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Tribuna

Hay que desescalar

Cualquiera con un mínimo sentido de la moral debería poder identificar las aberraciones del presente y oponerse a ellas con la voluntad que nos queda

Por definición, una no puede tener acceso a la historia que no sucedió. El pasado está enterrado bajo sedimentos de huesos y palabras, muchos de ellos olvidados; y, aunque a veces se revise o permitamos porosidades con el presente, lo que jamás podremos documentar es lo no ocurrido, pues no dejó improntas investigables. Sin embargo, sí somos capaces de desempolvar las posibilidades de aquel pretérito y, con ello, aprender tal vez de lo que se hizo bien. Uno de los acontecimientos que no hemos experimentado es una masiva guerra nuclear, considerada factible en quienes estaban vivos en los años sesenta del siglo XX. Por qué no pasó lo cuenta Roman Krznaric en Historias para el mañana (Capitán Swing, 2026). Según el politólogo australiano, frente a la tensión global que generó la crisis de los misiles en Cuba, el presidente John F. Kennedy decidió empaparse de las lecciones contenidas en Los cañones de agosto, un ensayo de Barbara Tuchman que narra cada uno de los errores políticos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. Esta lectura le influyó tanto que, finalmente, promovió una desescalada, librando al mundo de la que habría sido la peor catástrofe bélica de todos los tiempos. Su gestión más exitosa, poco antes de ser asesinado, fue sin duda salvar a la humanidad o, al menos, contribuir a ello de una manera decisiva.

Imagino aquellos instantes cruciales en los que aquel señor de Massachusetts se fundía con las páginas de Tuchman; el proceso por el cual la mente conecta los hechos e impulsa una acción u otra; y lo hago al hilo de las amenazas de Trump para anexionarse Groenlandia y azuzar un miedo atroz cargado, otra vez, de lo posible: el desmembramiento de la OTAN, la debilidad de Europa para hacer frente tanto a Washington como a Moscú, y que la chispa provoque la deflagración en una sociedad con bastantes menos herramientas para mitigar las catástrofes que entonces. El momento delicado no solo obedece a patrones estrictamente geopolíticos, sino a un desvalimiento que ha dejado arrinconada la razón. En primer lugar, dudo mucho que el ocupante actual de la Casa Blanca lea libros; seguramente tampoco abunden entre sus asesores y, desde luego, la Contrailustración rampante en la que participamos mayoritariamente habrá calado en otros gabinetes presidenciales. La militarización ascendente y la gestión de conflictos se está produciendo de forma simultánea a la podredumbre del pensamiento que implantan los universos digitales: no es casualidad que brain rot (podredumbre cerebral) fuese la expresión del año 2024 para los creadores del diccionario Oxford. Con la devastación intelectual actual, probablemente Kennedy no hubiese estado tan avispado.

Europa, dependiente del gigante atlántico armamentística y energéticamente hablando, es asimismo sumisa de unos canales desinformativos por los cuales el contenido fluye rápidamente, muchas veces tergiversado, y hasta parece tolerar un hecho tan grave como los desnudos de mujeres fabricados en X con inteligencia artificial. (¡ah!, a la hora de detener esa infamia también sirve el feminismo, si se encontrase lo suficientemente fuerte como para elevarlo a política comunitaria; ¡y la de fake news que nos ahorraríamos!). Si continuamos con las miradas retrospectivas, hallaremos otro problema de gran calado que no existía hasta hace poco: una desmovilización atronadora de las izquierdas globales, incapaces de organizarse y persuadir con sus discursos tras casi medio siglo de neoliberalismo. Las estructuras de base, los sindicatos, los partidos —hoy mermados— juegan en un tablero amañado y con muchas menos fichas mientras el autoritarismo va conquistando posiciones aupado por esa muerte cerebral y sus plataformas afines. Qué duro darse cuenta del desastre; qué fácil es acusar la hipocresía de la izquierda cuando un negacionista climático ansía controlar las rutas del Ártico porque sabe que se está derritiendo. Pero esas incongruencias no cuentan.

Y, aun así, teniendo tanto en contra dentro del rumbo de la pérdida (de la democracia, de la verdad, de la inteligencia) yo sigo creyendo en las resistencias casi con un fervor religioso; en las coaliciones y afinidades no violentas que todavía se pueden trazar antes de que acabemos sepultados por el más cruento de los analfabetismos. Cualquiera que guarde un mínimo respeto a los derechos humanos y cierto sentido de la moral debería poder identificar las aberraciones del presente y oponerse a ellas con la agencia que nos queda. Es más, cualquiera que haya cosechado una pizca de conciencia histórica reconocerá los aciertos del pasado, y podrá valorar también que los fallos no estuvieron atravesados por la inevitabilidad; es decir, que las cosas podrían haber salido de otra manera. Puestos a imaginar, ¿qué habría sido de nuestro país si ese gran aliado, Estados Unidos, hubiese depuesto a Franco como se hizo con el resto del fascismo europeo? Las briznas de la memoria, insertadas en la contemporaneidad, nos devuelven enseñanzas productivas, retazos de conocimiento capaces de permear la sociedad civil; así que no deberíamos caer en el derrotismo antes de que llegue la derrota total. Una desescalada a tiempo, activada con los resortes de la ciudadanía, siempre será mejor que una morgue llena de banderas.

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