Bolivia quiere volver a ‘matar’ al Che Guevara
El país donde fue asesinado cambia el nombre de una avenida dedicada a él, condecora a sus verdugos militares y lanza campañas para quitar su rostro de símbolos


El sueño de prosperidad económica en Bolivia tiene nombre: Santa Cruz de la Sierra. La cálida ciudad guaraní, al otro extremo geográfico y cultural de la estereotipada imagen andina del país, acoge al 40% de los migrantes nacionales y extranjeros. Más de un recién llegado se ha visto confundido con el indefinido nombre de una activa avenida al este de la ciudad. Los vecinos, transeúntes y los nombres de los locales la delatan como avenida Che Guevara, pero el GPS y el mapa oficial municipal dicen avenida Monseñor Nicolás Castellanos. El Concejo Municipal decidió a fines de noviembre pasado que este último sería su nuevo nombre. No es un simple cambio administrativo, sino la reapertura de la batalla por la memoria que dejó el asesinato en esta tierra del guerrillero más famoso del mundo, y que se ha reactivado con la llegada al gobierno el 8 de noviembre del centroderechista Rodrigo Paz.
En estos casi cuatro meses en los que se terminó de sepultar la hegemonía de dos décadas del Movimiento al Socialismo (MAS) - proclive a enaltecer la figura del partisano argentino - han surgido varios intentos de borrar su huella. La condecoración a sus verdugos militares y las propuestas de quitar su rostro de sindicatos y lugares públicos se suman al cambio de nombre de la vía. Karaokes, licorerías y billares pueblan la concurrida calle donde, como en la mayor parte de la ciudad más poblada del país, la naturaleza vence al cemento y brota del suelo. Las personas que pasan por ella están seguras de que se sigue llamando Che Guevara, no por convicción ideológica, sino porque “toda la vida se llamó así”.
Apenas un joven que espera el bus se anima a decir algo más: “Está bien [el cambio de nombre]. Mucho Che Guevara ya”. Está en el rango de edad — entre los 17 y 25 años — de los bolivianos que vienen proponiendo dejar de honrar al foquista argentino que intentó crear entre 1966 y 1967 un centro de revolución armada en el corazón de Sudamérica que se irradiara a lo largo y ancho del continente.
En cambio, postulan exaltar a los 700 militares nacionales que siguen vivos, de los más de 2.000 que combatieron al grupo de 44 guerrilleros, conformado por 23 bolivianos, 16 cubanos, tres peruanos y dos argentinos. A los uniformados se les realizó en octubre del año pasado —mes de la muerte de Guevara— un homenaje en La Paz, a cargo de la Unión Nacionalista Boliviana, un movimiento cuyo eslogan es “la juventud siempre al lado de su bandera”. El evento se realizó en una plaza pública y asistieron algunos combatientes que, en el momento del conflicto, eran apenas jóvenes conscriptos de 18 años, muchos de ellos con menos de dos meses de instrucción.
Narrativas históricas
El abogado y activista político de 23 años Arturo Berazain no forma parte de la unión organizadora, pero comparte parte de sus ideales, por lo que fue invitado. “Estamos viendo un proceso de reivindicación de la historia de Bolivia. Durante décadas, dentro de la narrativa universal impulsada por corrientes foráneas, se romantizó a la guerrilla, relegando al soldado boliviano. Condecorar a los beneméritos de Ñancahuazú [quebrada de nombre guaraní al sur de Santa Cruz, en el piedemonte chaqueño, donde se estableció el campamento central del Che] es poner las cosas en su lugar”, dice a EL PAÍS el fundador de la plataforma de debate público Presente.bo.
La misma actividad se desarrolló de manera paralela en Santa Cruz de la Sierra. Los veteranos lamentaron que solo algunos de ellos reciban una pensión alimenticia que consiste en víveres y exigen desde hace décadas un subsidio vitalicio. Pero también buscan redención, como dejó ver en su discurso uno de ellos, Juan Siles: “Aquellos socialistas que llevan la imagen del Che son traidores de la patria. No deberían mirar a la cara a un soldado. Nosotros cumplimos con el país. Llevábamos un mes con el mismo uniforme, que se deshacía por sí solo”. La sede del evento fue la popularmente bautizada plaza Héroes del Ñancahuazú. Su nombre original era Litoral, pero desde que se descubrió en 2017 un memorial con el nombre de los 50 soldados caídos adquirió su nuevo título.
