¿Qué es el envejecimiento? ¿Es una enfermedad? ¿Cuándo empieza? Un centenar de expertos no se pone de acuerdo
Una encuesta a 103 investigadores demuestra que no existe un consenso acerca de qué causa el factor de riesgo más importante para la mortalidad

¿Qué es exactamente el envejecimiento? La pregunta parece remitir a una obviedad, pero quizá no lo sea si los organizadores de un gran congreso científico sobre este asunto decidieron hacérsela a todos los especialistas participantes. Tras una semana con decenas de presentaciones y charlas durante las Conferencias de Investigación Gordon, en Newry (EE UU), 103 de los asistentes respondieron a esa y a otras ocho preguntas que pretendían calibrar el consenso en el campo. Se dieron hasta 10 grupos de respuestas diferentes, y el mayoritario apenas alcanzaba el 30% de las contestaciones. En realidad, ninguna de las nueve cuestiones —que incluían qué lo causa, cuándo empieza o qué se considera rejuvenecer— alcanzó una respuesta que superara el 50%. Puestos a no ponerse de acuerdo, no lo hicieron ni siquiera en si había necesidad de hacerlo.
El envejecimiento, “el factor de riesgo más importante que afecta a la mortalidad, parece seguir oculto en la niebla”, escriben en el artículo con los resultados, un texto publicado en la revista PNAS Nexus y comentado en Nature. Un trabajo que firman 82 de los participantes y en el que reconocen que ninguna terapia concreta se ha mostrado contundentemente útil en humanos. Y donde, un poco después, alertan: “Al hablar de la biología del envejecimiento con colegas, asumimos que nos estamos refiriendo al mismo proceso, pero claramente no es así”. ¿Un tema tan importante carece siquiera de definición?
“Es un trabajo que busca agitar el campo, pero viene de un afán por autoflagelarse. Claro que hay matices, pero existe un enorme consenso sobre el envejecimiento”, afirma Manuel Collado, investigador líder en el laboratorio de Senescencia celular, cáncer y envejecimiento del CNB-CSIC del CiMUS de la Universidad de Santiago de Compostela. Mariona Jové, profesora de la Universidad de Lleida, científica del Instituto de Investigación Biomédica de Lleida y vocal de ciencias biológicas en la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), dice sentirse “sorprendida” con los resultados, porque “más o menos todos los que trabajamos en ello lo explicamos de forma similar”. Sin embargo, para Juan Manuel Pérez-Castejón, geriatra y vicepresidente de la propia SEGG, aunque “existe consenso en que el envejecimiento puede estudiarse experimentalmente, la ambigüedad que muestra el trabajo puede dificultar la investigación y fragmentar la financiación de proyectos al no haber una hoja de ruta común”.
Más allá de la existencia de un consenso y de su importancia, un paseo por las preguntas y respuestas de la encuesta es también un paseo por la complejidad del envejecimiento y de su ciencia, por su estado actual, por las peculiaridades del lenguaje y por la posibilidad de un debate sobre las oportunidades y quizá las rémoras que brindan la filosofía o su posible “exceso”.
Las preguntas de la discordia
¿Qué es, entonces, el envejecimiento? “Una pérdida de funcionalidad de las células y tejidos con el paso del tiempo”, resume Collado. “Un conjunto de cambios perjudiciales que afectan a células, órganos y sistemas y que conllevan una pérdida de función y un aumento en el riesgo de desarrollar enfermedades”, responde de forma algo más extensa Jové. Ambas definiciones tienen en cuenta la función y entrarían en el grupo más común de respuestas que se dieron en el trabajo, el que alcanzó el 30%. Pero los autores subrayan que no hubo consenso: entre los diferentes grupos de respuestas había también quienes se enfocaron en la acumulación de daños, otros en cambios globales, en el estado de salud o en el mayor riesgo de enfermedad y mortalidad, y unos cuantos lo definieron con un genérico “desvío del estado ideal”.
