Rusia saca petróleo de la guerra de Irán: “Tenemos que asegurar nuestro beneficio, no importa lo cínico que suene”
El Kremlin coloca el crudo que almacenaba en alta mar gracias al conflicto, pero una recesión global sostenida golpearía su economía


El portavoz de Vladímir Putin, Dmitri Peskov, resumió la pasada semana en una frase el orden mundial en el que Rusia, en el fondo, siempre ha creído. “Tenemos que asegurarnos nuestro beneficio siempre que sea posible, no importa lo cínico que pueda sonar”, dijo el alto cargo en total contradicción con el discurso que vendía el Kremlin hasta hace nada sobre un nuevo mundo multipolar frente a Occidente. Venezuela, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Turquía, por ejemplo, son socios en los BRICS (el bloque de economías emergentes formado por Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y otros) y ahora se atacan entre sí o son bombardeados por Washington ante la indiferencia rusa. “No es nuestra guerra”, añadió el portavoz del presidente ruso, cuya ofensiva contra Ucrania ha recibido un empujón financiero gracias a la nueva crisis energética internacional desatada por el presidente de EE UU, Donald Trump, el amienemigo de Putin.
Es aventurado pronosticar que Rusia vaya a salir ganando de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Con el encarecimiento del petróleo de estos días, el presupuesto ruso ha recibido un empujón, pero, más allá de las cuentas del Kremlin, a largo plazo puede provocar una recesión global o fortalecer el rublo, lo que asfixiaría aún más a las empresas rusas que han sobrevivido a duras penas hasta ahora.
Moscú ha recibido una inyección inesperada de dólares al colocar el petróleo que tenía sancionado, pero sus alianzas internacionales están siendo zarandeadas por el Gobierno de Trump que tantos años deseó el Kremlin. En Oriente Próximo es incierto el futuro del régimen de los ayatolás; en Latinoamérica peligra Cuba y el régimen venezolano ha girado hacia la órbita estadounidense, y en Asia, China observa atenta los acontecimientos. El presidente Xi Jinping se reunirá en abril con Trump y uno de los puntos que negocian, según The Wall Street Journal, es que Pekín compre menos crudo a Rusia.
Además, el peso de los hidrocarburos en la guerra es importante, pero no determinante. Rusia no es una “gasolinera que se hace pasar por un país”, como dijo el republicano John McCain hace una década. De los 40,2 billones de rublos en ingresos que prevé el Gobierno en sus presupuestos para este año, 8,9 billones, una cuarta parte, procederían del gas y el petróleo.
La Casa Blanca apretó las tuercas a la industria petrolera rusa en otoño por no hacer concesiones en las negociaciones sobre Ucrania, y la Casa Blanca las ha aflojado ahora que necesita contener el precio del crudo por culpa de su propia agresión en Oriente Próximo. El Departamento del Tesoro estadounidense ha permitido que las refinerías de la India compren el crudo que la flota en la sombra rusa almacenaba en alta mar por no encontrar compradores por las sanciones. No obstante, Washington solo deja, de momento, hasta principios de abril.
El conflicto iraní ha provocado un incremento súbito de los precios de los hidrocarburos, pero nada excesivo como para que las arcas rusas se atiborren de rublos como en 2022, cuando Rusia invadió Ucrania y el miedo a quedarse sin gas hizo que los países europeos se lo comprasen a precios desorbitados.
El barril Brent rondaba los 90 dólares este martes, un 25% más caro que antes de la agresión estadounidense. “Los precios actuales están dentro de su rango histórico”, señala Javier Blas, columnista de energía de Bloomberg, en un intercambio de correos.
El experto enfatiza que los mercados han absorbido mucho mejor este conflicto que la invasión rusa de Ucrania en 2022. En aquel entonces, el Brent alcanzó los 130 dólares durante varios días y el contrato de electricidad más importante en Alemania cotizaba a 1.000 euros el megavatio/hora, frente a los 85 actuales. “A veces nos olvidamos de la magnitud de la crisis de hace tres años”, recuerda.