La construcción del monumento fue entonces una especie de respuesta a los suntuosos actos oficiales por los 50 años de la muerte de Guevara que realizó el Gobierno del MAS durante el tercer mandato de Evo Morales. El expresidente indígena mencionó al revolucionario desde su discurso de posesión en 2006 y realizó, a lo largo de su mandato, una serie de monumentos y centros culturales para profundizar su recuerdo en Bolivia. Otro tiempo de la constante pugna por la huella del Che en el país.
Una de esas esculturas construidas en ese entonces en El Alto, una pieza de siete metros de altura del héroe de Sierra Maestra hecha con residuos metálicos, está bajo amenaza. Un usuario de TikTok despotricó contra ella; el rechazo cobró fuerza y se volvió una demanda popular. Parecido reclamo fue el del senador Nilton Condori, quien, rompiendo una fotografía del partisano en una conferencia de prensa de enero, sugirió que se retire su rostro del símbolo de la Confederación de Maestros de Educación Rural: “Incluyamos el escudo de Bolivia. La educación no es de derecha ni de izquierda, sino el espíritu cultural de nuestra nación”.

El proyecto que nunca concretó Morales, a pesar de reiteradas promesas, fue asfaltar la carretera a La Higuera, la pequeña comuna donde el Che y su Ejército de Liberación Nacional (ELN) recibieron la estocada final. La comunidad está ubicada en el límite geográfico entre Chuquisaca y Santa Cruz, entre las últimas estribaciones de la cordillera andina y el comienzo del llano tropical. Cada metro de las pocas calles de tierra que la conforman está tematizado con el sueño revolucionario cubano: las paredes de las casas de adobe, los bustos y monumentos de la única plaza, el nombre de los alojamientos.
Falta de apoyo
Cuando un diezmado, hambriento y totalmente cercado ELN llegó a este poblado a inicios de octubre de 1967, se encontró con un desierto humano. A pesar de que en ese entonces vivían 300 personas, todos se ocultaron, anoticiados de la llegada de los “barbudos extranjeros”. Así lo recuerda a EL PAÍS una de los 30 higuerenses que quedan hoy del abandonado pueblo, Inma Rosado, de 80 años: “Teníamos miedo y nos poníamos detrás de la puerta o huíamos al monte del frente. No podíamos salir ni por agua”. Los historiadores coinciden en que la derrota de Guevara se explica por la falta de conocimiento del terreno, la ausencia de vínculos con la realidad social y política, la incomunicación sufrida por falta de equipos, pero, sobre todo, por la falta de adhesión campesina.
Quien es considerado el mayor experto en la experiencia guerrillera en Bolivia, Carlos Soria Galvarro, explica: “La guerrilla no surgió de las luchas sociales ni de conflictos internos; por tanto, fue vista como algo extraño y necesitaba mucho más tiempo para enraizarse”. A ello, añade, contribuyó la propaganda difundida por el gobierno militar y autócrata de René Barrientos, que presentaba, con ayuda de la Iglesia, a los partisanos como invasores “castrocomunistas”, como una desorbitada banda que saqueaba residencias y violaba a las mujeres.
El discurso ha calado y todavía se reproduce. Del otro lado, el discurso del argentino llegó incluso a los dos gobiernos castrenses que sucedieron a Barrientos. A pesar de ser militares, aplicaron profundas medidas sociales, como la nacionalización del petróleo, la reapertura de relaciones con la Unión Soviética y la liberación de los antiimperialistas Régis Debray y Ciro Bustos, que habían llegado con el Che. La sombra llega hasta el actual presidente, Rodrigo Paz. Antes de comenzar su carrera política, se lo veía en eventos de memoria histórica hablando sobre su tío, Néstor Paz, un universitario que, con 24 años, decidió reactivar junto a otros 70 jóvenes al ELN tres años después de la caída del Che. Murió de inanición, rodeado por el Ejército.
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