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Tribuna

El silencio de los amigos rusos y la guerra en Ucrania

Desde Rusia sólo me llegan voces de impotencia: se ha instalado la resignación a vivir bajo la autocracia de Putin para siempre

Atardecer sobre el río Neva helado, en San Petersburgo. Anton Vaganov (REUTERS)

“El tiempo humano es diferente que el tiempo histórico”, concluye el historiador Serhii Plokhy, al afirmar que un día la guerra en su país natal, Ucrania, acabará, a la vez que enfoca la invasión rusa desde la visión de la agonía de los grandes imperios: cuando empiezan a desmoronarse, no aceptan su caída final y suelen prolongarla. En el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania, este profesor de Harvard se declara pesimista en relación al futuro más inmediato, pero optimista a largo plazo. “La guerra ha mostrado que existe una decidida y fuerte sociedad civil ucrania, capaz de resistir y de existir por sí misma”, comenta hablando de su último libro, David y Goliat, cuyo simbólico título asimismo alude a la fe que la fuerza bruta, incluso si predomina, no es suficiente para obtener una victoria.

Mientras la guerra sigue, parece que los ucranios resisten, a pesar de las condiciones extremas, tanto al nivel material como en el psicológico. “Sales a las calles de Kiev, y aparentemente el ambiente es como de cualquier capital europea. Pero a diario suenan las sirenas que nos recuerdan que en cualquier momento pueden alcanzarte drones rusos”, me escribe una colega que no ha pensado emigrar, aunque ha tenido la oportunidad. Es más, en el ámbito académico he conocido más de una persona joven ucrania que con la guerra han decidido regresar a su país, pensando que ahora se decide y también construye, su futuro.

Desde Rusia, por otro lado, llegan voces de impotencia, apatía o fatalismo. Transcurre una supuesta vida normal en las calles de Moscú o San Petersburgo y hasta una intensa actividad cultural, que siempre se ha utilizado como potente arma de propaganda en este país eslavo. Pero también ahora, en el cuarto aniversario de la guerra de Vladímir Putin, diversas cartas o mensajes a los destinatarios rusos quedan sin contestar. Y este silencio dice mucho más que las palabras.

Mientras en el territorio ucranio, la preocupación es sobrevivir y resistir, hay una determinada generación de la población rusa que ya vivió bajo la asfixia soviética, y que ahora piensa que no llegarán a ver otra cosa que el despotismo de Putin en lo que les queda por vivir. Mi amiga Irina, historiadora y periodista prejubilada en la década de 1990, no responde a las llamadas telefónicas desde hace ya un año; ni siquiera fue a buscar delicias gastronómicas que le envié desde España, intentando retomar el contacto. El amor por la democracia que siempre ha albergado Irina en su alma —diríase como si lo tuviera inscrito en su ADN— ha contrastado tanto con la política de su país en gran parte de su vida, que se entiende que un paquete de jamón ibérico no la consuela; ni lo necesita. Me acuerdo como una vez, aquí, en España, Irina estaba intentando convencer a un colega catedrático de orientación marxista, Paco Fernández Buey, de que el comunismo no era el mejor de los mundos posibles. “Tú no has tenido coche porque no lo has querido y yo porque no lo he podido”, contestó ella cuando Paco intentaba demostrar su aferro a los ideales de izquierdas por el hecho de no disponer de un vehículo propio. Y esta misma amiga, hace ya 20 años, me decía: “Cuidado, Putin es un nuevo Stalin”. Y me señalaba que no habláramos en voz alta mientras bajábamos por la escalera de su edificio moscovita, porque “las paredes puedan escucharnos”. “No exageres”, le contestaba yo, pensando que un regreso al pasado con tal falta de libertades, miedo y represiones, es impensable.

“Ante la faz de lo irremediable desaparece hasta el temor. El miedo es una luz, es la voluntad de vivir, la afirmación del ser. Es un profundo sentimiento europeo, producto del respeto por uno mismo”, escribe Nadezhda Mandelstám en Contra toda esperanza sobre el terror vivido durante el estalinismo. Otro amigo ruso nacido en aquella época, comenta estos días, mientras paseamos por Barcelona: “Sabes, creo que ya no veré durante mi vida otra Rusia que la de Putin”. Luego se sumerge en su silencio, supongo para disfrutar del paseo por la Barceloneta durante su fugaz viaje “desde la gélida Moscú a vuestra maravillosa luz mediterránea”. Así olvida por unas horas la guerra con la que, por supuesto, está en contra. En Ucrania, a pesar de que la invasión rusa continúa, la esperanza no se ha perdido. “La guerra acabará, y aunque no sabemos cuándo, de ella saldrá una Ucrania democrática, europea, que va a construir un país próspero”, reivindica Plokhy, probablemente la voz más autorizada para retratar la situación actual desde la perspectiva histórica. Y cuando le pregunto por Zaporiyia, su ciudad natal y uno de los centros de la resistencia ucrania, comenta que los sonidos de los disparos en algunas zonas de la ciudad no cesan nunca. “Pero sucede algo que a la gente de allí parece afectarles aún más: se ven muchas tumbas abandonadas en los cementerios”. Como los eslavos guardan gran culto a los muertos, entiendo que esto indica que muchos familiares de los difuntos tampoco están, aunque solo sea por haber sido evacuados.

Y a nosotros, que contemplamos los sucesos desde Occidente, ¿cómo nos afecta esta guerra? Los cuatro años que han pasado desde que el 24 de febrero de 2022 empezó la invasión rusa a gran escala de su país vecino, nos han pasado rápido; incluso los que nos dedicamos a estos mundos eslavos, nos parece inverosímil. ¡¿Ya son cuatro años?! El desenlace de la guerra en Ucrania, incluso si no seguimos sus acontecimientos a diario, nos debería de implicar directamente. Un mundo en el que un país se salga con la suya tras la agresión, es un mundo que se aparta de intereses y valores de cualquier democracia.

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