Director de Human Rights Watch: “La IA en manos de los gobiernos autocráticos acelerará su capacidad para controlar a la población y vigilarla”
Philippe Bolopion advierte del riesgo de que “el hecho de que EE UU haya cambiado de bando acelere la ola autoritaria que conquista el mundo” y sostiene que la resistencia solo puede triunfar si los países que aún creen en la democracia se unen estratégicamente


Lo impensable hace no tanto es ahora el día a día: limpieza étnica, hambrunas premeditadas, estados de derecho pisoteados, injerencias en países extranjeros sin siquiera pretensiones de justificación legal… La llamada regresión democrática no es el futuro, es el presente que este año Human Rights Watch ha puesto negro sobre blanco en su informe anual presentado la semana pasada. Esa compilación de violaciones de derechos humanos es la constatación de que asistimos en directo al desmoronamiento del orden global modelado con mimo durante décadas, ante la aparente pasividad de muchos de sus defensores. El nuevo director de Human Rights Watch (HRW), Philippe Bolopion (Cayena, Guayana Francesa, 52 años) explica que “nos enfrentamos a un declive constante” y a “una aceleración, debido a la trayectoria de Estados Unidos”. La inteligencia artificial, asegura por videoconferencia desde Washington, es el nuevo campo de batalla de los derechos y una herramienta muy peligrosa en manos de Gobiernos autoritarios.
Pregunta. Usted asegura que 2025 supuso un punto de inflexión para los derechos humanos. ¿Se vislumbra el final de esta caída libre?
Respuesta. Llevamos 20 años de regresión democrática y hay pocas razones para pensar que la tendencia va a cambiar a mejor en 2026. Es un declive constante y hay incluso una aceleración, debido a la trayectoria de Estados Unidos y a su influencia en el sistema global. Es difícil pensar que hemos llegado al punto álgido de la autocracia; que se vaya a expandir la democracia.
P. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
R. Las democracias se han degradado en manos de líderes populistas elegidos democráticamente y que han ido minando los contrapoderes. Líderes que son elegidos en las urnas y que luego impiden que la oposición pueda ganar unas elecciones. Cercan a la prensa independiente y a la sociedad civil; es parte del manual. Globalmente hemos perdido también mucho terreno, porque en las instituciones multilaterales cada vez hay menos países que defiendan los derechos humanos y los hay que tratan de destruir el sistema desde dentro y que ahora tienen más poder, más influencia y más éxito, como Rusia o China y también EE UU.
Las democracias se han degradado a manos de líderes populistas elegidos democráticamente que han ido minando los contrapoderes
P. Trump legitima la autocracia a ojos de otros aprendices de tiranos en los cinco continentes. ¿Hasta dónde llegará el efecto dominó desatado por la gran potencia?
R. Es cierto que corremos el riesgo de un efecto dominó, de que se alcance una masa crítica y de que el fenómeno se acelere. Vemos cómo un país tan poderoso como EE UU quiere empoderar a aspirantes a autócratas, con tendencias iliberales, como quedó claro en la Estrategia de Seguridad Nacional. Existe el riesgo de que el hecho de que EE UU haya cambiado de bando acelere la ola autoritaria que va conquistando el mundo en los últimos 20 años.
P. El asalto a la democracia en EE UU contrasta con la falta de respuesta, como si padeciéramos una negación e incredulidad colectiva ante lo que vemos a diario ante nuestros ojos. ¿Cómo lo explica?
R. Internamente ha habido una falta de reacción institucional en EE UU, teniendo en cuenta la gravedad de los ataques a los pilares de la democracia estadounidense. Es sorprendente que el Congreso no haya mostrado más resistencia, por ejemplo, ante la ampliación agresiva de los poderes ejecutivos, o de que el mundo empresarial parezca plegarse ante los deseos de Donald Trump. La reacción popular ha sido más robusta, con manifestaciones en la calle y redes de solidaridad, pero las instituciones están bajo presión y está por ver si el sistema judicial conserva su independencia.
