Con una denuncia sobre la energía eólica, el cine wayuu destaca en el Festival Internacional de Cine de Cartagena
El cortometraje ‘La casa del viento’, de la indígena Marbel Vanegas Jusayu, documenta cómo la instalación de las renovables ha fracturado a las familias de la comunidad


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Cuando alguien en su casa prende la luz, no imagina que antes esa electricidad encendió una discusión de una familia en La Guajira. Sin embargo, las diferencias sobre la transformación de su territorio —un desierto bañado por el mar en el extremo norte de Colombia— en un parque de torres eólicas, han fracturado a los wayuu desde adentro. El cortometraje La casa del viento, dirigido por la cineasta indígena Marbel Vanegas Jusayu y presentado en el marco de la edición número 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), que se realiza del 14 al 19 de abril, aborda cómo una discusión ambiental e ideológica que se da a nivel global se ha convertido en un asunto doméstico. Entre los Jusayu, unos defienden la llegada de capital, y otros, mantener su territorio tal como está.
“Al principio yo le decía a los de la compañía: ¿pero al menos nos van a dar luz?”, cuenta Vanegas en una entrevista telefónica.
—No, la luz se va para Medellín.
―¿Cómo no nos van a dar luz si nosotros generamos luz? ¿No pueden bajar un transformador para la comunidad de donde van a sacarla?
—¡No, imposible!, le respondían.
—¿Y nos van a dar vías de acceso?
—No… La idea es que ustedes hagan proyectos productivos, como la siembra.
“¿Y cómo vamos a sembrar si no tenemos agua?”, preguntaba ella, que en sus producciones refleja la aridez del terreno, y lo agreste que en ocasiones puede tornarse su gente. Mientras los ojos del Gobierno de Gustavo Petro están puestos sobre La Guajira, departamento que busca convertir en un foco de generación de energía para abastecer no solo a Colombia sino a Venezuela, según se lo planteó al presidente estadounidense Donald Trump, los wayuu siguen resistiendo. “¡Qué mayor acto de resistencia que estar en el desierto!”, plantea la cineasta. Ante la falta de consenso entre la comunidad de Apotnojushi, situada en la Serranía de Jalala, en la zona rural del municipio de Uribia, el proyecto de construir un parque eólico fue frenado y quedó en etapa de investigación. “Limpiaron sus cosas, pero dejaron toda la división”, comenta Vanegas, quien opta por no mencionar el nombre de la compañía.

