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Acoso Sexual
Opinión

Sobre acoso en medios de comunicación: quebrar silencios

Todavía hoy debo repetirme que no fue mi culpa entrar sola a la oficina del director el día que me manoseó. Todavía hoy no quiero decir ese nombre ni los de otros que me acosaron, todavía hoy me reclaman por no hacerlo

Una mujer pinta las palabras 'Me too' en su mano.Tfilm (Getty Images)

No somos pocas, somos muchas. Cada vez que una mujer alza la voz se escuchan más porque el coraje de una se vuelve de otras. Se denuncia de nuevo por estos días episodios de acoso en medios de comunicación en Colombia. Ya lo dijimos hace unos años algunas periodistas que nos sentimos respaldadas por la ola del #metoo en el mundo y pudimos hablar en voz alta de aquello que era silencio. El acoso lleva siglos instalado en todos los espacios laborales y ha estado presente en los medios de comunicación. Se había normalizado tanto que a algunas nos llevó décadas ponerle nombre a eso que nos había pasado y entender que no debía pasar.

Las denuncias contra periodistas presentadores del canal Caracol, dadas a conocer en un comunicado por la propia empresa, los muchos testimonios que siguieron y la carta firmada por decenas de mujeres que recuerda las denuncias contra Hollman Morris, el gerente de RTVC, ponen de presente que el acoso sigue siendo un fantasma muy presente que camina por las salas de redacción. Es grave que ocurra en cualquier lugar y es preocupante que pase en los medios en particular porque son los llamados a ser veedores de la sociedad, los encargados de denunciar los excesos del poder y dar la batalla por quienes no tienen voz.

Hay que reconocer la valentía de las mujeres que quiebran el muro de silencio porque en una sociedad acostumbrada a condenar a las mujeres porque sí y porque no, denunciar significa ponerse en la mira, correr riesgos, lanzarse a un acantilado sin ninguna protección. Denunciar puede ser el primer paso para pasar de víctima a culpable, sin escalas. Por eso no es fácil hablar, no es sencillo dar detalles, no es cuestión de cobardía no dar nombres ni precisar circunstancias. Son mecanismos de protección que usamos las mujeres que nos sentimos vulnerables. El miedo paraliza, las secuelas emocionales de los acosos y los abusos pueden quedar por años y cada una las tramita a su manera, a su ritmo porque son distintos los caminos para sanar esas heridas. Nos falta todavía hablar de las huellas que esos abusos dejan en la salud mental.

Me sorprenden los giros que dan los debates en torno a las mujeres que denuncian acoso. Leo en las redes sociales que a las colegas que hoy están hablando las matonean, les piden nombres, detalles, que hablen y den la cara. Les dicen brujas, perras, locas. Con esos insultos y con esos reclamos revictimizan una y otra vez a las mujeres que nunca son las responsables del acoso. Cada una encontrará el momento -o no lo hará- para hablar de su historia, de su caso, del episodio de acoso o abuso que a ojos de los demás será pequeño o gigante, pero que es para cada una un peso inmenso que se carga desde cuándo ocurre. Liberarse de él toma tiempo, hablar toma tiempo, entender toma tiempo. Mucho más para aquellas que llegamos a los medios de comunicación hace treinta, cuarenta años o más. Creíamos que era normal.

Todavía hoy hago esfuerzos para desarmar los estereotipos que tengo en la cabeza desde niña y que se reforzaron cuando comencé mi vida laboral. Nos dijeron que los hombres eran así. “Son manilargos y hay que hacerse respetar”. “La mujer pone los límites”, “el hombre es hombre”. “Las salas de redacción son duras y hay que pararse firme, no quejarse”. Como ocurre desde siempre, como cuando en el mito de la creación Adán se comió la manzana y Eva cargó con la culpa, en cada idea aprendida, tallada en piedra, sembrada desde niñas, la responsabilidad es nuestra, la culpa es nuestra. Si ellos agreden es tu culpa, si te callas es tu culpa, si hablas es tu culpa. Si él se sobrepasa es que algo hiciste, te insinuaste, le diste alas… ¡No! “La culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía”.

Tengo clara esa certeza en mi razón, pero todavía hoy debo repetirme que no fue mi culpa entrar sola a la oficina del director el día que me manoseó. Un colega me advirtió que debía tener cuidado con él. Todavía hoy no quiero decir ese nombre ni los de otros que me acosaron, no quiero dar detalles, todavía hoy me reclaman por no hacerlo. Hace apenas unos días lo hizo un hombre después de que mencioné algunos de estos hechos en una conversación en público. “Bien la charla, pero muy mal que no digas los nombres”, me dijo. Y no tenía por qué saber que me tomó décadas poder contarlo en público, superar el miedo, la culpa, quebrar parte del silencio.

La justicia y las distintas entidades competentes tendrán que investigar los casos denunciados, debe respetarse un debido proceso para los denunciados, porque así debe ser, y ojalá haya respeto también por las víctimas. Que no las revictimicen. Es posible que haya alguna sanción o que no pase nada, porque con frecuencia no pasa nada. Mientras tanto hablar y denunciar importa. Hay mujeres que al contar sus historias a otras comienzan a sanar y eso no es poco. Acompaño y abrazo a cada una de las que hoy encontraron las palabras y que, a pesar de todos los riesgos, hablan por muchas que aún no pueden hacerlo. Aunque el camino es todavía largo, celebro que las mujeres jóvenes tengan cada vez más claros sus derechos y nos enseñen tanto a las mayores. Celebro que otras que pasamos antes por las salas de redacción hayamos podido abrir caminos para ellas y sigamos todavía en la batalla contra estigmas y formas erradas de pensar. No es fácil desaprender patrones que nos han marcado la vida, pero juntas podemos contar lo que falta. Hay más y muchos de ellos, que guardan silencio, lo saben. En momentos como este -en un breve destello, por un instante- cuando nos ven juntas, el miedo cambia de lado. En un mundo ideal nadie debería tener miedo.

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