P. ¿Y globalmente?
R. Las amenazas de EE UU de invadir Groenlandia han sido una gran señal de alarma para el mundo. Muchos líderes mundiales estaban preparados para que EE UU se bajara de las instituciones multilaterales, pero no estaban preparados para que fuera un adversario. La respuesta del primer ministro canadiense [Mark Carney] en Davos capturó el espíritu del momento y cristalizó el sentimiento de tantos países que se han dado cuenta de que ahora tienen que protegerse.
La única manera de proteger el orden mundial es que los países que todavía creen en los derechos humanos y en la democracia se unan de forma más organizada y estratégica
P. Habla de Canadá, pero ¿dónde está la UE? La ausencia de una acción decisiva europea ha sido clamorosa.
R. Asistimos a un cambio dramático de la manera de entender el mundo y, como resultado, vemos una respuesta desorganizada. Por eso, el discurso canadiense fue tan potente, porque llamaba a los países que todavía creen en los derechos humanos y en la democracia a que se unan de forma más organizada y estratégica. Para nosotros, esa es la única manera de proteger el orden mundial que ha permitido que los derechos humanos florezcan. Se trata de hacer frente no solo a la administración estadounidense, sino también a Rusia y a China, que están trabajando conjuntamente para derribar el concepto de democracia y de los derechos humanos.
P. Los europeos han perdido credibilidad en los últimos tiempos en muchas partes del mundo por el doble rasero aplicado en Ucrania y en Gaza, allanando el camino a los autócratas.
R. El doble rasero es siempre muy corrosivo para los derechos humanos. Si eres un país europeo y denuncias crímenes de guerra por parte de Rusia en Ucrania pero guardas silencio sobre los actos genocidas por parte de Israel, tu credibilidad disminuye. Lo mismo si eres un país como Sudáfrica y denuncias, como deberías, la limpieza étnica en Gaza, pero no eres tan claro sobre la situación en Ucrania. Esta nueva coalición de países que quieren proteger el orden mundial regido por reglas tiene que mantener principios y valores reales, no dobles raseros, si quiere tener legitimidad y credibilidad.
El doble rasero es siempre muy corrosivo para los derechos humanos
P. Necesitan también leyes. Hemos visto cómo se tritura la legalidad internacional con impunidad, cómo se deslegitiman los tribunales internacionales y cómo la independencia judicial corre peligro. ¿Cuántas generaciones van a ser necesarias para recuperar la legalidad?
R. La creación de la Corte Penal Internacional hace 27 años supuso un progreso increíble en la rendición de cuentas por la comisión de atrocidades. Y han hecho un enorme trabajo, por ejemplo, emitiendo órdenes de detención internacional contra [el primer ministro israelí, Benjamin] Netanyahu, contra [el presidente ruso, Vladimir] Putin… Intentan hacer su trabajo, pero ahora se enfrentan a sanciones de la administración Trump y a decisiones judiciales en su contra en Rusia. Están bajo asedio y ese es el tipo de instituciones a las que esta nueva alianza de democracias debería proteger. Sin un orden jurídico global, los países pequeños, e incluso los medianos, son muy vulnerables a las agresiones de las superpotencias. Es la doctrina Donroe estadounidense, pero también el proyecto a largo plazo de los Gobiernos de China y de Rusia.
P. ¿Lo han conseguido? ¿Son los derechos humanos ya un concepto del pasado?
R. No, los derechos humanos son duraderos y no puedes suprimirlos, ni siquiera en los países más autoritarios. En China hubo protestas durante la covid y en Irán la gente protesta arriesgando su vida. ¿Hemos perdido terreno?, ¿estamos en un momento peligroso? Sí, totalmente.
