El golpista golpea de nuevo
En EE UU son contados los representantes públicos y las voces que se atreven a enfrentarse al poder abusivo de su presidente


Resultó paradójico. El presidente estadounidense, algo crecido tras el exitoso secuestro del dictador Maduro en su propia cueva de Caracas, amenazó con atacar Irán si sus líderes abrían fuego sobre los participantes en las revueltas contra la dictadura islámica. Las cifras de manifestantes muertos oscilan entre los 3.000 y los 10.000, a falta de un recuento riguroso en un país desconectado de la red y bajo apagón periodístico. Entre tanto, las fuerzas del desorden que Trump ha movilizado en varias ciudades demócratas para perseguir inmigrantes y causar un caos civil asesinaron a quemarropa a una mujer durante una manifestación pacífica. Habría que empezar a pensar que también Trump se ha armado con una guardia revolucionaria, al modo de Irán, para saltarse los controles mínimos del monopolio de la violencia por parte del Estado. A los fallecidos en custodia del ICE, ese grupúsculo poco preparado, hiperviolento y con pasamontañas, se suman ahora los disparos en plena calle. Mientras los perseguidos eran anónimos inmigrantes, personas sin la menor protección legal, desamparados e indefensos ante un sistema perverso que los explota pero los desprecia, no pasaba nada. Pero la grabación de cómo una mujer, madre de tres hijos menores, era tiroteada en la cabeza por un agente que no corría el mínimo peligro ante la maniobra que ella realizaba al volante de su todoterreno, las cosas cambiaron. Quizá algunos empiecen a darse cuenta de que ya no estamos en el territorio de la especulación. El Gobierno de Estados Unidos ha abrazado posiciones de violencia extrema.
En Irán, las mujeres hace años que han emprendido un lento y costosísimo esfuerzo para derribar el régimen religioso que las oprime. Su lucha es una batalla interna, valiente y admirable. Desde el exterior se las ha dejado siempre abandonadas. En el último capítulo, las bravatas de Trump y el absurdo protagonismo del heredero de la vieja monarquía en el exilio sólo sirvieron para dotar de argumentos a la represión interna. En Estados Unidos, por el momento, son contados los representantes públicos y las voces que se atreven a enfrentarse al poder abusivo de su presidente. El temor a ser destruido por esa máquina de propaganda, burla y autohalago es enorme. Es algo que puede entenderse en un país cuyo sistema de consumo penaliza a cualquier individuo que hable con voz propia. Las redes sociales han incrementado el poder inquisitorial y los que crecimos admirando a aquellos y aquellas que se enfrentaban con afilada inteligencia a los discursos dominantes y los dogmas del mando, vemos ahora cómo nadie quiere ser pisoteado en la plaza pública por una horda agresiva y sometedora.
En Europa comienzan a escucharse voces que reivindican algún modo de resistencia frente a este aliado histórico que ha caído en manos del radicalismo ultra. El problema es que la propia Europa contiene partidos en crecimiento que bailan al son de este discurso que reivindica la fuerza como única solución a los problemas complejos del mundo. Desde el origen de la humanidad sabemos que los seres agresivos agreden, que los seres de luz iluminan y que los seres brutales embrutecen. Por eso no debería sorprendernos que un golpista como Trump se dedique a golpear. Su especialidad son los golpes de efecto, rápidos, caprichosos, oscilantes, constantes, erráticos. No sabe hacer otra cosa. Carece de profundidad, de estructura reflexiva y de calado moral. Ponerse en sus manos, como hicieron los ciudadanos de Estados Unidos, es enfangarse por décadas. Allá ellos. La muerte de manifestantes es la línea entre dictadura y libertad.
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