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‘Oca’, una ‘road movie’ surrealista que cuestiona la fe a través de los ojos de una monja escapista

La mexicana Karla Badillo presenta su ópera prima en el Festival de Cine en Guadalajara, que cierra este sábado su 41 edición, donde compite por el Premio Mezcal, que reconoce al mejor largometraje mexicano de ficción o documental

Natalia Solián como 'Rafaela', en la película "Oca".Pimienta Films

La idea para la ópera prima de Karla Badillo le llegó a través de un sueño. “Parezco yo la iluminada”, dice bromeando la directora de 32 años y oriunda de San Luis Potosí. Desde el Hotel Fiesta Americana, en la capital de Jalisco, cuenta que le gusta entender el significado de sus sueños. En uno de ellos vio, “muy claramente”, a una monja escapista, la cual se convirtió en la imagen con la cual germinó Oca, su primer largometraje que, tras su paso por las citas cinematográficas de Toronto y Málaga –donde obtuvo la Biznaga de Plata a la Mejor Película Iberoamericana y el Premio del Público–, tuvo su estreno mexicano en el marco del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, que concluye este sábado y dará a conocer a sus ganadores en su gala de clausura. El filme de la realizadora compite en la categoría del Premio Mezcal, que reconoce al mejor largometraje mexicano de ficción o documental.

Sin embargo, el entramado de su sueño no se redujo solamente a la imagen de esa monja. Al tratar de asociarlo con algo, según cuenta, unió los hilos con la fuerte formación religiosa que recibió creciendo y con El Juego de la Oca. Descubrió que el popular juego de mesa representaba una guía cifrada del Camino de Santiago de Compostela. “Al asociar ese camino peregrino con mi sueño, con la idea de querer hacer una peli, tomo el tablero como estructura para escribir el guión. El Juego de la Oca tiene distintos jugadores, entonces para mí tenía que tener distintos personajes. Y es así como, grosso modo, se fue formando la historia", cuenta la también guionista.

En Oca, Badillo nos presenta a Rafaela (interpretada por Natalia Solián), una joven monja que pertenece a una congregación precaria, casi extinta. Desde hace tiempo tiene ensoñaciones que, eventualmente, se hacen realidad, pero hay un sueño incompleto y recurrente que le ronda en la cabeza. Al tiempo, es enviada a un pueblo cercano en busca del nuevo arzobispo, con la encomienda de exponer la situación del convento y orientarse respecto a sus sueños. En el camino, vivirá encuentros extraordinarios que la harán avanzar o retroceder en su camino.

Badillo explora los caminos de lo existencial, lo místico, así como de lo poético, y lo aterriza a través del surrealismo de Luis Buñuel y otros referentes del cine de los sesentas, como Fellini, Antonioni y Bresson, además de ayudarse de otro género como es la road movie [película de carretera] latinoamericana. “Tengo muchas referencias. Me llamaba mucho la atención la mirada que hay sobre lo religioso, sobre la simbología, que tiene que ver con buscar significados. Creo que es una vibra que hay hoy, buscar respuestas que muchas veces no encontramos. Mostrar eso, una película que no tiene, digamos, una aparente u obvia conclusión, me parecía interesante, justo en estos momentos en los que estamos muy dominados por narrativas que parecen de fórmulas convencionales”, complementa.

Natalia Solián, de amplia trayectoria en el teatro, interpreta a Rafaela, la monja escapista del sueño de Badillo. Desde su debut en el cine en Huesera (2022), la actriz sinaloense ha ido sumando géneros y papeles a su portafolio, que van del cine de acción, en Venganza (2025), hasta el drama en Familia (2023), entre otros títulos. La intérprete dice que los papeles que te invitan a dar un paso afuera de tu propio ego son los que valen la pena.

“Las películas que he hecho es por cómo están planteados los personajes, un recorrido, una experiencia. Oca es como la madre de esos procesos, porque me dejó el planteamiento de cómo me gusta vivir estas experiencias de actuar. Esta película planteaba todo un trayecto de caminata en un lugar muy adverso, y creo que eso fue lo que prácticamente construyó al personaje, cómo enfrentar esa adversidad desde mi mismidad, pero con los principios de Rafaela", acota Solián.

