Steve Ramírez, neurocientífico: “Hemos podido restaurar memorias que se daban por perdidas”
El investigador es uno de los pioneros de las técnicas para intervenir en el cerebro de los ratones para cambiar sus recuerdos


La memoria es un don que viene con un látigo. Permite revivir el pasado y sobre esa capacidad se construye nuestra identidad, pero también puede amarrarnos a recuerdos traumáticos que nos amarguen la vida. Sin la memoria, además, no es posible imaginar cosas que aún no hemos vivido. “Memoria e imaginación son caras de la misma moneda”, dice Steve Ramírez (Everett, Massachusetts, 37 años), investigador de la Universidad de Boston. “Lo sabemos porque si te ponemos en un MRI (imagen por resonancia magnética) y recuerdas algo de tu infancia, vemos un patrón de actividad, y si te pedimos imaginar escenario futuro —volver a casa esta noche y cenar, por ejemplo— aparecen activadas las mismas áreas”, añade.
Hace un siglo se planteó que toda experiencia deja un cambio físico en el cerebro que puede medirse, lo que se bautizó como engrama. Esos cambios suceden cuando aprendemos algo y acceder a esas modificaciones es lo que experimentamos como memoria. Pero la definición de aquella sustancia que servía de base a la memoria era ambigua. En 2011, cuando trabajaba en el laboratorio del nobel Susumu Tonegawa en el MIT, logró, junto a su compañero Xu Liu, reactivar una memoria de pánico en un ratón manipulando un grupo específico de neuronas en el hipocampo del animal. Primero etiquetaron las células que se activaban cuando el roedor recibía una descarga eléctrica en un contexto. Días después, en un entorno totalmente distinto, activaron el grupo de neuronas marcado utilizando optogenética, y el ratón se quedó paralizado por el miedo sin ningún otro estímulo externo. Esto probó que podían “encender” una memoria de manera precisa y hacer que el animal la experimentara.
Ramírez ha publicado recientemente How to change a memory (como cambiar un recuerdo), una historia personal de su búsqueda para alterar el pasado mediante la manipulación de la memoria. Y también advierte de los riesgos de una tecnología capaz de modificar nuestra esencia y recuerda que la memoria no se parece a un libro que siempre que se lee dice lo mismo; tiene mucho de reconstrucción y cambia con el tiempo.
Pregunta. El engrama está distribuido por el cerebro, parece que a veces viaja de una región a otra, implica diferentes partes conectadas, diferentes células conectadas… ¿Es posible decir: este recuerdo es esta sinapsis o estas neuronas?
Respuesta. Creo que será posible, pero ahora mismo lo veo como un documento de Word: cuando haces “Guardar como” y guardas la versión más reciente del documento con todos los cambios. Creo que la memoria, cuando la recordamos, es así: es como volver a grabarla con “Guardar como”.
Seguimos pudiendo decir que hay un engrama para esa memoria, pero podríamos acabar haciéndonos preguntas como: ¿cuál es la versión más reciente de esa memoria? ¿Hay versiones anteriores porque la hemos actualizado tantas veces? Porque hacemos “Guardar como” cada vez que la recordamos
Así que sí creo que podemos tener un engrama para una memoria distribuida por el cerebro, pero es un fenómeno muy flexible. No es algo fijo que existe físicamente en puntos concretos del cerebro y ya está; se transforma con el tiempo.
P. En el pasado tendíamos a imaginar la memoria como algo fijo, ¿cómo ha cambiado la ciencia nuestra forma de entender la memoria?
R. Una de las sorpresas de mi investigación es que, aunque un engrama pueda transformarse cada vez que lo recordamos y pueda moverse por distintas zonas del cerebro, activar solo una pequeña parte de él sigue siendo suficiente para traer esa memoria de vuelta. Esa fue la gran sorpresa de nuestros primeros trabajos hace una década: no necesitábamos encontrar todo el engrama distribuido en tres dimensiones por el cerebro para activarlo. Bastaba con encontrar algunas de las células que sabíamos que eran importantes para esa memoria y activarlas para reactivar la memoria completa.
