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El entierro colectivo de la Revolución cubana: “Estoy viendo morir mis sueños”

El mundo asiste hoy al fin de la mayor gesta del siglo XX en América Latina, aunque para los cubanos la Revolución los defraudó hace tiempo

Una imagen del Che Guevara pintada en una pared, en La Habana, Cuba, el 17 de marzo.Norlys Perez (REUTERS)

Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.

Tiene 78 años y todo parece indicar que así como vio triunfar la Revolución en enero de 1959, pudiera asistir al entierro definitivo de la mayor gesta del siglo XX en América Latina. Se dice fácil, pero Alpízar lo vive con dolor, el de alguien que ha visto colapsar lentamente el edificio de su altar político y sentimental.

—¿Qué siente? ¿Tristeza?

—Más que tristeza. Recordando al poeta Miguel Hernández, para mí Cuba es hoy “la llaga que no cesa”— dice. —Me duelen mis calles, mi barrio, mi gente, los menesterosos que veo a diario, la desesperanza generalizada, mi país, el daño antropológico sufrido por mi pueblo. Todo arruinado, en lo físico y en lo espiritual.

Lo sabe bien él, un niño de la República a quien le costó estudiar, que más de una vez se fue “a la cama con hambre” y empezó a trabajar desde los 13 años. El proyecto del joven Fidel Castro prometió acabar con todo esto. “Enero de 1959 fue para mí, al igual que para millones de cubanos, un gran deslumbramiento”, cuenta. Alpízar se sumó, con los adultos, a las huelgas de los obreros por esos años, participó en la patrulla juvenil del barrio, y junto a los padres visitó el Quinto Distrito Militar, donde desengrasaban todo tipo de armas, como si estuvieran asistiendo a una fiesta nacional. “Muchos soñaron con empuñarlas algún día en defensa de esa Revolución que unos barbudos habían traído para que no hubiera más pobres en el país. Esa efervescencia popular fue como un virus que se instaló en cada una de mis células. Me entregué con total desinterés a cuanto consideraba un aporte a la construcción del prometido mundo de justicia y felicidad generalizada”.

La apuesta de Castro y otros líderes carismáticos, como el Che Guevara o Camilo Cienfuegos, era grande: hacer de Cuba, una isla de unos 110.000 kilómetros cuadrados, a noventa millas del imperio estadounidense, un bastión en el mapa de la Guerra Fría. “Llega en medio de la tensión histórica entre el bloque occidental capitalista y el bloque socialista, y Cuba se convierte en el orgullo de los No Alineados, de los países pequeños, pobres, pero con potencialidades de independencia y soberanía. También se convierte en paradigma de apoyo a las causas de descolonización en África y a las guerrillas que se enfrentaban a las dictaduras militares en América Latina”, dice el historiador y jurista Julio Antonio Fernández Estrada. Para el escritor y también historiador Enrique del Risco, “en su momento Fidel Castro vino a representar para la izquierda lo que hoy Trump es para la derecha: alguien que rompe todas las reglas del juego aceptadas hasta entonces y trastoca el tablero geopolítico”.

Fidel Castro, Osvaldo Dortic y el Che Guevara, en un desfile celebrado en marzo de 1960 en La Habana.

La Revolución cubana nacía como un experimento a mitad de siglo, o la probeta donde Castro iba a ensayar sus ideas más sublimes. El desafío era hacer de los cubanos el mejor de los pueblos posibles: el país “más culto del mundo”, donde las vacas iban a producir 100 litros de leche diarios, la gran potencia médica, con la “mayor hilandería de algodón” de América Latina, localizada en Santiago de Cuba, o “la mayor imprenta de América Latina”, en Guantánamo.

