Los candidatos presidenciales, a prueba más allá de Petro
Resulta clave observar con atención lo que dicen quienes aspiran a gobernar Colombia: no solo para anticipar hasta dónde estarían dispuestos a poner límites frente a Washington, sino también para evaluar su capacidad de moverse en escenarios complejos

El año 2026 comenzó con un hecho de enorme impacto regional: el ataque de Estados Unidos a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro (y de su esposa, Cilia Flores) para ser juzgado por narcoterrorismo. Para Colombia, ya inmersa en un año electoral, lo ocurrido en el país vecino convirtió estas semanas en una prueba temprana para precandidatos y candidatos, cuyas reacciones han empezado a revelar, o confirmar, posturas sobre asuntos hoy particularmente decisivos como democracia, soberanía, injerencia extranjera y la relación con Washington.
Desde el 3 de enero se han sucedido al menos tres momentos clave: el propio operativo, las declaraciones de Donald Trump en las que aseguró que Estados Unidos “lideraría” el país con la cooperación de Delcy Rodríguez, y su comentario de que una operación militar en Colombia “le sonaba bien”.
La forma en que los futuros candidatos han respondido a estos episodios ha sido reveladora, tanto por lo que dicen y priorizan como por lo que eligen callar. En medio de la polarización interna, marcada por el amor u odio a Petro, a veces se pierde de vista que esto va mucho más allá de él: alguno de estos liderazgos gobernará Colombia en los próximos años y deberá hacerlo frente a una Venezuela en transición incierta y con al menos tres años más de Donald Trump y su equipo en la Casa Blanca, definidos por una política exterior intimidatoria, el uso deliberado del temor como instrumento global y una relación con América Latina marcada por la burla, el desprecio y una lógica de apropiación de la región.
El día del ataque las reacciones fueron diversas. La Gran Consulta difundió un mensaje conjunto en el que reconoció el carácter dictatorial del régimen venezolano y celebró la captura de Maduro como una oportunidad para la democracia. El video recoge la esperanza expresada por amplios sectores de la sociedad venezolana, plantea la necesidad de esclarecer posibles apoyos del chavismo en Colombia y reclama medidas preventivas de seguridad en la frontera. Al mismo tiempo, deja ver silencios significativos: se habla de una Venezuela “sin imposiciones”, pero no se menciona a Estados Unidos ni a la operación misma, una omisión que no es menor.
Las declaraciones posteriores, ya a título individual, fueron más explícitas. Mauricio Cárdenas expresó su respaldo “categórico” a la decisión de Estados Unidos. Paloma Valencia agradeció el respaldo de Donald Trump a la democracia regional, al igual que Vicky Dávila, quien además afirmó que, tratándose de tiranos, “al carajo el derecho internacional”. Las tres precandidaturas criticaron y reprocharon al presidente Gustavo Petro y a Iván Cepeda por su complicidad con la dictadura venezolana.
Otras candidaturas, como las de Claudia López y Sergio Fajardo, coincidieron en subrayar la urgencia de restablecer la democracia venezolana y de priorizar la protección de Colombia y su frontera. Fajardo, a diferencia de López, sí expresó preocupación por la intervención militar y por sus implicaciones para el sistema internacional, un aspecto que la exalcaldesa no mencionó.
Abelardo de la Espriella, en cambio, fue abiertamente elogioso con Estados Unidos y con Donald Trump, al presentar la captura de Maduro como un primer paso hacia la liberación total de Venezuela y como un mensaje al vecindario sobre el respeto a las instituciones y la democracia. Además, sostuvo que no existía otra salida que la fuerza, preferiblemente ejercida por militares estadounidenses. En contraste, Iván Cepeda, sin referirse a la existencia de una dictadura ni a los daños causados por el régimen venezolano, calificó la acción como una agresión contra una nación soberana, advirtió sobre el riesgo de una escalada hacia un conflicto armado transnacional y señaló que, por ingenuidad o perversidad, se estarían ignorando los verdaderos peligros que hoy enfrenta la región frente a una nueva afrenta de Trump.