La llegada de grandes multinacionales para extraer recursos es una historia que se repite una y otra vez en La Guajira. En un cortometraje previo, titulado Aquel 4 de noviembre, Vanegas había narrado la historia de sus abuelos paternos, de las comunidades de El Espinal y Caracolí, que fueron víctimas de desplazamiento forzado entre los años 1990 y 1992 a causa del descubrimiento de la mina del Cerrejón, la mayor reserva de carbón del departamento y una de las más grandes del mundo a cielo abierto. Décadas después, cuando el discurso político y de la sociedad científica se vuelca hacia la descarbonización de la economía y la transición hacia energías renovables, el bien que se busca explotar es uno más etéreo: el viento.
Aunque a través de una beca Vanegas se ha capacitado para entender lo que es la energía limpia desde el punto de vista occidental, pone como ejemplo lo que ya pasó con la mina: “Una cosa son las realidades detrás de un escritorio y otra es despertarse con el ruido del tren todos los días”, explica. Apotnojushi está ubicada en un relieve geográfico donde las corrientes de aire son extremadamente fuertes. “La brisa siempre va a estar ahí”, comenta, así como la posibilidad de que otra empresa retome las licencias.
Memoria y lengua materna
Vanegas sostiene que hacer esta denuncia es fundamental, pero que con esta cinta busca sobre todo preservar su memoria familiar. Esta postura es coherente con el camino que ha venido tomando el cine indígena. Si bien la denuncia y el horror ambiental han sido algunas de sus características intrínsecas, cada vez más las películas de estas comunidades apelan a un público más universal, a contar desde lo cotidiano. Así lo señala la curadora e investigadora chilena Amalia Córdova, quien fue la encargada de seleccionar los filmes que están dentro de la sección de cine indígena en esta edición de la FICCI, y quien ha dirigido el Festival de Cine en Lengua Materna, organizado en Washington por el Instituto Smithsonian. “Siempre va a haber deudas históricas con los pueblos originarios y siempre va a haber temas de inequidad, pero se empiezan a trabajar de forma diferente, más narrativa. Se vuelven menos un caso jurídico y más una situación humana”.
Cada comunidad ha ido encontrando su propio estilo, y el mundo académico empieza a estudiar sus diferencias, en lugar de agrupar a toda Latinoamérica en una misma esfera. Poco a poco, se comienza a hablar de cines regionales: cine wayuu, cine tzotzil, cine quechua o cine mapuche. Aunque aún falta delimitar bien las fronteras entre uno y otro, quizá el que ahora está más definido es el cine guaraní, que tiene al desplazamiento como temática central. “Es un pueblo que ha sido muy desplazado, y que cruza fronteras entre Argentina, Brasil y Paraguay”, señala Córdova. En ese sentido, “es un cine muy inmaterial, por lo mismo, porque su población se mueve mucho”. Entonces el guaraní “se vuelve esa textura que los afirma cuando hay constantes presiones sobre el territorio”, comenta la investigadora. Es un pueblo que se cohesiona a través de su lengua.
La investigadora explica que, debido a que gran parte de los documental indígenas han sido de denuncia, muchas veces se grababa o se doblaba directamente al español, para facilitar su difusión internacional. Ahora, gracias al streaming, en el que circulan producciones en todos los idiomas, la industria cinematográfica se ha abierto más a la idea de las lenguas originarias. “El uso de lenguas indígenas se ha convertido en una declaración política y cultural”, asegura Ansgar Vogt, director artístico de la FICCI. De ahí que el idioma nativo sea clave en varias de las otras cuatro producciones seleccionadas en la muestra de cine indígena de este año. Runa Simi, del director Augusto Zegarra, narra cómo desde los Andes peruanos un hombre y su hijo se embarcan en una ambiciosa misión para traducir la película de Disney El Rey León al quechua; un relato en el que la búsqueda de permisos se convierte en la gran antagonista.

Fundado en 1969, el FICCI es el festival de cine más antiguo de Latinoamérica. Aunque los directores y las temáticas indígenas han aumentado significativamente en las últimas dos décadas, no fue hasta 2020 que se introdujo formalmente la sección de cine indígena, asegura David Montenegro, jefe de programación. En la selección de este año también figura el documental El valor de la palabra, de Marta Restrepo, una cineasta colombiana que durante décadas ha retratado las problemáticas que enfrentan estas comunidades en el país. Con la codirección de Fernando Restrepo, la cinta investiga el asesinato de los líderes Ángel María Torres y Napoleón Torres, del pueblo arhuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta, desaparecidos en los noventa y cuya pérdida sacudió a todo el movimiento.
Los expertos coinciden en que el cine indígena se basa en la colaboración y el intercambio. No siempre quien dirige pertenece a la comunidad, pero sí debe trabajar de la mano con ella. “Se vuelve un trabajo colectivo, que tiene que ver con un espíritu más generoso, y menos con la visión de una sola persona”, complementa Córdova. En el caso de Vanegas, sus herramientas fueron su familia y el wayuunaiki, su lengua materna. La directora sostiene que “los mejores actores son los wayuu”; por eso todos en el reparto tienen el apellido Jusayu. Son ellos quienes narran su propia ruptura. Y también es a ellos a quienes va dirigida la cinta. Vanegas hizo el cortometraje pensando, sobre todo, en que lo vieran las próximas generaciones de su linaje, sus sobrinos y nietos, para que no olvidaran que la naturaleza de su hogar siempre había sido la reciprocidad. El objetivo es uno: “Vamos a recobrar nuestra hermandad”.
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