Pero hubo un momento en que el relato de la Revolución comenzó a desmoronarse en la hora colectiva de la nación, y también en el tiempo individual de cada cubano. El fin de la gesta, de Cuba como símbolo, no llegó cuando Donald Trump declaró la emergencia nacional el 29 de enero, despojándola así de cualquier gota de combustible. Ni siquiera el día en que fueron más las horas de apagones o menos la comida en la mesa. Hay quien dirá que la Revolución empezó a fallar en el mismo 1959, otros que con la centralización de todos los sindicatos en 1960, o hay quien ve el inicio del fin en el discurso Palabras a los intelectuales, cuando Castro definió la política cultural del país con la frase: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada.”

Alpízar cree hasta hoy que “la Revolución no le falló nunca a nadie; a ella le fallaron”. “La han ido demoliendo poco a poco los mismos que la encabezaron. Su caída ocurrió desde el mismo principio, solo que los revolucionarios idealistas de a pie no nos percatábamos; veíamos errores, actitudes extremistas u oportunistas de este o aquel, incluso algunas traiciones, cuando en realidad lo que existía era un fenómeno más complejo y profundo”, asegura.

Por estos días, en que han llegado desde la Casa Blanca amenazas directas de una posible toma de Cuba por parte de Trump y su equipo, Alpízar ha comenzado a oír a la gente en la calle pedir, incluso, una intervención de los Estados Unidos. “Lo que sea, con tal de salir de esto”, dicen. “Es una frase pronunciada por gente de cualquier edad, en cualquier lugar. Significa aceptar todo, incluso una intervención militar, incluso la conversión de la república en protectorado norteamericano”, cuenta el escritor.

—¿Qué le provoca que, a estas alturas, el destino de Cuba se decida en la mesa de juego de los estadounidenses?

—Estoy decepcionado, viendo morir mis sueños, ni siquiera me han dejado la esperanza de algún día volver a soñar.

La Habana tras un apagón a nivel nacional que dejó sin electricidad a 10 millones de personas en Cuba, el 17 de marzo.

Forjados por la Revolución

Para Enrique del Risco, en términos de libertad y bienestar de los cubanos, la Revolución traicionó a su gente apenas triunfó, al desmontar el Estado de derecho. “Lo que debía ser una Revolución democrática que acababa de derrocar una dictadura y le debía reintegrar el poder al pueblo, empezó por disolver los partidos y el parlamento, desmanteló el poder judicial con juicios de diez minutos y condenas a muerte fijadas de antemano. Y ese sistema de justicia con procedimientos expeditos y reglas hechas a su medida muy pronto empezó a utilizarse contra todo el que cuestionara al nuevo régimen”.

Fue lo que padecieron luego las intelectuales Alina Bárbara Rodríguez y Jenny Pantoja. La Revolución las forjó, como a muchos, y hoy las quiere condenar a ambas a cuatro y tres años de privación de libertad, respectivamente, por el delito fabricado de atentado, tras un enfrentamiento con agentes de la policía por ejercer sus derechos. Eso no era, aparentemente, para lo que la Revolución las había preparado.

Rodríguez fue una niña pobre del barrio de Jovellanos, en Matanzas, en cuya casa de muebles de cabillas no hubo televisor ni refrigerador hasta que ella tuvo 10 años. Su padre, que vio niños pasar hambre o detenerse detrás de las vidrieras repletas de juguetes, creyó que la Revolución se iba a encargar. “Esa idea de la igualdad, de luchar por una sociedad de justicia, donde no hubiera niños pasando hambre, que pudieran estudiar, que los llevaras a un médico y no tuvieras que pagar, para él fueron un destello”, dice Rodríguez desde su actual casa en el barrio El Naranjal, un reparto construido con tecnología soviética, donde a la Doctora en Ciencias filosóficas y miembro de la Academia de la Historia de Cuba se le filtra el techo y ya cuenta cuatro días consecutivos sin luz eléctrica.

