De Bahía de Cochinos a la captura de Maduro: más de medio siglo esperando la caída del castrismo
Desde 1960, los exiliados cubanos han esperado casi siete décadas por volver a su país con un cambio de gobierno. Algunos creen que hoy es el momento que más cerca han estado


Los jugadores del Domino Park deben cumplir ciertas reglas que han respetado por años: hablar bajo, no cargar con bebidas alcohólicas, ni llegar en chancletas, y ser un residente de Miami de no menos de 55 años. Nadie sabe explicar por qué ese es el límite de edad, pero ofrece ciertas garantías internas a los jugadores: no sentarse con novatos ni con turistas entusiastas de la Calle Ocho que retratan los murales nostálgicos del exilio cubano, y sí poder jugar mano a mano con los suyos, conocedores de la Pequeña Habana, gente que salió de Cuba y ayudó a levantar una ciudad sobre “el pantano que era Miami”, que pasa largas horas pensando cómo sería un regreso y que no para de hablar de política. Durante una tarde rara y fría de enero, a casi un mes de la captura de Nicolás Maduro, los jugadores en la mesa se preguntaban cuál había sido el momento en que el régimen cubano estuvo más cerca de desaparecer.
“Cuando la Caída del Campo Socialista, que se quedó sin sostén económico, ¡qué golpe aquel!“, dice Flavio César Crombet, de 60 años, licenciado en Derecho en Cuba y a quien Lázaro Jordás, un ex ingeniero de 79 años, interrumpe para contradecirlo. “Qué va, el peor momento es ahora con Maduro, y si México le corta el petróleo, en cinco días se acaba Cuba". Un tercer jugador se mantiene en silencio, pero un cuarto, Raimundo Escarrás, ex comerciante de 82 años, cree que, si el Gobierno de Cuba cae algún día, ninguno de ellos estará vivo para verlo. “Al final, Estados Unidos nunca ha querido derribar aquello, y tanto en Bahía de Cochinos como ahora, el pueblo de Cuba siempre ha estado con los Castro”. Crombet se adelanta a rectificar: “En aquel momento sí, pero ahora no queda Castro”. Luego lanza una profecía: “Recuerden esto, si Trump invade, va a hacerlo en abril, por las mismas fechas que Playa Girón”.
A unas cuadras de la mesa de juego, después de atravesar una peluquería, un supermercado y varios restaurantes que ofertan mojito y lechón asado, está el Parque de la Memoria Cubana, donde se alza en mármol negro el monumento a la invasión de Bahía de Cochinos —o el ataque a Playa Girón—, con una llama eterna que honra a los más de 100 exiliados fallecidos durante la invasión de abril de 1961, el primer intento de eliminar a los Castro del poder.
Pasaron solo dos años del triunfo de la Revolución y Tony Costa se presentó en una oficina de Miami para inscribirse en la brigada 2506, un grupo integrado por unos 1.600 hombres, algunos jóvenes obreros o estudiantes que entrenaban en los patios de las casas del South West, con apoyo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el fin de desembarcar en Girón para “liberar a Cuba”.
Costa luchó, primero, contra el dictador Fulgencio Batista, incendió neumáticos y protestó en las calles de Pinar del Río, y no dudó en apoyar a los guerrilleros en 1959. “Castro se presentó como una alternativa de democracia”, cuenta en su elegantísima casa del vistoso barrio de Coral Gables. Poco tiempo después, él y su padre intuyeron que las cosas no iban bien con Fidel, que había comenzado a atentar contra la propiedad privada, una medida que los perjudicaba directamente a ellos, familia de agricultores, dueños de cientos de acres de tierra donde hacían crecer el tomate que luego vendían a su principal mercado: Estados Unidos.
Para aquellos tiempos, Costa visitaba Miami desde Cuba como si se tratara de un solo lugar. Junto a su padre, montaba su auto en un ferry y descendían horas después en Cayo Hueso. Hablaba inglés y fue enviado a estudiar en la Universidad de Florida. Después de la Revolución, la familia supo que tenía que irse definitivamente de la isla. Se mudaron a Florida, adquirieron tierras en Homestead, sembraron tomates y luego apostaron por las plantas ornamentales, hasta llegar a levantar el Costa Farms, el vivero más grande del país, con más de 1.500 variedades cultivadas en unos 5.200 acres. El deseo por regresar a Cuba, sin embargo, estaba ahí.