¿Y qué lo provoca? “Conocemos muchos factores que influyen en el envejecimiento, pero el porqué último no lo sabemos”, reconoce Jové. Para Collado, “son muchas causas que acaban dando lugar a un desequilibrio general”. En la encuesta, la respuesta mayoritaria, también en alrededor del 30% de los casos, tenía que ver con la acumulación de daños. Otras, sin embargo, se referían a cuestiones evolutivas, a factores moleculares o más generales… Y seis personas contestaron de forma parecida a Jové, con un más o menos escueto: “No lo sé”. Para los autores, esta falta de consenso en la definición y en las causas del envejecimiento “indicaría claramente diferentes estrategias y objetivos de investigación”, y de ahí concluyen que “lograr un entendimiento más unificado podría favorecer el avance en el campo”.
Esa aparente falta de consenso viene de lejos. Ya la anticipó en 2020 un equipo de investigadores canadienses, que fue incluso más allá, negando la posibilidad de que una palabra pudiera definirlo. “Tenemos una palabra para referirnos al envejecimiento, por lo que asumimos que la ciencia nos dará la razón y nos proporcionará un fenómeno que se ajuste a nuestra palabra. Y, en un sentido coloquial, sin duda es así: nadie puede dudar de que nos vemos envejecer a nosotros mismos, a nuestros familiares y a nuestros amigos. Pero, ¿este uso coloquial está justificado científicamente? ¿Existe realmente una “cosa” o un fenómeno que podamos llamar envejecimiento?“, se preguntaron los autores, encabezados por el biólogo Alan Cohen, en un artículo titulado “¿Y si no existiera algo como el “envejecimiento”?”.
El equipo canadiense fue contundente: “Aquí defendemos que nuestro conocimiento de la biología es ahora suficiente para afirmar de manera definitiva que no es así, que desde una perspectiva científica no existe el envejecimiento, sino más bien un conjunto de fenómenos y mecanismos dispares —que a veces interactúan entre sí— que se relacionan de una forma u otra con nuestro sentido coloquial de la palabra. En consecuencia, nuestro deseo de encontrar una única realidad del envejecimiento ha creado una gran confusión en el campo”.
Su argumento remite a la pregunta que Julieta le hace a Romeo: “¿Qué hay en un nombre? Tú eres tú, aunque seas un Montesco”. O como escribía el poeta Aníbal Nuñez, llevándolo al extremo: “Para ser río, al río le sobra el nombre”. El lenguaje, o al menos una palabra general, puede ser insuficiente para contener todos los matices, conocidos o desconocidos, pero a la vez condiciona nuestra visión del mundo y, en este caso, de un área tan compleja de investigación. Habría que añadir al menos varios apellidos al envejecimiento para saber a qué nos referimos en cada momento. Al final de su artículo, los autores canadienses redoblan al máximo su apuesta, y cierran diciendo que “a medida que el campo avanza hacia posibles terapias antienvejecimiento, un gran número de vidas humanas pueden depender de saber plenamente qué estamos midiendo y cuáles son los riesgos de equivocarnos”.
Collado, sin embargo, reduce la angustia. “Casi cualquier proceso biológico general es difícil de definir, pero sabemos que el lenguaje no es la traslación exacta del mundo. Ahora mismo no supone un límite actual al avance”. De hecho, invierte la carga de responsabilidad: “Lo que necesitamos son nuevos conocimientos que nos permitan ir reconfigurando ese lenguaje”.
Más discrepancias
Las conclusiones a las primeras preguntas del nuevo estudio eran en realidad un tanto tramposas. Al ser cuestiones abiertas, las respuestas podían simplemente subrayar más un aspecto que otro, e incluso asignarse a grupos diferentes a pesar de solaparse en esencia. Muchas de las siguientes, sin embargo, no admitían tanta ambigüedad. A la pregunta de cuándo empieza el envejecimiento, la respuesta más votada entre nueve opciones cerradas fue a los 20 años, con apenas el 22%. El 16,5% dijo que empieza en la concepción y el 13% incluso antes, con la formación de las células sexuales. Jové afirma que desde la biogerontología no hay duda, empieza a los 20-25 años. Collado reconoce que aún no se sabe y que es lógico no estar de acuerdo, porque se está estudiando. A la pregunta de si es una enfermedad, hubo casi tantas respuestas diciendo que sí como que no, o “neutras”, sin una opinión clara. Tanto Collado como Jové afirman tajantemente que no lo es.
