“Son unos catetos con poco gusto”: por qué Silicon Valley y la ultraderecha se empeñan en construir monumentos colosales
El impulso por erigir enormes estructuras que rechazan la modernidad ha unido a inversores tecnológicos y a la Casa Blanca. En España se han seguido inaugurando estatuas de corte reaccionario, pero solo hay un gran proyecto conocido


Durante un viaje a San Francisco, Ross Calvin, empresario y entusiasta de la ingeniería de criptomonedas, observaba la bahía de la ciudad con extrañeza: le faltaba una Estatua de la Libertad como la de Nueva York. Siete años después, avanza para materializar su utopía: levantar en la isla de Alcatraz una estatua de níquel y bronce de 137 metros de alto de Prometeo. La obra superaría en altura a la neoyorquina y costaría unos 450 millones de dólares. Lo curioso es que el titán de la mitología griega era un amigo de los humanos que se enfrentaba a los dioses para ayudarlos. Para el multimillonario, Prometeo representa el “dinamismo fundamental que define a Occidente”. Olvida que Prometeo fue castigado por Zeus al encadenarlo a una roca del Cáucaso y enviando a un águila que devoraba su hígado cada día.

Para que el monumento pueda construirse, el empresario necesita que Donald Trump reclasifique la isla, aunque según medios de comunicación estadounidenses, espera que sea receptivo dada su fijación por la estética y los símbolos (lo que pinta más difícil es que renuncie a reabrir la cárcel). El propio Trump aprobó hace unos meses la construcción de un enorme Jardín Nacional de Héroes Estadounidenses, donde rendirá pleitesía a 250 nombres de la patria a través de estatuas creadas específicamente para la ocasión. En ellas representará a personalidades como Cristóbal Colón, Kobe Bryant o Whitney Houston por un coste de 34 millones de dólares. El máximo mandatario de los Estados Unidos también está levantando un salón de baile dorado en la Casa Blanca y se han visto bocetos de una especie de arco del triunfo estadounidense en Washington.
Los dueños de las tecnológicas estadounidenses han virado ideológicamente hacia el trumpismo. Trump y Calvin convergen en una idea común: la de resignificar su propia versión de los valores de occidente. No están solos en rechazar la modernidad como identidad cultural. Según Bloomberg, Joe Lonsdale, cofundador de Palantir e inversor en tecnología de defensa, lleva años financiando iniciativas de “estética clásica”; Zuckerberg pidió una estatua de más de dos metros de su mujer queriendo “recuperar la tradición romana de esculpir a tu esposa”; el inversor y emprendedor de Silicon Valley, Elad Gil, quiere “traer de vuelta monumentos inspiradores a gran escala”; a su vez, el universitario Mo Mahmood está recaudando apoyo para una enorme estatua de George Washington.

“Los monumentos tratan de glorificar y legitimar el poder. En su etimología, es algo para ser recordado. En este caso es para imponer un relato o un recuerdo”, analiza Emilio Martínez, sociólogo urbano de la UCM y autor de la investigación Espacio, memoria y vínculo social. La obsesión por los monumentos como forma de enaltecimiento político está sobradamente documentada, y en su historia caben desde las esculturas ecuestres de la antigüedad hasta la arquitectura neoimperial de Mussolini o el clasicismo desmesurado de Albert Speer, el arquitecto de cabecera del Tercer Reich.
“Estos son unos catetos y con muy poco gusto. Su estética es muy vulgar. Confunden un monumento con lo monumental y lo monumental con lo descomunal. Por eso esas obras enormes son desproporcionadas. Se salen incluso de la visión clásica en la que el hombre es la medida de todas las cosas”, opina Martínez sobre los multimillonarios de las tecnológicas. Este investigador cuestiona un supuesto presente glorioso. “Usan monumentos que no rememoran ningún pasado, sino que buscan resignificar el espacio. Como no tienes un pasado glorioso porque eres un advenedizo, lo que haces es crear un suceso. Con un presente anodino y un futuro incierto, se aplica una estrategia de marcaje de legitimación política”.
¿Qué pasa en España?
No hay identidad sin memoria. Tampoco existe memoria sin un anclaje espacial, material y simbólico. Durante el franquismo, influenciados por los planteamientos ideológicos del falangismo, hubo cierta influencia urbanística fascista. “Sobre todo el Instituto de la Vivienda u otras instituciones de la índole. Buscan retrotraerse a un pasado anterior”, recuerda Martínez. También el Ministerio del Aire o el conocido Valle de Cuelgamuros −de los Caídos antes de 2022–, sirven de ejemplo de esa arquitectura neoherreriana que se fijaba en el pasado para reivindicar un supuesto renacer imperial.

De menor tamaño, pero marcadamente reaccionarios, en la capital española se siguen levantando monumentos con la intención de homenajear un supuesto pasado heroico. En 2022 se levantó en La Castellana una estatua a la Legión con una loa a su fundador, el militar franquista Millán-Astray. Se construyó gracias a la financiación de la Fundación del Ejército con una aportación colectiva de 50.000 euros. Curiosamente, está a pocos metros del monumento conmemorativo de la Constitución Española. “Es una escultura extraordinaria”, opinó Almeida en su momento (el alcalde de la ciudad también cambió el nombre de la calle Justa Freire, mujer pionera de la educación española y represaliada durante la dictadura, por el del militar).
Un año antes, en 2021, fue inaugurada otra estatua en la calle Alberto Aguilera: esta, dedicada a Los últimos de Filipinas, encarnados, pistola en mano, en la figura del teniente Martín Cerezo. El cineasta franquista Antonio Román revisitó aquel mito en Los últimos de Filipinas, en 1945, un momento en el que el régimen intentaba desvincular sus conexiones con el fascismo alemán e italiano alimentando la nostalgia por el pasado imperial español. Aquel discurso resuena hoy en partidos de ultraderecha.
El monumento se topó con el rechazo de la oposición al entenderlo como una escultura que enaltece el colonialismo. No muy lejos se encuentra el monumento a Blas de Lezo. Para el historiador Pablo Batalla, autor de un ensayo al respecto, “tienen relación por ser héroes de la defensa. Se conecta con una lógica común a todos los movimientos nacionalistas europeos: frente al imperialismo de hace un siglo, un discurso ahora defensivo, de fortaleza asediada frente a múltiples invasores (árabes, marxismo cultural, inmigrantes…)”.
Pero hay proyectos que sí contemplan la escala monumental: al preguntarle a Emilio Martínez por más obras de este estilo en España, recuerda la aspiración de la Asociación de Devotos del Corazón de Jesús a construir un Cristo más grande que el de Río de Janeiro. Llevan 95.000 euros recaudados, aunque necesitan 17 millones más. “Representan la cristiandad y la resignificación de los valores occidentales”, opina. Para él, pasa algo parecido con el nacionalismo vasco a la hora de rememorar identidades: “Lo hacen desde la grafía y desde elementos regionalistas, que es profundamente identitario”.
Cuando el entorno físico se transforma, se alteran también las memorias e identidades con el paso del tiempo. Los monumentos a los que miramos cuando paseamos transmiten uno u otro sistema de ideas. “Todos los sistemas políticos, también las democracias, tratan de poner en valor sus planteamientos. El problema es cuando hay una guerra de memorias. La memoria histórica o colectiva se usa como arma de legitimidad, porque te da una identidad concreta”, zanja Martínez. Ahora, esas identidades también quieren ser XXL.
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