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En colaboración conCAF
Energía eólica
Columna

Los proyectos de energía eólica en La Guajira no se tratan solo de cables, sino de lo que es el territorio para los wayuu

En distintas partes de América Latina, los pueblos indígenas estamos viviendo debates similares, incluyendo el de cómo participar en la transición energética sin perder nuestra identidad

Una niña corre en una ranchería cerca del parque eólico Jepírachi en La Guajira (Colombia). El 4 de marzo 2023.Diego Cuevas

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Nací en el Cabo de la Vela, en territorio wayuu, dentro del ei’ruku Ipuana. Desde niña mis mayores me enseñaron algo que nunca he olvidado: la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella. Crecí escuchando a mis abuelos hablar del viento, del mar y de los caminos del territorio como si fueran parte de la familia. Para nosotros no son solo paisajes: son memoria, sustento y espiritualidad. Por eso, cuando hoy escucho hablar de proyectos de energía eólica en La Guajira, sé que la conversación no puede ser solo técnica. No se trata únicamente de torres, cables o inversión. Se trata de la vida de nuestros territorios y de la relación que las comunidades tenemos con ellos.

Hace cerca de un año comenzamos un proceso de diálogo con la empresa AES Colombia, después de que identificaran que el viento de nuestro territorio podía ser aprovechado para un proyecto eólico. Desde el inicio dejamos claro algo que para nosotros era fundamental: el diálogo debía ser genuino, transparente y respetuoso con la comunidad.

Hoy estamos en una etapa clave del proceso: la discusión sobre los impactos del proyecto. La empresa presentó una matriz de impactos a la comunidad, pero muchos sentimos que no reflejaba realmente nuestra realidad. Parte de la información estaba en inglés y, sobre todo, no consideraba algo esencial para nosotros: la dimensión espiritual del territorio. Por eso, decidimos hacer algo que pocas veces ocurre en estos procesos. Con el apoyo de algunos profesionales —ingenieros ambientales, un economista y un abogado— construimos nuestra propia matriz de impactos desde la mirada de la comunidad. En ella no solo hablamos de aspectos técnicos, sino también de lo que significa el territorio para nuestra cultura, nuestra espiritualidad y nuestra forma de vida.

Para nosotros, hablar de impactos no es solo hablar de dinero. Es hablar de las personas, de los animales, del agua, de los lugares sagrados y de la relación que tenemos con la naturaleza. Cuando se discuten medidas de prevención, mitigación o compensación, todo eso debe ser tenido en cuenta. Recuerdo entonces las palabras del abuelo Cayetano Ipuana, que resumían muy bien lo que sentimos: “A esta tierra la vienen a enamorar muchos alijunas (personas no wayuu). Si la van a enamorar, se le debe valorar por lo que ella vale”. Esa frase sigue guiando nuestras conversaciones.

En medio de este proceso también tuve una experiencia que cambió mi manera de ver muchas cosas. Recientemente viajé a Brasil para participar en un intercambio cultural dentro del diplomado Diálogo intercultural, energía eólica y participación comunitaria. Allí conocí a la comunidad Mendonça–Potiguara y compartí con otros pueblos indígenas que también enfrentan proyectos energéticos en sus territorios.

Escuchar sus historias me hizo entender que nuestras luchas no son aisladas. En distintas partes de América Latina, los pueblos indígenas estamos viviendo debates similares: cómo participar en la transición energética sin perder nuestra identidad ni nuestros territorios. En Brasil escuché algo que me marcó profundamente: para muchos pueblos, la tierra es un ser vivo que respira con nosotros. Al compartir ceremonias, conversaciones y experiencias, sentí que nuestras espiritualidades, aunque distintas, laten al mismo ritmo.

Esa experiencia me reafirmó algo importante para La Guajira: los parques eólicos no son solo proyectos de energía. Son decisiones que pueden transformar profundamente la vida de los territorios. Por eso la transición energética debe ser también una transición justa. No puede significar que las comunidades solo asumamos los impactos mientras otros reciben los beneficios. Debe ser un proceso donde participemos realmente en las decisiones y donde los beneficios sociales, ambientales y económicos se construyan con nosotros.

En La Guajira tenemos el viento, el sol y también siglos de conocimiento sobre nuestro territorio. Queremos ser parte del futuro energético del país, pero sin perder nuestras raíces. Los proyectos pueden llegar, sí, pero con acuerdos colectivos y con respeto por las comunidades. Porque una transición energética sin justicia social no es una verdadera transición. Es simplemente otra forma de despojo.

Escuchar a las comunidades no debería ser visto como un obstáculo para los proyectos. Al contrario: puede ser el primer paso para construir una gobernanza energética más justa, donde el desarrollo no signifique sacrificar la dignidad de los territorios.

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