Si voy caminando por Boston y entro en una tienda, ese único olor de un cupcake puede recordarme un mundo de memorias: comer un cupcake hace una semana, o tal vez una fiesta de cumpleaños. Sensorialmente es solo un olor, pero reactiva todo un conjunto de recuerdos.
P. También parece que muchas memorias permanecen en nuestro cerebro, pero no podemos acceder a ellas. ¿Formamos memorias para todo y solo algunas son accesibles? ¿O algunas memorias desaparecen porque no hay espacio?
R. No sabemos la respuesta exacta. Mi especulación es que el cerebro guarda mucho más de lo que creemos, pero no necesita acceder a todo, solo a lo relevante para tomar decisiones. Por ejemplo, si intentas recordar el nombre de alguien que acabas de conocer, quizá no necesites recordar toda tu historia de interacciones con esa persona; solo necesitas recordar el nombre. Pero si intentas recordar lo demás, quizá puedas lograrlo si piensas más o si encuentras pistas en el entorno.
A veces puedes estar soñando despierto, caminando, o hablando con un amigo y recordar algo que no recordabas desde hace 10 o 20 años. Y justo un segundo antes habrías dicho que esa memoria estaba perdida. Es como si pensáramos que el libro ya no está en la biblioteca, pero entonces aparece.
Eso me lleva a creer que tenemos más problemas para acceder a memorias que para formarlas: vivimos muchas experiencias y formamos muchas memorias, pero tener dificultades para acceder a ellas no significa que no existan. Significa que el “bibliotecario” tiene problemas para encontrar el libro.
Lo comento porque en los experimentos con ratones ha habido una historia de éxito tras otra historia de éxito: hemos podido activar artificialmente memorias que se consideraban completamente perdidas en casi cualquier tipo de amnesia. Alzhéimer, privación de sueño, adicción a las drogas, incluso amnesia infantil —todos tenemos memorias formadas antes de los 3 años que no recordamos—. Y en todos esos casos, hemos podido restaurar memorias que se daban por perdidas. Eso sugiere que están ahí y que solo necesitamos una forma de recuperarlas.
P. En roedores se puede abrir el cerebro, usar la optogenética para manipular la memoria, pero en humanos no. ¿Cómo podrían realizarse estas modificaciones en personas?
R. Se trataría de buscar una vía lo menos invasiva posible, porque no vamos a hacer optogenética, ni implantar fibras ópticas, láseres o virus en el cerebro humano. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal. Hay formas más inteligentes: en lugar de poner un láser en tu cerebro para reactivar la memoria de tu último cumpleaños, puedo simplemente preguntarte qué hiciste en tu último cumpleaños. Ese estímulo verbal reactivará la memoria.
El lenguaje es una herramienta poderosa. Esto es parte de la terapia cognitivo-conductual: encontrar la combinación correcta de palabras y significado para recuperar una memoria. O podemos preguntarnos: ¿qué cosas del mundo activan el hipocampo en humanos? Música, ejercicio, terapias… En el futuro quizá haya fármacos que aumenten selectivamente la actividad de áreas como el hipocampo.
P. Plantea modificar memorias, incluso cambiar memorias malas por buenas, pero aunque una mala memoria puede ser dolorosa, también forma parte de quiénes somos. ¿Es posible alterar una memoria sin afectar a todo lo demás?
R. En ratones es fácil porque podemos encontrar las células exactas que contienen esa memoria. En humanos es un punto muy importante. Creo que el 80% de la gente no quiere cambiar ningún aspecto de su memoria por las razones que mencionas: son parte de nuestra identidad. Presumiblemente, nos han hecho más sabios, fuertes o conscientes.
Una manera de manejar esto es restringir la idea de manipulación de memoria a casos en los que sería terapéuticamente útil: gente con trastorno por estrés postraumático, depresión o ansiedad generalizada, que sí se beneficiarían del tratamiento. En otras palabras, pensar en la manipulación de memoria como un medicamento, no como algo recreativo para toda la población.
P. También hablas de esculpir tu cerebro o tu conocimiento. Mucha gente desearía tener mejor memoria o ser capaz de recordar muchos libros. ¿Se puede conseguir?