Para medir el envejecimiento en investigación existen una serie de marcadores aproximativos, algunos de ellos conocidos como relojes moleculares. Si una persona deja de fumar y sus marcadores mejoran, ¿se considera por ello que ha rejuvenecido? También estuvo lejos el consenso entre las cinco posibles respuestas. La puntilla vino con esta pregunta: ¿Es necesario que haya un consenso en la definición de envejecimiento? Algo más del 50% dijeron que sí; casi la mitad dijeron que no o que no lo tenían claro.
Dos de los autores ya escribieron que el consenso no existía, pero que era necesario para mejorar la credibilidad del campo y para evitar dar espacio a anuncios de terapias pseudocientíficas. Collado, sin embargo, se desmarca de esta visión y le da la vuelta: “Un replanteamiento exagerado genera desconfianza y permite que la pseudociencia cale”. El debate no está muy lejos del que puede seguirse a partir de las siguientes famosas declaraciones. Einstein: “La perspicacia filosófica permite la distinción entre un mero artesano o especialista y un verdadero explorador de la verdad”. Feynman: “La filosofía de la ciencia es tan útil para los científicos como la ornitología para las aves”. Para Collado, algo más moderado, “es positivo analizar y replantear los temas, pero en este caso no está repercutiendo gravemente el avance y sí puede tener consecuencias negativas”.
La pastilla y/o la vida
Se conocen al menos 10 tipos de intervenciones que han conseguido alargar la vida de ratones en laboratorios, así como de diversos otros animales. Algunas de las más comentadas o estudiadas son el empleo de fármacos como la metformina o la rapamicina, el uso de senolíticos que eliminan células senescentes, la reprogramación de células mediante los llamados factores de Yamanaka o medidas como la restricción calórica, el simple hecho de comer menos. Sin embargo, como escriben los autores del trabajo, “ningún tratamiento ha probado ser efectivo para ralentizar o revertir el proceso de envejecimiento en humanos”. Para Collado, que admite esa realidad, “la restricción calórica es quizá el más cercano y reconocido, pero hay esperanzas fundadas puestas en varios de ellos”.
El artículo atribuye parte de la responsabilidad a la falta de consenso en el campo. Collado lo niega. “El envejecimiento es un problema muy complejo cuyo estudio es muy reciente. De hecho, hasta casi los años 80 se consideraba algo imposible de alterar. Sin embargo, en los últimos 10-20 años se han conocido muchos mecanismos y la forma de actuar sobre ellos”, expone. Hasta 12 son ahora los canónicos, según un artículo de referencia firmado, entre otros, por los investigadores españoles Carlos López Otín, María Blasco y Manuel Serrano.
El congreso al que acudieron quienes contestaron en el estudio era más científico que puramente clínico, y apenas se habló de enfermedades. Más de la mitad de quienes contestaron eran jefes de laboratorio o investigadores postdoctorales, casi una cuarta parte preparaba el doctorado y un 13% acudió procedente de la industria. En ningún momento se mencionan los hábitos saludables, que sí han mostrado claramente sus efectos frente al envejecimiento. Ni de los determinantes sociales. “En estos tiempos en que la longevidad se vende a veces como una promesa envuelta en humo, no podemos ignorar la importancia de los determinantes de la salud en ninguna etapa de la vida”, recuerda Pérez-Castejón. “Puede que pese más el código postal que el código genético, como bien saben nuestros compañeros especialistas en atención familiar y comunitaria”, añade.
Y una pregunta al hilo de los hábitos. ¿Son capaces de “alargar la vida” o lo que hacen es maximizar lo que la naturaleza “permite”? ¿Hay un límite biológico para nuestra existencia? “No hay nada en nuestro ADN que diga exactamente el máximo que podemos vivir”, responde Collado. “La longevidad máxima registrada es de unos 122 años. Por cómo convergen esos casos, parece que cerca de ahí estaría la máxima edad teórica”, opina Jové.
Pérez-Castejón lo tiene claro: “Los geriatras y gerontólogos no somos antienvejecimiento, somos de la idea de proenvejecer bien”. Desde el despacho de Jové se escucha que el objetivo es “morir de viejos, no de enfermos”. De lo que se trata es de “envejecer mejor de forma saludable”. Ahora que muchos multimillonarios parecen obsesionados con la vida eterna en la Tierra, esto decía el escritor Santiago Alba Rico en estas mismas páginas: “Los ricos y poderosos quieren vivir para siempre, los pobres quieren llegar a vivir algún día”.
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