Memoria en pausa
¿Por qué se nos escapan los nombres, los lugares, los momentos? ¿Por qué olvidamos con tanta facilidad lo que hace poco nos importaba? ¿Será que estamos en muchos frentes al mismo tiempo?

Hay días en los que algo no cuadra del todo. Buscamos una palabra y no aparece. Alguien nos cuenta algo importante y, horas después, apenas lo recordamos. Leemos un libro, vemos una película, sostenemos una conversación… y al poco tiempo sentimos que todo se diluyó. No es un olvido grave, pero sí inquietante. Una sensación suave, persistente. “Se me olvida todo”, decimos, casi sin darle importancia. Pero algo ahí merece ser escuchado.
No hablo de enfermedades ni de la memoria que se pierde con los años. Hablo de otra cosa: de la memoria como esa capacidad silenciosa que permite que la vida no solo pase, sino que se quede un poco. La memoria no es un archivo; es lo que hace que lo vivido se vuelva experiencia. Gracias a ella, los días no son solo una sucesión de eventos, sino una historia que se va hilando. Recordar es, en el fondo, una forma de continuidad.
Por eso, es inquietante sentir que esa continuidad se interrumpe. ¿Por qué se nos escapan los nombres, los lugares, los momentos? ¿Por qué olvidamos con tanta facilidad lo que hace poco nos importaba? ¿Será que estamos en muchos frentes al mismo tiempo? ¿De verdad somos capaces de hacer varias cosas a la vez? ¿O simplemente estamos muy ocupados para quedarnos en algo?
A propósito de esa sensación, en 2024 Oxford University Press eligió una palabra incómoda para describir el clima mental de nuestra época: brain rot. No como diagnóstico médico, sino como intuición cultural. Una manera de nombrar la saturación, la exposición constante a estímulos, imágenes y mensajes que no alcanzan a asentarse. Una mente siempre activa, pero pocas veces en reposo. Mucho pasar, poco quedar.
La ciencia viene observando este fenómeno desde hace un tiempo. No porque seamos menos capaces, sino porque vivimos en sobrecarga. Cada notificación promete una pequeña recompensa. Cada estímulo pide atención inmediata. Sentimos mucho, pero por instantes. Todo emociona un poco, nada conmueve del todo. Y cuando la emoción no se elabora, la memoria no se fija. A esto se suma la fragmentación: saltamos de una cosa a otra, interrumpimos, retomamos, volvemos a interrumpir. La mente permanece alerta, pero sin reposo. Y sin pausa, la experiencia no alcanza a volverse memoria.
En el mundo del trabajo ocurre algo parecido. El Work Relationship Index de HP muestra que muchas personas terminan sus jornadas cansadas, activas todo el día, pero con la sensación de que nada dejó huella. Mucho hacer, poco recordar. No por falta de compromiso, sino porque los entornos nos entrenan para responder rápido, no para integrar lo vivido.
La filosofía había intuido este riesgo mucho antes de que existieran las pantallas. El filósofo francés y premio Nobel de Literatura de 1927, Henri Bergson, decía que no toda memoria es igual. Hay una memoria automática, útil para la acción inmediata, y otra más profunda, ligada a la experiencia vivida. Esta última es la que le da espesor a la vida, la que permite que el pasado siga respirando en el presente. Cuando todo se vuelve automático, cuando no hay tiempo para permanecer, esa memoria profunda se debilita. No porque estemos fallando, sino porque así está organizada nuestra manera de vivir.
Visto así, brain rot no habla solo de distracción. Habla de una vida que corre más rápido de lo que puede ser atendida. De experiencias que no alcanzan a sedimentar. De aprendizajes que no llegan a volverse propios. Sin duración interior, la vida se fragmenta y la creación se empobrece.
Aquí la educación —en el sentido más amplio— tiene algo que cuidar. Tal vez haya que decirlo con sencillez: no somos multitarea; responder rápido no es lo mismo que comprender; y aprender requiere tiempo. Tiempo para escribir, para tomar nota, para volver sobre lo pensado. Tiempo para registrar lo que nos pasa. Para preguntarnos, al final del día: ¿qué quedó de todo esto?
Pequeños gestos importan más de lo que creemos: escribir a mano, anotar una idea, leer con paciencia, estudiar sin el teléfono cerca, tolerar el silencio, incluso el aburrimiento. No como castigo, sino como umbral. Ese momento en el que la mente deja de reaccionar y empieza a elaborar. No es nostalgia ni rechazo de la tecnología. Es cuidado.
De eso se trata hoy: de aprender a vivir de un modo que permita que algo se quede. Porque una vida que no logra convertirse en memoria es una vida que pasa, pero no permanece. Y sin esa permanencia —discreta, silenciosa, interior— también se empobrece nuestra manera de pensar, de crear y de imaginar el futuro.
Tal vez no vivimos una crisis de memoria, sino una crisis de tiempo. Una memoria en pausa, esperando condiciones para volver a hacer su trabajo más hondo: dar contexto, sentido y continuidad a lo vivido.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.










































