Roman Krznaric, filósofo: “Es demasiado arriesgado no hacer protestas climáticas más radicales”
El autor publica ‘Historia para el mañana’, donde muestra ejemplos del pasado positivos para enfrentar los retos actuales, como el cambio climático y la IA


Cuando pensamos en aprender de la historia, solemos centrarnos en evitar que vuelvan malos tiempos —“aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, escribió el español George Santayana—. El filósofo público Roman Krzanaric (Sídney, 55 años) ha querido darle la vuelta al argumento y se ha pasado cuatro años buscando ejemplos históricos positivos para enfrentarnos a los retos actuales, de la emergencia climática o el agotamiento de los recursos a la Inteligencia Artificial. El resultado es Historia para el mañana (Capitán Swing), recién publicado. “No se puede conducir un coche sin mirar el espejo retrovisor. He intentado mirar lo que ha salido bien para superar crisis o resolver problemas. La historia está llena de sabiduría oculta”, explica por videollamada.
Pregunta. ¿Qué puede aprender el movimiento climático de las revueltas de esclavos en 1820 en Jamaica?
Rrespuesta. Creo que el movimiento climático puede aprender de ellos a ser radical. Necesitamos estudios e informes, pero la historia nos enseña que sin crear una sensación de crisis, el cambio no suele ocurrir. Los rebeldes de Jamaica se levantaron en 1820 y 1830 y asustaron a los políticos británicos con que si no les concedían su libertad, podrían perder la colonia. Los movimientos ecologistas son parte de una larga tradición de movimientos exitosos y disruptivos. La historia nos enseña que es muy arriesgado no usar este tipo de movimientos sociales disruptivos para crear cambios; para ello, hace falta disrupción, crisis, movimientos e ideas. Si no, podemos cruzar los dedos y esperar que las políticas actuales nos lleven por debajo de los 1,5 grados de calentamiento, lo que probablemente no va a pasar.
P. La ventana de Overton dice que las posiciones más radicales hacen que las respuestas más moderadas parezcan más aceptables. ¿Está pasando eso con el activismo climático?
R. Mucha gente se enfada mucho con los movimientos climáticos radicales y los medios dicen que hacen que la gente se vuelva en contra. Pero casi todos los estudios que he analizado muestran que estos movimientos radicales consiguen que proporciones mayores de personas cambien sus puntos de vista y pongan el medio ambiente en lo más alto de su agenda política. Es lo mismo que ocurrió con los Panteras Negras en 1960 en EEUU, que impulsaron el movimiento por los derechos civiles.
P. ¿Incluso con las protestas en museos?
R. A veces pienso que es una mala estrategia. Pero cuando he hablado activistas radicales me cuentan que si no haces algo como lanzar pintura a una obra de arte, nadie te escucha. El año pasado, Extinction Rebellion decidió que iba a ser menos radical y crear un frente popular con sindicatos y organizaciones religiosas. Realizaron una protesta pacífica con 100.000 personas, y casi no hubo interés mediático. Si no usan tácticas radicales, nadie escucha su mensaje.
P. ¿Los activistas climáticos deberían hacer protestas más radicales?
R. Sí, es demasiado arriesgado no hacer protestas climáticas más radicales. Desde la Cumbre de la Tierra de Río en 1992 hemos tenido más de 30 años para reducir las emisiones de carbono y desde entonces se han más que duplicado. ¿El sistema económico neoliberal y el sistema democrátivo van a resolver estos problemas? No lo veo. No hay una opción real más allá de acciones más radicales. La lección de la historia es que estos movimientos pueden crear cambios, pero no siempre.
P. Hoy Greta Thunberg es muy odiada. En el futuro, ¿será vista como Martin Luther King?
R. Casi con toda seguridad. Thunberg dice lo mismo que la ciencia, su mensaje no es controvertido, pero recibe mucho odio. Pero la gente también odiaba a Martin Luther King Jr. o a quienes hacían campaña por los derechos de las mujeres, que eran vistos como terroristas. Gail Bradbrook, una activista de Reino Unido, llevaba un pin de las sufragistas y me dijo: “somos parte del mismo movimiento”.
P. ¿En qué se parecen los argumentos de los dueños de petroleras a los esclavistas del siglo XIX?
R. Escuché decir al director ejecutivo de Shell: “Creo que el cambio climático es un gran problema y que necesitamos dejar los combustibles fósiles, pero no podemos hacerlo demasiado rápido porque nuestras economías colapsarían”. Esos argumentos son los mismos que los de las personas que tenían plantaciones de esclavos en 1820: “La esclavitud es un problema moral, pero si la terminamos demasiado rápido nuestras economías colapsarán”. El levantamiento de esclavos en Jamaica en 1831 fue muy radical y tuvo mucho éxito: aceleró el cambio. Si no, habría tardado 30 o 40 años más. Y creo que ahora necesitamos acelerar en cuanto al clima, porque la ventana para el cambio se está cerrando.

P. ¿Puede pensar en una acción radical que cambie rápidamente nuestra adicción a los combustibles fósiles?
R. Creo que solo ocurrirá rápidamente si hay una gran crisis ecológica simultánea, que incluya inundaciones como las de Valencia, ciudades como Londres o Berlín bajo el agua, grandes incendios… todo a la vez. Se necesitan múltiples crisis, con movimientos que estén preparados, con nuevos modelos económicos para el cambio, y entonces quizá podamos actuar con rapidez y a la escala necesaria. Y a veces también hace falta liderazgo.