La familia de Torres fue “muy comprometida” con el proceso revolucionario. “Mi mamá trabajaba en el Partido, en el comité Central, casi todos en la familia eran jefes, o dirigentes, o militares”, cuenta desde la azotea de su casa en La Habana, el único lugar donde logra conectarse a Internet en medio de un apagón. El hogar de su infancia era modesto, no tenían excesos, ni parientes en el exterior. “Todo era resultado del trabajo de las personas. Me educaron así, con valores reales, cívicos, patrióticos, con compromiso con el país y con la patria”.

La familia de Pantoja apostó porque ella fuera la pionera que la Revolución esperaba que fuera. El padre de Rodríguez, que tuvo que dejar la escuela para trabajar, aspiró siempre a que sus hijos pudieran ir a la universidad. Así fue. Pantoja comenzó la carrera de Medicina, la dejó, luego empezó Derecho, se cambió a Historia. Fue actriz, se volvió astróloga y licenciada en Ciencias de la Religión. Rodríguez estudió Historia, se hizo editora, estudió marxismo-leninismo y fue profesora de historia contemporánea de Europa. La educación que ambas tuvieron les dio las herramientas para diseccionar el proyecto del castrismo.

Pantoja leyó La gran gesta, 1984 o Rebelión en la granja. Conoció mucha gente, encontró otros espacios y otros diálogos. “En la secundaria yo era muy inflexible. Creía que, si uno era fuerte, era tenaz, pues iba a construir un mundo mejor. Pero ya para mis 20 años había cambiado mucho”. En algún momento, empezó a ver cosas que antes no sabía detectar: “Los oportunismos, las dobleces, me declaré enemiga de eso”. El año 1989 llegó para descolocar mucho de lo que hasta entonces Rodríguez daba por sentado. El marxismo también le mostró el camino. “Todas esas categorías de lo que es la base económica, la superestructura, las relaciones de propiedad, de producción, me han servido para deconstruir lo que pasa en Cuba”.

Por tiempo, Pantoja fue una mujer de la Revolución. “Lo que vi en mi familia fue el esfuerzo por construir ese futuro bueno para toda la nación, trabajar hasta el sábado y el domingo, ir a trabajos voluntarios para fabricar un edificio, un círculo infantil, en función del futuro que íbamos a tener, donde todos íbamos a ser felices”. Rodríguez, dice, fue una reformista. Creyó que había mucho que se podía cambiar desde dentro. “De joven estaba convencida de que vivía en un sistema que no era democrático, donde había una gran autoridad en el tratamiento a las personas, pero lo que sí creí durante un tiempo es que el propio sistema podría generar transformaciones”.

Nunca fue así. El país, en algún sentido, estafó a su pueblo. Dice del Risco que el desencanto de los cubanos hacia la Revolución se puede medir por sus éxodos: “El medio millón de los primeros años, los 135.000 del Mariel, en 1980, los 200.000 de los noventa y los casi tres millones en el último lustro”, asegura. Fue lo que le sucedió a Rodríguez. El éxodo del Mariel llegó a su vida como la primera revelación. Fidel abrió las fronteras del país para que se fueran las “lacras sociales” que quisieran llegar a los Estados Unidos. “Ver en los centros de trabajo que los sindicatos se organizaron para gritarle a alguien que había sido parte hasta el día antes, y todo eso organizado de una manera estratégicamente efectiva por el Estado cubano, para mi fue decepcionante. Me convencí de la doble moral de las personas que decían defender al sistema”.

Para Pantoja, sin embargo, hay un suceso del que no hubo vuelta atrás. El punto de inflexión en su vida fue cuando vio por televisión, como toda Cuba, el juicio al general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Arnaldo Ochoa, en 1989. El castrismo terminó ejecutando a un alto jefe militar que antes había sido considerado un héroe de la Revolución, a quien luego culparon de tráfico ilegal de drogas. “Me hizo darme cuenta de que esto no era lo que se decía”, dice Pantoja. “Había todo un propósito de dominio sobre el resto del país para administrarlo por una élite, como una finca familiar, donde los beneficiados eran los que tenían lazos con ellos. A partir de ahí rompí totalmente”.