No obstante, Blas considera que Rusia será uno de los mayores beneficiarios de esta crisis por dos razones. El primer motivo es que la India y otros países “necesitan urgentemente reemplazar el crudo que no pueden comprar en el golfo Pérsico”. Nueva Delhi, que llegó a importar 2,1 millones de barriles rusos diarios a mediados de 2025, compraba 1,1 millones en enero de este año debido al nuevo castigo estadounidense sobre Rosneft y Lukoil, las mayores petroleras rusas. De hecho, Trump logró que la India aceptase comprarle más crudo.
La segunda razón, según Blas, es que Moscú no necesitará ofrecer ahora sus enormes descuentos de antes para atraer clientes. Días antes de que Trump desatase su guerra, las compañías de hidrocarburos rusas ofrecían su mayor rebaja en tres años para atraer compradores dispuestos a asumir el riesgo: 30 dólares respecto al precio medio del mercado. Si el barril Brent cotizaba a algo más de 70 dólares en febrero, en los puertos de Novorosisk y Primorsk se vendía a unos 40, según la consultora energética Argus Media.
Blas, coautor del libro El mundo está en venta, remarca que no solo India, sino también China y Turquía, aprovecharán esta ventana de oportunidad para comprar petróleo ruso. “Washington y Bruselas mirarán a otro lado”, opina el analista.
El “Mal holandés” y la “economía de la muerte”
El Kremlin calculó un precio del barril ruso en 59 dólares para sus cuentas este año y ha visto con satisfacción cómo otros países se han lanzado a sus reservas flotantes incluso sin descuento.
El problema es que el presupuesto estatal no lo es todo. Rusia está sumergida en una visible crisis económica y el sector civil está hundido. El Estado sigue canalizando hacia la industria bélica y al ejército casi todos sus recursos, haciendo competencia a las empresas que generan valor económico y consumo, que están en números rojos, y les quitan personal mientras en el frente siguen muriendo miles de hombres en edad laboral.
Entre los economistas rusos se habla del Mal holandés, algo similar a lo que pasó con el Imperio Español con el oro de América. En los años sesenta, Países Bajos descubrió grandes yacimientos de gas natural. La entrada masiva de divisas fortaleció el florín, una maldición que llevó a la ruina al resto de industrias exportadoras.
La guerra contra Ucrania consume alrededor del 40% del presupuesto ruso y su ministro de Finanzas, Antón Siluánov, anunció nuevos recortes justo antes del conflicto de Irán para reponer los recursos del Fondo Nacional de Inversión, el paracaídas anticrisis del Kremlin que también sirve para controlar el rublo.
La crisis desatada por Trump también podría ser un arma de doble filo si lleva a una recesión global, según señala el analista Nick Trickett en un artículo publicado por el think tank Ridl. Rusia es un país exportador de hidrocarburos y la guerra puede provocar una crisis internacional si se extiende en el tiempo, lo que reducirá sus ventas: China ha recortado su previsión de crecimiento por debajo del 5%, los mercados de bonos estadounidenses no muestran mucha confianza en una recuperación de esta crisis, y el optimismo europeo que desató hace meses el estímulo fiscal alemán se ha desmoronado.
Asimismo, desde que comenzó la guerra de Ucrania, el Kremlin obliga a sus empresas a convertir en rublos sus ingresos en divisas extranjeras. El encarecimiento del petróleo podría fortalecer un rublo ya fuerte, lo que lastraría la competitividad de la industria y los ingresos de los presupuestos, y al mismo tiempo encarecería todas las materias primas, lo que aumentaría una inflación interna ya disparada y puede provocar subidas de tipos para dolor de unos hogares y empresas que ya sufren una importante crisis económica.
