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columna

Las catástrofes

Ninguna muerte nos permite mirar hacia otro lado. Debemos exigirnos cuentas, buscar las malditas causas

El accidente de Adamuz nos ha conmocionado al recordar que debajo de las cifras se mueve o se paraliza la vida de muchas personas. Mientras aumentaba el número de fallecidos, hasta llegar al horror de los 45, veíamos las lágrimas de una madre que había perdido a su hijo, la conmoción de los hermanos que estaban a la espera de reconocer un cadáver o la tristeza que una pérdida puede producir en un barrio o en los compañeros de un centro de trabajo. Las vidas particulares afectan a muchas vidas y nos hacen tomar conciencia de la vulnerabilidad humana y de las responsabilidades. ¿Cuáles son las causas de este maldito accidente? Resulta difícil mirar para otro lado cuando el dolor se convierte en una pregunta que llueve sobre nosotros.

45 fallecidos, una cifra trágica. Nos obliga a pensar en la injusticia que supone callar o mirar hacia otro lado. Las comparaciones no siempre son odiosas si nos ayudan a comprender la realidad. Según cifras oficiales, en 2025 se contabilizaban ya 72.000 muertos en Gaza, entre ellos 100 periodistas y 310 trabajadores de la ONU. El balance oficial del régimen iraní, y tenemos motivos para sospechar de la cifra, reconocía 3.117 víctimas en su represión de las protestas. 2.515 civiles murieron el año pasado en Ucrania por culpa de la invasión rusa. Más modesta parece la cifra de asesinados, sólo 100, a causa de la intervención de EE UU en Venezuela para secuestrar al dictador Maduro.

Así están las cosas en el mundo, por lo que no deja de ser una triste ventaja vivir en un país que tiene como riesgo de catástrofe un accidente ferroviario con 45 fallecidos o con 80 en el recordado caso de Angrois en 2013. Ninguna muerte nos permite mirar hacia otro lado. Debemos exigirnos cuentas, buscar las malditas causas. La paz, el no a la guerra, supone estar a favor de la vida humana. Somos nosotros, las víctimas, sus familias, sus amores, sus compañeros de trabajo.

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