Luego las protestas del 11 de julio de 2021, en que el Gobierno desató una gran represión y convirtió a más de mil ciudadanos en presos políticos, resultaron un punto de inflexión tanto para Pantoja como para Rodríguez. “Después de eso no he trabajado más para el Estado, y ahora sería muy difícil, a no ser que el sistema cambie”, dice Pantoja. Desde 2023 se une junto a Rodríguez en protestas pacíficas los días 18 de cada mes, y desde entonces son incontables las detenciones que han tenido por su enfrentamiento directo contra el Gobierno. Hoy están pendientes de juicio por el supuesto delito de atentado. A Rodríguez, dice, cada injusticia le ha servido para desarticular desde dentro el sistema cubano. “Cada proceso por el que he pasado ha sido como una especie de modelo pedagógico de cómo funciona el poder en Cuba desde lo judicial, la policía, la fiscalía, tribunales. Nosotros fuimos durante mucho tiempo un Estado totalitario, con un control total sobre las personas mediante dispositivos más sutiles, y devinimos un Estado policial dictatorial con mecanismos de control abiertamente represivos”, asegura. “Lo que siento es una vergüenza tremenda de vivir en un sistema como este que no respeta su propia legislación, ni al ser humano, ni la dignidad humana”.

El fin del relato

A pesar de que el relato de la Revolución desapareció hace tiempo para muchos de los cubanos, aún gran parte del pensamiento de la izquierda mundial lo celebra. “La Revolución cubana fue y es todavía un símbolo, aún vivo, de la resistencia del Tercer Mundo a la dominación de los Estados Unidos en el contexto de América Latina y es símbolo también de la experiencia del socialismo real en el continente”, dice el historiador Fernández Estrada. Para Del Risco, aunque hace mucho que el castrismo dejó de ser “una referencia redentora, se prefiere mirar para otro lado porque la crítica al castrismo se percibe como un gesto de colaboración con el imperialismo yanki. En esa trampa ha caído prácticamente toda la izquierda mundial que dice solidarizarse con el pueblo cubano”.

Un hombre camina en La Habana, Cuba, el 17 de marzo.

Cuba, el país de la campaña de alfabetización, ha llegado al siglo XXI con una educación colapsada; el lugar que exportó médicos, con un sistema de salud en ruinas; el que ofreció seguridad social, con sus ancianos abandonados; la nación que prometió un futuro, es de donde se han fugado sus jóvenes. Ahora, mientras unos aplauden la posibilidad de que cualquier cambio venga inducido de la mano de Trump, hay quien mira atrás en el tiempo con desolación. Como si los hubieran defraudado a todos por igual. “Me mata, me desbarata, me da un dolor terrible. Yo creo que el problema de Cuba lo debemos resolver entre cubanos, no Estados Unidos ni ningún país”, dice Pantoja. A Rodríguez le cuesta ver cómo un pueblo ha terminado sin esperanzas, “con esta crisis de patriotismo”. “Mucha gente que no quiere anexión o una intervención extranjera están poniendo sus esperanzas en que sea un gobierno externo al nuestro el que pueda provocar cambios en Cuba. Es imperdonable para la historia de un país como Cuba haber llegado a este punto”.

Entre tantas preguntas que algunos se hacen hoy, hay quien piensa en si realmente estamos llegado al fin de algo histórico, o qué podrá sobrevivir en el tiempo de la Revolución de 1959. “La Cuba que hemos conocido ya no puede seguir siendo porque el pueblo de Cuba no está presente, como antes, parado en posición de firmes, escuchando un discurso interminable de Fidel. Ya eso fue y no será más”, dice Fernández Estrada. Hay quien cree, como Pantoja, “que el símbolo quedará para los estudiosos y para no repetirnos nunca más”. Del Risco es un poco más lapidario: “Ya hace mucho que Cuba se cae en pedazos y de la Revolución no queda rastro. Si algo falta por caer es el castrismo”.

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