La protagonista cuenta que Badillo tenía muchos referentes muy claros y lo que ella llama “la música interna” del personaje, muy escrita. Sin embargo, cree que el gran espíritu de Rafaela se construyó "in situ”, en el presente y en los retos de todos los días de la filmación. “Hacer cine es realmente un acto de fe. Es una experiencia que te invita como a un crecimiento existencial que otras artes quizá te dan en dosis más pequeñas. Esto es como un shot de cuatro semanas, hacer un proceso de transformación que va a vivir en ti muchos años, pero que lo vas a conseguir de una forma muy intensa. Creo que ambas estábamos muy dispuestas a vivir ese espíritu y esa naturaleza de lo que estábamos haciendo de la misma manera”, afirma la también coprotagonista de No voy a pedirle a nadie que me crea (2023).

Badillo hizo sus primeras armas en el cine a través de la producción. Tuvo de ejemplos a la cineasta Natalia Beristain y al director Lisandro Alonso, en películas como Ruido (2022) y Eureka (2023), respectivamente. La directora afirma que producir es una labor demasiado generosa, bastante poco valorada y reconocida: “Donde te tienes que sumar al sueño de alguien más y hacerlo tuyo también. Es poner el andamiaje para que eso suceda”. Dice que le interesó esa área porque sintió que era una forma más rápida para dirigir y estar en contacto con otros realizadores y aprender.

Ser productor te reta a tu capacidad, porque hay que sortear muchísimas cosas, no solo administrativas, legales, contables, creativas, incluso, que tienes que llevar para adelante para que pueda salir bien la película. Producir me ha ayudado en ese sentido a dimensionar los proyectos en los que me involucro como directora”, profundiza Badillo.

Badillo presenta a personajes femeninos muy potentes, incluso desde sus cuestionamientos. Partiendo de Rafaela, que tiene una decisión tomada; la actriz Cecilia Suárez, que interpreta a Palmira, una mujer que duda; y de la niña Rogelia, que todavía no sabe que puede decidir. La realizadora dice que hay un hilo conductor relacionado con la toma de decisiones. No la considera una película feminista, sin embargo, es consciente de que hay una mirada de mujer que salpica a toda la película.

Para Solián, lo atractivo del proyecto fue poder descubrir si los valores femeninos se pueden capturar desde una perspectiva existencial y humana, en lugar de presentar a la mujer como un símbolo o un estandarte de una causa política. “Ese principio lo tiene la película, desde luego. Mirar lo femenino desde un lugar no político, sino existencial. No porque lo existencial no sea político, sino porque es muy dubitativo poder soltar un poco los cabos de lo que hemos estado pensando que es ser mujer dentro de la religión, con una edad determinada, en un contexto más o menos favorable. Creo que al final son personajes que están buscando la libertad y un poco esa es la naturaleza de cómo están planteados desde el guion”, elabora la protagonista.

Badillo considera que se ha pasado a un momento del cine donde los personajes femeninos deben ser más complejos; no solamente deben ser tratados como víctimas, como mujer fatal o como cualquier otro arquetipo. Por eso plantea al personaje de Rafaela como una monja que duda todo el tiempo, en contraste con lo que suele pensarse de las mujeres más devotas. La idea, admite, era romper “el cliché” y también cuestionar el papel de las mujeres en las congregaciones, que, por mandatos de la Iglesia, se “distinguen por no tomar decisiones”.

“Sobre todo en Latinoamérica y en México debemos y estamos en ese ejercicio de trascender esas narrativas, porque eso hace crecer el cine. A mí me encantan los personajes de monjas. Mayormente han sido explorados por miradas masculinas y por eso han sido tan arquetípicas. Están en películas de terror o películas muy dirigidas hacia el público católico, como de santidad. Pocas referencias hay de personajes femeninos que son monjas con esas capas de complejidad como en Oca“, añade Badillo.

La directora tiene en su filmografía dos cortometrajes, Oasis (2017) y Sin regresos (2019), en los que explora la religiosidad como en Oca. Lejos de pensar que su primer largo es un cierre a una especie de trilogía, cree que estos primeros trabajos fueron un ejercicio de producción que la han llevado al inicio de algunas inquietudes que quiere explorar y contar en futuros proyectos. “El mundo como funciona ahora está basado en los modelos religiosos. Y mucho de lo que tiene que ver con cómo se percibe la feminidad viene de las religiones. Viene de cómo están planteadas desde tiempos remotos, desde el inicio de los tiempos. Entonces me parece que es un inicio de varias cosas que me gustaría abordar desde distintas perspectivas”, sentencia.

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