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En la piscina o en el barbero, los ánimos flaquean en Kiev ante un nuevo año de guerra

La vida en la capital ucrania ha ido cambiando desde 2022 al ritmo que marcan las tropas y los misiles rusos

El desgaste que supone soportar una guerra que ya dura casi cuatro años se puede apreciar en Ucrania en casi cualquier cosa: desde en los carriles de una piscina a la clientela de una peluquería, desde la ubicación de un cementerio a la lista de bajas, desde el toque de queda a los cortes de luz. Sobre todo, en el estado de ánimo de la población cada día más cansada. Lo que sigue es un intento de describir la carcoma de la guerra en un país entero.

En 2022, el primer año de la invasión, encontrar un carril libre en la piscina del estadio olímpico de Kiev no era un problema. Pero el placer de nadar en solitario fue perdiéndose progresivamente, al ritmo que marcaban las tropas y los misiles rusos.

El primer cambió se experimentó en septiembre de aquel 2022, cuando volvieron los niños para disfrutar en el agua de actividades extraescolares. Los menores habían desaparecido de la ciudad en febrero de 2022, cuando Rusia inició la invasión sobre toda Ucrania y el asalto sobre Kiev. La toma de la capital fracasó aquel abril y poco a poco regresaba la población local. También llegaban familias que huían del este del país, de las provincias donde se libraban los combates.

En otoño de 2023 se produjo el segundo gran cambio en la piscina olímpica de Kiev: uno de los carriles pasaba a estar prácticamente todo el día reservado para soldados heridos. Mutilados y hombres con cicatrices que surcaban medio cuerpo realizaban en el agua ejercicios de rehabilitación.

La llegada de estos veteranos ocurrió poco después de la fracasada contraofensiva en verano de aquel año en el frente de Zaporiya, que resultó un descalabro y la última vez que las tropas ucranias llevaron la iniciativa en la guerra. Un año más tarde, a finales de 2024, los carriles de la piscina reservados para rehabilitación de militares ya no eran uno sino dos.

A partir del pasado otoño, los dos carriles para soldados lisiados contaban con otro privilegio: cuando fallaba el agua caliente por los ataques rusos sobre las infraestructuras energéticas de Kiev, la administración de la piscina traía agua caliente de no se sabe qué cisternas con una manguera que llegaba hasta sus carriles. Cuanto más lejos de esos carriles, más fría está el agua.

El Estado Mayor ucranio no aporta cifras sobre sus bajas, pero organismos independientes que recuentan obituarios y desaparecidos confirmados establecen la cifra de militares fallecidos en más de 160.000. Los heridos serían al menos el triple, es decir, por encima del medio millón. Las tropas ucranias cuentan con cerca de un millón de soldados.

Los bombardeos rusos han destruido el sistema de generación eléctrica de Ucrania y las grandes ciudades son las que sufren más la situación. En Kiev, por ejemplo, la media diaria sin luz este enero es de 18 horas. La población se ha adaptado tras cuatro inviernos de apagones. En las grandes urbes ucranias, la mayoría ya tiene generadores eléctricos en casa y acostumbra sus hábitos al calendario de cortes eléctricos. Pero la situación extrema de este invierno, con temperatura cercanas a los -20ºC, está lastrando más que nunca los ánimos.

“Creo que por primera vez estoy percibiendo un cansancio generalizado, como si todo pesara más”, comenta el director del medio digital Tvoe Misto, Taras Yatsenko. “Cada vez hay menos ganas de hablar, de hacer cosas”, explica otro amigo, el intérprete Emil Prikhodko, el 24 de diciembre en Zaporiyia. Soldados de la 128ª Brigada de Montaña de Asalto, destinados en el frente de la provincia de Zaporiyia debatían al día siguiente durante el almuerzo de Navidad sobre el distanciamiento entre el ejército y la sociedad civil. “El país está menos unido, el cambio es grande a medida que pasan los años. Es el cansancio, pero aquel primer año, en 2022, la movilización popular era enorme”, decía con pesar, añorando aquel momento, la teniente Maria Ana.