A medida que se fue conociendo más información sobre los planes de Estados Unidos en Venezuela y sobre el papel de Delcy Rodríguez como contraparte en ese país, varias candidaturas complementaron su discurso, poniendo mayor énfasis en la idea de que el futuro del país debe quedar en manos de los propios venezolanos.
Mauricio Cárdenas subrayó que Venezuela debe ser gobernada por venezolanos y que Estados Unidos no debería permanecer indefinidamente en el país. Vicky Dávila reconoció el choque que le produjo que María Corina Machado no fuera la líder de la transición, aunque dijo entender la decisión de Trump y Rubio. Paloma Valencia, por su parte, insistió en que la transición debía ser rápida. Claudia López afirmó que ahora entiende que no hubo una invasión, sino un acuerdo con sectores del madurismo, y expresó su expectativa de que se avance hacia una transición democrática en la que sea la ciudadanía venezolana la que elija su gobierno y el país no termine convertido en una colonia extranjera.
Pero el verdadero momento de inflexión llegó cuando Donald Trump afirmó que una operación militar en Colombia “le sonaba bien”. A partir de esa declaración, y con tonos distintos (algunos más claros y contundentes que otros, y algunos todavía marcados por gestos de complacencia hacia Estados Unidos), prácticamente todas las candidaturas, con la excepción de Abelardo de la Espriella, reaccionaron marcando límites, reivindicando el respeto por Colombia y por su soberanía, y rechazando cualquier escenario de intervención en territorio nacional.
Iván Cepeda afirmó que Colombia no es colonia ni protectorado de Estados Unidos y rechazó cualquier forma de supremacismo imperial. En la misma línea, Sergio Fajardo sostuvo que las diferencias con el gobierno de Gustavo Petro deben resolverse entre colombianos y por vías democráticas, y promovió además una carta —dirigida al presidente y a expresidentes— para rechazar cualquier injerencia externa y convocar la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. Claudia López insistió en que son los colombianos quienes eligen a quien gobierna el país, recordó que Petro fue elegido en elecciones libres y respondió con dureza a otros candidatos, como Pinzón, por considerarlos “arrodillados” ante Estados Unidos. Juan Daniel Oviedo y Juan Manuel Galán coincidieron en que Colombia no puede ser tratada como Venezuela y que al petrismo se le derrota en democracia, no mediante intervenciones extranjeras.
Incluso entre candidaturas más cercanas a Washington aparecieron límites. Paloma Valencia subrayó que la realidad jurídica y política de Colombia es distinta a la venezolana y que el petrismo debe ser derrotado en las urnas, sin intervención externa. Vicky Dávila advirtió que una operación militar en Colombia sería grave y victimizaría a Cepeda, reconoció el origen democrático del actual gobierno y señaló que cualquier cooperación judicial con Estados Unidos debe ajustarse estrictamente a las leyes colombianas.
Abelardo de la Espriella, pese a su consigna de “defensores de la patria”, apenas reaccionó a la afirmación de Trump y mantuvo su alineamiento, y elogios, con Estados Unidos. Reconoció solo de manera marginal que las condiciones en Colombia son distintas, insistió en que tras el fin del gobierno de Gustavo Petro las relaciones con Washington se “arreglarán” y llegó incluso a plantear, dando por válidas las acusaciones de Washington, la eventual extradición del presidente, que aprobaría si llegara a la Presidencia.
Varias candidaturas insisten en que Colombia no es Petro y celebran las amenazas de Donald Trump hacia él como si fueran algo desconectado del país. Es una lectura cómoda, pero equivocada. La relación con Estados Unidos nunca ha sido simétrica y hoy se expresa con un estilo más ruidoso, más mediático y explícito en la exigencia de complacencia y sometimiento. Por eso resulta clave observar con atención lo que dicen, y cómo lo dicen, quienes aspiran a gobernar Colombia: no solo para anticipar hasta dónde estarían dispuestos a poner límites frente a Washington, sino también para evaluar su capacidad de moverse en escenarios complejos, donde no hay posiciones únicas ni respuestas simples y donde sostener principios, gestionar prioridades y manejar tensiones es parte central del liderazgo. Porque lo que está en juego es cómo el próximo gobierno decidirá relacionarse con un poder externo, que empuja contra la soberanía y la democracia, cuando ya no haya a quién culpar.
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