Ir al contenido
_
_
_
_

Muere Aldrich Ames, el topo de la CIA que provocó la peor fuga de información a Moscú y cuya caída tuvo sello colombiano

Su muerte deja abierta una historia de traición a las agencias de inteligencia que arrancó tras el matrimonio del agente secreto con la colombiana María del Rosario Casas Dupuy. La pareja fue condenada por la justicia norteamericana

Aldrich Hazen Ames ha muerto. El topo de la CIA, protagonista del mayor descalabro operativo en la historia de las agencias de inteligencia estadounidenses, falleció el pasado 5 de enero de 2026 en la prisión federal de Cumberland, Maryland, Estados Unidos. Tenía 84 años y terminó sus días lejos de los lujos que compró con la vida de sus colegas. Su muerte cierra un capítulo biográfico, pero deja abierta una historia de traición a la nación que se cocinó entre los pasillos de Langley, donde está la central de la CIA, y las tertulias del norte de Bogotá. En esta historia, todo empieza con una deuda y una mujer.

En Ciudad de México, en 1982, Ames conoció a María del Rosario Casas Dupuy, filósofa egresada de la Universidad de los Andes de Bogotá, con un intercambio en Princeton y que ejercía entonces como agregada cultural de la Embajada de Colombia en México. Casas Dupuy no era una funcionaria cualquiera; representaba el pedigrí intelectual de una estirpe de alto vuelo en la capital colombiana. Su rigor venía de su padre, Pablo Casas Santofimio, un matemático que había sido estudiante de Albert Einstein en Princeton y que combinó la ciencia con el poder: fue secretario general del Partido Liberal, intendente de San Andrés y rector de las universidades Jorge Tadeo Lozano de Cartagena y del Tolima. La madre de Rosario, Cecilia Dupuy —profesora de literatura y amiga de intelectuales como Rafael Gutiérrez Girardot—, le dio el sello académico que marcó su vida. El apellido Dupuy llega por parte de su abuelo Alberto, ingeniero y político de origen francés, parte de una familia con tradición pública y cierto prestigio, lo que le abrió a Rosario las puertas de las embajadas de México y Roma.

Para Ames, Rosario no fue solo un romance de embajada, sino el catalizador de una ambición que su salario de burócrata no podía sufragar. En ese momento, el oficial estaba atado a un matrimonio fallido con Nancy Segebarthy —también agente de la CIA— y el divorcio lo desangró financieramente. Las deudas de las tarjetas de crédito, los préstamos personales, sumado a las presiones del nuevo estándar de vida junto a Casas Dupuy, que personificaba a la élite bogotana, lo ahogaban. El 1 de agosto de 1985 firma el divorcio con Segebarthy y, nueve días después, se casa con Rosario.

En los archivos desclasificados del caso legal contra el agente de la CIA—en los que también se detalla que el agente tenía problemas de alcoholismo—, Ames relata que solo vio una salida en la liquidación de sus activos más valiosos: los secretos de Estado. De hecho, cuenta Ames, necesitaba 50.000 dólares para “limpiar el balance” y salir del agujero. Fue entonces cuando concibió lo que él mismo llamó un “juego de estafa”. Como oficial de contrainteligencia, tenía acceso a las identidades de oficiales soviéticos que la CIA consideraba agentes dobles. Su idea era cínica: entregar a la KGB información que, según él, Moscú ya conocía, minimizando el daño y con el beneficio de un dinero rápido. Creía, en el fondo, que solo confirmaría sospechas, sin alterar el tablero.

La realidad fue otra. El 16 de abril de 1985, Ames entró en la embajada soviética en Washington y entregó un sobre con nombres críticos que la KGB desconocía. Aquello desató una purga y Ames, que pensaba asistir a una transacción única, pasó pronto a ser un activo soviético permanente en la CIA. En junio de ese mismo año llegó a un punto de no retorno: en lo que se conoce en el expediente como el Big Dump, sacó de la sede de la CIA entre cinco y siete libras de cables clasificados metidos en bolsas de mercado.

Cruzó la puerta principal de Langley sin que nadie revisara su carga (la agencia había eliminado los registros aleatorios por considerarlos impopulares) y entregó la lista de los activos reales de Washington en Moscú. Fue una liquidación total de inventario. Diez agentes soviéticos que colaboraban con Estados Unidos fueron arrestados y ejecutados; más de 100 operaciones fueron comprometidas; miles de documentos clasificados, desde capacidades de defensa hasta programas técnicos y redes aliadas, fueron entregados. El dinero subió como un mercado bursátil en euforia: para 1989, Ames ya había cobrado 1,8 millones de dólares, y autoridades calculan que tenía otros 900.000 reservados en Moscú.