Maria Ana y sus compañeros ponían ejemplos de lo que ellos detectan en su día a día que representaría la separación mental que se produce entre los soldados y los civiles. “Vivimos en mundos cada vez más separados”, dijo Mejan en la velada navideña, el nombre en código de un sargento de la 128ª Brigada.

Oposición al cementerio

Un ejemplo de ello puede ser la construcción del Cementerio Nacional Memorial de guerra, el que será el gran camposanto de soldados caídos defendiendo a Ucrania. El Arlington ucranio se está levantando en unos bosques de Marjalivka, al sur de Kiev, tras años de cambios de ubicación por la oposición de entidades vecinales y grupos ecologistas.

Los bosques de Marjalivka son conocidos por los aficionados a las setas. Abundan los boletus, la “seta blanca”, en ucranio, la más preciada. Pero el cementerio, que tendrá capacidad para 100.000 tumbas y 50.000 nichos, provocó que muchos dejen ir al bosque, como explicaron en una excursión este otoño a la zona representantes de asociaciones vecinales opositoras al proyecto. Las autoridades ya han empezado a enterrar a caídos en combate pese a las protestas locales, que incluso apelaron a las instancias europeas. El Consejo de Europa solicitó en 2025 al Gobierno que detuviera las obras por el alto valor ecológico del paraje, sobre todo porque en él se encuentran las fuentes de tres ríos.

Los locales tienen miedo de que las aguas se contaminen por los cadáveres en descomposición y pocos quieren las setas de Marjalivka. Para los vecinos de la comarca, se trata de un caso de vulneración del Estado de derecho. El Ejecutivo ucranio ha desdeñado sus protestas, incluso manifestaciones, como una muestra de egoísmo en un momento en el que decenas de miles de soldados sacrifican su vida por ellos.

Una peluquería vacía

Zirulnik es una conocida cadena de barberías de Kiev. En uno de sus establecimientos es asiduo este periodista desde 2022. En los tres años y medio de visitas mensuales, la clientela ha ido cayendo progresivamente. En estos últimos meses, lo normal es que el local estuviera vacío. Bogdan Kushnarov, uno de sus empleados, enumera las muchas razones de ello: la primera son los hombres que desde verano de 2024, cuando entra en vigor un más estricto sistema de incorporación a filas, evitan desplazarse lejos de su domicilio para no ser interceptados por las patrullas de reclutamiento. En primavera de aquel año fue reducida de 27 a 25 años la edad mínima obligatoria para servir como soldado.

El miedo a ser detenido por una patrulla de reclutamiento puede detectarse incluso en aplicaciones de citas como Tinder o Bumble. “Hay hombres, cuando conectas con ellos, que te piden si puedes acercarte a su barrio porque prefieren no ir a un restaurante del centro, donde hay restaurantes o cafetería más idóneas para una cita romántica”, explica Adriana Kucher. Esta periodista de 33 años coincide con otros testimonios de mujeres recogidos en los últimos años: en estas aplicaciones es difícil encontrar pareja porque cada vez hay menos hombres.

También están los clientes que la barbería ha perdido porque han salido del país, legal o ilegalmente. La ley marcial en Ucrania prohíbe cruzar la frontera a los varones mayores de edad hasta los 60 años si no están exentos de incorporarse a filas. La última estocada a la barbería fue en agosto, cuando entró en vigor un decreto del presidente, Volodímir Zelenski, que permitía a los hombres de entre 18 y 22 años poder desplazarse al exterior. La decisión buscaba promover que estos jóvenes desarrollaran sus estudios en el extranjero, pero el resultado ha sido una fuga masiva para evitar el servicio militar.

Ucrania ha perdido desde el inicio de la invasión a casi 10 millones de habitantes que han huido del país, según estimaciones del Instituto de Estudios Demográficos Mijailo Ptuja, la institución de referencia en esta materia de Ucrania. La población ucrania ahora se establece en unos 32 millones de personas: en cuatro años de guerra habría perdido un 25% de habitantes. La natalidad ha caído hasta ser la más baja del mundo.