En abril de 1961 se sentía listo para unirse a la invasión. “Dijimos: ‘Hay que pelear, hay que liberar a Cuba, no podemos dejar que el comunismo se la coja’”. Tenía 21 años. Un grupo de la Brigada 2506 fue trasladado a Guatemala y Nicaragua, para de ahí salir a Cuba. Por decisiones estratégicas, Costa arribaría luego. El 15 de abril, varios aviones comenzaron a atacar aeropuertos en la isla. El 17, llegaron armados los miembros de la Brigada. Pero cuando habían pasado 72 horas, la contraofensiva cubana, que tuvo 176 bajas, hizo frente a la invasión. Aún hoy, los exiliados culpan del fracaso al presidente estadounidense John F. Kennedy, quien no los suplió con el apoyo aéreo que necesitaban. “Era un presidente novato, que heredó de Eisenhower la idea de eliminar a Castro, pero ese no era su proyecto. De ahí en adelante hemos estado pagando ese fallo, porque en ese momento se pudo haber resuelto el comunismo en Cuba”. Fue por esos días que Fidel declaró el carácter “socialista y marxista” de su Revolución.
Costa nunca pudo sumarse a la invasión, y aunque el recuerdo de tantos compañeros muertos es un luto que sigue guardando, ha vuelto a sentirse estos días, dice, emocionado. No cree que el momento más cercano de una derrota al castrismo hubiese sido Bahía de Cochinos, sino ahora. “Llevo más de 60 años esperando esto”, asegura. “La cosa ahora es en serio. Es un punto de optimismo e inmediatez. Tenemos a la gente correcta en este gobierno para aplicar la política. Yo tengo pospuesta la muerte hasta que Cuba no se libere”.
“¿Hasta cuándo voy a esperar?”
Si algo lamenta Arnaldo Iglesias, ahora que tiene 88 años, es no haber podido unirse a Bahía de Cochinos, porque cuando lo supo ya no estaban reclutando. Después de la derrota, sin embargo, se involucró en la Operación Mangosta, otro intento financiado por la CIA para acabar con los Castro. Iglesias fue uno de los responsables del incendio del central Pilón, en Matanzas, una de las tantas acciones que hicieron para desestabilizar el poder en la isla. Salió de Cuba en 1960, siempre con la idea de regresar. “Llevo 67 años esperando, y llega un momento en que dices: ‘¿Hasta cuándo voy a esperar?”.
Para finales de los ochenta e inicio de los noventa, Iglesias integró la organización Hermanos al Rescate, que con exiliados y ayuda de la Guardia Costera estadounidense hacía labores de búsqueda y rescate en el Estrecho de Florida, para auxiliar a quienes se lanzaban al mar desde Cuba. Les tiraban walkie talkies, ropa seca o pomos de agua para aliviar la deshidratación, y avisaban a las autoridades para el rescate. “Vi, literalmente, tiburones devorando balseros”, cuenta.
También se dedicaban a lanzar octavillas al norte de La Habana. Calculaban la distancia, la altura o cómo se comportaban los vientos, y echaban al aire mensajes con los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Castro nos acusó de propaganda subversiva”, dice.

Pero el suceso que dividió la vida de Iglesias en dos fue el derribo de dos de las avionetas de Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996, por misiles disparados por la Fuerza Aérea de Cuba, porque supuestamente violaron su espacio aéreo. Cuatro cubanos murieron en la embestida. Iglesias, sobreviviente, no sabe cómo su avión quedó ileso.
Ahora que los cubanos han vuelto a recobrar esperanzas de recuperar Cuba, Iglesias se mantiene un poco escéptico. La captura de Maduro, dice, “no necesariamente” implica el fin del castrismo. “No están liberando a Venezuela para beneficiar a los venezolanos, sino porque conviene a Estados Unidos, como no les ha interesado en más de sesenta años que Cuba desaparezca”. Pese a ello, un cambio de gobierno en su país es lo que espera ver antes de morir: “Mis raíces están aquí, mis hijos, mis nietos, pero mentalmente yo aún estoy acá de paso. Quiero lo mejor para Cuba, aunque ya no voy a disfrutarla, porque la Cuba que yo estoy añorando no existe”.