P. Hoy compramos móviles que cambiamos cada dos o tres años, mientras en el Tokio de hace 300 años tenían ya una economía circular. ¿Qué podemos aprender de ellos?
R. El Tokio del siglo XVIII tenía una increíble civilización ecológica: Japón apenas comerciaba con el exterior, por lo que había escasez de recursos, y empezaron a desarrollar lo que hoy llamaríamos una economía circular a gran escala: cuando el kimono se desgastaba, se convertía en pijama; luego se cortaba para hacer pañales; después se usaba como trapos de limpieza y luego se quemaba como combustible. Es lo que necesitamos hoy. Los smartphones están llenos de tierras raras; si se les dijera a las empresas de telefonía en Europa que dentro de cinco años deberán usar metales reciclados y diseños modulares para que la pantalla y la batería puedan sustituirse fácilmente, lo harían. La innovación siempre ocurre dentro de límites.
P. La emergencia climática impulsará la migración, mientras crece la xenofobia. ¿Qué nos pueden enseñar sobre esto Al Ándalus?
R. La convivencia en la España de Al-Ándalus fue muy interesante: hubo tensiones y hasta violencia, pero en general fue una época de tolerancia cultural, en la que musulmanes y cristianos podían tocar música juntos, o judíos y musulmanes podían jugar al ajedrez; la gente se mezclaba en los baños públicos y en los mercados. Se creó una cultura de tolerancia. Si podemos crear espacios de conversación entre las personas, estas pueden conocerse, cooperar y ser más tolerantes. Si pudiera hacer un solo cambio para crear una cultura de tolerancia, diría que todo el mundo debería jugar un partido de fútbol cinco un domingo por la tarde con gente de otras culturas. O mantener una conversación con alguien diferente a ti una vez a la semana.
P. ¿Hay ejemplos históricos para enfrentarse a la IA?
R. Cuando inventamos el capitalismo financiero en el siglo XVII en los Países Bajos ese sistema se salió de control muy rápido y hubo colapsos financieros: el de los tulipanes en los Países Bajos, la burbuja del Mississippi, el crack de Wall Street, la crisis de 2008. La IA puede salirse de control incluso más rápido y sufrir un colapso de la realidad. Vamos a vivir en un mundo de noticias falsas, discursos políticos falsos y falsificaciones de todo tipo. Y ninguna institución económica, política o social puede sobrevivir sin confianza. Cuando la verdad se derrumba, la confianza desaparece. Debemos averiguar cómo regular esta industria y explorar distintos modelos de propiedad: en el XIX hubo un gran movimiento cooperativo —hoy un tercio de la economía en la Emilia-Romaña italiana sigue siendo cooperativa—. Ya hay ejemplos, como Signal o Firefox, que pertenecen a una fundación; debemos fomentar una especie de IA de base comunitaria, con modelos distintos. Y esto ya está empezando a suceder.
P. La ONU dice que estamos en “bancarrota global del agua”. ¿Hay ejemplos históricos para redistribuirla mejor?
R. Un ejemplo histórico increíble es el Tribunal de las Aguas de Valencia, que se reúne todos los jueves a las doce del mediodía frente a la puerta de los Apóstoles de la catedral. Es un modelo muy interesante que lleva funcionando cientos de años; es elegido por los agricultores locales para gestionar un recurso escaso como el agua. Es un modelo para un nuevo tipo de política más descentralizada, de base comunitaria, o las asambleas ciudadanas, en las que devolvemos el poder a la gente corriente para gestionar los recursos económicos, debatir sobre el cambio climático o los riesgos de la IA.
P. ¿Cómo nos verán en el futuro?
R. Ya lo estoy viendo: no vuelo para dar charlas públicas, solo viajo en tren y en bus, pero aún así mis hijos me dicen que soy un criminal del carbono. Mi hija de 17 años me recrimina: “Papá, en los años noventa tú cogías aviones todo el tiempo”. Le respondo que en los años 90 no sabíamos realmente lo del cambio climático. Y ella me apunta que la Cumbre de la Tierra de Río fue en 1992. Así que seremos juzgados por la emergencia ecológica como criminales del carbono, y también como pusilánimes por no regular la inteligencia artificial: hay entre un 10% y un 20% de probabilidad de que la IA se descontrole gravemente.
P. Al final del libro habla de razones para abrazar una esperanza radical. ¿Cuáles son?
R. Por ejemplo, podemos hacer la democracia de otra manera, mucho más participativa. Otra clave es que podemos hacer nuestras economías de forma diferente, como nos enseña el Japón en el siglo XVIII. Una tercera cosa es que los movimientos disruptivos pueden cambiar el sistema, por eso sería una locura darles la espalda. Y la historia nos dice que la forma en que funcionan nuestras sociedades no es la única posible, siempre se pueden hacer las cosas de manera diferente. Hay mucha más esperanza real en la historia de lo que jamás había imaginado. Cuando pensamos en el progreso histórico, pensamos en la innovación tecnológica —de la máquina de vapor al iPhone— pero también ha habido innovación social. Los movimientos sociales, los sindicatos, nos muestran que los seres humanos somos buenos en las crisis: cooperamos, resolvemos problemas. Solo queda esperar que lo hagamos con la suficiente rapidez.
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