Los votantes a veces se olvidan de que recortar los derechos de los demás no va a mejorar su situación
P. ¿Qué papel han jugado las redes sociales en la deconstrucción del concepto de derechos humanos?
R. Los regímenes autocráticos han sido muy competentes a la hora de manipular la opinión y controlar a la población. Lo hemos visto por ejemplo en China, en Xinjiang, con aplicaciones de reconocimiento facial. El Gobierno ruso ha tratado de influir en elecciones, también en Europa occidental, manipulando la opinión y los sentimientos a través de las redes sociales. Hace dos semanas, en Davos, hablaba con un alto ejecutivo de una tecnológica y me explicaba que en los últimos años, las empresas y los Estados han acumulado una enorme cantidad de datos de personas, pero que era muy difícil procesarlos por su tamaño. Ahora, gracias a la inteligencia artificial, ya se puede procesar una cantidad increíble de datos y usarlos para predecir orientaciones políticas, manipular sentimientos… El desarrollo de la IA en manos de los gobiernos autocráticos acelerará su capacidad para controlar a la población y vigilarla a gran escala. Es una herramienta muy peligrosa. En la próxima década va a ser un campo de batalla clave para los derechos humanos.
La desigualdad erosiona las democracias
P. Además de acumular datos, las empresas concentran una riqueza sin precedentes. ¿Qué papel ha jugado la desigualdad en la erosión de los derechos humanos? En Europa, votantes empobrecidos y cabreados defienden violaciones de derechos humanos, por ejemplo, contra los migrantes, impensables hace años.
R. La desigualdad erosiona las democracias. Es complejo, porque vemos cómo sectores de la población empobrecidos votan a movimientos populistas que están a favor de menos políticas sociales, menos impuestos para los ricos, como la agenda económica de Trump. Es difícil entender qué hace que la gente se entregue a los movimientos populistas. A menudo, tiene que ver con cuestiones de identidad, con el rechazo a los derechos del otro, ya sean migrantes o personas LGTBIQ. Los votantes a veces se olvidan de que recortar los derechos de los demás no va a mejorar su situación. De hecho, sus derechos serán limitados. En sociedades autocráticas, los Gobiernos empiezan con los más desfavorecidos y luego van a por cualquiera que se interponga en su camino para permanecer en el poder. Violar los derechos del otro en una sociedad nunca es el camino para mejorar tu situación.
P. Mientras, el espacio para los defensores de derechos humanos se encoge. Físicamente, en lugares como Gaza o Irán donde es muy difícil acceder, pero también por el recorte de financiación a las organizaciones. ¿Hay margen para la resistencia?
R. Abrir el espacio a la sociedad civil es fundamental para preservar instituciones democráticas fuertes, pero nuestra habilidad para operar en el mundo se ha ido reduciendo en los últimos 15 años. Teníamos una oficina en Rusia, que ahora está cerrada, en Hong Kong, también. Nuestro director regional fue expulsado de Israel hace años, no podemos operar en Egipto… Los lugares en los que podemos trabajar libremente se estrechan y a menudo somos los canarios en la mina. Los gobiernos que empiezan por ir a por las organizaciones de derechos humanos no tardan mucho en perseguir a los medios o a los oponentes políticos. Es parte del manual de los regímenes autoritarios.
P. La generación Z sale a la calle a protestar, pero el nivel de represión y de concentración del poder hace que sea muy difícil cualquier logro. ¿Es realista llamar a la resistencia en estas condiciones?
R. Nosotros moldeamos nuestro futuro colectivamente y creo que, si los Gobiernos que todavía creen en la democracia y en los derechos humanos se unen y trabajan con la sociedad civil, estas tendencias se pueden revertir. La autocracia no es un modelo atractivo. La gente quiere tener sus derechos fundamentales, aunque a corto plazo se dejen seducir por los discursos populistas. Hay esperanza.
P. Los grandes países donantes, —EE UU, pero también europeos— han cortado de forma drástica su ayuda al desarrollo, destinando esas partidas a Defensa. Vemos grandes crisis humanitarias como la de Sudán a las que no se presta atención, mientras los conflictos por todo el mundo se recrudecen. ¿Estamos al borde de una nueva guerra mundial?
R. Que la Administración Trump no solo reniegue del orden internacional, sino que trabaje en contra de él hace que nos encontremos en un mundo nuevo y peligroso y eso hace que algunos países quieran priorizar la Defensa frente la ayuda al desarrollo. Por eso es importante proteger el ecosistema de derechos, porque si no, es el regreso de la ley de la jungla y nadie gana en este nuevo escenario, excepto las superpotencias.
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