El agente del FBI colombo americano

La primera migaja en el camino fue el lujo. Ames pagó 540.000 dólares en efectivo por una casa en Arlington, sostuvo facturas telefónicas de 5.000 dólares mensuales, la mayoría por llamadas de Rosario a Bogotá, y adquirió un Jaguar —automóvil de lujo británico— valorado en 49.500 dólares. En enero de 1992 cometió lo que él mismo llamaría su “mayor indiscreción financiera”: cambiar ese coche por un modelo más nuevo.

Dos Jaguars en tres años, sumados a pagos en efectivo, eran señales que la CIA pasó por alto, atrapada en una ceguera institucional, con la que aceptaron la coartada de la pareja: que el dinero venía de una herencia de Casas Dupuy. Fue un error de auditoría básico, cuestionado después por la memoria de un agente del FBI que décadas atrás había sido profesor del colegio donde el rector era cercano a la familia Casas.

La desconfianza del Buró hacia la Agencia se había incubado desde 1986, cuando empezaron a caer espías en Moscú. En 1991, el FBI infiltró a dos hombres en el Centro de Contrainteligencia de Langley. El agente retirado del FBI que estuvo a cargo de la operación de infiltración es un colombiano-estadounidense, curtido en ciudades como Singapur o Tokio, desde Berlín a Madrid, y pasando por Buenos Aires hasta Caracas. Él guardaba un activo que no figuraba en ningún manual: en los años setenta enseñó francés y geografía en el colegio Gimnasio Campestre de Bogotá, donde coincidió de manera fortuita con la familia Casas.

“El apellido me trajo recuerdos inmediatamente”, cuenta a EL PAÍS. Y así, destrozaron la coartada de Ames. “Esa familia sí era noble, pero no tenía la plata para mansiones en Virginia. ¿Quién paga en cash medio millón de dólares en Estados Unidos con el salario que él ganaba?”, aquilata. Ames devengaba un salario de menos de 70.000 dólares anuales. El ex FBI agrega que todo fue “obra de la suerte” y que uno “nunca sabe con quién está hablando ni quién lo está oyendo”.

Hubo un tiempo durante el cual Ames usó señales de tiza en buzones de correo para activar encuentros. Una vez, el miércoles 13 de octubre de 1993, dejó una marca en la calle 37 con R Street NW, en Washington DC, para confirmar una cita en Bogotá. La capital colombiana era el nodo secreto donde se encontraba con sus manejadores rusos cada diciembre, específicamente, cada primer martes de dicho mes. Unos días después, el 1 de noviembre de 1993, agentes del FBI observaron por separado a Ames y a sus contactos caminando por las calles bogotanas.

El final de la carrera llegó el 21 de febrero de 1994. De vuelta a suelo estadounidense, el FBI detuvo a Ames frente a su casa en Arlington mientras se dirigía a la oficina. Rosario estaba con él y su hijo, de cinco años, presenció la escena. La justicia estadounidense no tuvo dudas sobre el papel de la colombiana: el informe del Senado la definió como una “conspiradora de apoyo”. Las grabaciones telefónicas del FBI revelaron a una mujer que además de conocer el origen soviético del dinero, “alentaba a su marido” para asegurar el flujo de caja.

Ya capturado, Ames realizó el último cálculo. Negoció un acuerdo de culpabilidad para proteger el futuro de su esposa y de su hijo. El trato fue simple: aceptó detallar cada nombre vendido y cada operación comprometida a cambio de que el Gobierno redujera los cargos contra Rosario. El espía compró la libertad de su mujer con la moneda que mejor conocía. Ames recibió cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Casas Dupuy fue condenada a cinco años y tres meses de prisión por conspiración para cometer espionaje y evasión de impuestos.

Finalmente, Casas Dupuy cumplió una condena menor, de cuatro años, que culminó en 1998 y así fue deportada de regreso a Bogotá. Durante esos años, su madre cuidó del niño. Hoy, Casas se mueve en el mundo académico: lee, fuma, toma café y dicta clases de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Sus estudiantes la califican de ser una “profesora impecable”. Es un fantasma culto que guarda silencio. Ha rechazado hablar con EL PAÍS, salvo para afirmar que “todo lo que hay en los medios es una versión que la gente quiere creer” y aclarar que su vínculo con Ames terminó con el divorcio (tras la captura de ambos).

El exagente del FBI que cazó a la pareja demostró que el espionaje se alimenta de pasiones y que la máxima del caso Watergate —ese consejo de Garganta Profunda a Woodward y Bernstein: Follow the money, o persiga el rastro del dinero— es infalible.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Juan Pablo Quintero
Periodista financiero especializado en Bolsa, renta fija y materias primas. Formado en la Escuela de Periodismo UAM–EL PAÍS. Fue parte de la redacción de CincoDías durante la crisis de los aranceles de Donald Trump. Psicólogo por la Universidad Javeriana (Bogotá). Colaborador de EL PAÍS Colombia.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_