El colapso económico
En 1962, Cuba se situaba en la zona de mayor peligro dentro del tablero de la Guerra Fría. La Habana estaba en el centro del conflicto entre Estados Unidos y Rusia cuando se desató la Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre. Se pensó que Washington atacaría a Cuba, pero no sucedió. Incontables han sido, luego, los esfuerzos por acabar con la dictadura más longeva del hemisferio occidental.
Reinol Rodríguez, el jefe militar del grupo anticastrista Alpha 66, llegó a Estados Unidos en 1961 y regresó tres años después, vestido de uniforme verde olivo y con fusil en mano, con municiones para equipar la contrarrevolución que se alzaba en el Escambray, un sistema montañoso al centro de la isla. Hoy, aún tiene listo su uniforme y sus botas en Miami por si hiciera falta ir a luchar en Cuba. “Mi profesión ha sido luchar por la patria, todo el tiempo”, dice a sus 85 años. “Si no es ahora, no va a ser nunca, porque hay un presidente que sacó a Maduro de Venezuela, y está Marco Rubio. Hay esperanzas como nunca”.
A lo largo de estos años ha habido otros muchos intentos de desestabilizar el poder en Cuba, pero el castrismo sigue ahí. “Durante décadas Estados Unidos no invadió a Cuba por lo costoso que sería una guerra dentro y fuera de la isla, en plena Guerra Fría. Ahora no la invade porque serían mayores los gastos que las ganancias en cualquier esquema de intervención”, asegura el historiador Rafael Rojas, autor del reciente libro Breve historia de Cuba, donde ensaya estas ideas.
Con la década de los noventa, y la pérdida de la URSS como principal socio comercial, la posibilidad de un colapso del Gobierno cubano llegó a ser una realidad. El economista Ricardo Torres, ex investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana y profesor en la American University de Washington, explica que entonces el PIB se contrajo entre 35 y 40%, lo que se tradujo en apagones, escasez de alimentos y un éxodo importante de cubanos. Aun así, el Gobierno se mantuvo a flote hasta que Hugo Chávez apareció en los 2000 como su principal aliado, llegando a enviar unos 100.000 barriles de petróleo diarios a la isla. Desde hace siete años, la isla vive otra crisis que provocó el éxodo masivo más grande de su historia. Aunque el PIB acumula un descenso de aproximadamente el 15%, Torres ve en la situación actual —y ante el peligro de perder la ayuda venezolana— un momento sin precedentes.

“La producción industrial es menor, el deterioro de los servicios sociales es más severo, junto con la desigualdad, que ha crecido. Por ello, se ha fracturado mucho más la sociedad. En el ámbito externo, el gobierno tiene menos espacio para echar mano de amortiguadores que funcionaron entonces, como la inversión extranjera, las remesas, el turismo internacional o compromisos de apoyo suficientes de aliados como China y Cuba. Esa combinación entre crisis interna y cierre de puertas afuera es lo que hace a esta crisis existencial. Ahora hay una diferencia entre crisis terminal de un modelo, y colapso del gobierno que lo sostiene”, insiste.
Por su parte, Rojas considera que, desde Bahía de Cochinos, Cuba no ha estado más cerca de un colapso que ahora. “En los años sesenta el país estuvo al borde de una intervención estadounidense, de una guerra civil y sufrió sabotajes, atentados y una insurrección en el Escambray, pero había un boom demográfico, una industrialización, una creciente producción azucarera para el mercado soviético, más todas las medidas sociales de la Revolución”, sostiene. “Cuba está más cerca del colapso ahora precisamente porque el modelo subsidiario e improductivo, legado por Fidel Castro, ha dado todo de sí y el país se ha quedado sin fuentes de ingreso con las cuales comprar combustible para funcionar”.
Han sido décadas en las que el castrismo ha fabricado más de 2,4 millones de exiliados, establecidos mayormente en el sur de Florida. Aunque la captura de Maduro en Fuerte Tiuna despeja el camino para algunos, hay quien cree que, después de unas manifestaciones como las del 11 de julio de 2021, no hay vuelta atrás, y que el fin del régimen es un asunto que cae por su propio peso.
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