R. Hasta ahora, para mejorar la memoria, lo que sabemos es que las cosas que funcionan son precisamente aquellas asociadas a una vida saludable, pero que son difíciles de mantener: dormir bien, hacer ejercicio con regularidad, no fumar, tener interacciones sociales, salir al exterior, involucrarse físicamente con el mundo.
Ojalá hubiera un mayor impulso institucional para destacar lo beneficiosas que son estas actividades, porque entonces tendríamos ciudades con más parques, con más acceso a bicicletas —que sabemos que es bueno para el cerebro— y entornos construidos que faciliten estos hábitos a toda la población.
P. ¿Le preocupa lo que implica esa fe ciega de la humanidad en la tecnología? Sabemos que comer bien y hacer ejercicio funcionan, pero la sociedad industrial ha creado un tipo de alimentación que nos enferma y después trata de curarnos con otra tecnología, como los medicamentos adelgazantes.
R. Es muy humano buscar siempre la vía fácil: la vacuna que lo cambie todo, el “upload” mental que te cargue diez libros o algo como Matrix. Eso, si llega, será dentro de mucho tiempo. Y sería divertido… pero no puede ser a costa de nuestra vida y nuestro bienestar. Recuerdo la película Wall-E, donde los humanos del futuro están todos sentados en sillas flotantes, moviéndose a golpe de botón, incapaces de hacer nada por sí mismos porque todo ha sido resuelto por la tecnología. Esa no parece una vida plena.
La clave es no perder de vista aquello que apreciamos: salir a jugar al fútbol, cuidar de nuestros hijos, interactuar con el mundo de forma significativa. Si no perdemos eso, podremos construir sociedades que florezcan, en lugar de sembrar las semillas de nuestra propia inactividad.
P. A veces pensamos en nuestra memoria como si fuera un archivo en un ordenador, pero cuando hablo con ChatGPT, siento que falta algo que no es codificable, ¿sucede también con la memoria?
R. Creo que lo que no es codificable: lo que es fundamental aquí son todos nuestros pequeños errores. Nuestros fallos, nuestras imperfecciones. Son esas pequeñas desviaciones las que nos hacen únicos. Faltan esas imperfecciones que eliminamos deliberadamente del código para que la máquina sea más eficiente. Pero los humanos, cuando hablamos, no solo comunicamos contenido: divagamos, nos desviamos, volvemos al punto principal. Esos desvíos son parte de la sustancia de una conversación.
Nuestra biología es imperfecta, sí, pero es más que suficiente para sobrevivir, prosperar y construir sociedades. Tal vez eso es lo que falta hoy en sistemas como ChatGPT: la textura humana de la imperfección.
P. Pensamos que recordar bien el pasado es siempre deseable, pero a veces nuestra inclinación es otra. En política, por ejemplo, a veces la gente prefiere recordar según lo que encaja mejor con su identidad. ¿Hasta qué punto la memoria no es tanto un archivo fiel como una construcción adaptativa?
R. Hay teorías que dicen que la memoria es como una máquina del tiempo: puedes volver a un momento del pasado y revivirlo. Pero eso es solo la mitad de la historia. La otra mitad dice que nuestras memorias son bloques de construcción. Podemos combinarlas y recombinarlas, no solo para revisitar el pasado, sino para imaginar cosas que nunca hemos vivido.
Según estas teorías, cada recuerdo que evocamos es la mejor predicción del cerebro de lo que cree que ocurrió. No es una reproducción literal. Somos muy buenos prediciendo: acertamos muchos detalles, recordamos cantidades enormes de información, pero como toda predicción no es perfecta.
La idea es que memoria e imaginación son dos caras de la misma moneda. Lo sabemos porque si te ponemos en un MRI y recuerdas algo de tu infancia, vemos un patrón de actividad. Y si te pedimos imaginar un escenario futuro —volver a casa esta noche y cenar, por ejemplo— aparecen activadas las mismas áreas, especialmente en el hipocampo.
La teoría dice que tomamos recuerdos del pasado, los recombinamos y así construimos predicciones de cómo podría ser el futuro. Dicho de forma sencilla: la imaginación es posible gracias a la memoria.
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