verdad que se nos escapa

Vivir sin un marco desde el cual dar sentido al mundo no es solo un problema de pensamiento, es también un problema de salud mental. Porque para vivir no necesitamos certezas absolutas, pero sí una referencia

South_agency (Getty Images)

Hay una inquietud que empieza a volverse cotidiana. No es solo la cantidad de información ni la velocidad con la que circula. Es algo más sutil y profundo: la dificultad de verificar lo que se dice y, con ello, la sensación persistente de no saber en qué creer.

¿En qué momento dejamos de confiar en lo que vemos, en lo que oímos o incluso en lo que pensamos? ¿Cuándo la verdad dejó de ser un punto de llegada para convertirse en algo que se nos escapa? ¿Y qué le pasa a una persona, en especial a un joven, cuando crece en medio de esa inestabilidad?

Un estudio reciente realizado por la alianza 4U, integrada por EAFIT, Uninorte, ICESI y CESA, vuelve a encender en Colombia una alerta difícil de ignorar sobre la salud mental de los jóvenes. Cerca de cuatro de cada diez estudiantes universitarios presentan síntomas de ansiedad y depresión, y uno de cada ocho ha intentado suicidarse. Además, el estudio muestra la relación entre mayores niveles de depresión y el tiempo de exposición a redes sociales.

Más allá de las cifras, estos datos nos hablan de jóvenes que se sienten más vulnerables ante el otro, con miedo a la cancelación social, con necesidad de aceptación y con mayor ansiedad frente a la incertidumbre. Habitan un entorno agotador, donde la información no descansa y donde cada afirmación encuentra su contrario.

A esto se suma otra capa de complejidad. Las redes no solo amplifican lo que ocurre, también producen una especie de verdad paralela. Una verdad hecha de versiones que circulan sin pasar por el tiempo de la comprensión.

Esa exposición constante a relatos en competencia tiene un costo. Cuando todo puede afirmarse y cuestionarse al mismo tiempo, sin la exigencia de la verificación, también se debilita el lugar desde el cual comprendemos.

Vivir sin un marco desde el cual dar sentido al mundo no es solo un problema de pensamiento, es también un problema de salud mental. Porque para vivir no necesitamos certezas absolutas, pero sí un horizonte desde el cual pensar, sentir y decidir. Una referencia que nos permita orientarnos sin extraviarnos.

Y ahí aparece una pregunta decisiva. ¿Qué ocurre cuando perdemos ese punto de orientación? Cuando eso sucede, no solo dudamos más. Empezamos a habitar en la ansiedad. La incertidumbre deja de ser una pregunta y se convierte en una alerta que no se apaga.

Tal vez ese soporte no es otra cosa que aquello que nos permite orientarnos en medio de la incertidumbre. Aquello que hace posible distinguir, relacionarnos sin destruir y habitar la vida con alguna proporción. Y si eso es así, entonces no estamos tan lejos de una intuición antigua. La que plantea que la vida se sostiene en la verdad, la bondad y la belleza.

Por eso vale la pena volver a esta tríada clásica que, lejos de ser abstracta, resulta profundamente práctica y que podemos convocar en la vida cotidiana como una forma de afianzar aquello que nos sostiene.

La verdad, entendida como la disposición a comprender mejor y a distinguir en medio del ruido.

La bondad, como la forma de sostener el vínculo sin convertir la diferencia en amenaza.

Y la belleza, como la capacidad de detenernos y recuperar proporción.

Son dimensiones que ayudan a ordenar lo que pensamos y la forma en que vivimos. No operan como ideales lejanos, sino como orientaciones que se cultivan en prácticas concretas. Prácticas que invitan a la pausa, a la reflexión y a la comprensión.

Sostener una idea. Seguir un argumento. Demorarse en una pregunta.

Ejercicios que nos acercan a la verdad porque nos entrenan en la búsqueda, que nos disponen a la bondad porque nos permiten habitar otras voces, y que nos abren a la belleza porque devuelven la capacidad de asombro.

La crisis de salud mental que mencionaba al inicio es también el reflejo de los entornos que hemos construido. Hemos empobrecido las conversaciones, acelerado los ritmos y debilitado la forma en que cuidamos la verdad, el vínculo y la pausa.

En esa medida, devolverle condiciones habitables a la vida no es solo una tarea personal. Es también una forma de responsabilidad con quienes hoy intentan encontrar su propio camino. Y quizás, en estos tiempos, aprender a sostener una idea, una conversación o incluso una duda sea uno de los gestos más simples y más urgentes para empezar.

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