En cualquier caso, el economista ruso Vladislav Inozémtsev ya advertía el año pasado que Putin tenía margen para continuar su guerra a lo largo de 2026 aunque empobreciese aún más a la población. “A pesar de que no ha habido ningún progreso significativo en el frente, Putin quiere seguir luchando. Hay dinero para la guerra, siempre lo habrá”, suspira el experto al otro lado del teléfono.
El analista también observa otro posible escenario que perjudicaría al Kremlin. “En marzo y abril veremos un aumento en los ingresos presupuestarios rusos por petróleo y gas, pero insisto, no será el doble, será un aumento del 25%, 30%, quizás del 40%, pero eso es el máximo. Y luego estoy convencido de que la situación se normalizará”, afirma.
“Una derrota de Irán probablemente cambiaría el mercado petrolero. No solo habrá más suministro al mercado. Irán era un factor de gran riesgo para toda la región y, si desaparece, la sensación de que el petróleo debe estar caro porque puede pasar algo allí se desvanecerá. Los precios del crudo serán significativamente más bajos a finales de año que ahora y es improbable que el problema ruso se haya resuelto para entonces”, añade.
Inozémtsev acuñó el término smertonómika, la economía de la muerte, en ruso. Tras la traumática movilización militar de 2022, Putin se decantó por el reclutamiento de voluntarios con pagos desorbitados. Al principio de la invasión de Ucrania, un soldado profesional le costaba al Estado unos 45.000 rublos al mes (algo más de 500 euros de entonces) y una prima a la familia de 5 millones por fallecimiento (60.000 euros). El año pasado, un voluntario que firmaba su primer contrato con el ejército cobraba 215.000 rublos al mes (2.300 euros), más una prima de reclutamiento de hasta 3,5 millones de rublos (casi 40.000 euros) y un pago a la familia por fallecimiento de entre 12 y 16 millones de rublos (de 130.000 a 175.000 euros).
Cifras mareantes para un país donde el salario mediano es de 73.400 rublos, unos 800 euros mensuales en 12 pagas. Y sin embargo, se están quedando cortas: la inflación ha reducido la brecha salarial con otros empleos, se está agotando la cantera de reclutamiento —gente mayor, endeudada, con antecedentes penales y sin estudios, es decir, “no integrada en la economía productiva”— y numerosas regiones han comenzado a incrementar aún más los pagos al secarse la afluencia de voluntarios.
Un informe, El precio de la vida, calcula que el Estado ruso deberá duplicar o triplicar los pagos para mantener el ritmo de consumibles que demanda el Ministerio de Defensa.
En esta situación, Inozémtsev señala que la única salida que tiene el Gobierno ruso para seguir con sus planes es una devaluación, no la entrada de ingresos extra por el petróleo y gas, aunque ello agrave la inflación y golpee a la población aún más.
“Todas las crisis que ha experimentado Rusia, en 1998, 2008, 2009 y 2015, estuvieron siempre acompañadas de una devaluación significativa. Esta es la primera vez que la economía va mal, el presupuesto está muy ajustado y el rublo se ha fortalecido más de un 30% el último año, es un escenario imposible”, opina el economista.
La moneda rusa cotiza ahora a 92 rublos por euro y 79 rublos por dólar, cuando los presupuestos se hicieron con un cambio de 92,2 rublos por dólar. “O el banco central combate la inflación o temen problemas sociales, pero es un factor que debilita la economía. Siendo realistas, el tipo de cambio debería estar significativamente en torno a 100 rublos por dólar”, advierte Inozemtsev.
La agencia de estadísticas rusa, Rosstat, asegura que 2025 cerró con una inflación del 5,9%. Sin embargo, muchos economistas rusos apuntan a tasas superiores al 12% y un informe del Banco Central de Rusia recoge que la población estimaba un encarecimiento del 14,5% de los precios el año pasado. Y este 2026 ha comenzado con una subida generalizada de impuestos, el primer paso del nuevo rumbo marcado por el Kremlin: los rusos tienen que hacer un sacrificio mucho mayor por su guerra.
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