Las penurias económicas son otra razón para perder clientes, según Kushnarov. La inflación en Ucrania fue en 2025 del 12,6%, según el Fondo Monetario Internacional, en un momento de crisis económica galopante debido a la guerra. Según un análisis del medio Hromadske, solo dos sectores crecen: el de la construcción y el armamentístico. Más determinante para el negocio de la peluquería son los clientes que han sido reclutados.

Kushnarov tiene 25 años pero está exento del servicio militar: está estudiando una carrera a distancia. Las personas que estén cursando sus primeros estudios superiores no tienen que ir al ejército. El resultado es que en Ucrania hay ahora 230.000 personas de más de 25 años estudiando una carrera, nueve veces más que antes de la guerra, según datos del Gobierno publicados en diciembre por el medio ZN.

“Estoy harta de ser fuerte”

Kiev tiene una gran comunidad de baile de swing. Antes de la guerra se organizaban eventos casi a diario. En 2023 se recuperaron las fiestas, aunque una vez por semana y con el toque de queda como límite. El toque de queda no ha variado, en la capital continúa en vigor, de la medianoche a las cinco de la mañana, franja de tiempo durante la que nadie puede estar en la calle, no funciona el transporte público ni operan taxis. Pero otras cosas sí han cambiado desde aquel reinicio festivo en 2023. Había por entonces un equilibrio entre hombres y mujeres; ahora, un 80% de los participantes son mujeres.

En la primera fiesta que presenció este diario en 2023, de un grupo de amigos en el que había seis hombres, solo uno continúa activo como bailarín. Tres de ellos están en el ejército, uno prefiere no desplazarse fuera de su barrio y otro reside en Polonia. Esta persona consiguió salir de Ucrania, para evitar se movilizado, con una artimaña habitual: se registra ante la administración a esta persona como responsable de un familiar dependiente (en este caso, el padre) y esto le exime de ser reclutado. Padre e hijo cruzaron la frontera y solo el padre regresó. Este vive con su mujer, que cuida de él.

Las fiestas han dejado de celebrarse en bares con espacio para la banda musical. Casi por completo se organizan en locales privados y sin banda de música por los problemas con el suministro eléctrico. En una fiesta para celebrar la navidad, en diciembre, Olga e Irina, dos amigas con más de 20 años bailando a sus espaldas, explicaban que estos encuentros son fundamentales para sus ánimos. “Estoy harta de tener que ser fuerte”, dice Olga, una diseñadora gráfica de 43 años.

Irina, también diseñadora gráfica, secunda su opinión. Para ella, su principal preocupación para 2026 es que Zelenski rebaje la edad de movilización, como le exigen políticos y militares, de los 25 a los 23 años. Irina tiene un hijo de 23 años.

Ambas confirman que hay un creciente agotamiento, pero no lo achacan a una desunión dentro de Ucrania. Para ellas solo hay un responsable de su fatalidad, Rusia. Ambas son admiradoras de Pyirg i Batig, banda musical que canta poemas ucranios. Su cantante, Marian Pirozhok, actualmente en el ejército, lo decía así en una entrevista del 31 de diciembre: “Lo más fácil es juzgar a alguien sin saber de sus circunstancias o, Dios me lo prohíba, acusar a alguien. “Si podemos acusar alguien, es solo a nuestro enemigo”.

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Sobre la firma

Cristian Segura
Escribe en EL PAÍS desde 2014. Licenciado en Periodismo y diplomado en Filosofía, ha ejercido su profesión desde 1998. Fue corresponsal del diario 'Avui' en Berlín y en Pekín. Desde 2022 cubre la guerra en Ucrania. En 2011 recibió el premio Josep Pla de narrativa y en 2025, el premio internacional de periodismo Julio Anguita Parrado.
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